El Gran Salón de los Hijos de Vargar apestaba a hidromiel rancia, a sudor agrio y a grasa de cerdo quemada. Pero, sobre todo, apestaba a desperdicio. Desde su rincón en las sombras, lejos del fuego central, Go-Ern observaba a su padre biológico reinar sobre el caos. Vargar era un trueno encarnado de músculo, un gigante que ahogaba su furia en barriles saqueados del sur y en los gritos de las esclavas imperiales. Para Vargar, el liderazgo era un alarido de carga y un hacha alzada.
Para Go-Ern, eso era ruido. Y el ruido era debilidad.
Veía a los guerreros de la tribu, letales y endurecidos por el Agogé, desperdiciando sus vidas en incursiones desordenadas, chocando como bestias ciegas contra los muros de escudos del Imperio por un puñado de monedas de cobre. Go-Ern afilaba su hacha de mano con movimientos rítmicos, metódicos. Mientras Vargar saqueaba, Go-Ern memorizaba las rutas de las patrullas sureñas. Vargar era el invierno desatado; Go-Ern pretendía ser el glaciar que lo aplastara todo. Lento. Inevitable. Silencioso.
La Prueba de Skoll se cernía sobre los aspirantes. El aire en el salón era espeso. Vargar se puso en pie, tambaleándose ligeramente, y estrelló su cuerno vacío contra el cráneo de un troll que adornaba su trono.
—¡Cachorros! —bramó Vargar, y la saliva voló de sus labios—. ¡Traedme carne! ¡Traedme pieles que me calienten en la noche, o no os molestéis en volver!.
Los otros jóvenes aspirantes aullaron, ebrios de promesas, y salieron en tropel hacia los bosques del valle, buscando la gloria fácil de un lobo Fenrir joven o la estupidez de un Troll de Hielo.
Go-Ern no aulló. Salió al exterior, y el viento helado le golpeó el rostro como una bofetada de realidad. El frío era puro, era silencio… era disciplina. No miró hacia los valles. Giró sobre sus talones de cuero y miró hacia el norte, hacia los Picos Prohibidos, donde la tormenta era una entidad viva y rabiosa.
Cada paso en la nieve profunda era un clavo al rojo vivo en sus pulmones.
Llevaba tres semanas escalando. El aire era tan fino en las cumbres que apenas alimentaba la sangre. Sus labios estaban agrietados, sangrando con cada respiración, y el hambre era una bestia acorralada que le roía las paredes del estómago. La escarcha le había soldado las pestañas, pero Go-Ern no se detuvo. El dolor físico era simplemente información; le decía que seguía vivo, y que estaba más alto que cualquier otro aspirante en la historia de la tribu.
Los Vientos del Caos comenzaron a aullar con el coro de mil voces dementes susurrando promesas de poder. El cielo se cerró, convirtiéndose en un hematoma de nubes púrpuras.
Un olor impregnó sus fosas nasales. Un hedor asfixiante a ozono, a cobre quemado y a piedra triturada. Y entonces lo vio.
En el corazón de la tormenta, en un pináculo de roca de obsidiana, estaba su presa.
Era un ser antiguo. Una criatura de la era anterior a los hombres. Una raza inmortal que, ante los ojos humanos, se alzaba como un dios de la destrucción. Un Shaggoth.
Sus cuartos traseros pertenecían a un reptil del tamaño de un Drakkar; su torso era una pesadilla de músculos, placas de granito y cicatrices. Se alzaba sobre sus patas traseras, bebiendo los relámpagos y rugiendo en éxtasis mientras el Caos lo alimentaba.
Go-Ern sintió el pánico. Un pánico frío y primitivo que le paralizó las rodillas y amenazó con vaciarle los esfínteres. Era la reacción natural de una presa ante un depredador. Tragó saliva, saboreando la bilis y la sangre de sus propios labios, y forzó a sus piernas a moverse.
Esto le daría la Manada. Esto silenciaría el ruido de Vargar para siempre.
Cargó.
Fue un error de cálculo absoluto y grotesco.
Go-Ern reunió toda su velocidad, saltó desde una arista de hielo y descargó su hacha contra la escama expuesta en el muslo del monstruo.
¡CLANG!
La vibración del impacto le destrozó los tendones de la muñeca. El hacha rebotó como si hubiera golpeado un yunque divino. El Shaggoth bajó la mirada, sus ojos rebosantes de electricidad líquida enfocaron al humano con la molestia de quien aparta a un insecto de su comida.
Un simple revés casual de sus garras conectó con Go-Ern.
El mundo se volvió una mancha borrosa de aceleración y agonía. Go-Ern voló por los aires y se estrelló de espaldas contra un muro de hielo negro. Escuchó, antes de sentirlo, el crack sordo y húmedo de sus propias costillas estallando hacia adentro.
Cayó a la nieve como un muñeco de trapo. El aire abandonó sus pulmones. Intentó respirar y un dolor cegador le atravesó el flanco izquierdo. Estaba ahogándose en su propia sangre. Un pulmón perforado. Su brazo derecho colgaba inútil, fuera de su cavidad. Su hacha había desaparecido en la ventisca.
