La Deuda de Muerdehachas vs La Horda de los Hermanos Malditos


Salir del mismísimo Reino del Caos respirando es el mayor fracaso al que puede aspirar un Matador.

Mientras arrastraba las botas por el barro de los reinos humanos, Bragi Muerdehachas sentía que el mundo le debía una muerte que se negaba a pagarle. Caminaba con los hombros caídos, el hacha arrastrando por el fango y la mirada vacía. A su espalda, los escasos supervivientes de la hueste le seguían en silencio, contagiados por la misma apatía deprimente. Buscaban un final épico y solo habían encontrado lluvia, frío y un aburrimiento insoportable.

Fue entonces cuando la tierra escupió a la Horda de los Hermanos Malditos.

Los caudillos desterrados, Squirrel y Lord Hamstor, llevaban meses mendigando sangre para recuperar el favor del Consejo de los Trece. Habían planeado la emboscada perfecta. Contaban con superioridad numérica, el terreno a su favor y los peligrosos juguetes experimentales del Clan Skryre. Debía haber sido una trampa mortal. 

Sin embargo, la depresión de los enanos los hizo moverse con la prisa de quien solo quiere acabar con todo de una maldita vez. 

Antes de que los hombres rata pudieran cerrar las fauces de su trampa, la línea anaranjada ya estaba marchando directamente hacia ellos, arrebatándoles la iniciativa.

El objetivo era una colina coronada por una vieja columna de piedra. No tenía ningún valor estratégico real, pero en la guerra, los idiotas mueren por colinas estúpidas todos los días. Y esa iba a ser su colina.

La desesperación de los Skaven por recuperar el centro los llevó a cometer errores desde el principio. El Ingeniero Brujo, ansioso por demostrar el poder del Clan Skryre, se atiborró de piedra bruja refinada para canalizar los vientos de la magia. Fue demasiada codicia. En lugar de un relámpago devastador, la magia se colapsó en sus venas, provocándole una hemorragia por el hocico y dejándolo retorciéndose de dolor sin haber conjurado absolutamente nada.

A pesar del fracaso mágico, la marea peluda avanzó. Uno de los caudillos menores lideró una horda de Guerreros del Clan, flanqueados por el chirrido espantoso de una Rueda de la Condenación, estrellándose directamente contra los Agraviados.

Bragi estaba en el frente. Lanzó su desafío por inercia, sin pasión alguna. El caudillo rata aceptó, temblando. El choque fue patético. Bragi, luchando con una desgana palpable, apenas le hizo un tajo superficial al Skaven. Por su parte, el caudillo no logró ni rozar al enano. Fue un intercambio lúgubre. Muerdehachas estaba tan desconectado de la pelea que bajó la guardia, permitiendo que una vulgar rata del clan le clavara un puñal roñoso en el costado. Ni siquiera gruñó; solo miró la herida como si le hubiera picado un insecto molesto. No le veía sentido a seguir luchando así.

Por suerte, Katrin Thormsdottir no compartía su apatía. Junto a los Rastreadores de la Disformidad, la enana se lanzó como un misil contra el flanco expuesto de la Rueda de la Condenación. El hacha astilló la madera, reventó los engranajes y dejó la máquina de Skryre reducida a chatarra humeante en un abrir y cerrar de ojos.

Aprovechando la inercia de la matanza, Katrin y los Rastreadores arrasaron hacia adelante, empotrándose en la horda de ratas que combatía contra Bragi. El impacto desmoronó por completo los nervios de los roedores, que dieron media vuelta y huyeron despavoridos, llevándose a su caudillo con ellos. Aquella desbandada permitió a los Huérfanos coronar la colina y asegurar la columna de piedra para el resto de la matanza.

Pero el Ingeniero Brujo aún tenía cuentas pendientes. Babeando espuma verde y enfurecido por su error anterior, descargó el poder de sus anillos mágicos. Bolas de fuego esmeralda llovieron sobre los Agraviados. Las llamas calcinaron a la unidad entera, reduciéndolos a carbón humeante y dejando a Bragi completamente solo en la loma, desprotegido.

En el flanco izquierdo, la Amerratadora del Clan Skryre escupía plomo a una velocidad enfermiza. Las balas mermaban a los enanos, sí, pero a un ritmo ridículamente lento. Frustrados, los tiradores cambiaron de objetivo al ver a Bragi solo. Vaciaron los cargadores sobre el Matademonios. La tormenta de proyectiles levantó nubes de polvo a su alrededor. Bragi ni siquiera intentó esquivarlos. Se quedó quieto, esperando que una bala misericordiosa le volara la cabeza.

Cuando el cañón dejó de girar por falta de munición, la niebla se disipó. Muerdehachas seguía en pie. Ni un solo perdigón había tocado su carne. Hasta la muerte parecía despreciarle.

Mientras tanto, la sed de sangre de Katrin la llevó a estrellarse contra la segunda gran horda Skaven, liderada por el mismísimo General de los Hermanos Malditos. El gigantesco hombre rata demostró su letalidad decapitando a la mitad de los Rastreadores él solo. Sin embargo, los matadores tienen la mala costumbre de ser más peligrosos cuando están dando su último suspiro. Antes de desplomarse, los Rastreadores moribundos lanzaron sus últimos tajos, mutilando y arrastrando al General Skaven con ellos al infierno en un último y glorioso golpe de gracia.

El final se precipitó. Los Huérfanos flanquearon a la horda que acababa de perder a su general y la borraron del mapa. Katrin maldijo al cielo cuando la Amerratadora intentó barrer al último Rastreador vivo, pero el arma se encasquilló con un quejido metálico, negándole a los enanos su ansiado final. La batalla estaba ganada. Los escasos roedores que intentaron una última carga desesperada no consiguieron matar a los Huérfanos.

La victoria por puntos era clara. El campo de batalla les pertenecía.

Pero en el centro de la masacre, el Ingeniero Brujo Skryre, acorralado y desquiciado, exprimió el último fragmento de piedra bruja de su bolsa. Sus ojos brillaron con un resplandor tóxico y, canalizando todo el calor residual de su anillo, lanzó una llamarada monstruosa, ardiente y antinatural directamente contra la figura solitaria de Bragi.

Hubo un destello cegador que obligó a Katrin a apartar la mirada. El rugido del fuego brujo devoró el oxígeno del pedregal.

Cuando las llamas esmeralda se extinguieron y el humo con olor a azufre fue arrastrado por el viento, en el lugar donde había estado Bragi Muerdehachas solo quedaba un círculo de tierra cristalizada y ceniza negra. Ni armas, ni oro, ni huesos calcinados. Nada.

Los Huérfanos miraron el cráter en silencio. La lógica dictaba que el fuego lo había consumido por completo, reduciéndolo a la nada. Había encontrado por fin su muerte.

Y sin embargo… no había cuerpo. Y los enanos saben mejor que nadie que, en este viejo y retorcido mundo, si no hay un cadáver al que enterrar, nunca se puede dar una deuda por saldada del todo.

La Deuda de Muerdehachas vs Despojos de Aethel Anor

El Reino del Caos es un matadero con voluntad propia. La tierra palpita bajo las botas como un corazón enfermo, y las leyes de la física se retuercen hasta romperse. En este vertedero de la realidad, Los Despojos de Aethel-Anor esperaban.

El rencor de los enanos se encendió rápido, pero el ímpetu es un arma de doble filo. Los Buscamuertes, cegados por el juramento, se adelantaron al resto de la línea, lanzándose a la carrera contra la unidad de Diablillas. Bragi, con las piernas pesadas por la escarcha y la sangre de batallas anteriores, quedó rezagado.

Fue una ejecución rápida. Antes de que los Buscamuertes pudieran levantar sus hachas, las garras de las Diablillas se movieron con una gracia antinatural y letal. La carne enana fue hecha tiras en un suspiro, dejando a Bragi solo frente a la marea de Slaanesh.

Habiendo probado la sangre, las demonias cargaron contra el general. Bragi alzó la voz por encima del siseo demoníaco y retó a Anahida, el Heraldo de Slaanesh, una criatura nacida de la vanidad. El choque fue un destello borroso. Las pinzas de la criatura encontraron la carne del enano, abriendo una herida profunda que lo llevó al límite, pero el hacha rúnica de Bragi fue más certera. Con un tajo salvaje, partió al Heraldo por la mitad.

Sangrando y furioso, Bragi volvió a escupir un desafío, pero la nueva líder de las Diablillas se acobardó tras sus hermanas, confiando en que la superioridad numérica ahogara al enano. Se equivocaba. Convertido en un torbellino rúnico, Bragi despedazó a cuatro demonias sin recibir un solo rasguño a cambio.

La unidad demoníaca estaba a punto de desvanecerse en la disformidad, pero el Reino del Caos cuida de los suyos. Una fluctuación grotesca en el aire —un doble uno en el tejido del destino— hizo que los pedazos de carne demoníaca se cosieran solos. Las Diablillas caídas se levantaron de nuevo, riendo.

Lejos de desesperarse, Bragi apretó los dientes y lanzó un nuevo desafío. Rechazado, volvió a masacrar a otras cuatro diablillas. Pero esta vez, el tejido no aguantó y las hijas de Slaanesh estallaron en una nube de polvo rosado, borradas para siempre del plano.

Mientras Bragi libraba su carnicería aislada, el resto de la hueste enana avanzó. Los Huérfanos intentaron atrapar a las Buscadoras en corcel y los Agraviados cargaron a los Incineradores, pero la cobardía es ley entre los demonios; ambas unidades huyeron estratégicamente para reagruparse en terreno elevado.

En esa distancia, Nyarlath, el hermano de Anahida condenado por las mentiras de Tzeentch, alzó su báculo aberrante. Un fuego disforme cruzó el campo y calcinó a la mitad de los Agraviados en un instante.

El cielo se oscureció. Las Furias del Caos, criaturas de pura rapiña oportunista, volaron trazando círculos para caer por la espalda de los mermados Agraviados.

El impacto por la retaguardia fue devastador. Atrapados entre las garras aladas, los Agraviados fueron masacrados hasta el último hombre, dejando sus juramentos hundidos en el polvo caótico.

Las Buscadoras de Slaanesh aprovecharon el caos para cargar contra los Rastreadores de la Disformidad. Lo que debió ser una masacre demoníaca se convirtió en un muro de testarudez dawi. Los Rastreadores aguantaron embate tras embate, sangrando pero negándose a caer, comprando con sus vidas el tiempo exacto para que los Huérfanos llegaran al rescate y destrozaran a la caballería de Slaanesh.

Ajeno a todo, Bragi fijó sus ojos en Nyarlath. Quería cerrar el círculo y acabar con el segundo líder de Los Despojos de Aethel-Anor. Cargó, pero el demonio de Tzeentch huyó como un cobarde para ganar distancia y desatar una tormenta mágica.

El fuego disforme golpeó a Bragi, pero los tatuajes talismánicos de su piel brillaron con una luz dorada, absorbiendo el impacto. Con un último empujón, el enano acorraló al Heraldo de Tzeentch y lo destrozó en combate cerrado.

Viendo al general tambalearse, las Furias que acababan de aniquilar a los Agraviados se lanzaron en picado contra él, buscando un botín fácil.

Bragi, al límite del colapso, tosiendo sangre y sosteniéndose por puro odio, levantó el hacha. Partió a dos de las criaturas en el aire, pero una logró colarse en su guardia, a punto de asestarle el tajo final. La impresionante resistencia del enano fue lo único que mantuvo su cabeza unida al cuello.

Cuando el polvo mágico se asentó, el Reino del Caos quedó en un silencio antinatural. Solo tres Incineradores se encogían en la distancia. Bragi Muerdehachas, bañado en su propia sangre y en el icor de los demonios, subió pesadamente los escalones del trono de hueso que dominaba el paisaje. Se dejó caer sobre él. Aún respiraba. La muerte, una vez más, tendría que esperar.

La Deuda de Muerdehachas vs La Ogresión de Snotgul «El Machacador»


Snotgul y su banda de parientes hambrientos bajaron de las montañas buscando una aldea humana para llenarse la panza de carne tierna. Encontraron algo muy distinto: una grieta palpitante hacia el Reino del Caos y un muro de matadores ansiosos por derramar sangre. El aire alrededor del monolito central olía a ozono y a magia corrupta.

Los matadores avanzaron con paso firme y armas en mano. Odiaban la brujería, odiaban a los ogros y aborrecían esperar.

Los gnoblars, empujados por el miedo a sus enormes amos, se adelantaron para hostigar con chatarra afilada. Se quedaron demasiado cerca. Khargrim el Enloquecido y los Rastreadores de la Disformidad se abalanzaron sobre ellos con las hachas sedientas, dispuestos a cobrar el primer peaje de dolor.

La artimaña de las pequeñas criaturas funcionó. Aguantaron el choque lo justo para dejar a Khargrim completamente expuesto a la embestida brutal de los Caballeros Dientemartirio. Las enormes bestias acorazadas reventaron la línea y pasaron por encima del matador, dejándolo enterrado bajo un amasijo de colmillos y escarcha. Inconsciente, roto, pero demasiado terco para morir definitivamente.

