Don Jurno Esparo, hidalgo del Valle de los Molinos, era un hombre atrapado en el eco de glorias que jamás llegó a vivir. Bajo una armadura abollada pero pulida con fervor fanático, cabalgaba convencido de ser el mayor paladín de toda Estalia. Sus lanzas se habían quebrado por decenas, siempre estrelladas contra las aspas de piedra y madera de los molinos locales, a los que juraba por la diosa Myrmidia ver como colosales gigantes malignos. Para los parroquianos de cualquier posada desde Magritta hasta Zaragoz, su nombre era sinónimo de burla y carcajadas; para él mismo, era el de un héroe intachable, un caballero anacrónico condenado a librar una guerra épica que solo ardía en la soledad de su mente fracturada.
Expedición de Santiago Ramírez de Cartagena (Estalia-Imperio)
Fray Emilio Fajardo: Sacerdote de Sigmar [85 pts] (Arma de mano, Armadura ligera, A pie, Twice-Blessed Armour)
Santiago Ramirez: Capitán del Imperio [76 pts] (Arma de mano, Armadura completa, General, A pie, Dragon Bow)
D. Victor Monti: Ingeniero del Imperio [80 pts] (Arma de mano, A pie, Ruby Ring of Ruin)
18 Espadachines de Alvarez del Castillo: Tropas Estatales [105 pts] (Armas de mano, Armadura ligera, Sargento (campeón), Portaestandarte, Músico)
17 Alabarderos de José Guillen de villalobos: Tropas Estatales [134 pts] (Armas de mano, Alabardas, Armadura ligera, Escudos, Sargento (campeón), Portaestandarte, Músico)
A Khorne no le importan en absoluto las grandes estrategias ni las maniobras sutiles. El Dios de la Sangre es un amo exasperantemente simple: exige carnicería, y la montaña del Trono de Bronce siempre tiene espacio para un trofeo más. No siempre hace falta que los cielos lluevan fuego o que marche una horda apocalíptica para saciarlo; a menudo, una pequeña jauría de asesinos babeantes, paladines consumidos por la furia asesina y bestias descerebradas basta para teñir la tierra de rojo.
Estas son las crónicas del matadero a pequeña escala. Huestes prescindibles, destacamentos de vanguardia y aspirantes a campeón lanzados a escaramuzas brutales donde el único objetivo táctico es rebanar cuellos antes de que te rebanen el tuyo.
Da igual si mueres de forma gloriosa o si un esqueleto te aplasta bajo su bota en el puto desierto. Da igual de dónde fluya la sangre o de quién sea el cráneo que ruede por el suelo. Khorne no atiende a rezos, a excusas tácticas ni a magia cobarde; solo presta atención al chasquido húmedo del hacha partiendo el hueso.
El sol de Nehekara caía sobre las dunas como un mazo de fragua.
Haldor ajustó las riendas con sus guanteletes de bronce, sintiendo cómo el metal al rojo vivo le cocía la piel a través del cuero.
Su montura resopló una nube de vapor sulfuroso que no hizo absolutamente nada por aliviar el calor. Toda su hueste vestía los colores sagrados de Khorne, lo que en aquel maldito desierto equivalía a marchar dentro de un horno hecho a medida.
Cráneos milenarios. Huesos secos llenos de polvo . Haldor escupió una flema espesa en la arena. Como si al Dios de la Sangre le importara un carajo la hidratación de sus ofrendas.
Pero los caprichos de los poderes ruinosos no se discutían. Para ascender, para dejar de ser un simple Aspirante y ganarse el derecho a liderar hordas de verdad, a Haldor se le había encomendado una tarea. Recolectar cabezas de príncipes y reyes funerarios.
Las tormentas habían barrido las dunas revelando templos y monolitos enjoyados, un imán perfecto para atraer a muchos saqueadores. Haldor, sin embargo, no venía a robar.
En la vanguardia, sus Jinetes batían el terreno flanqueados por manadas de Mastines.
En el centro, sus Guerreros se arrastraban sin quejarse, pero él sabía que el calor les estaba friendo el cerebro dentro de sus yelmos.
En el flanco derecho, los dos Ogros Dragón jadeaban con una furia miserable. Nacidos de la tormenta y el hielo, cada paso que daban en este secarral era una agonía interminable.
A su lado, la masa de músculos, escamas y garras de Scylla Anfingrimm babeaba ácido sobre la arena.
Un cuerno sonó en la distancia. Los Jinetes se habían detenido frente a las ruinas de un inmenso monolito plagado de jeroglíficos.
Haldor espoleó a su montura y trotó hasta la reliquia. Era una pieza majestuosa, incalculablemente antigua. Levantó su hacha y señaló la piedra.
Los Ogros Dragón cargaron, descargando sus armas contra la sagrada roca. El estruendo de la piedra haciéndose añicos fue ensordecedor. Un acto de vandalismo carente de toda gracia.
Haldor sonrió bajo su casco al sentir que el suelo comenzaba a vibrar. La arena frente a ellos se removió, deslizándose como agua mientras figuras vendadas emergían de sus tumbas. Por fin los anfitriones se dignaban a darles la bienvenida.
—Cortadles la cabeza a estos sacos de polvo —gruñó, alzando el arma—. Al príncipe dejádmelo a mi.
El sol de Nehekara aplastaba el desierto, cociendo la sangre bajo las armaduras de la hueste de Khorne. A las falanges de Khemri el clima les resultaba indiferente. El Sacerdote Funerario alzó su báculo y el aire tembló. Una horda de espíritus malévolos brotó de las dunas, lanzando zarpazos espectrales que se deslizaron bajo las escamas de Scylla Anfingrimm para desgarrarle la carne. En el flanco derecho, una flecha solitaria de un carro esquelético atravesó el cráneo de un mastín, frenando en seco a la jauría reduciendo la masa necesaria para profanar el monolito que tenían delante.
Haldor ignoró las bajas y espoleó a su montura. Un gigantesco Escorpión de la Tumba irrumpió del subsuelo, destrozando la moral de los Rastreadores de Ceniza, que rompieron la formación tragando polvo.
El calor abrasador agrietaba los labios de Haldor, pero la mirada del Dios de la Sangre (+1A) inyectó en él una furia homicida. Cargó junto a Scylla. Su mangual trazó un arco implacable y reventó el caparazón del escorpión en un solo impacto demoledor.
Embriagado por la matanza, Haldor cometió el error de creerse invencible. La euforia lo arrastró demasiado lejos entre las ruinas, directo a la línea de visión del Sacerdote Funerario.
El hechicero marchito repitió el cántico. Los espíritus inquietos se arremolinaron alrededor del Aspirante. Sus gruesas placas de armadura de acero resultaron completamente inútiles frente a la magia; las garras espectrales se deslizaron limpiamente bajo el metal, desgarrando la carne de Haldor desde el interior y destrozando sus órganos. Se desplomó de la silla sin emitir un solo grito, muerto antes de tocar la arena, convertido en un cadáver mutilado por dentro bajo una coraza externa intacta. Fin de la ambición.
A Scylla le importó muy poco la muerte de su amo. El Príncipe Funerario cargó contra el engendro escoltado por la Guardia del Sepulcro. Fue como intentar talar una montaña con cuchillos de mantequilla. Scylla respondió triturando huesos y desmembrando a la guardia de élite, mientras los Rastreadores de Ceniza recuperaban la cordura y se estrellaban contra el enemigo dando apoyo.
La falange se desmoronó. Scylla agarró al Príncipe Funerario y lo partió en dos, reclamando su cráneo como quien arranca una manzana madura de un árbol.
En el centro, los mastines supervivientes arrancaron los tesoros de su pedestal.
Su recompensa fue la Maldición de los Años. La magia antigua marchitó sus cuerpos en segundos, dejándolos vulnerables hasta que las garras espectrales de los espíritus inquietos terminaron el trabajo, desgarrando la carne marchita de los perros para acabar con su agonía.
El desastre logístico se consumó en el flanco derecho. Los dos Ogros Dragón pasaron turnos castigando un obelisco sagrado a mazazos.
Deshidratados y asfixiados, acabaron arrollados por una inmensa falange de Guerreros Esqueleto. La destreza marcial importó poco frente al peso de docenas de cuerpos descarnados aferrándose a sus escamas. Exhaustos, los colosos inmortales rompieron filas y fueron cazados en la huida.