La bestia se acercó lentamente. La nieve se derretía bajo su peso, convirtiéndose en lodo hirviente. El Shaggoth abrió sus fauces, y el aire crujió con la presión del rayo que se estaba gestando en su garganta.
Go-Ern miró a la muerte a los ojos. Había sido un arrogante. Su astucia, su cálculo, su desprecio por la brutalidad de su padre… todo terminaba aquí. Sería vaporizado en la cima del mundo, una mancha de carbón en la roca que nadie encontraría jamás.
No.
La palabra no se formó en su mente racional. Brotó desde la médula.
No… ¡NO!
Si el hombre no era suficiente, si la disciplina y el acero se rompían, entonces usaría la Maldición. Siempre había reprimido la bestia que hervía en su genética, temiendo convertirse en el animal balbuceante que era su padre cuando perdía el control. Pero ahora, la bestia era la única salida.
Llamó a la Sangre de Vargar. Y la sangre, hambrienta, respondió.
El coste fue atroz. La transformación fue una mutilación fisiológica de la que él era víctima y verdugo. Su mandíbula se desencajó con un chasquido nauseabundo, su cráneo se alargó rasgando la piel de su propio rostro. Las costillas rotas se recolocaron a la fuerza, perforando músculo para soldarse con cartílago nuevo en fracciones de segundo. El dolor físico fue eclipsado por el terror psicológico: la Furia Bestial era un parásito que intentaba borrar al «Go-Ern» calculador para dejar solo al «Varg«, un monstruo de hambre y rabia sin mente. Go-Ern tuvo que clavar su voluntad en el dolor para no perderse en la oscuridad.
Un aullido desgarró la tormenta, un sonido tan inhumano y preñado de odio que el Shaggoth detuvo su ataque.
El Varg-Alfa se levantó. Una mole de pelaje negro, músculos hipertrofiados y baba ácida, alzándose hasta igualar el torso del monstruo.
El Devorador de Tormentas rugió, reconociendo a otro depredador. La batalla se reanudó.
El Shaggoth lanzó un zarpazo; Go-Ern no intentó bloquearlo. Se lanzó hacia adelante, dejando que las garras le arrancaran la piel del hombro derecho hasta el hueso, usándolo como precio de entrada para su propio ataque. Se aferró al pecho escamoso de la bestia de las tormentas. El monstruo bramó, soltando una descarga eléctrica que frió el pelaje de Go-Ern y quemó la carne bajo él, pero el Varg no sentía dolor, solo el imperativo biológico de matar.
Go-Ern hundió sus propias garras de hierro en las grietas entre las placas de granito del Shaggoth. Escaló por el cuerpo de la bestia como si fuera una montaña de carne, mientras el monstruo lo golpeaba contra las rocas una y otra vez. Cuatro costillas más crujieron. Su ojo izquierdo se llenó de su propia sangre.
Alcanzó la garganta de la criatura. Las escamas allí eran más delgadas, pulsando con la sangre y los relámpagos. Go-Ern abrió sus bestiales fauces, desquiciando su mandíbula, y mordió.
Sus dientes atravesaron la carne, cerrándose sobre la tráquea y la vena principal. La sangre del Shaggoth le llenó la boca. Le quemó la garganta y las entrañas, pero Go-Ern tragó la agonía, ancló sus garras en los hombros de la inmensa bestia y, con toda la fuerza sobrenatural de su línea de sangre corrompida, tiró.
Un trueno sordo y un crujido de cartílago silenciaron la ventisca.
Go-Ern arrancó un bloque de carne, escamas y la mitad del cuello del Shaggoth. La bestia emitió un gorgoteo ahogado, una lluvia de sangre eléctrica y chispas tiñó la nieve de carmesí, y se desplomó como una torre derrumbada.
En su estado de Varg, Go-Ern no se detuvo. Impulsado por un hambre atávica se arrojó sobre la garganta abierta del coloso. Devoró trozos de carne cruda y electrizada, absorbiendo la esencia pura y caótica de la bestia para evitar que su propio cuerpo, destrozado por el esfuerzo y el castigo, colapsara.
Horas más tarde, cuando la Furia Bestial comenzó a retroceder, el castigo biológico llegó.
Go-Ern colapsó de rodillas en la nieve. La vuelta a su forma humana fue un segundo infierno. Sentía cada hueso astillado, la quemadura química en sus entrañas y el frío paralizante de la montaña reclamando su temperatura corporal. Vomitó bilis y sangre negra. Permaneció allí, tiritando al borde de la hipotermia, procesando el trauma físico y el hecho irreversible de que la bestia habitaba en él, y era más fuerte que su razón.
Con manos temblorosas y usando tendones del propio monstruo como cuerdas, ató el cuello de la cabeza decapitada y comenzó el descenso.
Fue una pesadilla de tres días. Tres días de arrastrar carne muerta por acantilados y hielo resbaladizo, sosteniéndose apenas con la nieve derretida y la obstinación de no morir en la oscuridad.
Cuando finalmente arrastró su trofeo hasta el linde del campamento de la tribu, no quedaba nada del guerrero altivo que había partido. Estaba cubierto de una costra de sangre seca, negra y marrón. Caminaba encorvado, arrastrando una pierna, con los labios rotos y la mirada hueca de un superviviente de una masacre.