Los Rastreadores resistieron estoicamente el castigo de los jinetes hasta que los Huérfanos llegaron al combate. El refuerzo enano picó carne de ogro y bestia por igual, destripando a la caballería y haciendo que los gnoblars supervivientes corrieran despavoridos hasta desaparecer del campo de batalla.

En el centro, Bragi Muerdehachas fijó su vista en Snotgul y sus Tripasduras. Ordenó la carga para tomar el vórtice, pero el terreno quebrado y corrompido frenó el avance de los Agraviados. Se quedaron clavados a escasos metros del enemigo.

Snotgul vio la oportunidad de un festín fácil y ordenó cargar con todo su peso. El choque de los Tripasduras hizo temblar la piedra, pero Bragi saltó sobre la marea de músculos y buscó al general ogro justo en el epicentro del vórtice. Le lanzó un desafío a pleno pulmón, exigiendo su vida.

El enorme ogro levantó su arma para aplastar al enano, confiando en su masa y en la regeneración antinatural que le otorgaba el estandarte de su unidad. Nunca llegó a bajar el brazo. Bragi giró con una velocidad sobrenatural. Su hacha rúnica trazó un arco perfecto y separó limpiamente la cabeza de Snotgul de sus hombros. Un golpe seco y mortal. La sangre brotó a borbotones antes de que la carne del ogro pudiera siquiera intentar cerrarse.

Ver a su general decapitado destrozó los nervios de los Tripasduras. Sus siguientes ataques fueron torpes y desesperados. El pánico se apoderó de ellos, rompieron filas y trataron de huir. Los enanos no tienen piedad con los cobardes; persiguieron a las moles de carne a la carrera y los descuartizaron por la espalda sin miramientos.

El pedregal quedó en un silencio sepulcral, roto únicamente por el zumbido del vórtice. 

Ni un solo ogro vivo en todo el horizonte. Bragi Muerdehachas pisó firme el monolito, se limpió la grasa de la cara y miró hacia el abismo purpúreo del Reino del Caos. Su deuda le estaba esperando al otro lado.

La Deuda de Muerdehachas vs Los Cuervos Sedientos



El hedor a mutación siempre viajaba más rápido que los ejércitos. Una peste a carne podrida y el sabor metálico de la magia antinatural. Bragi Muerdehachas llevaba tres días siguiendo ese rastro pestilente.

Los Cuervos Sedientos se habían separado de la horda principal tras salir malparados de su cruce por el Paso del Fuego Negro. 

Confiados en su brutalidad, buscaban presas fáciles donde cobrarse su botín y su cuota de esclavos. Al frente marchaban dos hermanos consumidos por su propia ponzoña: Tömoor, el primogénito, un hechicero exaltado que jugaba a hacer tratos con demonios, y Bäatar, el segundón resentido, que cabalgaba a su lado empuñando una espada que le susurraba oscuros secretos cuando probaba la sangre.

Se creían los depredadores absolutos del páramo. Seguidos por una falange de guerreros acorazados, jinetes oscuros y una aberración babeante tocada por las moscas de Nurgle. Los norscanos rieron al ver a una solitaria banda de enanos semidesnudos bloqueando su camino. Pensaron que era casualidad. Ignoraban que La Deuda de Muerdehachas los había olfateado a leguas de distancia y los había acorralado deliberadamente en aquel secarral.

Bragi escupió sobre la tierra seca. No le importaban las disputas familiares de aquellos degenerados adoradores de los Dioses Oscuros. Una garganta humana se cortaba igual de bien, tuviera tentáculos, cuernos o delirios de grandeza.

A su derecha, Katrin Thormsdottir hizo girar las muñecas, arrancando un leve silbido del filo de su hacha. Sus ojos se clavaron directamente en la figura flotante de Tömoor, cuyas manos ya chisporroteaban con el fuego mutante de Tzeentch.

—El mago de los demonios es mío —murmuró Katrin. Era una sentencia en firme, no una petición.

Bragi asintió lentamente, fijando su vista en Bäatar y su arrogante montura acorazada. Los norscanos empezaron a vociferar sus rezos incomprensibles, alzando el acero hacia el cielo. Los matadores no respondieron con gritos. Solo apretaron los dientes y echaron a correr hacia la marea del caos con la sombría eficiencia de un verdugo que tiene mucho trabajo por delante.

Desde las filas enemigas, Tömoor levantó su báculo deforme. Como primogénito y líder, sus oscuros tratos con demonios le habían otorgado talentos destructivos que no dudaba en emplear con deleite.

Katrin Thormsdottir, con los nudillos blancos sobre su hacha, evaluaba los movimientos del hechicero de Tzeentch a lo lejos.

Tömoor pronunció una sílaba que hizo sangrar los oídos de quienes estaban cerca. Un proyectil de energía disforme y antinatural salió disparado de sus dedos y cruzó el campo de batalla para impactar de lleno en el pecho de Khargrim el Enloquecido.

El estallido arrojó a Khargrim por los aires como a un muñeco de trapo. Aterrizó con un crujido sordo contra el pedregal, completamente inerte y cubierto de escombros. Cualquier hombre habría sido reducido a pulpa, pero el cráneo del buscanuertes es más duro que el granito; Khargrim escupió un hilo de sangre y quedó inconsciente.

Mientras tanto, en el otro extremo de la línea, la envidia corroía las entrañas de Bäatar. Codiciaba el mando de su hermano y la atención de los dioses. Las deidades de la ruina escucharon su resentimiento y lo recompensaron: sus músculos se hincharon hasta deformar la armadura negra, su fuerza se multiplicó y la hoja que empuñaba comenzó a susurrar promesas de carnicería con más fuerza que nunca.

El flanco izquierdo enano fue el primero en chocar. Una aberración de carne flácida, tentáculos y pústulas supurantes de Nurgle se abalanzó contra la línea de los Huérfanos de Kislev.

En lugar de retroceder ante el hedor, los enanos despedazaron al engendro en un frenesí de tajos transversales, reduciendo a la bestia a una pila de grasa temblorosa en cuestión de segundos.

Sin detenerse a limpiar el icor de sus armas, los enanos utilizaron la inercia de la matanza para arrasar hacia adelante, impactando como un ariete directamente contra la guardia personal de Tömoor.

La brutalidad de los matadores hizo trizas la moral de los guerreros de Tzeentch. La línea de escudos del Caos se quebró. Dieron la espalda y huyeron, pero las piernas cortas de los enanos se mueven muy rápido cuando hay agravios que saldar. La unidad de Katrin les dio caza por la espalda, pasando a los guerreros por el filo y pisoteando el cráneo de Tömoor contra el polvo, silenciando para siempre sus tratos demoníacos.

Por el flanco derecho, la tierra temblaba. Bäatar espoleó a su montura monstruosa, liderando la carga de los Caballeros del Caos directamente contra Bragi y sus Rastreadores de la Disformidad. El impacto fue devastador, una avalancha de hierro oscuro, cuernos y cascos aplastando la carne anaranjada.

Bragi reaccionó. Plantó los pies en la ceniza, alzó su hacha y lanzó un desafío a pleno pulmón, exigiendo la cabeza del líder. Fue el Campeón de la unidad quien cometió la estupidez de interponerse.

El cruce duró lo que tarda un parpadeo. Bragi esquivó el embate de la lanza negra y devolvió un revés perfecto, un golpe letal que separó la cabeza del Campeón limpiamente de su cuello acorazado, mandando el casco a rodar por el suelo.

Pero la euforia no tenía cabida allí. Mientras Bragi despachaba al retador, el resto de los Caballeros del Caos hundieron sus armas en los Rastreadores de la Disformidad, masacrándolos hasta el último hombre y dejando a Muerdehachas completamente solo frente a los caballos acorazados.

Bäatar sonrió bajo su yelmo y bajó su espada susurrante. El auténtico duelo acababa de empezar. Bragi se adelantó, anticipándose al héroe del caos con una velocidad impropia de su tamaño. Su hacha bajó trazando un arco perfecto hacia la clavícula desprotegida del Norscano. Era un tajo mortal. Un golpe maestro.

Sin embargo, a escasos centímetros de la carne, el aire chirrió. La perturbadora cercanía a los portales de los Desiertos del Caos dobló las leyes del mundo físico; una energía antinatural envolvió la armadura de Bäatar, repeliendo el filo rúnico y salvándole la vida de forma milagrosa.

El choque de fuerzas desequilibró a Bragi, obligándole a ceder terreno, tropezando con los cadáveres de sus propios hermanos mientras Bäatar descargaba su furia aumentada sobre él.

Fue un momento de agonía cruda, pero el Matademonios solo necesitaba recuperar el aliento. En el siguiente compás del combate, Bragi encontró la apertura. Ignorando el dolor, giró sobre sí mismo y partió al héroe del caos en dos, ahogando los susurros de su espada oscura para siempre.

Al ver caer a su paladín, los Caballeros del Caos que quedaban vacilaron. Fue el último error de sus vidas. Bragi, impulsado por una ira fría, remató el trabajo. Dos movimientos circulares. Dos cortes precisos a la altura de las gargantas. Dos golpes letales más que vaciaron las monturas.

El silencio cayó pesado sobre el yermo. No quedaba ni un solo adorador de los Dioses Oscuros en pie. Solo ceniza, sangre negra y el crepitar lejano de los vientos de la magia.

Bragi se apoyó en el mango de su hacha y respiró hondo, mirando el horizonte retorcido que marcaba el inicio de los auténticos Desiertos del Caos. La puerta de entrada estaba despejada.

La Deuda de Muerdehachas vs La Compañia del Lobo Ceniciento

PRÓLOGO

El hedor a bilis de troll había quedado atrás, reemplazado por el viento cortante de los bosques de Middenland. Un frío que se metía hasta los huesos, hacía crujir las viejas articulaciones y convertía el aliento en vaho gris.

Bragi Muerdehachas se quitó un costrón de sangre seca del antebrazo con el pulgar. Su hacha rúnica aún pesaba con el cansancio de la última carnicería, y el eco de su duelo con el kaudillo Kardoz le dejaba un pinchazo sordo en el hombro con cada paso. A su alrededor, los supervivientes y las nuevas incorporaciones de la hueste avanzaban en silencio por el camino de tierra helada. Los Huérfanos de Kislev apretaban sus empuñaduras, los Agraviados masticaban tabaco negro y los Rastreadores de la Disformidad ya se habían dispersado entre los pinos altos, invisibles como fantasmas con cresta. 

Nadie hablaba de gloria. La gloria era un cuento para imberbes que aún esperaban morir en una cama limpia.

A cien pasos de distancia, el camino estaba cortado.

Una muralla de acero pulido, capas de lana gruesa y pieles de lobo bloqueaba el paso. Al frente de la línea imperial se erguía Eberhardt Krieger, sacerdote de Ulric. Era un hombre ancho como un tonel de roble, envuelto en un manto ceniciento y con un martillo a dos manos apoyado en el suelo. A su lado, Konrad Voss, el Condenador, mecía con lentitud la cadena de su flagelo; sus ojos eran dos púas oxidadas clavadas en el rostro de Bragi.

—Estáis en tierras de Middenland, enanos —rugió Krieger, y su voz sonó como grava golpeando contra un escudo—. Vuestra marcha termina aquí. Regresad por donde habéis venido o enfrentad la ira del lobo.

Bragi escupió en la escarcha. Los humanos siempre tenían una palabra rimbombante para justificar el miedo: herejía, frontera, ley, orden. Para un matador que ya estaba muerto en los libros del Karaz Ankor, un monje con piel de lobo y un cazador de brujas amargado eran solo otro estorbo entre su hacha y una muerte decente.

A la izquierda del camino, los cascos pesados de cuatro Caballeros del Lobo Blanco piafaban con impaciencia bajo sus bardas. En el centro, once Grandes Espaderos del Imperio mantenían sus hojas en vertical, inmóviles como una empalizada de hierro, mientras las milicias de compañías libres se desplegaban por los flancos con cuchillos y armas arrojadizas en mano.

Un grupo de arqueros tomó posiciones en el bosque, mientras 4 Guardias de caminos ladeaban el rio hostigando a la horda de matadores.

Bragi giró el cuello hasta que le crujió una vértebra. A su derecha, Katrin Thormsdottir sacó su hacha con un suave silbido metálico. A su izquierda, Khargrim el Enloquecido dejó caer sus cadenas al suelo con un traqueteo pesado, sonriendo con las encías sangrantes.

—Dicen que no podemos pasar —gruñó Bragi sin mirar atrás.

Los Agraviados de Karaz-a-Karak respondieron con un rumor ronco desde el fondo de sus gargantas. No hubo cuernos de batalla, ni gritos por Grimnir. Solo el sonido de las botas enanas empezando a trotar sobre la tierra helada, acelerando el paso hacia el acero imperial.

LA BATALLA

Con un rugido sordo que nació de los pechos descubiertos, la línea enana avanzó en tromba hacia adelante, acelerando el trote sobre el suelo congelado.