Aprovechando el caos, el carro solitario acosó a los Rastreadores de Ceniza por la retaguardia hasta expulsarlos definitivamente del campo de batalla. Envalentonado, el auriga lanzó su vehículo contra la infantería pesada de Khorne. Los Guerreros del Caos, impasibles, levantaron sus hachas y convirtieron el carro y a sus tripulantes en astillas.
Fue entonces cuando aparecieron las máscaras de oro macizo.
Llevar semejante peso bajo el sol de Nehekara es una tortura que solo un hombre encadenado a un juramento ancestral estaría dispuesto a soportar. Zárek y sus mercenarios del desierto cargaban con un estúpido deber militar, firmado hace siglos en el pesado pergamino que aún arrastraban consigo: velar el letargo del Príncipe Funerario. Pero decenas de generaciones tragando arena pudren cualquier sentido del honor, transformando la lealtad en un rencor hirviente.
Al ver al Príncipe convertido en polvo bajo las garras de la bestia de Khorne, Zárek vio su oportunidad de romper el contrato. Irrumpieron en el campo de batalla, empuñando sus cimitarras contra las falanges esqueléticas que acababan de aplastar a los Ogros Dragón, con la catártica intención de quemar el maldito pergamino y ser libres por fin.
Sin embargo, tras los primeros cruces de acero contra hueso muerto, Zárek comprendió una lección vital. Luchar contra un muro incansable a cuarenta grados era un pésimo negocio. Los mercenarios dieron un paso atrás, rompieron filas y huyeron despavoridos. Hay que ser realista: la libertad no vale una muerte miserable en la arena.
El campo de batalla quedó en silencio, roto solo por los gruñidos de Scylla. El escurridizo Sacerdote Funerario jugó al ratón y al gato entre los pilares de piedra, evadiendo a la mole de músculos con cobarde agilidad hasta desaparecer en las dunas.
Los pesados Guerreros del Khorne se sacudieron el polvo. Ninguno le dedicó una segunda mirada al cuerpo de Haldor. Uno de los guerreros se agachó para recoger las gruesas cadenas de bronce y atárselas de nuevo al collar de Scylla.; otro aseguró el cráneo de la realeza nehekariana.
Dieron media vuelta, emprendiendo la larga marcha de regreso al norte. Erlock el Tuerto había conseguido su trofeo, su mascota había estirado las piernas y el molesto Aspirante Haldor se había quedado exactamente donde merecía: pudriéndose en la miseria del desierto. Un plan perfecto.
El humo se disipó sobre la colina. Los Rastreadores de la disformidad, los Huérfanos de Kislev y los Agraviados de Karaz-a-Karak bajaron la mirada hacia el cráter vacío, listos para entonar el cántico fúnebre por un Matademonios que, al fin, parecía haber encontrado su glorioso y ardiente final.
El solemne y emotivo momento fue arruinado por un sonoro escupitajo de barro a treinta pasos de allí.
Bragi Muerdehachas se alzó a duras penas del fondo de una pestilente zanja. El fuego brujo no lo había desintegrado; solo lo había sacado volando por los aires. Su orgullosa cresta naranja era ahora un rastrojo de cerdas chamuscadas, no le quedaban cejas y estaba cubierto de hollín de pies a cabeza, pero seguía apretando su hacha a dos manos. La hueste enana dejó escapar un suspiro de decepción colectiva; su general seguía vivo y la deuda seguía sin cobrarse.
Reagrupados y con un cabreo monumental, reemprendieron la marcha hacia el norte, adentrándose en los vientos cortantes del Territorio Troll. El clima de la estepa desolada golpeaba sin piedad, un castigo humillante para un enano en taparrabos y sin pelo que le abrigara las ideas.
Fue entonces cuando el hedor a jabalí rancio y estiércol les calentó la sangre.
LA BATALLA
Una marea de músculo verde y hierro despuntó en el horizonte: Loz Morlakoz. Al frente de la banda marchaba Durkit, un Orco Negro que medía el valor de cualquier criatura basándose estrictamente en su tamaño.
El caudillo oteó el horizonte y se topó con la línea de matadores. Desde su altura, ver a un enano ennegrecido, calvo y tiritando de frío al frente de una banda de barbudos despeinados solo significaba una cosa: «kanijoz».
Durkit soltó una carcajada gutural que hizo temblar la tundra. Sin molestarse siquiera en desenvainar, le dio un empujón a Chepi, el enorme troll jorobado que babeaba a su lado, señalando a Bragi como si fuera un simple aperitivo para que su mascota se lo tragara de un bocado.
Bragi se crujió el cuello y escupió un diente flojo en la nieve. Le habían reventado con magia ratera, le habían quemado la barba y se estaba congelando los pies. Que un pielverde sobredimensionado lo considerara la merienda de su perro era exactamente el tipo de insulto que necesitaba para entrar en calor.
El cielo del Territorio Troll parecía compartir el cabreo de los enanos. Un aguacero torrencial se desplomó sobre la estepa, convirtiendo la tierra helada en un lodazal espeso que volvía cada paso una tortura y anulaba cualquier intento de cargar con agilidad.
Sin esperar a que los pielesverdes se organizaran, la hueste enana chapoteó a través del barro. Ignorando el peso del agua, tomaron la iniciativa y se atrincheraron alrededor del viejo monolito de piedra en el centro del campo. Iba a ser su tumba, o la de los orcos.
En el flanco izquierdo, la gloriosa brutalidad de los Morlakoz se desmoronó en una comedia de errores. Los Agraviados avanzaron para asegurar el terreno, topándose de frente con la infantería de élite orca, la estruendosa vagoneta snotling y El Chepi.
La carga orca fue un desastre. La vagoneta snotling se estrelló contra el muro de músculos enanos y se hizo astillas en cuestión de segundos. Al ver a la chusma snotling siendo triturada, El Chepi demostró que su cobardía era aún mayor que su joroba. Dio media vuelta y echó a correr patéticamente.
Los Agraviados de Karaz-a-Karak no tuvieron piedad. Persiguieron al troll por el lodazal y lo hicieron picadillo antes de girarse hacia los Orcos Negros. La élite de Durkit fue masacrada sin miramientos; solo dos desdichados pielesverdes lograron sobrevivir, huyendo del campo de batalla con el orgullo hecho pedazos.
Pero la verdadera épica, la sangre que los dioses de la guerra exigían, se derramó en el flanco derecho.
Los Rastreadores de la Disformidad, con Bragi a la cabeza, se prepararon para el impacto. La caballería de jabalíes y el mismísimo Durkit cayeron sobre ellos como un alud de colmillos y hierro oxidado.
La carga de Loz Morlakoz hizo temblar el fango. Fiel a su estricta regla de medirse siempre con lo más grande y duro que tuviera enfrente, el inmenso Orco Negro había fijado sus ojos en el líder de la hueste enana y cargó directo hacia él, bramando un desafío a pleno pulmón.
El objetivo de su furia era, siendo generosos, un poema desastroso. Abrasado de pies a cabeza, con la barba reducida a un estropajo humeante y su otrora gloriosa cresta convertida en tres mechones achicharrados que le daban el aire de un pollo desplumado bajo la lluvia, Bragi Muerdehachas dio un paso al frente y aceptó el duelo con un rugido salvaje. Durkit soltó una carcajada gutural que resonó por toda la tundra, encantado ante la insolencia de aquel «kanijo» chamuscado que se atrevía a plantarle cara.
A pesar de su aspecto lamentable, Bragi seguía siendo una picadora de carne. Se movió con una velocidad antinatural, una exhalación naranja y negra que se deslizó bajo la pesada guardia del caudillo orco, y trazó un arco impecable con su hacha buscando el cuello del pielverde. Debería haber sido su golpe letal maestro, la decapitación perfecta. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido. Sin el peso y la aerodinámica de su majestuosa cresta para hacer de timón en el salto, y con el fango resbaladizo traicionando sus botas bajo el aguacero torrencial, Bragi perdió un centímetro crucial de precisión. El hacha se hundió profundamente en la gruesa coraza y el enorme pecho del Orco Negro, pero no logró separarle la cabeza de los hombros.
Cualquier otra criatura habría caído muerta en el acto. Durkit no. Demostrando la resistencia bruta, absurda y sobrehumana que lo había convertido en el líder incontestable de los Morlakoz, el pielverde apenas rugió, absorbió el dolor del hacha clavada en su carne y, aprovechando que el enano estaba desequilibrado, descargó un contragolpe devastador con toda la furia de su inmenso tamaño.