El campamento enmudeció. Los aspirantes que habían traído sus miserables pieles de troll retrocedieron instintivamente.
Go-Ern dejó caer los tendones de sus manos despellejadas. La colosal cabeza del Devorador de Tormentas rodó por el barro helado hasta detenerse exactamente a los pies del trono de Vargar. El Jarl se puso en pie. El cuerno de hidromiel se escurrió de sus dedos, derramándose el alcohol.
Vargar miró la cabeza del dios-monstruo. Luego, miró al guiñapo sangriento que era su hijo. Detrás de los huesos mal soldados y la suciedad, Vargar vio el fuego amarillo y letal del Don que aún parpadeaba en las pupilas de Go-Ern. Una furia forjada.
No dijo nada. Se acercó y, por primera vez, no vio a un cachorro astuto. Vio a un lobo que había matado a un dragón. Sintió un latigazo en la memoria, un terror antiguo que lo encogió por dentro. Vio al fantasma de su propio padre, Tanath, renacido en la carne y en la voluntad de aquel muchacho herido. Esa calma imposible después de la carnicería… era la disciplina que él había perdido.
El viejo lobo rió. Una risa llena de orgullo y un inmenso alivio. Agarró su hacha, dio un paso adelante y, con un grito, la hundió profundamente en el cráneo petrificado del Shaggoth. Haciendo palanca, el hueso cedió. Vargar arrancó un colmillo del tamaño del fémur de un hombre adulto.
Caminó hacia Go-Ern, que tuvo que hincar una rodilla para no desplomarse. Vargar se quitó su propia capa de piel de oso y la dejó caer sobre los hombros destrozados de su hijo. Con un trozo de cuero ensangrentado, ató el colmillo al cuello de Go-Ern.
Vargar agarró la muñeca sana de Go-Ern y alzó su brazo al cielo gris, forzando a la tribu a mirar.
—¡Escuchadme, Ullfang! —rugió Vargar, y por primera vez en años, su voz no sonaba a vino, sino a montaña—. ¡Yo soy la Tormenta! ¡Yo soy el trueno ciego y el ruido inútil! —Giró el rostro hacia su hijo, y hubo un extraño alivio en sus ojos—. ¡Pero él… él es el Acero! ¡Es la Furia Forjada! ¡Es el Alfa que yo fracasé en ser!
Vargar soltó su brazo.
—¡La Manada es tuya! ¡Padre de la Manada!
El Jarl no esperó a la celebración. Se dio media vuelta y abandonó el círculo. Vargar, ElIncursor, se alejó hacia la nieve, exiliándose a sí mismo para ser la bestia solitaria que siempre debió ser.
Go-Ern no lo vio partir. Su visión se oscurecía. Arrastrando los pies, subió los peldaños de piedra hasta el trono, un asiento frío que apestaba a fracaso pasado. Se dejó caer sobre la madera tallada, sintiendo el peso aplastante del colmillo en su pecho y la sed de sangre que, en lo profundo de sus venas, ya no dormía.
La era del ruido había terminado. El reinado de los Ullfang, silencioso, crudo y letal, había comenzado.
325 – Aelindra en Kyubi (Milenario): General, Wizard Level 4, Battle Magic
168 – Glade Captain, Cavalry Spear, Shield, Aspect of the Hound, Battle Standard Bearer, Elven Steed, Crown of Antlers
130 – Maestro Saolin (Bailarin Guerrero): Spear of Loec, Asyendi’s Bane, Hail of Doom Arrow
115 – Druida Forestal (Acechador): Sword Of Sorrow
96 – 6 Exploradores, Arcane Bodkins, Musician
2x 72 – 6 Arqueros, Espadillas Arcanas
2x 70 – 5 Hijas del Olvido (Dríades), ninfa
124 – 6 Eternal Guard, Shield, Eternal Warden, Ruby Ring of Ruin, Veterans
2x 109 – 2 Colosos de la Corteza (Arbóreos), Campeón
208 – 6 Centauri (jinetes salvajes): Shield, Wild Hunter, Standard Bearer, War Banner, Musician
60 – Syra «Vigía del Bosque» (Gran Águila)
215 – Hombre Arbol
3x 19 – 2 Hijos del Bosque
• 1x Guardian
• 1x Zorro (Sabueso)
El suelo de Albión se agrietaba, incapaz de soportar el peso de una marea verde tan ruidosa como letal. Un inmenso Waaagh orco irrumpía en la llanura humeante, guiado por el olor a magia disforme que emanaba del volcán.
Al frente de esta destrucción marchaba el Kaudillo Orco Negro, Ezkotillo Krujeztalianoz. El tipo no se fiaba de sus propias piernas y prefería avanzar cómodamente subido en su Karro de jabalíes, tirado por unas bestias tan malhumoradas y cubiertas de pinchos como él. A su lado, el Gran Chamán de la horda, El Zetaliano, babeaba visiones apocalípticas mientras canalizaba Waaagh! a través de sus ojos inyectados en sangre y un ostentoso anillo de rubí que claramente le venía grande. Custodiando la retaguardia de los jefes, la mole heráldica de Bruz Baner, el Portaestandarte de batalla, ondeaba un trapo infame montado sobre su propio jabalí de guerra, asegurándose de que todos supieran a quién obedecer antes de morir.