El clima tenía su propio juicio preparado. Un trueno solitario, seco como el chasquido de un látigo gigante, rasgó las nubes de Middenland. Un relámpago cayó a plomo con un resplandor cegador sobre el centro de la formación enana. El olor a ozono y carne quemada inundó el aire al instante: dos de los Agraviados de Karaz-a-Karak cayeron fulminados, con las barbas echando humo y el bronce de sus hachas fundido contra las palmas de las manos.

En el flanco izquierdo, los Caballeros del Lobo Blanco ya tomaban posiciones estratégicas, flanqueando la marcha de la infantería enana con la paciencia de un depredador que rodea a su presa.

Más adelante, el fuego de pólvora y las armas arrojadizas comenzaron a silbar entre los árboles. La Guardia de Caminos del Imperio y las milicias de Compañías Libres abrieron fuego a discreción. El plomo caliente y los cuchillos de desuello encontraron carne descubierta sin piedad, arrancando jirones de músculo y diezmando las filas de los Huérfanos y de los Rastreadores de la Disformidad antes de llegar al choque.

Ignorando las bajas, Bragi Muerdehachas fijó su mirada en el corazón de la hueste imperial: el sacerdote de Ulric y su guardia pretoriana de Grandes Espaderos. Con un rugido gutural, el Matademonios y los Rastreadores supervivientes se lanzaron al asalto por el flanco derecho. El barro helado resbalaba, las piernas pesaban por el avance y la carga se quedó corta a escasos pasos del muro de acero.

El error fue una sentencia de muerte. Al verse expuestos, Konrad Voss y las unidades imperiales no tuvieron misericordia y se abalanzaron en una carga conjunta sobre Bragi y los pocos Rastreadores que aún quedaban en pie.

De entre la sangre y las capas grises surgió Konrad Voss, el Condenador. Bragi alzó su hacha empapada para el desafío, buscando la garganta del antiguo cazador de brujas. El humano se llevó un vial al labio: la Poción de Fervor corrió por sus venas, dilatando sus pupilas y dotándolo de unos reflejos sobrenaturales. Voss bailó entre los tajos del enano, esquivando cada golpe rúnico por milímetros, y respondió con una secuencia precisa, técnica y brutal de su flagelo. El golpe partió la defensa de Bragi y lo derribó de bruces en la nieve teñida de rojo, dejándolo en un ridículo delante de sus tropas.

Sin su líder, el resto de los Rastreadores de la Disformidad fue absorbido por la marea de espadas imperiales, cayendo masacrados hasta el último hombre en una melé desesperada y sangrienta.

Al ver caer a su general, Katrin Thormsdottir bramó de pura rabia y cargó en solitario contra Konrad para vengar la sangre vertida. El Condenador era un veredicto implacable; pese al empuje de su carga, la enana fracasó ante la maestría del cazador de brujas. Con un revés medido y frío, desvió el hacha de Katrin y la mandó rota y derrotada al suelo junto al cuerpo de Muerdehachas.

En el flanco izquierdo, la carnicería crecía por momentos. Khargrim el Enloquecido, babeando espumarajos y haciendo silbar sus cadenas, se adelantó para cubrir el costado de los diezmados Huérfanos de Kislev.

Los Caballeros del Lobo Blanco espolearon a sus monturas y embistieron con todo el peso de sus bardas de hierro directamente contra él.

Cualquier otro hubiese sido aplastado al instante, pero Khargrim aguantó estoicamente el impacto de los cascos y las martilladas. Riendo como un demente, enredó sus eslabones en las patas de los caballos y empezó a despedazar al escuadrón, masacrando a casi toda la caballería pesada entre gritos de hierro y sangre.

Con un último tirón brutal de sus cadenas de la venganza, Khargrim alcanzó y reventó al último jinete del Lobo Blanco que quedaba en pie, dejando el flanco sembrado de caballos muertos y armaduras destrozadas.

Solo el cobarde y certero plomo de un disparo enemigo desde la distancia logró apagar finalmente la risa del enano, desplomándolo en el lodo del camino antes de que pudiera buscar otra pelea.

Al mismo tiempo, los Huérfanos de Kislev absorbieron el asalto frontal de la Guardia de Caminos.

Con la testarudez propia del Karaz Ankor, los apenas tres Huérfanos que quedaban con vida se revolvieron como bestias acorraladas y lograron masacrar y derribar a los Vigilantes de Caminos, arrancándolos de sus sillas.

Cegados por la sed de sangre, esos tres matadores se lanzaron en persecución y arrasamiento directamente contra los Arqueros del Imperio. Exhaustos, heridos y sin resuello, cayeron de forma humillante y ridícula en un combate cuerpo a cuerpo patético ante los cuchillos de la soldadesca más humilde del Imperio.

En el centro del campo, la última resistencia se desmoronó por completo. Los Agraviados de Karaz-a-Karak, reducidos y rodeados, habían defendido el objetivo central con uñas y dientes. El temblor de la tierra anunció el desenlace: Eberhardt Krieger, el general imperial, marchó al frente de sus once Grandes Espaderos.

El choque degeneró de inmediato en una ejecución sistemática. El martillo a dos manos de Krieger y las espadas pesadas del Imperio partieron armas, carne y hueso, masacrando hasta el último de los Agraviados sobre la escarcha.

El viento de Middenland volvió a soplar en silencio sobre un campo sembrado de cadáveres anaranjados. La Deuda de Muerdehachas no había dejado ni un solo superviviente en pie. Una derrota absoluta, aplastante y humillante bajo el frío juicio del Imperio del Hombre.

EPILOGO

Cuando el sol del ocaso apenas lograba teñir de morado las nubes grises, Eberhardt Krieger limpió la sangre reseca de su martillo con un trapo de lana y miró el campo de batalla. Los cuerpos de los enanos cubrían la tierra helada como manchas de óxido sobre la nieve limpia de Middenland.

—Enterradlos profundo —ordenó el sacerdote de Ulric a los milicianos supervivientes, su voz ronca por el humo de la pólvora—. Hacedlo por pura prudencia, para que las bestias del bosque no se ceben con carne terca. Han luchado como demonios, pero su juramento acaba en la ley de esta tierra.

A su lado, Konrad Voss guardó el vial vacío de su poción en la bandolera de cuero. El Condenador miró el lugar exacto donde había caído el enano del hacha encadenada. Su rostro duro y anguloso carecía de toda expresión de triunfo; solo mostraba la fría satisfacción del trabajo terminado.

—Buscaban el fin, Krieger —murmuró Voss, ajustándose el sombrero de ala ancha mientras el viento le azotaba la capa—. Y hoy, el Imperio se lo ha servido en plato frío.

Lo que ni el sacerdote ni el cazador de brujas sabían era que toda aquella charla pomposa sobre la ley del Imperio, la nieve teñida de sangre y la supuesta humillación de los matadores jamás había ocurrido fuera de un cráneo recalentado.


EL DESPERTAR: UNA RESACA DE HIERRO Y MALTA

Bragi Muerdehachas abrió un ojo. Luego el otro.

La luz del día le clavó dos agujas de hielo directamente en el cerebro. Un punzada sorda, espesa y martilleante le hacía vibrar las sienes, el clásico precio de haberse bebido media reserva de cerveza negra imperial sin respirar. Se incorporó pesadamente sobre la nieve pisoteada, escupiendo un gargajo espeso, y notó un peso frío y húmedo descansando sobre su regazo.

Bajó la vista. No era su hacha. Era la cabeza cercenada de Eberhardt Krieger, el sacerdote de Ulric, que lo miraba desde el suelo con los ojos vidriosos y una mueca de espanto congelada en la cara.

—Por las barbas de mis ancestros… —gruñó Bragi, palpándose el cuello intacto—. Puta cerveza humana. Da unas pesadillas que parecen de verdad.

A su alrededor no había ningún cementerio de matadores. Al contrario. El campo de batalla frente a los muros de la fortaleza de Middenheim era un remanso de paz regado de cadáveres vestidos con capas de lobo gris. En el centro del claro, los dos objetivos estratégicos —barriles de cerveza incautados por el Imperio— estaban firmemente en manos de La Deuda de Muerdehachas.

A unos metros de allí, Khargrim el Enloquecido y los supervivientes de los Huérfanos de Kislev ya habían reventado las tapas del segundo cargamento. Khargrim reía a carcajadas con la espuma manchándole el pecho desnudo, brindando con jarras improvisadas mientras los restos de la caballería enemiga se enfriaban a sus pies.

El recuerdo real de la batalla empezó a abrirse paso a golpes a través de la neblina de malta de Bragi, rebobinando los acontecimientos desde aquella gloriosa carnicería final hasta el principio.

La masacre imperial no había sido mas que un sueño de pasadilla. Lo que ocurrió minutos antes fue un duelo rápido, brutal y definitivo. Cuando Krieger intentó alzar su martillo a dos manos, Bragi ni siquiera le dio tiempo a recitar sus versos a Ulric: un solo tajo fluido de su hacha rúnica, un golpe letal ejecutado con precisión quirúrgica, había separado la cabeza del sacerdote de sus hombros de un corte limpio.

En el flanco izquierdo, la historia del «invencible» Konrad Voss había sido un chiste aún más corto. El Condenador había intentado interponerse en el camino de Khargrim el Enloquecido, confiando en su flagelo y su mirada de acero. Khargrim simplemente lo barrió del mapa. Sin dejarle respirar, el matador cayó sobre el cazador de brujas como un perro rabioso, despedazándolo sin piedad antes de aplastar, uno a uno, a los Caballeros del Lobo Blanco junto al empuje imparable de los Huérfanos.

Y es que, al recordar el choque general, todo cobraba sentido. El Imperio había tenido la iniciativa, sí. Habían marchado primero desde su fortaleza con los estandartes en alto, desplegándose con soberbia por toda la frontera.

Pero el cielo de Middenland no estaba con ellos: una ráfaga furiosa sopló con violencia durante toda la mañana, reduciendo el alcance de los arcos y los rifles imperiales a un soplido inútil. Entre el viento cortante y una puntería penosa, la pólvora imperial fue un desastre absoluto. Apenas dos matadores cayeron en todo el avance antes de que las líneas chocaran de frente.

En el centro, Katrin Thormsdottir y los Agraviados habían pasado por encima de los Grandes Espaderos como una segadora por un campo de trigo, destrozando su famosa disciplina marcial hasta no dejar un solo hombre en pie.

Bragi soltó una carcajada ronca que le hizo temblar el pecho, agarró una jarra rebosante que le tendía uno de los Agraviados y le dio un trago largo que le empapó la barba roja.

—¡Que entierren a los lobos! —gritó el Matademonios al viento helado—. ¡Esta cerveza es nuestra!

La Deuda de Muerdehachas vs Horda Troll de Kardoz

PROLOGO

El hedor a cieno y bilis de pescado llegó mucho antes que los propios monstruos.

El fango se pegaba a las botas con la insistencia de un acreedor desesperado. Era una ciénaga miserable, un lodazal olvidado por los dioses en la falda de un desfiladero grisáceo. Un lugar perfecto para morir de disentería o aplastado.

Para Kardoz, solo era un martes de mierda.

Aún no era un gran Kaudillo. No había estandartes rimbombantes a su nombre ni decenas de miles de gargantas rugiendo a su paso. De momento, Kardoz era poco más que un niñero glorificado, el pastor de la escoria más grande, estúpida y hambrienta del Waaagh!. Gruñó, ajustando el agarre de su rebanadora mientras veía a los Vomitasapos arrancarle la cabeza a un jabalí muerto para pelearse por las entrañas. 

A su izquierda, los tres Tragasapos eructaban nubes de ácido gástrico que marchitaban la poca hierba que quedaba en el suelo. Eran seis Trolls de Río en total. Bestias formidables, regenerativas y absolutamente imbéciles.

Cuidar a los trolls, le habían dicho. Asegúrate de que llegan al frente. Kardoz escupió un gargajo negruzco. Detrás de él, los veinte orcos grandotes que conformaban la Guardia de Kardoz chocaban sus armas contra los escudos de madera astillada, aburridos e impacientes por golpear algo que no fueran ellos mismos. 

En los flancos, los cuatro Jabalís pastores luchaban por mantener a sus monturas en formación; los cerdos gruñían, nerviosos por el olor del ácido de los trolls.

—Haz ke dejen de masticar piedra, Zugrot —espetó Kardoz, frotándose la mandíbula.

El chamán, Zugrot, dio un salto espasmódico. Iba a pie, envuelto en trapos sucios y fetiches de hueso que tintineaban con cada tic nervioso. Los trolls confiaban en él. O, al menos, la magia verde y crepitante de Gorko que flotaba a su alrededor lograba que las estúpidas bestias no se comieran a los orcos por accidente. 

Zugrot olfateó el aire. Sus ojos, inyectados en sangre, se abrieron de par en par.

—Huele a metal, jefe —masculló el chamán, rascándose una costra—. Metal y… furia.

La bruma se partió con el sonido rítmico y espantoso de eslabones de hierro raspando contra la piedra.

Eran los Rastreadores de la Disformidad. Seis siluetas bajas, anchas y desnudas emergieron de los juncos, con las hachas preparadas y las crestas naranjas brillando como antorchas en la penumbra. Sin gritar ni fanfarronear tomaron posiciones en los flancos de la ciénaga, bloqueando cualquier ruta de huida.