El arma del Orco Negro partió las defensas del Matademonios y lo derribó con un crujido sordo. Bragi Muerdehachas cayó de espaldas al lodazal helado, con el torso destrozado y el agua de lluvia limpiándole el hollín del rostro. Tosiendo sangre y barro, ensanchó una última sonrisa agrietada y sincera. Había caído ante un rival formidable y no había mancha en su honor. Pero, sobre todo, al morir allí mismo, se ahorraba tener que aguantar el cachondeo del resto de la hueste por haberse quedado calvo.
Por fin. La Deuda estaba saldada.
Al ver caer a su general, Katrin Thormsdottir sintió una envidia feroz. Aquel orco era un portador de la muerte excepcional. Cegada por su propio juramento, cargó contra Durkit buscando compartir el mismo final glorioso. Y el Kaudillo, implacable, se lo concedió, abatiéndola a pocos metros del cuerpo de Bragi.
A su alrededor, el resto del campo era un matadero. Los Rastreadores aguantaron heroicamente la embestida de los jabalíes y masacraron a los jinetes hasta el último orco. En el centro, los Huérfanos de Kislev absorbieron la violenta carga del carro de Durkit y, con precisión quirúrgica, lo destrozaron hasta dejar solo leña y chatarra.
Ciego de ira al ver su carro destruido y su banda aniquilada, Durkit cargó en solitario contra los Huérfanos. Los Matagigantes enanos, extasiados al ver la carnicería que el orco había desatado, le salieron al paso exigiendo desafíos individuales. Durkit era una fuerza de la naturaleza: decapitó a uno, partió en dos a otro… El orco luchaba como un demonio verde, concediendo muertes gloriosas a diestra y siniestra.
Pero incluso el más grande de los Morlakoz tiene un límite. Exhausto, sangrando por decenas de cortes y rodeado por una marea de hachas naranjas, Durkit fue finalmente despedazado. Había luchado como un gigante y había muerto como uno.
La tormenta siguió azotando el monolito. En todo el páramo no quedaba un solo pielverde con vida. Los matadores enanos, cubiertos de barro y sangre, clavaron sus armas en la tierra. Excavaron una fosa en el fango helado del Territorio Troll y, en un solemne silencio solo roto por la lluvia, enterraron a Bragi Muerdehachas.
Ya no había maldición ni deshonor. La Deuda de Muerdehachas había sido saldada para siempre.
Salir del mismísimo Reino del Caos respirando es el mayor fracaso al que puede aspirar un Matador.
Mientras arrastraba las botas por el barro de los reinos humanos, Bragi Muerdehachas sentía que el mundo le debía una muerte que se negaba a pagarle. Caminaba con los hombros caídos, el hacha arrastrando por el fango y la mirada vacía. A su espalda, los escasos supervivientes de la hueste le seguían en silencio, contagiados por la misma apatía deprimente. Buscaban un final épico y solo habían encontrado lluvia, frío y un aburrimiento insoportable.
Fue entonces cuando la tierra escupió a la Horda de los Hermanos Malditos.
Los caudillos desterrados, Squirrel y Lord Hamstor, llevaban meses mendigando sangre para recuperar el favor del Consejo de los Trece. Habían planeado la emboscada perfecta. Contaban con superioridad numérica, el terreno a su favor y los peligrosos juguetes experimentales del Clan Skryre. Debía haber sido una trampa mortal.
Sin embargo, la depresión de los enanos los hizo moverse con la prisa de quien solo quiere acabar con todo de una maldita vez.
Antes de que los hombres rata pudieran cerrar las fauces de su trampa, la línea anaranjada ya estaba marchando directamente hacia ellos, arrebatándoles la iniciativa.
El objetivo era una colina coronada por una vieja columna de piedra. No tenía ningún valor estratégico real, pero en la guerra, los idiotas mueren por colinas estúpidas todos los días. Y esa iba a ser su colina.
La desesperación de los Skaven por recuperar el centro los llevó a cometer errores desde el principio. El Ingeniero Brujo, ansioso por demostrar el poder del Clan Skryre, se atiborró de piedra bruja refinada para canalizar los vientos de la magia. Fue demasiada codicia. En lugar de un relámpago devastador, la magia se colapsó en sus venas, provocándole una hemorragia por el hocico y dejándolo retorciéndose de dolor sin haber conjurado absolutamente nada.
A pesar del fracaso mágico, la marea peluda avanzó. Uno de los caudillos menores lideró una horda de Guerreros del Clan, flanqueados por el chirrido espantoso de una Rueda de la Condenación, estrellándose directamente contra los Agraviados.
Bragi estaba en el frente. Lanzó su desafío por inercia, sin pasión alguna. El caudillo rata aceptó, temblando. El choque fue patético. Bragi, luchando con una desgana palpable, apenas le hizo un tajo superficial al Skaven. Por su parte, el caudillo no logró ni rozar al enano. Fue un intercambio lúgubre. Muerdehachas estaba tan desconectado de la pelea que bajó la guardia, permitiendo que una vulgar rata del clan le clavara un puñal roñoso en el costado. Ni siquiera gruñó; solo miró la herida como si le hubiera picado un insecto molesto. No le veía sentido a seguir luchando así.
Por suerte, Katrin Thormsdottir no compartía su apatía. Junto a los Rastreadores de la Disformidad, la enana se lanzó como un misil contra el flanco expuesto de la Rueda de la Condenación. El hacha astilló la madera, reventó los engranajes y dejó la máquina de Skryre reducida a chatarra humeante en un abrir y cerrar de ojos.
Aprovechando la inercia de la matanza, Katrin y los Rastreadores arrasaron hacia adelante, empotrándose en la horda de ratas que combatía contra Bragi. El impacto desmoronó por completo los nervios de los roedores, que dieron media vuelta y huyeron despavoridos, llevándose a su caudillo con ellos. Aquella desbandada permitió a los Huérfanos coronar la colina y asegurar la columna de piedra para el resto de la matanza.
Pero el Ingeniero Brujo aún tenía cuentas pendientes. Babeando espuma verde y enfurecido por su error anterior, descargó el poder de sus anillos mágicos. Bolas de fuego esmeralda llovieron sobre los Agraviados. Las llamas calcinaron a la unidad entera, reduciéndolos a carbón humeante y dejando a Bragi completamente solo en la loma, desprotegido.
En el flanco izquierdo, la Amerratadora del Clan Skryre escupía plomo a una velocidad enfermiza. Las balas mermaban a los enanos, sí, pero a un ritmo ridículamente lento. Frustrados, los tiradores cambiaron de objetivo al ver a Bragi solo. Vaciaron los cargadores sobre el Matademonios. La tormenta de proyectiles levantó nubes de polvo a su alrededor. Bragi ni siquiera intentó esquivarlos. Se quedó quieto, esperando que una bala misericordiosa le volara la cabeza.
Cuando el cañón dejó de girar por falta de munición, la niebla se disipó. Muerdehachas seguía en pie. Ni un solo perdigón había tocado su carne. Hasta la muerte parecía despreciarle.
Mientras tanto, la sed de sangre de Katrin la llevó a estrellarse contra la segunda gran horda Skaven, liderada por el mismísimo General de los Hermanos Malditos. El gigantesco hombre rata demostró su letalidad decapitando a la mitad de los Rastreadores él solo. Sin embargo, los matadores tienen la mala costumbre de ser más peligrosos cuando están dando su último suspiro. Antes de desplomarse, los Rastreadores moribundos lanzaron sus últimos tajos, mutilando y arrastrando al General Skaven con ellos al infierno en un último y glorioso golpe de gracia.
El final se precipitó. Los Huérfanos flanquearon a la horda que acababa de perder a su general y la borraron del mapa. Katrin maldijo al cielo cuando la Amerratadora intentó barrer al último Rastreador vivo, pero el arma se encasquilló con un quejido metálico, negándole a los enanos su ansiado final. La batalla estaba ganada. Los escasos roedores que intentaron una última carga desesperada no consiguieron matar a los Huérfanos.
La victoria por puntos era clara. El campo de batalla les pertenecía.
Pero en el centro de la masacre, el Ingeniero Brujo Skryre, acorralado y desquiciado, exprimió el último fragmento de piedra bruja de su bolsa. Sus ojos brillaron con un resplandor tóxico y, canalizando todo el calor residual de su anillo, lanzó una llamarada monstruosa, ardiente y antinatural directamente contra la figura solitaria de Bragi.
Hubo un destello cegador que obligó a Katrin a apartar la mirada. El rugido del fuego brujo devoró el oxígeno del pedregal.