Tras la cúpula de mando, el grueso del ejército avanzaba con una mezcla de disciplina férrea y absoluto caos:
Loz Komekabraz: Un imponente bloque de Orcos Negros que marchaban con hachas a dos manos, mirándolo todo con desprecio y con el único objetivo de demostrar que las armaduras de placas les sientan mejor que a nadie.
Loz Portamartilloz: Una desorganizada chusma de Goblins Nocturnos armados con espadas y escudos de aspecto dudoso. Entre sus filas, tres desquiciados Fanáticos daban vueltas sobre sí mismos sosteniendo bolas con cadenas colosales, esperando el momento de ser soltados como misiles vivientes.
Kuña Patanegra: La caballería de choque orca. Jinetes de jabalí armados con lanzas que bufaban impacientes, arrastrados por monturas con muy malas pulgas ansiosas por ensartar elfos.
Loz Ziegoz: Una unidad de arqueros orcos que, haciendo un honor absoluto a su nombre, apuntaban al cielo con sus bastos arcos de guerra cruzando los dedos para que alguna flecha cayera sobre el enemigo por pura gravedad.
Loz Komepiedraz: Cuatro gigantescos Trolls de Piedra de piel azulada y rocosa. Criaturas temibles con garrotes a dos manos que daban tanto miedo por su fuerza bruta como por el hecho de que no tenían ni la más remota idea de dónde estaban o a qué habían venido.
La Artillería (PINCHAELFOZ y REVIENTARIÑONEZ): Operados por goblins histéricos que rezaban a Gorko para que las vigas de madera podrida no estallaran en sus propias caras antes de disparar.
Y por supuesto, Fauces: Un Garrapato Despachurrador rosado que era básicamente una boca gigante con patas, saliva ácida y muy poco instinto de autopreservación, listo para rebotar descontroladamente por el flanco izquierdo.
La isla de Rocasangre reaccionó de inmediato a semejante despliegue de chatarra y mala educación, abriendo profundas fallas de magma justo bajo la zona de despliegue de los invasores. La batalla por su destino había comenzado.
Ocultos tras las chozas orcas que salpicaban el terreno, los exploradores Asrai se dejaron ver. Con una precisión letal, sus flechas silbaron entre la densa humareda, mermando a la unidad Kuña Patanegra que intentaba avanzar rápidamente por el flanco derecho junto a Bruz Baner.
En el centro del tablero, el peligro era tan inminente como absurdo. LozKomepiedraz marchaban con paso firme, completamente decididos a darse un banquete de alta cocina con la carne de los elfos. En un alarde de finura táctica Asrai, una unidad de dríades se posicionó estratégicamente en su flanco para intentar entorpecer su avance.
Sin embargo, el hambre de las bestias pudo más que cualquier distracción: ignorando la amenaza de las ramas de al lado, los trolls metieron la quinta marcha y se plantaron en las narices de las líneas Asrai en el segundo turno, listos para empezar a repartir mamporros.
Y justo cuando parecía que la tragedia estaba masticada, Albión obró su magia. Las emanaciones mágicas del volcán debieron de freírles la única neurona que compartían entre los cuatro. Sumidos en la más absoluta y maravillosa estupidez, los trolls se quedaron mirando al infinito, probablemente intentando recordar si se habían dejado el horno del campamento encendido o intentando atrapar las cenizas con la lengua. Tres turnos enteros se pasaron en ese estado vegetativo, congelando por completo su peligrosísimo avance y convirtiendo una carga letal en una adorable escena de contemplación mística. ¡Gracias, Gorko (o Morko), por vuestra infinita distracción!
Mientras tanto, la fase de magia prometía ser un auténtico espectáculo pirotécnico. Con las venas del cuello a punto de estallar y los ojos inyectados en sangre, El Zetaliano invocó la que debía ser su mayor obra: el devastador Pie de Gorko. El cielo se oscureció y una gigantesca extremidad verde de energía espectral comenzó a materializarse entre las nubes, lista para aplastar la resistencia Asrai.
Sin embargo, a Gorko (o tal vez a Morko) no le debió de gustar el tono de voz del chamán, y la caprichosa energía del dios orco decidió dar un giro de guión de los buenos, volviéndose directamente contra sus propias filas.
Un pisotón de proporciones bíblicas sacudió el suelo de Albión, levantando una nube de polvo y dejando un tremendo cráter impreso en mitad del ejército pielverde. Al disiparse el humo, se vio que la gigantesca planta del pie divino habia enganchado de lleno a Loz Komekabraz, aplastando a un pobre muchacho que pasaba por allí y dejándolo como una alfombra.