Luego apareció la horda principal.

Bragi Muerdehachas se detuvo en lo alto de unas rocas. Sus ojos recorrieron la formación de pielesverdes. Examinó a los enormes trolls de río que babeaban bilis, a la infantería orca que empezaba a vociferar desafiante y al chamán que temblaba cargando sus vientos de magia.

Bragi dejó escapar un suspiro de absoluto hartazgo.

Orcos y putos trolls. Pensó el enano, cerrando los ojos por un instante. Ni un solo maldito demonio de los Dioses Oscuros. Carne verde. Carne estúpida. Solo otro retraso en el camino hacia la tumba.

A la izquierda del general, el traqueteo de metales se intensificó. 

Khargrim el Enloquecido comenzó a balancear sus Cadenas de la Venganza. El pesado acero zumbaba en el aire, cortando el viento. El Buscamuertes babeaba, susurrando promesas inconexas de carnicería mientras la sangre de sus propias heridas auto infligidas goteaba sobre el barro.

En la retaguardia, los pesados pasos de los Agraviados de Karaz-a-Karak y los Huérfanos de Kislev sonaron al unísono. 

Veinte matadores aferrando sus armas. Veinte fantasmas buscando limpiar su vergüenza en cualquier carne que se interpusiera en su camino.

Cerca de Bragi, los seis Custodios del Heraldo alzaron sus hachas ceremoniales, formando una falange alrededor de su líder.

Y en algún lugar de las sombras, escondida entre la niebla y la roca, Katrin Thormsdottir ya había fijado su mirada en el cuello del chamán Zugrot.

Kardoz sonrió, mostrando unos colmillos amarillentos. Ni eran elfos delicados, ni humanos frágiles asustados en sus armaduras de latón. Eran tapones. Tapones desnudos y suicidas. Una excelente oportunidad para alimentar a los Vomitasapos y ganar algo de gloria antes de volver al campamento principal.

—¡Waaagh! —rugió el futuro Kaudillo, levantando su gran rebanadora. Los grandotes de su guardia bramaron en respuesta, y los trolls rugieron, vomitando fango y ácido en el barro.

Bragi apretó los puños alrededor de la empuñadura de su hacha. No había honor aquí. No habría canciones. Solo la carnicería necesaria para continuar la marcha.

—Matadlos a todos —ordenó Bragi, con voz plana y carente de toda emoción—. Y que no tarden en morir. Hoy hace demasiado calor para perder el tiempo.

LA BATALLA

Un calor abrasador y sofocante caía a plomo sobre el páramo, convirtiendo la ciénaga en una olla a presión de fango y olores pútridos. Para un enano del norte, aquel clima era una tortura física. El sudor empapaba las barbas, el aire quemaba en los pulmones y el peso del acero parecía haberse multiplicado por tres.

Bragi Muerdehachas escupió en el barro seco.

Un día perfecto para morir. Lástima que estos pielesverdes tengan pinta de cobardes.

La horda orca se desplegaba en diagonal, borrosa por la reverberación del calor. Bragi no esperó. Sin discursos ni órdenes complejas, levantó su hacha encadenada y comenzó a caminar hacia adelante. El resto de la hueste suicida lo siguió en silencio.

En el flanco izquierdo, la magia estalló con un chasquido que hizo sangrar las encías de todos los presentes. Zugrot, el chamán envuelto en harapos, había canalizado los vientos con una fuerza irresistible. El poder verde le frió las yemas de los dedos, pero el hechizo surtió efecto. Los Vomitasapos, que segundos antes babeaban mirando a las nubes, sufrieron un espasmo de energía mágica. La estupidez se borró de sus ojos por un instante.

En el flanco opuesto, los Tragasapos también sintieron el latigazo mágico y se abalanzaron hacia las líneas enanas, aunque su carga careció del impulso necesario, frenando en seco a escasos metros de la guardia pretoriana de Bragi.

En el centro del campo de batalla, el aire se volvió irrespirable. La Guardia de Kardoz avanzaba como un rodillo de músculos verdes y rebanadoras oxidadas, escoltando al propio Kardoz y al debilitado Zugrot. Pero Katrin Thormsdottir no jugaba a la guerra de formaciones. El Fantasma Sangriento se deslizó entre las líneas enemigas ignorando por completo a la ruidosa infantería. Sus ojos estaban fijos en el cuello del chamán.

A la derecha, el calor abrasador se cobró su primer impuesto. Los Custodios del Heraldo, exhaustos por el clima infernal, comenzaron a sufrir bajo sus gruesas barbas.

Impulsados por la magia verde, los Vomitasapos cargaron con una velocidad antinatural directamente contra Bragi y sus Rastreadores de la Disformidad. El choque fue un desastre de carne y ácido. Los Rastreadores, ágiles en la emboscada, fueron aplastados bajo el peso de las bestias escamosas. Sus crestas naranjas desaparecieron bajo un mar de bilis corrosiva y garrotes de piedra.

Bragi no parpadeó. Esquivó un chorro de vómito que derritió la roca a su espalda, dio un paso corto y fluido, y descargó su hacha. Con un golpe letal decapitó al primer troll limpiamente (asi se hace Mirete).

Mientras tanto, Katrin encontró su momento. Zugrot apenas tuvo tiempo de girarse. Katrin saltó desde una roca, su hacha trazando un arco perfecto. El impacto destrozó las protecciones de hueso del orco y lo mandó al suelo en un charco de su propia sangre. Fuera de combate.

La caída del chamán desató la furia de Kardoz. El futuro Kaudillo rugió, espoleando a sus grandotes. La represalia fue una picadora de carne. Kardoz pasó literalmente por encima de Katrin, pisoteándola y dejándola inconsciente y rota en el barro, antes de chocar brutalmente contra los Agraviados. Las hachas enanas cortaron profundamente, pero la fuerza de los orcos era abrumadora.

En el otro extremo, los Tragasapos finalmente alcanzaron a los Custodios del Heraldo. Abrieron sus fauces y desataron un torrente de jugos gástricos. Fue una muerte indigna, sin choque de aceros; solo carne enana disolviéndose siseando sobre la tierra.

El campeón de la unidad aguantó un par de segundos más, bramando de dolor hasta que el ácido le deshizo la garganta.

Khargrim el Enloquecido vio caer el estandarte. Su mente fracturada hizo clic. Sangre por sangre. Hizo girar sus Cadenas de la Venganza y cargó aullando contra los monstruos de río. Fue un torbellino letal durante tres latidos de corazón, antes de que un vómito cruzado lo golpeara de lleno en el pecho, derribándolo en la ciénaga.

Fueron los Huérfanos de Kislev quienes cobraron la deuda. Empujados por su vergüenza, cargaron contra los Tragasapos. Sus hachas a dos manos destrozaron las rodillas y espaldas de las bestias. Los trolls entraron en pánico, pero los enanos los alcanzaron en una persecución implacable, talándolos como árboles podridos. La venganza duró poco. Los Jabalís Pastores embistieron el flanco expuesto de los Huérfanos masacrándolos, aunque los matadores lograron llevarse por delante a casi todos los jinetes.

En el flanco izquierdo, Bragi Muerdehachas retiró su arma del cráneo del tercer y último Vomitasapo. Había matado a los tres. Solo. Un golpe letal por cada asalto de combate (así se hace Mirete).

Respiró hondo, con el pecho cubierto de icor de troll, y se dio la vuelta para buscar su próximo objetivo. Silencio. El viento soplaba caliente sobre un cementerio de carne. No quedaba ni un solo enano en pie.

A cincuenta pasos, jadeando, sangrando y rodeado por los pocos supervivientes de su guardia, estaba Kardoz. Bragi caminó directamente hacia el Kaudillo, levantó el hacha empapada en sangre de troll y lo miró fijamente. Un desafío final.

Kardoz apartó a sus grandotes y cargó. El duelo fue breve y feo. El orco descargó un golpe devastador, pero el enano pivotó, usando el peso de su propia arma para ganar inercia, y golpeó bajo. El acero rúnico atravesó la gruesa armadura de Kardoz y cercenó limpiamente la pierna derecha del orco (fue otro golpe letal, a ver si aprendes Mirete). Kardoz se desplomó con un aullido de agonía.

Bragi lo miró desde arriba. Escupió. Y, dándolos por muertos, se dio la vuelta para caminar pesadamente entre los cadáveres, buscando a los suyos en un campo de batalla donde nadie había ganado nada.

EPILOGO

Kardoz, con la vista nublada por la pérdida masiva de sangre, se arrastró por el lodo. Su guardia no se atrevía a tocarlo. El Kaudillo llegó hasta los restos de los Vomitasapos masacrados por Bragi y, con las manos temblorosas y los dientes, comenzó a arrancar jirones de su gruesa y correosa piel.

Se vendó el muñón y la pierna destrozada con la piel escamosa. La carne de troll, aún palpitante de magia regenerativa, se adhirió a su herida, fusionándose horriblemente con su anatomía. Así nacieron sus infames pantalones, salvándole la vida pero dejándole una cojera monstruosa. A partir de hoy, monto en jabalí, juró, apretando los dientes ensangrentados.

A unos metros de allí, Zugrot despertó. El hachazo de Katrin y el rebote de la Fuerza Irresistible habían terminado de freír su cerebro. Se arrancó los ropajes con asco, embadurnándose el pecho con sangre. A partir de ese día, Zugrot el Salvaje solo escucharía los susurros de Gorko en el viento, y, al igual que su Kaudillo, exigiría un jabalí salvaje para liderar la próxima masacre.

BATALLA VI: ASALTO A LOS MONOLITOS


La noche sobre Rocasangre exhalaba su último aliento. El cielo se había fracturado en heridas purpúreas, pero en la más absoluta oscuridad previa al alba, lo único que dominaba el paisaje era el resplandor esmeralda del nexo de poder. El portal vibraba, desgarrando la tela de la realidad, mientras las sombras de cuatro magníficos ejércitos tomaban posiciones. La batalla que decidiría el destino del mundo iba a librarse con las primeras luces de la mañana.

Al disiparse levemente las brumas, el tablero de juego se reveló en toda su majestuosidad. Dos alianzas improbables, forjadas por la desesperación y el fanatismo, se medían en silencio.

DESPLIEGUE

En el monolito del flanco derecho, la responsabilidad recayó sobre la sangre fría. Los guerreros saurios, inamovibles como la piedra misma, anclaron la línea. A su lado, la Guardia del Micelio apoyaba en silencio, aportando la astucia y valentía de un Hijo del Bosque y una unidad de dríades para cubrir los huecos.

Pero el peligro que se cernía sobre ellos no era terrenal. Sobre una colina elevada, los arqueros de Bretonia tensaban sus arcos, listos para desatar una lluvia incesante de acero. A su flanco, los majestuosos Caballeros del Pegaso aguardaban la orden para abalanzarse desde los cielos, apoyados desde tierra por la plebe campesina y el ruidoso rechinar de un carro goblin que rompía la solemnidad bretoniana.

El nexo central se convirtió en la zona cero del apocalipsis. Aquí, la jungla desplegó su auténtico arsenal. La Guardia del Templo custodiaba el núcleo, flanqueada por enjambres, un inmenso Bastiladón y la escurridiza pantalla de eslizones. Un bloque de letales Kroxigors vadeaba el río para asegurar la conexión con el ala este. Pero el verdadero terror residía en los Carnosaurios: el portaestandarte de batalla y el General saurio, Jasaw Chan Kawil. Blandiendo la reliquia del reverenciado Tzunki, su sangre de vieja estirpe le exigía cazar. Desde la colina central, Aelindra apostó a sus arqueros Asrai y a Syra para cubrir el avance reptiliano.

Frente a la furia de los Hombres Lagarto, la caballería más noble del Viejo Mundo formó sus líneas. Cuatro inmaculadas cuñas de Caballeros, entre ellos los formidables Caballeros Andantes, bajaron las lanzas. Sobre ellos, dominando los vientos, se alzaba Sir Marcus, el Duque de Couronne. Montado en su pegaso, el Duque representaba la mayor amenaza de toda la mesa: un verdugo aéreo dotado con la Virtud de Matamonstruos, capaz de decapitar a los Carnosaurios de un solo tajo si lograba su infame Golpe Letal. Junto a la nobleza humana, la brutal caballeria de jinetes salvajes orcos liderada por Zugrot y apoyada por un carro y unos jinetes de lobo goblin aguardaban para actuar como el yunque ensangrentado de la carga bretoniana.

El monolito oeste quedó bajo la custodia de la naturaleza. Aelindra canalizó las venas de magma para hacer brotar un bosque tupido y espinoso, una trampa perfecta para ralentizar las cargas enemigas. Sus guardianes eran la esencia misma de Albión: los Colosos de la Corteza, las veloces Centauri, el gigantesco Milenario y el acechante Druida Forestal. De la bruma emergió Jalinryx, portando un arma ancestral para asegurar la piedra.