Cuando las llamas esmeralda se extinguieron y el humo con olor a azufre fue arrastrado por el viento, en el lugar donde había estado Bragi Muerdehachas solo quedaba un círculo de tierra cristalizada y ceniza negra. Ni armas, ni oro, ni huesos calcinados. Nada.
Los Huérfanos miraron el cráter en silencio. La lógica dictaba que el fuego lo había consumido por completo, reduciéndolo a la nada. Había encontrado por fin su muerte.
Y sin embargo… no había cuerpo. Y los enanos saben mejor que nadie que, en este viejo y retorcido mundo, si no hay un cadáver al que enterrar, nunca se puede dar una deuda por saldada del todo.
El Reino del Caos es un matadero con voluntad propia. La tierra palpita bajo las botas como un corazón enfermo, y las leyes de la física se retuercen hasta romperse. En este vertedero de la realidad, Los Despojos de Aethel-Anor esperaban.
El rencor de los enanos se encendió rápido, pero el ímpetu es un arma de doble filo. Los Buscamuertes, cegados por el juramento, se adelantaron al resto de la línea, lanzándose a la carrera contra la unidad de Diablillas. Bragi, con las piernas pesadas por la escarcha y la sangre de batallas anteriores, quedó rezagado.
Fue una ejecución rápida. Antes de que los Buscamuertes pudieran levantar sus hachas, las garras de las Diablillas se movieron con una gracia antinatural y letal. La carne enana fue hecha tiras en un suspiro, dejando a Bragi solo frente a la marea de Slaanesh.
Habiendo probado la sangre, las demonias cargaron contra el general. Bragi alzó la voz por encima del siseo demoníaco y retó a Anahida, el Heraldo de Slaanesh, una criatura nacida de la vanidad. El choque fue un destello borroso. Las pinzas de la criatura encontraron la carne del enano, abriendo una herida profunda que lo llevó al límite, pero el hacha rúnica de Bragi fue más certera. Con un tajo salvaje, partió al Heraldo por la mitad.
Sangrando y furioso, Bragi volvió a escupir un desafío, pero la nueva líder de las Diablillas se acobardó tras sus hermanas, confiando en que la superioridad numérica ahogara al enano. Se equivocaba. Convertido en un torbellino rúnico, Bragi despedazó a cuatro demonias sin recibir un solo rasguño a cambio.
La unidad demoníaca estaba a punto de desvanecerse en la disformidad, pero el Reino del Caos cuida de los suyos. Una fluctuación grotesca en el aire —un doble uno en el tejido del destino— hizo que los pedazos de carne demoníaca se cosieran solos. Las Diablillas caídas se levantaron de nuevo, riendo.
Lejos de desesperarse, Bragi apretó los dientes y lanzó un nuevo desafío. Rechazado, volvió a masacrar a otras cuatro diablillas. Pero esta vez, el tejido no aguantó y las hijas de Slaanesh estallaron en una nube de polvo rosado, borradas para siempre del plano.
Mientras Bragi libraba su carnicería aislada, el resto de la hueste enana avanzó. Los Huérfanos intentaron atrapar a las Buscadoras en corcel y los Agraviados cargaron a los Incineradores, pero la cobardía es ley entre los demonios; ambas unidades huyeron estratégicamente para reagruparse en terreno elevado.
En esa distancia, Nyarlath, el hermano de Anahida condenado por las mentiras de Tzeentch, alzó su báculo aberrante. Un fuego disforme cruzó el campo y calcinó a la mitad de los Agraviados en un instante.
El cielo se oscureció. Las Furias del Caos, criaturas de pura rapiña oportunista, volaron trazando círculos para caer por la espalda de los mermados Agraviados.
El impacto por la retaguardia fue devastador. Atrapados entre las garras aladas, los Agraviados fueron masacrados hasta el último hombre, dejando sus juramentos hundidos en el polvo caótico.
Las Buscadoras de Slaanesh aprovecharon el caos para cargar contra los Rastreadores de la Disformidad. Lo que debió ser una masacre demoníaca se convirtió en un muro de testarudez dawi. Los Rastreadores aguantaron embate tras embate, sangrando pero negándose a caer, comprando con sus vidas el tiempo exacto para que los Huérfanos llegaran al rescate y destrozaran a la caballería de Slaanesh.
Ajeno a todo, Bragi fijó sus ojos en Nyarlath. Quería cerrar el círculo y acabar con el segundo líder de Los Despojos de Aethel-Anor. Cargó, pero el demonio de Tzeentch huyó como un cobarde para ganar distancia y desatar una tormenta mágica.
El fuego disforme golpeó a Bragi, pero los tatuajes talismánicos de su piel brillaron con una luz dorada, absorbiendo el impacto. Con un último empujón, el enano acorraló al Heraldo de Tzeentch y lo destrozó en combate cerrado.
Viendo al general tambalearse, las Furias que acababan de aniquilar a los Agraviados se lanzaron en picado contra él, buscando un botín fácil.
Bragi, al límite del colapso, tosiendo sangre y sosteniéndose por puro odio, levantó el hacha. Partió a dos de las criaturas en el aire, pero una logró colarse en su guardia, a punto de asestarle el tajo final. La impresionante resistencia del enano fue lo único que mantuvo su cabeza unida al cuello.
Cuando el polvo mágico se asentó, el Reino del Caos quedó en un silencio antinatural. Solo tres Incineradores se encogían en la distancia. Bragi Muerdehachas, bañado en su propia sangre y en el icor de los demonios, subió pesadamente los escalones del trono de hueso que dominaba el paisaje. Se dejó caer sobre él. Aún respiraba. La muerte, una vez más, tendría que esperar.
Snotgul y su banda de parientes hambrientos bajaron de las montañas buscando una aldea humana para llenarse la panza de carne tierna. Encontraron algo muy distinto: una grieta palpitante hacia el Reino del Caos y un muro de matadores ansiosos por derramar sangre. El aire alrededor del monolito central olía a ozono y a magia corrupta.
Los matadores avanzaron con paso firme y armas en mano. Odiaban la brujería, odiaban a los ogros y aborrecían esperar.
Los gnoblars, empujados por el miedo a sus enormes amos, se adelantaron para hostigar con chatarra afilada. Se quedaron demasiado cerca. Khargrim el Enloquecido y los Rastreadores de la Disformidad se abalanzaron sobre ellos con las hachas sedientas, dispuestos a cobrar el primer peaje de dolor.
La artimaña de las pequeñas criaturas funcionó. Aguantaron el choque lo justo para dejar a Khargrim completamente expuesto a la embestida brutal de los Caballeros Dientemartirio. Las enormes bestias acorazadas reventaron la línea y pasaron por encima del matador, dejándolo enterrado bajo un amasijo de colmillos y escarcha. Inconsciente, roto, pero demasiado terco para morir definitivamente.
Los Rastreadores resistieron estoicamente el castigo de los jinetes hasta que los Huérfanos llegaron al combate. El refuerzo enano picó carne de ogro y bestia por igual, destripando a la caballería y haciendo que los gnoblars supervivientes corrieran despavoridos hasta desaparecer del campo de batalla.
En el centro, Bragi Muerdehachas fijó su vista en Snotgul y sus Tripasduras. Ordenó la carga para tomar el vórtice, pero el terreno quebrado y corrompido frenó el avance de los Agraviados. Se quedaron clavados a escasos metros del enemigo.
Snotgul vio la oportunidad de un festín fácil y ordenó cargar con todo su peso. El choque de los Tripasduras hizo temblar la piedra, pero Bragi saltó sobre la marea de músculos y buscó al general ogro justo en el epicentro del vórtice. Le lanzó un desafío a pleno pulmón, exigiendo su vida.
El enorme ogro levantó su arma para aplastar al enano, confiando en su masa y en la regeneración antinatural que le otorgaba el estandarte de su unidad. Nunca llegó a bajar el brazo. Bragi giró con una velocidad sobrenatural. Su hacha rúnica trazó un arco perfecto y separó limpiamente la cabeza de Snotgul de sus hombros. Un golpe seco y mortal. La sangre brotó a borbotones antes de que la carne del ogro pudiera siquiera intentar cerrarse.
Ver a su general decapitado destrozó los nervios de los Tripasduras. Sus siguientes ataques fueron torpes y desesperados. El pánico se apoderó de ellos, rompieron filas y trataron de huir. Los enanos no tienen piedad con los cobardes; persiguieron a las moles de carne a la carrera y los descuartizaron por la espalda sin miramientos.
El pedregal quedó en un silencio sepulcral, roto únicamente por el zumbido del vórtice.