Pero lo mejor de la contienda estaba por llegar: el talón de Gorko le dio un impacto directo al mismísimo general orco. El golpe fue tan tremendo que le causó 4 heridas de una sola tacada. Cualquiera habría acabado hecho fosfatina, pero Ezkotillo Krujeztalianoz está hecho de otra pasta. Activando su talismán de protección, el tío se marcó una racha de salvaciones milagrosas, se sacudió el polvo de los hombros, se recolocó el casco y siguió bramando órdenes en su carro como si Gorko solo le hubiera dado una palmadita cariñosa en la espalda. ¡Aquí no ha pasado nada, muchachos, a seguir marchando!
Para que os hagáis una idea de la bonita ensalada de mamporros que estaba a punto de aliñarse, aquí podéis contemplar la llanura de Rocasangre a vista de pájaro, justo al término del primer turno.
EL SACRIFICIO DEL FLANCO IZQUIERDO
En el flanco izquierdo, la amenaza cobraba la forma de una pesadilla de carne viva y hambre insaciable: Fauces, el descomunal Garrapato Despachurrador, avanzaba como una mole rosa y deforme, arrastrando su descomunal peso y triturando el suelo con la fuerza devastadora de un terremoto.
Sabiendo que la colina enemiga estaba fuertemente pertrechada por la artillería orca, Aelindra envió a una unidad de dríades en una misión suicida, actuando como cebo para interponerse en el camino de la bestia y entretener a su insaciable apetito.
Fauces, que no destaca precisamente por sus modales en la mesa, se abalancó sobre las dríades y se las merendó salvajemente en un festín de astillas y clorofila.
Sin embargo, el sacrificio no fue en vano. Mientras el bicho estaba ocupado intentando limpiarse los paluegos de madera de la dentadura, Shira y una Hija del Bosque aprovecharon para infiltrarse entre las líneas enemigas. Como un auténtico torbellino asaltaron la colina por sorpresa y masacraron a los goblins de las dotaciones, silenciando para siempre las máquinas de guerra orcas.
LA CAIDA DEL MILENARIO
El Hombre Árbol se plantó en mitad de Rocasangre como si fuera el portero de una discoteca exclusiva, dispuesto a tragarse él solito toda la mala leche del Waaagh!
El Zetaliano, que no tenía ganas de ponerse a talar a mano, decidió que era mejor idea trolear al titán de madera: le lanzó el hechizo Picores Molestos un turno tras otro, dejando al pobre coloso rascándose la corteza y perdiendo los papeles (y la resistencia). Aunque le llovieron pedradas del lanzarocas, virotes de todos los tamaños y chispazos mágicos, el Hombre Arbol seguía aguantando el tipo gracias a su regeneración milagrosa, regenerando ramas como quien cura un resfriado.
Pero claro, la caída del coloso no iba a ser algo digno ni heroico; esto es Warhammer, y aquí manda la locura goblin. Desde la unidad de Loz Portamartilloz, El Zetaliano soltó las correas y liberó a los tres fanáticos. Las taradas criaturas, agarradas a unas bolas con cadenas más grandes que ellos mismos, empezaron a girar como peonzas directamente hacia el Milenario. El resultado fue una batidora de madera: una lluvia absurda de 17 impactos que convirtieron al gran protector de la isla en un montón de serrín y astillas para barbacoa. Eso sí, el karma goblin es implacable, y poco después, en un bellísimo acto de justicia poética, los tres fanáticos terminaron estampándose violentamente entre ellos, dejando el campo de batalla un poco más limpio y bastante más silencioso.
Mientras el caos se apoderaba de las líneas, el Druida forestal Asrai demostró por qué la muerte llega sin avisar desde la espesura. Fijó su mirada en El Zetaliano y, con una precisión quirúrgica, desató un letal ataque a distancia que infligió dos heridas graves al chamán justo cuando este soltaba a sus fanáticos.
Sin embargo, el astuto goblin reaccionó movido por el pánico: activó el poder de su anillo mágico para desatar una última bola de fuego. El devastador fogonazo impactó de lleno en las Centauri, aniquilando a casi toda la unidad y dejando a solo dos supervivientes en pie.
Acto seguido, y haciendo gala del más puro honor goblin, el chamán se dio la vuelta y corrió a esconderse como una comadreja detrás del bosque silvano, arropadito y a salvo entre los suyos.
LA JUSTICIA DEL MAESTRO SAOLIN
Con ElMilenario reducido a astillas, Fauces se vino arriba y se abalanzó sin piedad sobre los arbóreos, usándolos como si fueran palillos de dientes y triturándolos uno a uno con sus inmensos colmillos.
Al ver que los Colosos de la Corteza estaban siendo convertidos en serrín a la velocidad del rayo, el Maestro Saolín se llenó de furia y cargó a toda velocidad hacia la retaguardia de la bestia, en un intento desesperado (y bastante optimista) de salvar lo que quedaba de la unidad.
Llegó tarde para salvar al último arbóreo que cayó por los impactos por carga, pero haciendo gala de sus katas de combate, el Maestro Saolín se deslizó por el suelo, se coló justo debajo de la descomunal criatura y, apuntando con precisión milimétrica, le clavó su lanza con toda la saña del mundo directamente por el trasero.
Fauces soltó un alarido agónico que se oyó en toda la isla, pero el karma de los dados es muy caprichoso: en su último espasmo de muerte, el gigantón rosa se desplomó hacia atrás. El impacto de semejante mole fue tan brutal que aplastó por completo al pobre Maestro Saolín como si fuera un mosquito contra el parabrisas, dejando aquel rincón de la llanura en un divertidísimo empate técnico de bajas.