Sin embargo, el eco del pasado venía a cobrar sus deudas. Liderando la carga contra el bosque se encontraba Glok Marca Roja, surcando los cielos a lomos de una bestial serpiente alada. Aelindra sintió un escalofrío: Glok vestía los infames pantalones de troll de Kardoz. El legado del kaudillo que quemó el primer santuario estaba allí. En tierra, la sombra orca se materializó en una pantalla de jinetes de lobo, cuatro carros destrozadores y un gigante listo para talar árboles a garrotazos.

Pero la aberración verde no estaba sola. Completando esta blasfema alianza, el resplandor místico de Bretonia iluminó el fango. Los legendarios Caballeros del Grial formaron su cuña, escoltando en su interior a la Profetisa Eloisse, escudo arcano de la cruzada. Flanqueados por jóvenes Caballeros Noveles y seguidos por la fervorosa y fanática turba de Peregrinos del Grial, los sirvientes de la Dama cabalgaban dispuestos a borrar la «herejía» élfica de la faz del mundo.

EL FLANCO DERECHO

Las hostilidades rompieron con la ferocidad propia de la naturaleza. Los Hijos del Bosque, ágiles y escurridizos, se adelantaron actuando como un cebo perfecto. La impetuosidad de los pielesverdes mordió el anzuelo: los goblins se lanzaron en una carga desordenada, abriendo la brecha que los disciplinados guerreros saurios necesitaban para abalanzarse sobre el destartalado carro goblin. Sobre la mesa, parecía un golpe táctico impecable por parte de la defensa.

Sin embargo, el campo de batalla es un tablero de ajedrez implacable y el Duque de Couronne demostró por qué lidera la cruzada. La aparente vulnerabilidad goblin no era más que un espejismo, una estratagema calculada al milímetro por el general bretoniano. Los goblins evitaron el choque, dejando a la pesada infantería sauria completamente expuesta en una trampa mortal. De la nada, el fervor de los campesinos impactó su frente, mientras la nobleza de los Caballeros del Pegaso caía en picado destrozando su flanco.

Los saurios aguantaron el impacto inicial con un estoicismo encomiable, negándose a ceder terreno ante la emboscada. Pero la balanza de la guerra es caprichosa. La suerte les dio la espalda en la tirada de desmoralización, su línea se fracturó y, en su huida, fueron cazados y aniquilados sin piedad por las implacables monturas aladas, mientras los campesinos se reorganizaban.

Durante esos instantes, las dríades resistían heroicamente manteniendo su control sobre el monolito.

En la periferia de este baño de sangre, el Hijo del Bosque ejecutó una maniobra magistral, sorprendiendo la retaguardia de los jinetes de lobo goblin y forzándolos a huir lejos de la piedra sagrada.

Simultáneamente, la resistencia de las dríades parecía absoluta, absorbiendo con su dura corteza el incesante aluvión de flechas bretonianas. Pero su esfuerzo fue en vano; los Caballeros del Pegaso, letales tras su primera victoria, regresaron al frente y barrieron a los espíritus del bosque.

Más cerca del río, los eslizones replicaron la táctica del señuelo. Su objetivo eran los jinetes de orcos salvajes, comandados por el chamán Zugrot. Completamente desquiciados al ver que sus aliados bretonianos cedían la iniciativa para quedarse rezando, los orcos lanzaron una carga fallida, quedando en bandeja de plata para la represalia aliada.

Fue el momento de los Kroxigors. Las imponentes bestias emergieron y cargaron con una brutalidad demoledora, haciendo retroceder a la caballería orca.

Tras dos agónicos turnos de combate cuerpo a cuerpo, lograron su objetivo principal: aplastar al chamán Zugrot. Sin embargo, el triunfo firmó su sentencia. La muerte de su líder desató la sed de sangre de los jinetes orcos salvajes, quienes, en un acto de furia vengativa, masacraron hasta el último Kroxigor.

Con las filas defensoras diezmadas y sus grandes apoyos aniquilados, el monolito de este flanco quedó custodiado únicamente por el Hijo del Bosque. A pesar de su increible tenacidad para proteger la piedra, carecía de la potencia y el número necesarios para contener el avance final de las fuerzas enemigas. La brutalidad de la guerra aplastó la resistencia y el estandarte bretoniano se clavó en la tierra: el monolito derecho había caído bajo el control total de los cruzados.

EL CENTRO

La coalición atacante cedió la iniciativa al amanecer. El ejército de Bretonia se arrodilló para rezar a su Dama, mientras las tropas orcas bramaban impacientes por la contienda.

El combate abrió con la furia impredecible del escenario: un bombardeo fulminante cayó desde el cielo, diezmando a los arqueros Asrai en un instante. La respuesta de la alianza defensora fue devastadora. El abrasador rayo de Chotek impactó de lleno contra una formación de caballeros noveles, calcinando la cuña casi por completo y dejando en pie a tan solo dos jinetes chamuscados.

Aelindra canalizó los vientos de la magia con maestría. Invocó un Escudo de Roble que la envolvió durante el resto de la batalla, haciéndola invulnerable a cualquier ataque enemigo. Simultáneamente, lanzó un hechizo de Urgencia arcana sobre los colosos de la corteza, infundiéndoles un vigor sobrenatural para posicionarlos en la defensa férrea del monolito izquierdo.

La estrategia en el centro del campo dictaba un sacrificio heroico. Por consejo de la experimentada Aelindra, Jasaw envió a los exploradores eslizones a avanzar como cebo. Su misión era interponerse y ralentizar el empuje simultáneo de dos cuñas bretonianas y los jinetes de jabalí orcos, dejándolos empantanados para una posterior contraofensiva de los carnosaurios que rompería la línea de batalla.

Sin embargo, el despliegue esconde crueles lecciones geométricas y un temible «vacío legal» que Aelindra pasó por alto. Al posicionar la pantalla, el jugador lagarto creyó cubrir todo el frente de las caballerías enemigas. En realidad, la formación solo bloqueaba a una de las cuñas; el resto tenía ángulo suficiente para esquivar a los eslizones y cargar directamente a las valiosas unidades de la retaguardia. El general bretoniano vio la falla al instante y no dudó en explotarla.

La mesa se llenó de un silencio sepulcral por parte de la defensa y de risas maliciosas en el bando atacante. El jugador saurio miraba el tablero completamente cabizbajo, asimilando que se había dejado llevar ciegamente por el consejo hacia un desastre táctico. Frente a él, los jugadores orco y bretoniano se frotaban las manos. «No se han dado cuenta», cuchicheaban entre carcajadas, tocándose la sien con sorna y recordando que en este juego «hay que pensar».

Aprovechando la brecha, la coalición declaró sus letales trayectorias de carga, dividiendo a sus tres caballerías hacia diferentes objetivos para desmantelar por completo el centro del tablero.

Pero los eslizones no iban a vender barata su piel. Al recibir el asalto de la cuña bretoniana que sí lograron interceptar, desataron una lluvia de proyectiles envenenados mediante la reacción de aguantar y disparar. La chulería bretoniana se transformó rápidamente en sudor frío cuando el jugador tuvo que tirar los dados para intentar salvar las heridas de sus preciados caballeros, rezando para que la armadura resistiera.

El acribillamiento fue devastador. Las jabalinas envenenadas aniquilaron sin piedad a los dos únicos caballeros que habían sobrevivido previamente al rayo de Chotek, barriendo a esa cuña de la faz de Albión. Tras esta matanza, fue la otra cuña bretoniana la que se vio obligada a cargar y chocar con toda su furia contra los pequeños reptiles, trabándose en un combate brutal. Al mismo tiempo, los jinetes de jabalí orcos consiguieron esquivar la pantalla y lanzarse directamente hacia el flanco de los arbóreos.

Parecía el fin de la defensa central. Las sonrisas de la coalición eran de victoria absoluta. hasta que el Gran Plan y la magia revelaron su verdadera forma. Lejos de ceder, los pequeños eslizones aguantaron el impacto de manera estoica, interponiéndose como un muro inamovible frente a la caballería cruzada.

Y justo cuando los jinetes de jabalí creían tener el flanco a su merced, el bosque de Aelindra cobró vida. Unas inmensas raíces emergieron violentamente de debajo de la tierra, atrapando a los orcos e impidiendo por completo su carga por el flanco (fallaron la tirada de carga). Únicamente Glok Marca Roja logró llegar al combate.

Las tornas habían girado drásticamente. Las sonrisas arrogantes de la coalición se borraron de un plumazo, transformándose en auténticas «caras de circunstancias» al ver cómo su carga maestra se desmoronaba en el barro. Fue entonces cuando el comandante Asrai, saboreando el dulce néctar del karma y vengando el honor de su compañero escamoso, no dudó en devolverles las mofas iniciales con un gesto universal, claro y directo.

Tras la emboscada inicial de los eslizones y la detención de los jinetes de jabalí por las raíces mágicas del bosque, el centro del campo de batalla se convirtió en un tablero de ajedrez letal. Al finalizar el primer turno, las posiciones estaban marcadas y la tensión podía cortarse con un cuchillo.

El contraataque reptiliano era inminente, pero el Waaagh! demostró tener sus propios trucos. En un movimiento de sacrificio táctico, un destartalado carro goblin se interpuso en el camino del General Viejaestirpe, bloqueando magistralmente su línea de visión y evitando que el colosal Carnosaurio pudiera cargar contra el flanco de los vulnerables jinetes de jabalí.

Privado de su objetivo principal, el Viejaestirpe descargó su furia contra el carro goblin, aniquilándolo en un instante. Sin embargo, el ímpetu de la carga se esfumó; el avance de arrasamiento fue demasiado corto, dejando al líder saurio expuesto en tierra de nadie y sin llegar a trabarse con la cuña de caballeros noveles que aguardaba detrás.

Donde el General falló por la distancia, el Portaestandarte de Batalla saurio triunfó con brutalidad. Apoyado desde los cielos por Sira, el segundo Carnosaurio ejecutó una pinza perfecta contra el flanco de la caballería orca.

La moral pielverde se hizo añicos ante el impacto de las fauces saurias, forzando a los jinetes orcos a huir en desbandada. Aprovechando el caos, Sira alzó el vuelo y cayó en picado sobre el chamán Xamak, atravesándolo y eliminando el apoyo mágico de la Llama de Morko.

Para proteger el avance de sus hermanos mayores, se envió a los enjambres de la jungla como carne de cañón. Estas nubes de reptiles y sabandijas absorbieron la carga combinada de dos cuñas de Caballeros Noveles liderados por el joven paladín Sir Jennet. Aunque los enjambres perecieron bajo los cascos y las cuchillas de un carro orco, resistieron el tiempo suficiente para frenar en seco el avance enemigo, cumpliendo su misión con un heroísmo minúsculo pero vital.

Desde las alturas, el Duque de Couronne oteaba el campo de batalla evaluando sus opciones. Bajo él se extendía un menú de pesadilla: la hechicera Aelindra, el Hombre Árbol Milenario o los temibles Carnosaurios. Sus ojos se fijaron en el General Viejaestirpe, cuyo flanco había quedado peligrosamente expuesto tras su arrasamiento fallido.

El asalto frontal contra el monolito Asrai lo lideró Glok Marca Roja sobre su colosal sierpe alada. La bestia y su jinete chocaron con una brutalidad ensordecedora contra los arbóreos, desplegando todo su arsenal de combate.

La magia de Aelindra había fortalecido la corteza de los colosos de tal forma que los asaltantes fueron incapaces de infligir un solo rasguño. Frustrado e impotente, el general orco cedió terreno mientras los arbóreos avanzaban implacables, llegando a desmoralizarlo y hacerlo huir temporalmente.

La jungla no perdona. Desde el flanco ciego de Glok Marca Roja, emergió una pesadilla de escamas. El portaestandarte de batalla saurio, a lomos de su letal Carnosaurio, aprovechó la vulnerabilidad del pielverde y lanzó una carga devastadora directamente contra su flanco.

El choque de titanes fue breve y brutal. La bestia prehistórica destrozó las defensas del kaudillo, despedazó a la sierpe y devoró al general orco. La mayor amenaza aérea del Waaagh! fue erradicada del mapa, tiñendo la hierba de rojo.

La limpieza del flanco fue metódica. Los hijos del bosque volvieron a actuar como señuelo perfecto contra los carros de guerra enemigos.

Atraídos a la trampa, los carros fueron interceptados uno a uno por las Centauri, quienes, protegidas de los asaltos por el flanco gracias a las raíces animadas del terreno (de nuevo caida de mano en las tiradas de carga orca) desmantelaron la maquinaria pielverde.

Los arbóreos se toparon con la mole de un gigante. Los espíritus del bosque lucharon con fiereza, logrando reducir a la colosal bestia a la mitad de sus heridas, pero el esfuerzo combinado del gigante y una cuña bretoniana de apoyo terminó reduciendo a la infantería de madera a astillas.

Sin embargo, el núcleo del nexo estaba custodiado por el Hombre Árbol Milenario. Su imponente presencia detuvo en seco la carga fanática de los Peregrinos del Relicario, convirtiéndose en un muro inexpugnable.

A su lado, el orgullo de Bretonia se desmoronaba. La incesante y letal andanada de flechas Asrai había diezmado a la élite cruzada; tan solo dos Caballeros del Grial lograron sobrevivir al castigo, escoltando a duras penas a la Profetisa Eloisse, que se aferraba a la vida y a su magia con una sola herida restante.