Ni un solo ogro vivo en todo el horizonte. Bragi Muerdehachas pisó firme el monolito, se limpió la grasa de la cara y miró hacia el abismo purpúreo del Reino del Caos. Su deuda le estaba esperando al otro lado.
El hedor a mutación siempre viajaba más rápido que los ejércitos. Una peste a carne podrida y el sabor metálico de la magia antinatural. Bragi Muerdehachas llevaba tres días siguiendo ese rastro pestilente.
Los Cuervos Sedientos se habían separado de la horda principal tras salir malparados de su cruce por el Paso del Fuego Negro.
Confiados en su brutalidad, buscaban presas fáciles donde cobrarse su botín y su cuota de esclavos. Al frente marchaban dos hermanos consumidos por su propia ponzoña: Tömoor, el primogénito, un hechicero exaltado que jugaba a hacer tratos con demonios, y Bäatar, el segundón resentido, que cabalgaba a su lado empuñando una espada que le susurraba oscuros secretos cuando probaba la sangre.
Se creían los depredadores absolutos del páramo. Seguidos por una falange de guerreros acorazados, jinetes oscuros y una aberración babeante tocada por las moscas de Nurgle. Los norscanos rieron al ver a una solitaria banda de enanos semidesnudos bloqueando su camino. Pensaron que era casualidad. Ignoraban que La Deuda de Muerdehachas los había olfateado a leguas de distancia y los había acorralado deliberadamente en aquel secarral.
Bragi escupió sobre la tierra seca. No le importaban las disputas familiares de aquellos degenerados adoradores de los Dioses Oscuros. Una garganta humana se cortaba igual de bien, tuviera tentáculos, cuernos o delirios de grandeza.
A su derecha, Katrin Thormsdottir hizo girar las muñecas, arrancando un leve silbido del filo de su hacha. Sus ojos se clavaron directamente en la figura flotante de Tömoor, cuyas manos ya chisporroteaban con el fuego mutante de Tzeentch.
—El mago de los demonios es mío —murmuró Katrin. Era una sentencia en firme, no una petición.
Bragi asintió lentamente, fijando su vista en Bäatar y su arrogante montura acorazada. Los norscanos empezaron a vociferar sus rezos incomprensibles, alzando el acero hacia el cielo. Los matadores no respondieron con gritos. Solo apretaron los dientes y echaron a correr hacia la marea del caos con la sombría eficiencia de un verdugo que tiene mucho trabajo por delante.
Desde las filas enemigas, Tömoor levantó su báculo deforme. Como primogénito y líder, sus oscuros tratos con demonios le habían otorgado talentos destructivos que no dudaba en emplear con deleite.
Katrin Thormsdottir, con los nudillos blancos sobre su hacha, evaluaba los movimientos del hechicero de Tzeentch a lo lejos.
Tömoor pronunció una sílaba que hizo sangrar los oídos de quienes estaban cerca. Un proyectil de energía disforme y antinatural salió disparado de sus dedos y cruzó el campo de batalla para impactar de lleno en el pecho de Khargrim el Enloquecido.
El estallido arrojó a Khargrim por los aires como a un muñeco de trapo. Aterrizó con un crujido sordo contra el pedregal, completamente inerte y cubierto de escombros. Cualquier hombre habría sido reducido a pulpa, pero el cráneo del buscanuertes es más duro que el granito; Khargrim escupió un hilo de sangre y quedó inconsciente.
Mientras tanto, en el otro extremo de la línea, la envidia corroía las entrañas de Bäatar. Codiciaba el mando de su hermano y la atención de los dioses. Las deidades de la ruina escucharon su resentimiento y lo recompensaron: sus músculos se hincharon hasta deformar la armadura negra, su fuerza se multiplicó y la hoja que empuñaba comenzó a susurrar promesas de carnicería con más fuerza que nunca.
El flanco izquierdo enano fue el primero en chocar. Una aberración de carne flácida, tentáculos y pústulas supurantes de Nurgle se abalanzó contra la línea de los Huérfanos de Kislev.
En lugar de retroceder ante el hedor, los enanos despedazaron al engendro en un frenesí de tajos transversales, reduciendo a la bestia a una pila de grasa temblorosa en cuestión de segundos.
Sin detenerse a limpiar el icor de sus armas, los enanos utilizaron la inercia de la matanza para arrasar hacia adelante, impactando como un ariete directamente contra la guardia personal de Tömoor.
La brutalidad de los matadores hizo trizas la moral de los guerreros de Tzeentch. La línea de escudos del Caos se quebró. Dieron la espalda y huyeron, pero las piernas cortas de los enanos se mueven muy rápido cuando hay agravios que saldar. La unidad de Katrin les dio caza por la espalda, pasando a los guerreros por el filo y pisoteando el cráneo de Tömoor contra el polvo, silenciando para siempre sus tratos demoníacos.
Por el flanco derecho, la tierra temblaba. Bäatar espoleó a su montura monstruosa, liderando la carga de los Caballeros del Caos directamente contra Bragi y sus Rastreadores de la Disformidad. El impacto fue devastador, una avalancha de hierro oscuro, cuernos y cascos aplastando la carne anaranjada.
Bragi reaccionó. Plantó los pies en la ceniza, alzó su hacha y lanzó un desafío a pleno pulmón, exigiendo la cabeza del líder. Fue el Campeón de la unidad quien cometió la estupidez de interponerse.
El cruce duró lo que tarda un parpadeo. Bragi esquivó el embate de la lanza negra y devolvió un revés perfecto, un golpe letal que separó la cabeza del Campeón limpiamente de su cuello acorazado, mandando el casco a rodar por el suelo.
Pero la euforia no tenía cabida allí. Mientras Bragi despachaba al retador, el resto de los Caballeros del Caos hundieron sus armas en los Rastreadores de la Disformidad, masacrándolos hasta el último hombre y dejando a Muerdehachas completamente solo frente a los caballos acorazados.
Bäatar sonrió bajo su yelmo y bajó su espada susurrante. El auténtico duelo acababa de empezar. Bragi se adelantó, anticipándose al héroe del caos con una velocidad impropia de su tamaño. Su hacha bajó trazando un arco perfecto hacia la clavícula desprotegida del Norscano. Era un tajo mortal. Un golpe maestro.
Sin embargo, a escasos centímetros de la carne, el aire chirrió. La perturbadora cercanía a los portales de los Desiertos del Caos dobló las leyes del mundo físico; una energía antinatural envolvió la armadura de Bäatar, repeliendo el filo rúnico y salvándole la vida de forma milagrosa.
El choque de fuerzas desequilibró a Bragi, obligándole a ceder terreno, tropezando con los cadáveres de sus propios hermanos mientras Bäatar descargaba su furia aumentada sobre él.
Fue un momento de agonía cruda, pero el Matademonios solo necesitaba recuperar el aliento. En el siguiente compás del combate, Bragi encontró la apertura. Ignorando el dolor, giró sobre sí mismo y partió al héroe del caos en dos, ahogando los susurros de su espada oscura para siempre.
Al ver caer a su paladín, los Caballeros del Caos que quedaban vacilaron. Fue el último error de sus vidas. Bragi, impulsado por una ira fría, remató el trabajo. Dos movimientos circulares. Dos cortes precisos a la altura de las gargantas. Dos golpes letales más que vaciaron las monturas.
El silencio cayó pesado sobre el yermo. No quedaba ni un solo adorador de los Dioses Oscuros en pie. Solo ceniza, sangre negra y el crepitar lejano de los vientos de la magia.
Bragi se apoyó en el mango de su hacha y respiró hondo, mirando el horizonte retorcido que marcaba el inicio de los auténticos Desiertos del Caos. La puerta de entrada estaba despejada.
El hedor a bilis de troll había quedado atrás, reemplazado por el viento cortante de los bosques de Middenland. Un frío que se metía hasta los huesos, hacía crujir las viejas articulaciones y convertía el aliento en vaho gris.
Bragi Muerdehachas se quitó un costrón de sangre seca del antebrazo con el pulgar. Su hacha rúnica aún pesaba con el cansancio de la última carnicería, y el eco de su duelo con el kaudillo Kardoz le dejaba un pinchazo sordo en el hombro con cada paso. A su alrededor, los supervivientes y las nuevas incorporaciones de la hueste avanzaban en silencio por el camino de tierra helada. Los Huérfanos de Kislev apretaban sus empuñaduras, los Agraviados masticaban tabaco negro y los Rastreadores de la Disformidad ya se habían dispersado entre los pinos altos, invisibles como fantasmas con cresta.