EL BIYUDAMA DE AELINDRA
Ezkotillo Krujeztalianoz avanzaba imparable en su carro de jabalíes. Tras arrasar a un hijo del bosque y aniquilar por completo a la unidad de la Guardia Eterna, el infame caudillo se coló peligrosamente en la retaguardia Asrai.
Fue entonces cuando Aelindra, alzándose sobre el lomo del majestuoso Kyubi, invocó el poder arcano de Albión. Canalizando la energía de la isla, desató un devastador ataque a distancia (un auténtico Biyudama de poder místico) que impactó de lleno contra el carro del general orco, volándolo en pedazos y acabando con su tiranía.
Diezmados por las flechas Asrai, los jinetes Kuña Patanegra con Bruz Baner a la cabeza, consiguieron infiltrarse con éxito por el flanco derecho. Con el ímpetu salvaje que los caracteriza, se llevaron por delante a un pobre Hijo del Bosque.
Con el subidón de adrenalina, pusieron el ojo en su siguiente objetivo: los espíritus arbóreos.
Sin embargo, a la hora de hincar las espuelas, el aura de poder de Aelindra paralizó por completo sus verdes corazones. Las monturas clavaron las pezuñas, los orcos se miraron entre ellos con cara de póker y, paralizados por el miedo, fueron incapaces de declarar la carga.
El bajón anímico fue monumental, y los colosos de la corteza no desaprovecharon el momento de ridículo enemigo: con la contundencia de un bosque enfadado, fueron ellos los que cargaron y aniquilaron a la Kuña y al bueno de Bruz, mandando el estandarte de batalla directo al fango.
En el otro lado del frente, las Centauri supervivientes decidieron que era el momento de marcarse una jugada heroica. Con las lanzas en ristre, cargaron con todo a la retaguardia del bloque de Loz Komekabraz.
El impacto fue brutal y los obligó a retroceder, pero la fortuna en Albión es muy caprichosa.
Loz Komekabraz rebotaron hacia atrás de tal manera que terminaron en una posición perfecta para revolverse. El contraataque de la élite pielverde fue devastador, cobrándose la vida de todas las Centauri en una demostración de fuerza bruta.
Creyéndose completamente invencibles tras pasar a cuchillo a las Centauri, Loz Komekabraz se vinieron arriba y declararon la carga contra Aelindra, la general Asrai. El choque subsiguiente fue un auténtico torbellino sangriento de hachas melladas y garras de fuego espiritual.
Cuando el humo de la lava comenzó a disiparse, el escenario era desolador: rodeada por los cadáveres de la élite pielverde, solo dos orcos negros permanecían en pie sosteniendo su trapo roñoso ante la mirada flamígera del zorro de nueve colas. El tiempo se agotó y las hachas quedaron suspendidas en el aire.
El polvo de la batalla se asentó sobre Rocasangre dictando un empate de 1232pts frente a 1262pts, con ligera ventaja para los Asrai. La isla seguía en manos elfas, pero el precio había sido una locura: un Hombre Árbol convertido en astillas para barbacoa, una colina de artillería desmantelada por Syra, y un general pielverde evaporado por un Biyudama. Ezkotillo aprendió por las malas que en Albión, si molestas al zorro equivocado, te quedas sin carro, sin ejército y con solo dos muchachos vivos para contarlo.
Para terminar, os regalo la mejor instantánea que nos dejó la noche. Si ponéis el oído en la mesa justo en ese momento, se escucha perfectamente la mítica música de duelo de El bueno, el feo y el malo. El Hombre Árbol, el Kyubi y Ezkotillo.
El hedor te revuelve las tripas mucho antes de verle la cara. Una mezcla espesa de bilis rancia, sudor agrio y carne putrefacta. El cabrón es una montaña de sebo azul y furia estúpida. De sus nudillos deformes brotan largas garras de hueso amarillento, curvadas y afiladas como ganchos de matarife, buscando desgarrar todo lo que respire en este glaciar de mierda.
Las botas te resbalan. La nieve ya es un lodazal rojo y escurridizo. Los pulmones arden con cada bocanada de aire cortante y los dedos se te quedan blancos de tanto apretar la empuñadura de la espada en la derecha y la pequeña daga en la izquierda.
Cada puñalada profunda que logras encajarle burbujea de inmediato. La carne mutada se retuerce, hinchándose para cerrarse sobre la hoja de hierro casi al instante para intentar atrapar tu arma. Tienes que rajar las articulaciones, esquivar esos rastrillos óseos y rezar a la nada para que el frío congele las heridas antes de que el engendro te enganche y te convierta en pulpa sanguinolenta.
La Prueba de Skoll te escupe a la cara la pura realidad del norte. O arrastras esa enorme cabeza hasta el campamento para ganarte un lugar en el fuego, o terminas alimentando a los cuervos. El pánico te mantiene ágil. El hierro te mantiene respirando.