El monolito izquierdo se mantuvo firmemente arraigado bajo el control de las fuerzas Asrai, protegido por la inmensa figura del Milenario.

Con el flanco orco colapsado, el destino del centro recaía en un duelo singular de proporciones épicas: el Viejaestirpe saurio contra el mismísimo Duque de Couronne. Sir Marcus, montado en su pegaso y dotado de la Virtud de matamonstruos, era el verdugo designado. Solo necesitaba la bendición de un golpe letal para decapitar al dinosaurio.

Fuera de las brumas de Albión, la visión del Viejaestirpe infundió un terror muy real en el mando de la cruzada. Las dudas asaltaron al jugador bretoniano ante la mole de escamas que tenía delante. «¿Y si fallo? ¿Y si me come?». Su aliado pielverde, olvidando la nobleza y aplicando la brutalidad orca, le exigió que se dejara de cobardías y lanzara el asalto.

Empujado por el orgullo, el Duque lanzó la carga. Dos turnos de agónico combate cuerpo a cuerpo se sucedieron. El destino del nexo dependía de que el dado bretoniano mostrara un sagrado número seis. La tensión en la sala era palpable.

La Dama del Lago, al parecer, estaba ocupada en otros asuntos. Tirada tras tirada, el milagroso seis se negó categóricamente a aparecer en la bandeja. Las expresiones de fe absoluta se transformaron en súplicas, luego en incredulidad y finalmente en un festival de frustración cómica, todo bajo la atenta mirada y las risas de la mesa.

Sin el golpe letal que lo salvara, el Duque de Couronne sufrió el mismo y cruel destino que el kaudillo orco: fue brutalmente masticado y devorado por el carnosaurio, sumando un segundo general al menú del ejercito Lagarto.

Con los líderes del asalto aniquilados y el campo sembrado de cadáveres de ambas facciones, las fuerzas restantes se aferraron a las piedras de poder. El monolito derecho pertenecía a las tropas regulares de Bretonia; el izquierdo, firmemente arraigado al poder Asrai. El monolito central, convertido en una picadora de carne táctica, quedó disputado entre la masa de campesinos y los heroicos y supervivientes eslizones.

Bajo la luz del amanecer real que entraba por las ventanas, la batalla de las Brumas de Albión se saldó con un empate técnico legendario. Cuatro ejércitos espectaculares, tácticas brillantes, errores fatales, la implacable traición de los dados y una noche de pura camaradería que ha quedado grabada a fuego en los anales de esta campaña.

Este documento gráfico captura la esencia de nuestra mesa de juego: el cachondeo y la guerra psicológica una vez guardados los dados.

Ecos de la contienda: archivos visuales de Rocasangre

La magnitud del conflicto dejó innumerables instantes grabados en la niebla. Más allá de los duelos legendarios y las cargas decisivas, el campo de batalla ofreció estampas de tensión táctica, formaciones impecables y caos en las escaramuzas periféricas.

Esta galería documenta la majestuosidad de los cuatro ejércitos desplegados, el detalle de la pintura en las miniaturas, la escenografía y los movimientos estratégicos que terminaron de tejer el destino de los monolitos.

Adéntrate en los últimos vestigios de la guerra y contempla la escala real de la contienda antes de que la bruma vuelva a cubrir la isla por completo.

(Esa sonrisa en la cara de Manolo nos confirma que su Gran Plan se ejecutó a la perfección)

Nivel 3: El Descanso del Guerrero

A medida que subo los gastados peldaños de piedra, siento cómo el aire de la montaña cambia drásticamente. El olor a azufre y metal fundido de la Gran Forja se va desvaneciendo, reemplazado por un aroma denso y cálido que me reconforta el alma: malta tostada, levadura y lúpulo fresco. 

El repique mecánico de los martillos queda ahogado por carcajadas, cánticos de taberna y el choque de pesadas jarras de madera y metal. He llegado al Descanso del Guerrero: La Cervecería.

Mis ojos se adaptan a la cálida luz de los faroles y lo primero que veo en el centro de la sala me roba una inevitable sonrisa. Es una estampa digna de las mejores leyendas cantadas junto al fuego. Allí están, bebiendo y celebrando como hermanos de sangre; Josef Bugman y el legendario Gotrek Gurnisson, están levantando en volandas al mismísimo Grombrindal. Es como si Josef y Gotrek estuvieran actuando como portadores del escudo para el gran Enano Blanco, pero en lugar de empuñar acero para protegerlo, alzan jarras rebosantes de espuma en un brindis que pasará a la historia.

Mientras sonrío ante la escena, mi mirada se desvía un poco hacia un lateral y mi mente sufre un pequeño cortocircuito ¿Ese de ahí… no es Josef otra vez? Parpadeo y me fijo mejor. La figura sostiene la mítica hacha rúnica La Vieja Confiable y la famosa Jarra de Bugman. Pero no, la actitud es diferente. No hay dolor ni sed de venganza en esta mirada. Estoy ante Zamnil Bugman, el padre de Josef y el fundador original de la cervecería en las tierras orientales de Wissenland. Un enano visionario y pragmático que llegó a adoptar el nombre humano de Samuel Bugman para prosperar en el comercio imperial. Verlo aquí representa la Edad de Oro de la Cervecería Bugman , una época de industria y paz antes de que la tragedia y la furia de los Goblins lo destruyeran todo y cambiaran el destino de su hijo para siempre.

Alrededor de una mesa redonda, unos enanos disfrutan de un festín digno de la corte de Altdorf mientras charlan animadamente. Un enorme cochinillo asado domina el centro de la tabla, rodeado de jarras y platos rebosantes. Sus ropajes llaman poderosamente mi atención: lucen telas ricas, sombreros abullonados y colores vibrantes. Son el vivo reflejo de la exitosa integración comercial de la familia Bugman en Wissenland; enanos que aprendieron a caminar entre mercaderes humanos y a disfrutar de sus lujos.

Dejando atrás la mesa imperial, la cómica realidad de la taberna se despliega a mis pies. Tengo que andar con cuidado para no pisar a las numerosas bajas de este particular frente de batalla etílico. El suelo está sembrado de hermanos que han sucumbido al innegable poder de la malta: unos roncan a pierna suelta tirados de espaldas…

Otros han encontrado un lecho improvisado encajados entre los toneles de roble o durmiendo profundamente abrazados a sus hachas.

Tres parroquianos han montado su propio desafío de resistencia: una apuesta en toda regla para ver quién aguanta más bebiendo directamente del barril. El primer competidor ya ha mordido el polvo y yace desmayado boca arriba en el suelo. Sus dos compañeros de contienda continúan con el torneo: mientras uno carga el  barril al hombro, el otro succiona sin descanso. Es su turno, y está claro que planea acabar el barril antes de ceder el puesto o acabar rodando por el suelo junto a su amigo.

Vigilando que todo este enorme engranaje de felicidad líquida funcione sin contratiempos, dominando la escena desde las alturas, está Bazrak Bolgan, Maestro Cervecero y la inquebrantable mano derecha de la dinastía Bugman. Es una mole imponente; su enorme vientre cervecero destaca orgulloso, actuando como una capa de protección visceral, una especie de gambesón biológico natural en nuestra raza. Con su rostro rubicundo, y marcado por su temperamento feroz, Bazrak parece listo para todo. Está preparado tanto para repartir barriles de La Mejor de Bolgan y levantar la moral de los muchachos, como para repartir hachazos al primer pielverde que ose colarse en su planta de fermentación.

En un rincón más apartado, un enano atiende la llamada de la naturaleza sentado en una letrina, leyendo y completamente ajeno al bullicio y los cánticos. Su intimidad está protegida por un majestuoso biombo de tres paneles tallados con relieves de los Dioses Ancestros. Utilizar semejante obra de arte para ocultar el retrete de una taberna es la demostración definitiva del carácter orgulloso de nuestra raza.

En el centro de toda la vorágine, como un astro sobre el que orbitan los planetas, está ella. La enana más evocadora que jamás hayan visto estos ojos. Avanza sosteniendo un enorme barril al hombro con pasmosa ligereza, mientras su otra mano gobierna una bandeja cuajada de jarras doradas. Sus pesadas trenzas, de un carmesí encendido, caen como cascadas de fuego, enmarcando un rostro que irradia la salud y la fuerza de nuestro pueblo. El estruendo de la taberna se desvanece en mi cabeza al instante. Viendo la reverencia con la que los veteranos aceptan su bebida, siento la certeza absoluta de estar contemplando a la mismísima Yinlin, la legendaria Maestra Cervecera bendecida por Valaya. Necesito acercarme a la barra y pedir una pinta, aunque solo sea para escuchar su voz y comprobar si este flechazo rúnico es de carne y hueso.

Karak-Eternum es un reflejo de nuestra historia, junto a las luces de la victoria encontramos las sombras de la resistencia. Al fondo de la cervecería, en una esquina más oscura y apartada del jolgorio general, la atmósfera se vuelve tensa y solemne. Es Yorrik, el Maestro Cervecero de Karak Ocho Picos. A diferencia de los héroes tradicionales, su extrema corpulencia le impide vestir las pesadas armaduras de placas de gromril, en su lugar, lleva un grueso delantal del gremio manchado de mosto. Verlo es recordar lo que es la supervivencia; él fue quien purificó las aguas envenenadas por los Skaven para mantener con vida a la guarnición del Rey Belegar, destilando entre las sombras su peligrosa Cerveza de Troll para sanar a los heridos. Es un héroe que resistió hasta su amarga muerte a manos de los Skaven. No puedo evitar acercarme y levantar una jarra en su honor.

Con el espíritu sobrecogido por el recuerdo de Yorrik y el cuerpo reconfortado por el calor de la taberna, sé que es hora de continuar. Me ajusto el equipo, doy la espalda al jolgorio y encaro la imponente escalinata principal. Mis pasos me guían hacia el núcleo del poder Dawi, el lugar donde se rinde pleitesía a nuestros soberanos.

Próxima parada: El Salón del Trono

Khazuk! Khazuk! Ha!

Registro de Degustación

Acomodaos en un taburete, servíos una buena pinta de Bugman XXXXXX y disfrutad de cada rincón, parroquiano y detalle escondido en esta galeria de imágenes:

Capítulo 3: Go-Ern. La Sombra de La Tormenta

Go-Ern odiaba el calor.

El Gran Salón de los Hijos de Vargar apestaba a hidromiel rancia, a sudor agrio y a grasa de cerdo quemada. Pero, sobre todo, apestaba a desperdicio. Desde su rincón en las sombras, lejos del fuego central, Go-Ern observaba a su padre biológico reinar sobre el caos. Vargar era un trueno encarnado de músculo, un gigante que ahogaba su furia en barriles saqueados del sur y en los gritos de las esclavas imperiales. Para Vargar, el liderazgo era un alarido de carga y un hacha alzada.

Para Go-Ern, eso era ruido. Y el ruido era debilidad.

Veía a los guerreros de la tribu, letales y endurecidos por el Agogé, desperdiciando sus vidas en incursiones desordenadas, chocando como bestias ciegas contra los muros de escudos del Imperio por un puñado de monedas de cobre. Go-Ern afilaba su hacha de mano con movimientos rítmicos, metódicos. Mientras Vargar saqueaba, Go-Ern memorizaba las rutas de las patrullas sureñas. Vargar era el invierno desatado; Go-Ern pretendía ser el glaciar que lo aplastara todo. Lento. Inevitable. Silencioso.

La Prueba de Skoll se cernía sobre los aspirantes. El aire en el salón era espeso. Vargar se puso en pie, tambaleándose ligeramente, y estrelló su cuerno vacío contra el cráneo de un troll que adornaba su trono.

—¡Cachorros! —bramó Vargar, y la saliva voló de sus labios—. ¡Traedme carne! ¡Traedme pieles que me calienten en la noche, o no os molestéis en volver!.

Los otros jóvenes aspirantes aullaron, ebrios de promesas, y salieron en tropel hacia los bosques del valle, buscando la gloria fácil de un lobo Fenrir joven o la estupidez de un Troll de Hielo.

Go-Ern no aulló. Salió al exterior, y el viento helado le golpeó el rostro como una bofetada de realidad. El frío era puro, era silencio… era disciplina. No miró hacia los valles. Giró sobre sus talones de cuero y miró hacia el norte, hacia los Picos Prohibidos, donde la tormenta era una entidad viva y rabiosa.

Cada paso en la nieve profunda era un clavo al rojo vivo en sus pulmones.

Llevaba tres semanas escalando. El aire era tan fino en las cumbres que apenas alimentaba la sangre. Sus labios estaban agrietados, sangrando con cada respiración, y el hambre era una bestia acorralada que le roía las paredes del estómago. La escarcha le había soldado las pestañas, pero Go-Ern no se detuvo. El dolor físico era simplemente información; le decía que seguía vivo, y que estaba más alto que cualquier otro aspirante en la historia de la tribu.

Los Vientos del Caos comenzaron a aullar con el coro de mil voces dementes susurrando promesas de poder. El cielo se cerró, convirtiéndose en un hematoma de nubes púrpuras.