Nadie hablaba de gloria. La gloria era un cuento para imberbes que aún esperaban morir en una cama limpia.
A cien pasos de distancia, el camino estaba cortado.
Una muralla de acero pulido, capas de lana gruesa y pieles de lobo bloqueaba el paso. Al frente de la línea imperial se erguía Eberhardt Krieger, sacerdote de Ulric. Era un hombre ancho como un tonel de roble, envuelto en un manto ceniciento y con un martillo a dos manos apoyado en el suelo. A su lado, Konrad Voss, el Condenador, mecía con lentitud la cadena de su flagelo; sus ojos eran dos púas oxidadas clavadas en el rostro de Bragi.
—Estáis en tierras de Middenland, enanos —rugió Krieger, y su voz sonó como grava golpeando contra un escudo—. Vuestra marcha termina aquí. Regresad por donde habéis venido o enfrentad la ira del lobo.
Bragi escupió en la escarcha. Los humanos siempre tenían una palabra rimbombante para justificar el miedo: herejía, frontera, ley, orden. Para un matador que ya estaba muerto en los libros del Karaz Ankor, un monje con piel de lobo y un cazador de brujas amargado eran solo otro estorbo entre su hacha y una muerte decente.
A la izquierda del camino, los cascos pesados de cuatro Caballeros del Lobo Blanco piafaban con impaciencia bajo sus bardas. En el centro, once Grandes Espaderos del Imperio mantenían sus hojas en vertical, inmóviles como una empalizada de hierro, mientras las milicias de compañías libres se desplegaban por los flancos con cuchillos y armas arrojadizas en mano.
Un grupo de arqueros tomó posiciones en el bosque, mientras 4 Guardias de caminos ladeaban el rio hostigando a la horda de matadores.
Bragi giró el cuello hasta que le crujió una vértebra. A su derecha, Katrin Thormsdottir sacó su hacha con un suave silbido metálico. A su izquierda, Khargrim el Enloquecido dejó caer sus cadenas al suelo con un traqueteo pesado, sonriendo con las encías sangrantes.
—Dicen que no podemos pasar —gruñó Bragi sin mirar atrás.
Los Agraviados de Karaz-a-Karak respondieron con un rumor ronco desde el fondo de sus gargantas. No hubo cuernos de batalla, ni gritos por Grimnir. Solo el sonido de las botas enanas empezando a trotar sobre la tierra helada, acelerando el paso hacia el acero imperial.
LA BATALLA
Con un rugido sordo que nació de los pechos descubiertos, la línea enana avanzó en tromba hacia adelante, acelerando el trote sobre el suelo congelado.
El clima tenía su propio juicio preparado. Un trueno solitario, seco como el chasquido de un látigo gigante, rasgó las nubes de Middenland. Un relámpago cayó a plomo con un resplandor cegador sobre el centro de la formación enana. El olor a ozono y carne quemada inundó el aire al instante: dos de los Agraviados de Karaz-a-Karak cayeron fulminados, con las barbas echando humo y el bronce de sus hachas fundido contra las palmas de las manos.
En el flanco izquierdo, los Caballeros del Lobo Blanco ya tomaban posiciones estratégicas, flanqueando la marcha de la infantería enana con la paciencia de un depredador que rodea a su presa.
Más adelante, el fuego de pólvora y las armas arrojadizas comenzaron a silbar entre los árboles. La Guardia de Caminos del Imperio y las milicias de Compañías Libres abrieron fuego a discreción. El plomo caliente y los cuchillos de desuello encontraron carne descubierta sin piedad, arrancando jirones de músculo y diezmando las filas de los Huérfanos y de los Rastreadores de la Disformidad antes de llegar al choque.
Ignorando las bajas, Bragi Muerdehachas fijó su mirada en el corazón de la hueste imperial: el sacerdote de Ulric y su guardia pretoriana de Grandes Espaderos. Con un rugido gutural, el Matademonios y los Rastreadores supervivientes se lanzaron al asalto por el flanco derecho. El barro helado resbalaba, las piernas pesaban por el avance y la carga se quedó corta a escasos pasos del muro de acero.
El error fue una sentencia de muerte. Al verse expuestos, Konrad Voss y las unidades imperiales no tuvieron misericordia y se abalanzaron en una carga conjunta sobre Bragi y los pocos Rastreadores que aún quedaban en pie.
De entre la sangre y las capas grises surgió Konrad Voss, el Condenador. Bragi alzó su hacha empapada para el desafío, buscando la garganta del antiguo cazador de brujas. El humano se llevó un vial al labio: la Poción de Fervor corrió por sus venas, dilatando sus pupilas y dotándolo de unos reflejos sobrenaturales. Voss bailó entre los tajos del enano, esquivando cada golpe rúnico por milímetros, y respondió con una secuencia precisa, técnica y brutal de su flagelo. El golpe partió la defensa de Bragi y lo derribó de bruces en la nieve teñida de rojo, dejándolo en un ridículo delante de sus tropas.
Sin su líder, el resto de los Rastreadores de la Disformidad fue absorbido por la marea de espadas imperiales, cayendo masacrados hasta el último hombre en una melé desesperada y sangrienta.
Al ver caer a su general, Katrin Thormsdottir bramó de pura rabia y cargó en solitario contra Konrad para vengar la sangre vertida. El Condenador era un veredicto implacable; pese al empuje de su carga, la enana fracasó ante la maestría del cazador de brujas. Con un revés medido y frío, desvió el hacha de Katrin y la mandó rota y derrotada al suelo junto al cuerpo de Muerdehachas.
En el flanco izquierdo, la carnicería crecía por momentos. Khargrim el Enloquecido, babeando espumarajos y haciendo silbar sus cadenas, se adelantó para cubrir el costado de los diezmados Huérfanos de Kislev.
Los Caballeros del Lobo Blanco espolearon a sus monturas y embistieron con todo el peso de sus bardas de hierro directamente contra él.
Cualquier otro hubiese sido aplastado al instante, pero Khargrim aguantó estoicamente el impacto de los cascos y las martilladas. Riendo como un demente, enredó sus eslabones en las patas de los caballos y empezó a despedazar al escuadrón, masacrando a casi toda la caballería pesada entre gritos de hierro y sangre.
Con un último tirón brutal de sus cadenas de la venganza, Khargrim alcanzó y reventó al último jinete del Lobo Blanco que quedaba en pie, dejando el flanco sembrado de caballos muertos y armaduras destrozadas.
Solo el cobarde y certero plomo de un disparo enemigo desde la distancia logró apagar finalmente la risa del enano, desplomándolo en el lodo del camino antes de que pudiera buscar otra pelea.
Al mismo tiempo, los Huérfanos de Kislev absorbieron el asalto frontal de la Guardia de Caminos.
Con la testarudez propia del Karaz Ankor, los apenas tres Huérfanos que quedaban con vida se revolvieron como bestias acorraladas y lograron masacrar y derribar a los Vigilantes de Caminos, arrancándolos de sus sillas.
Cegados por la sed de sangre, esos tres matadores se lanzaron en persecución y arrasamiento directamente contra los Arqueros del Imperio. Exhaustos, heridos y sin resuello, cayeron de forma humillante y ridícula en un combate cuerpo a cuerpo patético ante los cuchillos de la soldadesca más humilde del Imperio.
En el centro del campo, la última resistencia se desmoronó por completo. Los Agraviados de Karaz-a-Karak, reducidos y rodeados, habían defendido el objetivo central con uñas y dientes. El temblor de la tierra anunció el desenlace: Eberhardt Krieger, el general imperial, marchó al frente de sus once Grandes Espaderos.
El choque degeneró de inmediato en una ejecución sistemática. El martillo a dos manos de Krieger y las espadas pesadas del Imperio partieron armas, carne y hueso, masacrando hasta el último de los Agraviados sobre la escarcha.
El viento de Middenland volvió a soplar en silencio sobre un campo sembrado de cadáveres anaranjados. La Deuda de Muerdehachas no había dejado ni un solo superviviente en pie. Una derrota absoluta, aplastante y humillante bajo el frío juicio del Imperio del Hombre.
EPILOGO
Cuando el sol del ocaso apenas lograba teñir de morado las nubes grises, Eberhardt Krieger limpió la sangre reseca de su martillo con un trapo de lana y miró el campo de batalla. Los cuerpos de los enanos cubrían la tierra helada como manchas de óxido sobre la nieve limpia de Middenland.