La Senda del Jinete
El rastro llevaba días apestando a sangre vieja y tuétano congelado. A cada paso hacia la cumbre, el viento se colaba por las gruesas pieles y se clavaba en los pulmones como agujas de escarcha. Tiré de las correas de cuero con los dientes, asegurando unas toscas garras talladas en hueso a mis nudillos hasta cortar por completo la circulación de las manos. El entumecimiento duele, pero un arma suelta te cuesta la garganta.
Coroné la cresta pisando nieve crujiente. Y allí estaba.
Una mole de cuatrocientos kilos de músculo tenso y pelo gris, recortada contra el cielo muerto de Norsca. Un lobo Fenrir de sangre pura. Estaba terminando de destrozar la caja torácica de alguna bestia infeliz, pero se detuvo al escuchar mi bota sobre el hielo. Giró su inmensa cabeza con aterradora lentitud. El vaho caliente de sus fauces subió en gruesas espirales blancas, fundiendo la escarcha del aire.
Guardó absoluto silencio. Los depredadores de verdad no malgastan aliento en amenazas antes de matar.
Sus ojos amarillos, fríos y calculadores, se clavaron en los míos, evaluando exactamente cuánta carne había bajo mis ropas. Tragué saliva, y me supo a óxido y a miedo crudo. El Agoge te enseña que el pánico es inevitable; lo que importa es si te paraliza o te empuja a golpear primero. Bajar la mirada garantizaba ser devorado. Dar un paso atrás, también. Solo quedaba tensar las piernas, levantar mis puños armados y rezar al abismo para que mis garras llegaran a sus tripas antes de que sus colmillos me arrancaran la cara.
142 – 8 Saolines (bailarines), armas adicionales, campeón
2x 109 – 2 Colosos de la Corteza (Arbóreos), Campeón
60 – Syra «Vigía del Bosque» (Gran Águila)
60 – Jalynrix (Gran Águila)
3x 19 – 2 Hijos del Bosque
• 1x Guardian
• 1x Zorro (Sabueso)
Clan Mina Perdida (1750pts)
142 – Herrero Rúnico Grimnar Rúnathor General, Full Plate Armour, Great Weapon, Rune of Stone, Rune of Shielding, 2x Rune of Spellbreaking
264 – Thane, Battle Standard Bearer, Master Rune of Grungni, Great Weapon, Shieldbearers, Rune of Preservation, 2x Rune of Speed
138 – Kargun Torbason, Thane, Handgun, Shield, Master Rune of Bursting Flame, Rune of Rapid Fire, Rune of Accuracy
250 – 19 Dwarf Warriors, Great Weapon, Shield, Veteran, Standard Bearer, Master Rune of Hesitation, Musician, Standard Runes
258 – 16 Rangers, Shield, Great Weapon, Crossbow, Throwing Axe, Ol Deadeye, Crossbow, Standard Bearer, Musician
135 – 10 Thunderers, Shield, Great Weapon, Veteran, Handgun
105 – Grudge Thrower, Rune of Reloading, Stalwart Rune
2x 60 – Gyrocopters, Steam Gun
336 – 18 Ironbreakers, Ironbeard, Brace of Drakefire Pistols, Standard Bearer, Rune of Confusion, Musician, Standard Runes
El silencio de la inmensa catedral subterránea se rompió con el rugido de los rotores y el chasquido de las ballestas. El choque entre la magia de Albión y la ingeniería del Clan Mina Perdida había comenzado. Nuestro objetivo secreto era claro: negar a los enanos el control del santuario a toda costa.
EL FLANCO IZQUIERDO: EMBOSCADA Y VAPOR
La contienda comenzó con un golpe devastador. Un Girocóptero enano, aprovechando una audaz maniobra de vanguardia, se posicionó estratégicamente antes de que pudiéramos reaccionar. Su cañón escupió una nube de vapor hirviente sobre el bosque que ocultaba a nuestros Exploradores, cobrándose dos vidas al instante. El pánico se apoderó de la unidad, obligándolos a retroceder en buen orden… pero ese movimiento los sacó de la cobertura, dejándolos a merced de una unidad de Montaraces enanos. En una lluvia de crueles virotes, nuestros exploradores fueron acribillados hasta el último elfo en los primeros compases de la batalla.
Ese mismo girocóptero se convertiría en una pesadilla constante. Syra, clamando venganza, se abalanzó sobre él, pero la máquina enana esquivó su carga por una escasa pulgada.
Durante el resto de la contienda, el artefacto volador se dedicó a huir, reagruparse y lanzar bombas, mermando a nuestras Dríades.
Los montaraces tampoco dieron tregua: sus virotes abatieron a un Arbóreo y dejaron a Syra al borde de la muerte, obligándola a buscar refugio.
Hubo un destello de venganza cuando nuestras dríades alcanzaron a los montaraces: en un desafío brutal, la ninfa asesinó al campeón enano.
Sin embargo, su triunfo fue efímero, pues el girocóptero terminó por abatirla con el peso de su carga.
EL CENTRO: EL YUNQUE DE GROMRIL Y LA TORMENTA MÁGICA
En el corazón de la caverna, la línea enana era un muro infranqueable. La unidad de Rompehierros, liderada por el Herrero Rúnico Grimnar y Ojo de Hierro Kargun, con arcabuz rúnico, absorbió una cantidad de castigo inimaginable.