Un olor impregnó sus fosas nasales. Un hedor asfixiante a ozono, a cobre quemado y a piedra triturada. Y entonces lo vio.

En el corazón de la tormenta, en un pináculo de roca de obsidiana, estaba su presa.

Era un ser antiguo. Una criatura de la era anterior a los hombres. Una raza inmortal que, ante los ojos humanos, se alzaba como un dios de la destrucción. Un Shaggoth.

Sus cuartos traseros pertenecían a un reptil del tamaño de un Drakkar; su torso era una pesadilla de músculos, placas de granito y cicatrices. Se alzaba sobre sus patas traseras, bebiendo los relámpagos y rugiendo en éxtasis mientras el Caos lo alimentaba.

Go-Ern sintió el pánico. Un pánico frío y primitivo que le paralizó las rodillas y amenazó con vaciarle los esfínteres. Era la reacción natural de una presa ante un depredador. Tragó saliva, saboreando la bilis y la sangre de sus propios labios, y forzó a sus piernas a moverse.

Esto le daría la Manada. Esto silenciaría el ruido de Vargar para siempre.

Cargó.

Fue un error de cálculo absoluto y grotesco.

Go-Ern reunió toda su velocidad, saltó desde una arista de hielo y descargó su hacha contra la escama expuesta en el muslo del monstruo.

¡CLANG!

La vibración del impacto le destrozó los tendones de la muñeca. El hacha rebotó como si hubiera golpeado un yunque divino. El Shaggoth bajó la mirada, sus ojos rebosantes de electricidad líquida enfocaron al humano con la molestia de quien aparta a un insecto de su comida.

Un simple revés casual de sus garras conectó con Go-Ern.

El mundo se volvió una mancha borrosa de aceleración y agonía. Go-Ern voló por los aires y se estrelló de espaldas contra un muro de hielo negro. Escuchó, antes de sentirlo, el crack sordo y húmedo de sus propias costillas estallando hacia adentro.

Cayó a la nieve como un muñeco de trapo. El aire abandonó sus pulmones. Intentó respirar y un dolor cegador le atravesó el flanco izquierdo. Estaba ahogándose en su propia sangre. Un pulmón perforado. Su brazo derecho colgaba inútil, fuera de su cavidad. Su hacha había desaparecido en la ventisca.

La bestia se acercó lentamente. La nieve se derretía bajo su peso, convirtiéndose en lodo hirviente. El Shaggoth abrió sus fauces, y el aire crujió con la presión del rayo que se estaba gestando en su garganta.

Go-Ern miró a la muerte a los ojos. Había sido un arrogante. Su astucia, su cálculo, su desprecio por la brutalidad de su padre… todo terminaba aquí. Sería vaporizado en la cima del mundo, una mancha de carbón en la roca que nadie encontraría jamás.

No.

La palabra no se formó en su mente racional. Brotó desde la médula.

No… ¡NO!

Si el hombre no era suficiente, si la disciplina y el acero se rompían, entonces usaría la Maldición. Siempre había reprimido la bestia que hervía en su genética, temiendo convertirse en el animal balbuceante que era su padre cuando perdía el control. Pero ahora, la bestia era la única salida.

Llamó a la Sangre de Vargar. Y la sangre, hambrienta, respondió.

El coste fue atroz. La transformación fue una mutilación fisiológica de la que él era víctima y verdugo. Su mandíbula se desencajó con un chasquido nauseabundo, su cráneo se alargó rasgando la piel de su propio rostro. Las costillas rotas se recolocaron a la fuerza, perforando músculo para soldarse con cartílago nuevo en fracciones de segundo. El dolor físico fue eclipsado por el terror psicológico: la Furia Bestial era un parásito que intentaba borrar al «Go-Ern» calculador para dejar solo al «Varg«, un monstruo de hambre y rabia sin mente. Go-Ern tuvo que clavar su voluntad en el dolor para no perderse en la oscuridad.

Un aullido desgarró la tormenta, un sonido tan inhumano y preñado de odio que el Shaggoth detuvo su ataque.

El Varg-Alfa se levantó. Una mole de pelaje negro, músculos hipertrofiados y baba ácida, alzándose hasta igualar el torso del monstruo.

El Devorador de Tormentas rugió, reconociendo a otro depredador. La batalla se reanudó.

El Shaggoth lanzó un zarpazo; Go-Ern no intentó bloquearlo. Se lanzó hacia adelante, dejando que las garras le arrancaran la piel del hombro derecho hasta el hueso, usándolo como precio de entrada para su propio ataque. Se aferró al pecho escamoso de la bestia de las tormentas. El monstruo bramó, soltando una descarga eléctrica que frió el pelaje de Go-Ern y quemó la carne bajo él, pero el Varg no sentía dolor, solo el imperativo biológico de matar.

Go-Ern hundió sus propias garras de hierro en las grietas entre las placas de granito del Shaggoth. Escaló por el cuerpo de la bestia como si fuera una montaña de carne, mientras el monstruo lo golpeaba contra las rocas una y otra vez. Cuatro costillas más crujieron. Su ojo izquierdo se llenó de su propia sangre.

Alcanzó la garganta de la criatura. Las escamas allí eran más delgadas, pulsando con la sangre y los relámpagos. Go-Ern abrió sus bestiales fauces, desquiciando su mandíbula, y mordió.

Sus dientes atravesaron la carne, cerrándose sobre la tráquea y la vena principal. La sangre del Shaggoth le llenó la boca. Le quemó la garganta y las entrañas, pero Go-Ern tragó la agonía, ancló sus garras en los hombros de la inmensa bestia y, con toda la fuerza sobrenatural de su línea de sangre corrompida, tiró.

Un trueno sordo y un crujido de cartílago silenciaron la ventisca.

Go-Ern arrancó un bloque de carne, escamas y la mitad del cuello del Shaggoth. La bestia emitió un gorgoteo ahogado, una lluvia de sangre eléctrica y chispas tiñó la nieve de carmesí, y se desplomó como una torre derrumbada.

En su estado de Varg, Go-Ern no se detuvo. Impulsado por un hambre atávica se arrojó sobre la garganta abierta del coloso. Devoró trozos de carne cruda y electrizada, absorbiendo la esencia pura y caótica de la bestia para evitar que su propio cuerpo, destrozado por el esfuerzo y el castigo, colapsara.

Horas más tarde, cuando la Furia Bestial comenzó a retroceder, el castigo biológico llegó.

Go-Ern colapsó de rodillas en la nieve. La vuelta a su forma humana fue un segundo infierno. Sentía cada hueso astillado, la quemadura química en sus entrañas y el frío paralizante de la montaña reclamando su temperatura corporal. Vomitó bilis y sangre negra. Permaneció allí, tiritando al borde de la hipotermia, procesando el trauma físico y el hecho irreversible de que la bestia habitaba en él, y era más fuerte que su razón.

Con manos temblorosas y usando tendones del propio monstruo como cuerdas, ató el cuello de la cabeza decapitada y comenzó el descenso.

Fue una pesadilla de tres días. Tres días de arrastrar carne muerta por acantilados y hielo resbaladizo, sosteniéndose apenas con la nieve derretida y la obstinación de no morir en la oscuridad.

Cuando finalmente arrastró su trofeo hasta el linde del campamento de la tribu, no quedaba nada del guerrero altivo que había partido. Estaba cubierto de una costra de sangre seca, negra y marrón. Caminaba encorvado, arrastrando una pierna, con los labios rotos y la mirada hueca de un superviviente de una masacre.

El campamento enmudeció. Los aspirantes que habían traído sus miserables pieles de troll retrocedieron instintivamente.

Go-Ern dejó caer los tendones de sus manos despellejadas. La colosal cabeza del Devorador de Tormentas rodó por el barro helado hasta detenerse exactamente a los pies del trono de Vargar. El Jarl se puso en pie. El cuerno de hidromiel se escurrió de sus dedos, derramándose el alcohol.

Vargar miró la cabeza del dios-monstruo. Luego, miró al guiñapo sangriento que era su hijo. Detrás de los huesos mal soldados y la suciedad, Vargar vio el fuego amarillo y letal del Don que aún parpadeaba en las pupilas de Go-Ern. Una furia forjada.

No dijo nada. Se acercó y, por primera vez, no vio a un cachorro astuto. Vio a un lobo que había matado a un dragón. Sintió un latigazo en la memoria, un terror antiguo que lo encogió por dentro. Vio al fantasma de su propio padre, Tanath, renacido en la carne y en la voluntad de aquel muchacho herido. Esa calma imposible después de la carnicería… era la disciplina que él había perdido.

El viejo lobo rió. Una risa llena de orgullo y un inmenso alivio. Agarró su hacha, dio un paso adelante y, con un grito, la hundió profundamente en el cráneo petrificado del Shaggoth. Haciendo palanca, el hueso cedió. Vargar arrancó un colmillo del tamaño del fémur de un hombre adulto.

Caminó hacia Go-Ern, que tuvo que hincar una rodilla para no desplomarse. Vargar se quitó su propia capa de piel de oso y la dejó caer sobre los hombros destrozados de su hijo. Con un trozo de cuero ensangrentado, ató el colmillo al cuello de Go-Ern.

Vargar agarró la muñeca sana de Go-Ern y alzó su brazo al cielo gris, forzando a la tribu a mirar.

—¡Escuchadme, Ullfang! —rugió Vargar, y por primera vez en años, su voz no sonaba a vino, sino a montaña—. ¡Yo soy la Tormenta! ¡Yo soy el trueno ciego y el ruido inútil! —Giró el rostro hacia su hijo, y hubo un extraño alivio en sus ojos—. ¡Pero él… él es el Acero! ¡Es la Furia Forjada! ¡Es el Alfa que yo fracasé en ser!

Vargar soltó su brazo.

—¡La Manada es tuya! ¡Padre de la Manada!

El Jarl no esperó a la celebración. Se dio media vuelta y abandonó el círculo. Vargar, El Incursor, se alejó hacia la nieve, exiliándose a sí mismo para ser la bestia solitaria que siempre debió ser.

Go-Ern no lo vio partir. Su visión se oscurecía. Arrastrando los pies, subió los peldaños de piedra hasta el trono, un asiento frío que apestaba a fracaso pasado. Se dejó caer sobre la madera tallada, sintiendo el peso aplastante del colmillo en su pecho y la sed de sangre que, en lo profundo de sus venas, ya no dormía.

La era del ruido había terminado. El reinado de los Ullfang, silencioso, crudo y letal, había comenzado.

BATALLA V: LA FURIA DE ROCASANGRE


El Renacer del Kyubi (2000pts)

325 – Aelindra en Kyubi (Milenario): General, Wizard Level 4, Battle Magic

168 – Glade Captain, Cavalry Spear, Shield, Aspect of the Hound, Battle Standard Bearer, Elven Steed, Crown of Antlers

130 – Maestro Saolin (Bailarin Guerrero): Spear of Loec, Asyendi’s Bane, Hail of Doom Arrow

115 – Druida Forestal (Acechador): Sword Of Sorrow

96 – 6 Exploradores, Arcane Bodkins, Musician

2x 72 – 6 Arqueros, Espadillas Arcanas

2x 70 – 5 Hijas del Olvido (Dríades), ninfa

124 – 6 Eternal Guard, Shield, Eternal Warden, Ruby Ring of Ruin, Veterans

2x 109 – 2 Colosos de la Corteza (Arbóreos), Campeón

208 – 6 Centauri (jinetes salvajes): Shield, Wild Hunter, Standard Bearer, War Banner, Musician

60 – Syra «Vigía del Bosque» (Gran Águila)

215 – Hombre Arbol

3x 19 – 2 Hijos del Bosque

  • 1x Guardian 

  • 1x Zorro (Sabueso) 


El suelo de Albión se agrietaba, incapaz de soportar el peso de una marea verde tan ruidosa como letal. Un inmenso Waaagh orco irrumpía en la llanura humeante, guiado por el olor a magia disforme que emanaba del volcán.

Al frente de esta destrucción marchaba el Kaudillo Orco Negro, Ezkotillo Krujeztalianoz. El tipo no se fiaba de sus propias piernas y prefería avanzar cómodamente subido en su Karro de jabalíes, tirado por unas bestias tan malhumoradas y cubiertas de pinchos como él. A su lado, el Gran Chamán de la horda, El Zetaliano, babeaba visiones apocalípticas mientras canalizaba Waaagh! a través de sus ojos inyectados en sangre y un ostentoso anillo de rubí que claramente le venía grande. Custodiando la retaguardia de los jefes, la mole heráldica de Bruz Baner, el Portaestandarte de batalla, ondeaba un trapo infame montado sobre su propio jabalí de guerra, asegurándose de que todos supieran a quién obedecer antes de morir.

Tras la cúpula de mando, el grueso del ejército avanzaba con una mezcla de disciplina férrea y absoluto caos:

 Loz Komekabraz: Un imponente bloque de Orcos Negros que marchaban con hachas a dos manos, mirándolo todo con desprecio y con el único objetivo de demostrar que las armaduras de placas les sientan mejor que a nadie.