—Enterradlos profundo —ordenó el sacerdote de Ulric a los milicianos supervivientes, su voz ronca por el humo de la pólvora—. Hacedlo por pura prudencia, para que las bestias del bosque no se ceben con carne terca. Han luchado como demonios, pero su juramento acaba en la ley de esta tierra.
A su lado, Konrad Voss guardó el vial vacío de su poción en la bandolera de cuero. El Condenador miró el lugar exacto donde había caído el enano del hacha encadenada. Su rostro duro y anguloso carecía de toda expresión de triunfo; solo mostraba la fría satisfacción del trabajo terminado.
—Buscaban el fin, Krieger —murmuró Voss, ajustándose el sombrero de ala ancha mientras el viento le azotaba la capa—. Y hoy, el Imperio se lo ha servido en plato frío.
Lo que ni el sacerdote ni el cazador de brujas sabían era que toda aquella charla pomposa sobre la ley del Imperio, la nieve teñida de sangre y la supuesta humillación de los matadores jamás había ocurrido fuera de un cráneo recalentado.
EL DESPERTAR: UNA RESACA DE HIERRO Y MALTA
Bragi Muerdehachas abrió un ojo. Luego el otro.
La luz del día le clavó dos agujas de hielo directamente en el cerebro. Un punzada sorda, espesa y martilleante le hacía vibrar las sienes, el clásico precio de haberse bebido media reserva de cerveza negra imperial sin respirar. Se incorporó pesadamente sobre la nieve pisoteada, escupiendo un gargajo espeso, y notó un peso frío y húmedo descansando sobre su regazo.
Bajó la vista. No era su hacha. Era la cabeza cercenada de Eberhardt Krieger, el sacerdote de Ulric, que lo miraba desde el suelo con los ojos vidriosos y una mueca de espanto congelada en la cara.
—Por las barbas de mis ancestros… —gruñó Bragi, palpándose el cuello intacto—. Puta cerveza humana. Da unas pesadillas que parecen de verdad.
A su alrededor no había ningún cementerio de matadores. Al contrario. El campo de batalla frente a los muros de la fortaleza de Middenheim era un remanso de paz regado de cadáveres vestidos con capas de lobo gris. En el centro del claro, los dos objetivos estratégicos —barriles de cerveza incautados por el Imperio— estaban firmemente en manos de La Deuda de Muerdehachas.
A unos metros de allí, Khargrim el Enloquecido y los supervivientes de los Huérfanos de Kislev ya habían reventado las tapas del segundo cargamento. Khargrim reía a carcajadas con la espuma manchándole el pecho desnudo, brindando con jarras improvisadas mientras los restos de la caballería enemiga se enfriaban a sus pies.
El recuerdo real de la batalla empezó a abrirse paso a golpes a través de la neblina de malta de Bragi, rebobinando los acontecimientos desde aquella gloriosa carnicería final hasta el principio.
La masacre imperial no había sido mas que un sueño de pasadilla. Lo que ocurrió minutos antes fue un duelo rápido, brutal y definitivo. Cuando Krieger intentó alzar su martillo a dos manos, Bragi ni siquiera le dio tiempo a recitar sus versos a Ulric: un solo tajo fluido de su hacha rúnica, un golpe letal ejecutado con precisión quirúrgica, había separado la cabeza del sacerdote de sus hombros de un corte limpio.
En el flanco izquierdo, la historia del «invencible» Konrad Voss había sido un chiste aún más corto. El Condenador había intentado interponerse en el camino de Khargrimel Enloquecido, confiando en su flagelo y su mirada de acero. Khargrim simplemente lo barrió del mapa. Sin dejarle respirar, el matador cayó sobre el cazador de brujas como un perro rabioso, despedazándolo sin piedad antes de aplastar, uno a uno, a los Caballeros del Lobo Blanco junto al empuje imparable de los Huérfanos.
Y es que, al recordar el choque general, todo cobraba sentido. El Imperio había tenido la iniciativa, sí. Habían marchado primero desde su fortaleza con los estandartes en alto, desplegándose con soberbia por toda la frontera.
Pero el cielo de Middenland no estaba con ellos: una ráfaga furiosa sopló con violencia durante toda la mañana, reduciendo el alcance de los arcos y los rifles imperiales a un soplido inútil. Entre el viento cortante y una puntería penosa, la pólvora imperial fue un desastre absoluto. Apenas dos matadores cayeron en todo el avance antes de que las líneas chocaran de frente.
En el centro, Katrin Thormsdottir y los Agraviados habían pasado por encima de los Grandes Espaderos como una segadora por un campo de trigo, destrozando su famosa disciplina marcial hasta no dejar un solo hombre en pie.
Bragi soltó una carcajada ronca que le hizo temblar el pecho, agarró una jarra rebosante que le tendía uno de los Agraviados y le dio un trago largo que le empapó la barba roja.
—¡Que entierren a los lobos! —gritó el Matademonios al viento helado—. ¡Esta cerveza es nuestra!
El hedor a cieno y bilis de pescado llegó mucho antes que los propios monstruos.
El fango se pegaba a las botas con la insistencia de un acreedor desesperado. Era una ciénaga miserable, un lodazal olvidado por los dioses en la falda de un desfiladero grisáceo. Un lugar perfecto para morir de disentería o aplastado.
Para Kardoz, solo era un martes de mierda.
Aún no era un gran Kaudillo. No había estandartes rimbombantes a su nombre ni decenas de miles de gargantas rugiendo a su paso. De momento, Kardoz era poco más que un niñero glorificado, el pastor de la escoria más grande, estúpida y hambrienta del Waaagh!. Gruñó, ajustando el agarre de su rebanadora mientras veía a los Vomitasapos arrancarle la cabeza a un jabalí muerto para pelearse por las entrañas.
A su izquierda, los tres Tragasapos eructaban nubes de ácido gástrico que marchitaban la poca hierba que quedaba en el suelo. Eran seis Trolls de Río en total. Bestias formidables, regenerativas y absolutamente imbéciles.
Cuidar a los trolls, le habían dicho. Asegúrate de que llegan al frente. Kardoz escupió un gargajo negruzco. Detrás de él, los veinte orcos grandotes que conformaban la Guardia de Kardoz chocaban sus armas contra los escudos de madera astillada, aburridos e impacientes por golpear algo que no fueran ellos mismos.
En los flancos, los cuatro Jabalís pastores luchaban por mantener a sus monturas en formación; los cerdos gruñían, nerviosos por el olor del ácido de los trolls.
—Haz ke dejen de masticar piedra, Zugrot —espetó Kardoz, frotándose la mandíbula.
El chamán, Zugrot, dio un salto espasmódico. Iba a pie, envuelto en trapos sucios y fetiches de hueso que tintineaban con cada tic nervioso. Los trolls confiaban en él. O, al menos, la magia verde y crepitante de Gorko que flotaba a su alrededor lograba que las estúpidas bestias no se comieran a los orcos por accidente.
Zugrot olfateó el aire. Sus ojos, inyectados en sangre, se abrieron de par en par.
—Huele a metal, jefe —masculló el chamán, rascándose una costra—. Metal y… furia.
La bruma se partió con el sonido rítmico y espantoso de eslabones de hierro raspando contra la piedra.
Eran los Rastreadores de la Disformidad. Seis siluetas bajas, anchas y desnudas emergieron de los juncos, con las hachas preparadas y las crestas naranjas brillando como antorchas en la penumbra. Sin gritar ni fanfarronear tomaron posiciones en los flancos de la ciénaga, bloqueando cualquier ruta de huida.
Luego apareció la horda principal.
Bragi Muerdehachas se detuvo en lo alto de unas rocas. Sus ojos recorrieron la formación de pielesverdes. Examinó a los enormes trolls de río que babeaban bilis, a la infantería orca que empezaba a vociferar desafiante y al chamán que temblaba cargando sus vientos de magia.
Bragi dejó escapar un suspiro de absoluto hartazgo.
Orcos y putos trolls. Pensó el enano, cerrando los ojos por un instante. Ni un solo maldito demonio de los Dioses Oscuros. Carne verde. Carne estúpida. Solo otro retraso en el camino hacia la tumba.
A la izquierda del general, el traqueteo de metales se intensificó.
Khargrim el Enloquecido comenzó a balancear sus Cadenas de la Venganza. El pesado acero zumbaba en el aire, cortando el viento. El Buscamuertes babeaba, susurrando promesas inconexas de carnicería mientras la sangre de sus propias heridas auto infligidas goteaba sobre el barro.