 Loz Portamartilloz: Una desorganizada chusma de Goblins Nocturnos armados con espadas y escudos de aspecto dudoso. Entre sus filas, tres desquiciados Fanáticos daban vueltas sobre sí mismos sosteniendo bolas con cadenas colosales, esperando el momento de ser soltados como misiles vivientes.

 Kuña Patanegra: La caballería de choque orca. Jinetes de jabalí armados con lanzas que bufaban impacientes, arrastrados por monturas con muy malas pulgas ansiosas por ensartar elfos.

 Loz Ziegoz: Una unidad de arqueros orcos que, haciendo un honor absoluto a su nombre, apuntaban al cielo con sus bastos arcos de guerra cruzando los dedos para que alguna flecha cayera sobre el enemigo por pura gravedad.

 Loz Komepiedraz: Cuatro gigantescos Trolls de Piedra de piel azulada y rocosa. Criaturas temibles con garrotes a dos manos que daban tanto miedo por su fuerza bruta como por el hecho de que no tenían ni la más remota idea de dónde estaban o a qué habían venido.

 La Artillería (PINCHAELFOZ y REVIENTARIÑONEZ): Operados por goblins histéricos que rezaban a Gorko para que las vigas de madera podrida no estallaran en sus propias caras antes de disparar.

 Y por supuesto, Fauces: Un Garrapato Despachurrador rosado que era básicamente una boca gigante con patas, saliva ácida y muy poco instinto de autopreservación, listo para rebotar descontroladamente por el flanco izquierdo.

La isla de Rocasangre reaccionó de inmediato a semejante despliegue de chatarra y mala educación, abriendo profundas fallas de magma justo bajo la zona de despliegue de los invasores. La batalla por su destino había comenzado.

Ocultos tras las chozas orcas que salpicaban el terreno, los exploradores Asrai se dejaron ver. Con una precisión letal, sus flechas silbaron entre la densa humareda, mermando a la unidad Kuña Patanegra que intentaba avanzar rápidamente por el flanco derecho junto a Bruz Baner.

En el centro del tablero, el peligro era tan inminente como absurdo. Loz Komepiedraz marchaban con paso firme, completamente decididos a darse un banquete de alta cocina con la carne de los elfos. En un alarde de finura táctica Asrai, una unidad de dríades se posicionó estratégicamente en su flanco para intentar entorpecer su avance.

Sin embargo, el hambre de las bestias pudo más que cualquier distracción: ignorando la amenaza de las ramas de al lado, los trolls metieron la quinta marcha y se plantaron en las narices de las líneas Asrai en el segundo turno, listos para empezar a repartir mamporros.

Y justo cuando parecía que la tragedia estaba masticada, Albión obró su magia. Las emanaciones mágicas del volcán debieron de freírles la única neurona que compartían entre los cuatro. Sumidos en la más absoluta y maravillosa estupidez, los trolls se quedaron mirando al infinito, probablemente intentando recordar si se habían dejado el horno del campamento encendido o intentando atrapar las cenizas con la lengua. Tres turnos enteros se pasaron en ese estado vegetativo, congelando por completo su peligrosísimo avance y convirtiendo una carga letal en una adorable escena de contemplación mística. ¡Gracias, Gorko (o Morko), por vuestra infinita distracción!

Mientras tanto, la fase de magia prometía ser un auténtico espectáculo pirotécnico. Con las venas del cuello a punto de estallar y los ojos inyectados en sangre, El Zetaliano invocó la que debía ser su mayor obra: el devastador Pie de Gorko. El cielo se oscureció y una gigantesca extremidad verde de energía espectral comenzó a materializarse entre las nubes, lista para aplastar la resistencia Asrai.

Sin embargo, a Gorko (o tal vez a Morko) no le debió de gustar el tono de voz del chamán, y la caprichosa energía del dios orco decidió dar un giro de guión de los buenos, volviéndose directamente contra sus propias filas.

Un pisotón de proporciones bíblicas sacudió el suelo de Albión, levantando una nube de polvo y dejando un tremendo cráter impreso en mitad del ejército pielverde. Al disiparse el humo, se vio que la gigantesca planta del pie divino habia enganchado de lleno a Loz Komekabraz, aplastando a un pobre muchacho que pasaba por allí y dejándolo como una alfombra.

Pero lo mejor de la contienda estaba por llegar: el talón de Gorko le dio un impacto directo al mismísimo general orco. El golpe fue tan tremendo que le causó 4 heridas de una sola tacada. Cualquiera habría acabado hecho fosfatina, pero Ezkotillo Krujeztalianoz está hecho de otra pasta. Activando su talismán de protección, el tío se marcó una racha de salvaciones milagrosas, se sacudió el polvo de los hombros, se recolocó el casco y siguió bramando órdenes en su carro como si Gorko solo le hubiera dado una palmadita cariñosa en la espalda. ¡Aquí no ha pasado nada, muchachos, a seguir marchando!

Para que os hagáis una idea de la bonita ensalada de mamporros que estaba a punto de aliñarse, aquí podéis contemplar la llanura de Rocasangre a vista de pájaro, justo al término del primer turno.

EL SACRIFICIO DEL FLANCO IZQUIERDO

En el flanco izquierdo, la amenaza cobraba la forma de una pesadilla de carne viva y hambre insaciable: Fauces, el descomunal Garrapato Despachurrador, avanzaba como una mole rosa y deforme, arrastrando su descomunal peso y triturando el suelo con la fuerza devastadora de un terremoto.

Sabiendo que la colina enemiga estaba fuertemente pertrechada por la artillería orca, Aelindra envió a una unidad de dríades en una misión suicida, actuando como cebo para interponerse en el camino de la bestia y entretener a su insaciable apetito.

Fauces, que no destaca precisamente por sus modales en la mesa, se abalancó sobre las dríades y se las merendó salvajemente en un festín de astillas y clorofila.

Sin embargo, el sacrificio no fue en vano. Mientras el bicho estaba ocupado intentando limpiarse los paluegos de madera de la dentadura, Shira y una Hija del Bosque aprovecharon para infiltrarse entre las líneas enemigas. Como un auténtico torbellino asaltaron la colina por sorpresa y masacraron a los goblins de las dotaciones, silenciando para siempre las máquinas de guerra orcas.

LA CAIDA DEL MILENARIO 

El Hombre Árbol se plantó en mitad de Rocasangre como si fuera el portero de una discoteca exclusiva, dispuesto a tragarse él solito toda la mala leche del Waaagh!

El Zetaliano, que no tenía ganas de ponerse a talar a mano, decidió que era mejor idea trolear al titán de madera: le lanzó el hechizo Picores Molestos un turno tras otro, dejando al pobre coloso rascándose la corteza y perdiendo los papeles (y la resistencia). Aunque le llovieron pedradas del lanzarocas, virotes de todos los tamaños y chispazos mágicos, el Hombre Arbol seguía aguantando el tipo gracias a su regeneración milagrosa, regenerando ramas como quien cura un resfriado.

Pero claro, la caída del coloso no iba a ser algo digno ni heroico; esto es Warhammer, y aquí manda la locura goblin. Desde la unidad de Loz Portamartilloz, El Zetaliano soltó las correas y liberó a los tres fanáticos. Las taradas criaturas, agarradas a unas bolas con cadenas más grandes que ellos mismos, empezaron a girar como peonzas directamente hacia el Milenario. El resultado fue una batidora de madera: una lluvia absurda de 17 impactos que convirtieron al gran protector de la isla en un montón de serrín y astillas para barbacoa. Eso sí, el karma goblin es implacable, y poco después, en un bellísimo acto de justicia poética, los tres fanáticos terminaron estampándose violentamente entre ellos, dejando el campo de batalla un poco más limpio y bastante más silencioso.

Mientras el caos se apoderaba de las líneas, el Druida forestal Asrai demostró por qué la muerte llega sin avisar desde la espesura. Fijó su mirada en El Zetaliano y, con una precisión quirúrgica, desató un letal ataque a distancia que infligió dos heridas graves al chamán justo cuando este soltaba a sus fanáticos.

Sin embargo, el astuto goblin reaccionó movido por el pánico: activó el poder de su anillo mágico para desatar una última bola de fuego. El devastador fogonazo impactó de lleno en las Centauri, aniquilando a casi toda la unidad y dejando a solo dos supervivientes en pie.

Acto seguido, y haciendo gala del más puro honor goblin, el chamán se dio la vuelta y corrió a esconderse como una comadreja detrás del bosque silvano, arropadito y a salvo entre los suyos.

LA JUSTICIA DEL MAESTRO SAOLIN

Con El Milenario reducido a astillas, Fauces se vino arriba y se abalanzó sin piedad sobre los arbóreos, usándolos como si fueran palillos de dientes y triturándolos uno a uno con sus inmensos colmillos.

Al ver que los Colosos de la Corteza estaban siendo convertidos en serrín a la velocidad del rayo, el Maestro Saolín se llenó de furia y cargó a toda velocidad hacia la retaguardia de la bestia, en un intento desesperado (y bastante optimista) de salvar lo que quedaba de la unidad.

Llegó tarde para salvar al último arbóreo que cayó por los impactos por carga, pero haciendo gala de sus katas de combate, el Maestro Saolín se deslizó por el suelo, se coló justo debajo de la descomunal criatura y, apuntando con precisión milimétrica, le clavó su lanza con toda la saña del mundo directamente por el trasero.

Fauces soltó un alarido agónico que se oyó en toda la isla, pero el karma de los dados es muy caprichoso: en su último espasmo de muerte, el gigantón rosa se desplomó hacia atrás. El impacto de semejante mole fue tan brutal que aplastó por completo al pobre Maestro Saolín como si fuera un mosquito contra el parabrisas, dejando aquel rincón de la llanura en un divertidísimo empate técnico de bajas.

EL BIYUDAMA DE AELINDRA

Ezkotillo Krujeztalianoz avanzaba imparable en su carro de jabalíes. Tras arrasar a un hijo del bosque y aniquilar por completo a la unidad de la Guardia Eterna, el infame caudillo se coló peligrosamente en la retaguardia Asrai. 

Fue entonces cuando Aelindra, alzándose sobre el lomo del majestuoso Kyubi, invocó el poder arcano de Albión. Canalizando la energía de la isla, desató un devastador ataque a distancia (un auténtico Biyudama de poder místico) que impactó de lleno contra el carro del general orco, volándolo en pedazos y acabando con su tiranía.

Diezmados por las flechas Asrai, los jinetes Kuña Patanegra con Bruz Baner a la cabeza, consiguieron infiltrarse con éxito por el flanco derecho. Con el ímpetu salvaje que los caracteriza, se llevaron por delante a un pobre Hijo del Bosque.

Con el subidón de adrenalina, pusieron el ojo en su siguiente objetivo: los espíritus arbóreos.

Sin embargo, a la hora de hincar las espuelas, el aura de poder de Aelindra paralizó por completo sus verdes corazones. Las monturas clavaron las pezuñas, los orcos se miraron entre ellos con cara de póker y, paralizados por el miedo, fueron incapaces de declarar la carga.

El bajón anímico fue monumental, y los colosos de la corteza no desaprovecharon el momento de ridículo enemigo: con la contundencia de un bosque enfadado, fueron ellos los que cargaron y aniquilaron a la Kuña y al bueno de Bruz, mandando el estandarte de batalla directo al fango.

En el otro lado del frente, las Centauri supervivientes decidieron que era el momento de marcarse una jugada heroica. Con las lanzas en ristre, cargaron con todo a la retaguardia del bloque de Loz Komekabraz.

El impacto fue brutal y los obligó a retroceder, pero la fortuna en Albión es muy caprichosa.

Loz Komekabraz rebotaron hacia atrás de tal manera que terminaron en una posición perfecta para revolverse. El contraataque de la élite pielverde fue devastador, cobrándose la vida de todas las Centauri en una demostración de fuerza bruta.

Creyéndose completamente invencibles tras pasar a cuchillo a las Centauri, Loz Komekabraz se vinieron arriba y declararon la carga contra Aelindra, la general Asrai. El choque subsiguiente fue un auténtico torbellino sangriento de hachas melladas y garras de fuego espiritual.

Cuando el humo de la lava comenzó a disiparse, el escenario era desolador: rodeada por los cadáveres de la élite pielverde, solo dos orcos negros permanecían en pie sosteniendo su trapo roñoso ante la mirada flamígera del zorro de nueve colas. El tiempo se agotó y las hachas quedaron suspendidas en el aire.

El polvo de la batalla se asentó sobre Rocasangre dictando un empate de 1232pts frente a 1262pts, con ligera ventaja para los Asrai. La isla seguía en manos elfas, pero el precio había sido una locura: un Hombre Árbol convertido en astillas para barbacoa, una colina de artillería desmantelada por Syra, y un general pielverde evaporado por un Biyudama. Ezkotillo aprendió por las malas que en Albión, si molestas al zorro equivocado, te quedas sin carro, sin ejército y con solo dos muchachos vivos para contarlo.

Para terminar, os regalo la mejor instantánea que nos dejó la noche. Si ponéis el oído en la mesa justo en ese momento, se escucha perfectamente la mítica música de duelo de El bueno, el feo y el malo. El Hombre Árbol, el Kyubi y Ezkotillo.