En la retaguardia, los pesados pasos de los Agraviados de Karaz-a-Karak y los Huérfanos de Kislev sonaron al unísono.
Veinte matadores aferrando sus armas. Veinte fantasmas buscando limpiar su vergüenza en cualquier carne que se interpusiera en su camino.
Cerca de Bragi, los seis Custodios del Heraldo alzaron sus hachas ceremoniales, formando una falange alrededor de su líder.
Y en algún lugar de las sombras, escondida entre la niebla y la roca, Katrin Thormsdottir ya había fijado su mirada en el cuello del chamán Zugrot.
Kardoz sonrió, mostrando unos colmillos amarillentos. Ni eran elfos delicados, ni humanos frágiles asustados en sus armaduras de latón. Eran tapones. Tapones desnudos y suicidas. Una excelente oportunidad para alimentar a los Vomitasapos y ganar algo de gloria antes de volver al campamento principal.
—¡Waaagh! —rugió el futuro Kaudillo, levantando su gran rebanadora. Los grandotes de su guardia bramaron en respuesta, y los trolls rugieron, vomitando fango y ácido en el barro.
Bragi apretó los puños alrededor de la empuñadura de su hacha. No había honor aquí. No habría canciones. Solo la carnicería necesaria para continuar la marcha.
—Matadlos a todos —ordenó Bragi, con voz plana y carente de toda emoción—. Y que no tarden en morir. Hoy hace demasiado calor para perder el tiempo.
LA BATALLA
Un calor abrasador y sofocante caía a plomo sobre el páramo, convirtiendo la ciénaga en una olla a presión de fango y olores pútridos. Para un enano del norte, aquel clima era una tortura física. El sudor empapaba las barbas, el aire quemaba en los pulmones y el peso del acero parecía haberse multiplicado por tres.
Bragi Muerdehachas escupió en el barro seco.
Un día perfecto para morir. Lástima que estos pielesverdes tengan pinta de cobardes.
La horda orca se desplegaba en diagonal, borrosa por la reverberación del calor. Bragi no esperó. Sin discursos ni órdenes complejas, levantó su hacha encadenada y comenzó a caminar hacia adelante. El resto de la hueste suicida lo siguió en silencio.
En el flanco izquierdo, la magia estalló con un chasquido que hizo sangrar las encías de todos los presentes. Zugrot, el chamán envuelto en harapos, había canalizado los vientos con una fuerza irresistible. El poder verde le frió las yemas de los dedos, pero el hechizo surtió efecto. Los Vomitasapos, que segundos antes babeaban mirando a las nubes, sufrieron un espasmo de energía mágica. La estupidez se borró de sus ojos por un instante.
En el flanco opuesto, los Tragasapos también sintieron el latigazo mágico y se abalanzaron hacia las líneas enanas, aunque su carga careció del impulso necesario, frenando en seco a escasos metros de la guardia pretoriana de Bragi.
En el centro del campo de batalla, el aire se volvió irrespirable. La Guardia de Kardoz avanzaba como un rodillo de músculos verdes y rebanadoras oxidadas, escoltando al propio Kardoz y al debilitado Zugrot. Pero Katrin Thormsdottir no jugaba a la guerra de formaciones. El Fantasma Sangriento se deslizó entre las líneas enemigas ignorando por completo a la ruidosa infantería. Sus ojos estaban fijos en el cuello del chamán.
A la derecha, el calor abrasador se cobró su primer impuesto. Los Custodios del Heraldo, exhaustos por el clima infernal, comenzaron a sufrir bajo sus gruesas barbas.
Impulsados por la magia verde, los Vomitasapos cargaron con una velocidad antinatural directamente contra Bragi y sus Rastreadores de la Disformidad. El choque fue un desastre de carne y ácido. Los Rastreadores, ágiles en la emboscada, fueron aplastados bajo el peso de las bestias escamosas. Sus crestas naranjas desaparecieron bajo un mar de bilis corrosiva y garrotes de piedra.
Bragi no parpadeó. Esquivó un chorro de vómito que derritió la roca a su espalda, dio un paso corto y fluido, y descargó su hacha. Con un golpe letal decapitó al primer troll limpiamente (asi se hace Mirete).
Mientras tanto, Katrin encontró su momento. Zugrot apenas tuvo tiempo de girarse. Katrin saltó desde una roca, su hacha trazando un arco perfecto. El impacto destrozó las protecciones de hueso del orco y lo mandó al suelo en un charco de su propia sangre. Fuera de combate.
La caída del chamán desató la furia de Kardoz. El futuro Kaudillo rugió, espoleando a sus grandotes. La represalia fue una picadora de carne. Kardoz pasó literalmente por encima de Katrin, pisoteándola y dejándola inconsciente y rota en el barro, antes de chocar brutalmente contra los Agraviados. Las hachas enanas cortaron profundamente, pero la fuerza de los orcos era abrumadora.
En el otro extremo, los Tragasapos finalmente alcanzaron a los Custodios del Heraldo. Abrieron sus fauces y desataron un torrente de jugos gástricos. Fue una muerte indigna, sin choque de aceros; solo carne enana disolviéndose siseando sobre la tierra.
El campeón de la unidad aguantó un par de segundos más, bramando de dolor hasta que el ácido le deshizo la garganta.
Khargrim el Enloquecido vio caer el estandarte. Su mente fracturada hizo clic. Sangre por sangre. Hizo girar sus Cadenas de la Venganza y cargó aullando contra los monstruos de río. Fue un torbellino letal durante tres latidos de corazón, antes de que un vómito cruzado lo golpeara de lleno en el pecho, derribándolo en la ciénaga.
Fueron los Huérfanos de Kislev quienes cobraron la deuda. Empujados por su vergüenza, cargaron contra los Tragasapos. Sus hachas a dos manos destrozaron las rodillas y espaldas de las bestias. Los trolls entraron en pánico, pero los enanos los alcanzaron en una persecución implacable, talándolos como árboles podridos. La venganza duró poco. Los Jabalís Pastores embistieron el flanco expuesto de los Huérfanos masacrándolos, aunque los matadores lograron llevarse por delante a casi todos los jinetes.
En el flanco izquierdo, Bragi Muerdehachas retiró su arma del cráneo del tercer y último Vomitasapo. Había matado a los tres. Solo. Un golpe letal por cada asalto de combate (así se hace Mirete).
Respiró hondo, con el pecho cubierto de icor de troll, y se dio la vuelta para buscar su próximo objetivo. Silencio. El viento soplaba caliente sobre un cementerio de carne. No quedaba ni un solo enano en pie.
A cincuenta pasos, jadeando, sangrando y rodeado por los pocos supervivientes de su guardia, estaba Kardoz. Bragi caminó directamente hacia el Kaudillo, levantó el hacha empapada en sangre de troll y lo miró fijamente. Un desafío final.
Kardoz apartó a sus grandotes y cargó. El duelo fue breve y feo. El orco descargó un golpe devastador, pero el enano pivotó, usando el peso de su propia arma para ganar inercia, y golpeó bajo. El acero rúnico atravesó la gruesa armadura de Kardoz y cercenó limpiamente la pierna derecha del orco (fue otro golpe letal, a ver si aprendes Mirete). Kardoz se desplomó con un aullido de agonía.
Bragi lo miró desde arriba. Escupió. Y, dándolos por muertos, se dio la vuelta para caminar pesadamente entre los cadáveres, buscando a los suyos en un campo de batalla donde nadie había ganado nada.
EPILOGO
Kardoz, con la vista nublada por la pérdida masiva de sangre, se arrastró por el lodo. Su guardia no se atrevía a tocarlo. El Kaudillo llegó hasta los restos de los Vomitasapos masacrados por Bragi y, con las manos temblorosas y los dientes, comenzó a arrancar jirones de su gruesa y correosa piel.
Se vendó el muñón y la pierna destrozada con la piel escamosa. La carne de troll, aún palpitante de magia regenerativa, se adhirió a su herida, fusionándose horriblemente con su anatomía. Así nacieron sus infames pantalones, salvándole la vida pero dejándole una cojera monstruosa. A partir de hoy, monto en jabalí, juró, apretando los dientes ensangrentados.
A unos metros de allí, Zugrot despertó. El hachazo de Katrin y el rebote de la Fuerza Irresistible habían terminado de freír su cerebro. Se arrancó los ropajes con asco, embadurnándose el pecho con sangre. A partir de ese día, Zugrot el Salvaje solo escucharía los susurros de Gorko en el viento, y, al igual que su Kaudillo, exigiría un jabalí salvaje para liderar la próxima masacre.