Durante seis asaltos, todas nuestras flechas, proyectiles mágicos y las letales raíces estranguladoras se estrellaron contra ellos. La protección antimagia de Grimnar y sus runas rompehechizos fueron un escudo impenetrable; apenas cayeron diez rompehierros en toda la contienda.
Estas runas antihechizos afectaron significativamente a Aelindra, que a penas pudo canalizar los vientos de la magia, culminando con una desastrosa disfunción. Una explosión de energía incontrolada diezmó a las unidades de arqueros que la acompañaban.
A pesar de la masacre a su alrededor, Aelindra demostró su valía. Ojo de Hierro Kargun fijó su mirada en ella y disparó su arcabuz rúnico con precisión letal. El proyectil iba directo a su corazón, pero el encantamiento de Escudo de Roble, previamente tejido a su alrededor, destelló en el último segundo. El disparo rebotó inofensivamente (¡un milagroso 6 en la salvación!).
EL FLANCO DERECHO: LA IRA DEL MILENARIO Y LA PIEDRA DESINTEGRADA
En la colina del flanco derecho, la artillería enana cantaba su canción de muerte. El Lanzaagravios disparó sin cesar. En uno de sus impactos de «punto de mira», una inmensa roca volcánica cayó a plomo sobre un Campeón Arbóreo. Sin embargo, la madera endurecida por milenios en Rocasangre demostró ser más resistente que la piedra; la roca se desintegró en una nube de polvo contra su corteza, dejándolo ileso.
Frustrados, los artilleros recalibraron y fijaron a Jalynrix que se había posicionado al lado del Milenario para dar apoyo a la defensa del Santuario.
La piedra de la muerte trazó un arco perfecto hacia su cabeza sacando un punto de mira.
Pero la isla protege a los suyos. El Milenario, alzándose en toda su inmensidad, interpuso una gigantesca rama esmeralda en la trayectoria, deteniendo la roca en el aire un instante antes del impacto letal (¡otro 1 para herir!).
A diferencia de Aelindra, El Milenario canalizó la magia con una potencia devastadora, lanzando hechizos con fuerza irresistible y conjurando un Pilar de Fuego que amenazaba con abrasar a los enanos, aunque Kargun logró salir ileso de las llamas.
Por este flanco, otro girocóptero vaporizó a nuestros Saolines, pero finalmente, en una persecución implacable, las Dríades lograron cazarlo y destruirlo (la única unidad enana que cayó en toda la batalla).
EL CLÍMAX: EL SACRIFICIO POR EL TEMPLO
Todo se decidió en los escalones del santuario olvidado. Los Guerreros Enanos cargaron repetidas veces contra los Hijos del Bosque que custodiaban el templo.
Nuestros guerreros esquivaron los golpes con gran agilidad, retrocediendo para ganar tiempo, hasta que la suerte se agotó. Un último Hijo del Bosque fue acorralado. Sabiendo que los enanos no debían pisar suelo sagrado (su objetivo secreto), entregó su vida estoicamente, utilizando su cuerpo destrozado para entorpecer el avance del bloque enano el tiempo suficiente.
Su sacrificio no fue en vano. El tiempo ganado permitió que, en el último turno, la imponente figura de El Milenario avanzara entre la masacre y ocupara el centro del templo. Al hacerlo, aseguró el control del santuario, negando la victoria a los enanos y cumpliendo nuestra agenda oculta.
RESULTADO FINAL: La terquedad enana causó estragos, pero la astucia y el sacrificio de Rocasangre prevalecieron. Al asegurar el templo y evitar que el enemigo cumpliera su misión, la hueste Asrai se alza con la victoria (empate táctico)
60 – 5 Arqueros a caballo, armadura ligera, arco de guerra
100 – 20 Esqueletos Hostigadores, arcos de guerra
251 – 26 Guerreros Esqueleto, armadura ligera, Falange Nehekariana, lanza, escudo, Maestro de Armas (Máscara de Muerte), Musico, Icono de los Ojos Sagrados
245 – 5 Ushabtis, Gran Arco,
154 – 3 Ushabtis, Espada Ritual, campeón
135 – Arca de Almas
2×75 – Golem Escorpión
El pesado aire en los túneles de magma quemaba los pulmones. Desde que nuestra vanguardia pisó aquel recodo de obsidiana negra, sentí una presión invisible aplastando mis sentidos. Los Vientos de la Magia estaban estancados, mudos, ahogados por una presencia sepulcral que aún no lograba ver, pero que helaba la sangre incluso en medio de aquel infierno volcánico.
No tuvimos tiempo de retroceder. En la penumbra, las antorchas revelaron el bronce oxidado y el hueso pulido. Los eruditos de Bhagar nos habían encontrado.
El Despliegue: La Trampa en la Penumbra
El túnel de obsidiana nos encerraba a ambos bandos como una inmensa tumba compartida. En este estrecho recodo subterráneo, no había margen para el error ni espacio para la huida. Antes de que la primera flecha cruzara la penumbra y los dioses dictaran sentencia, así quedó dispuesto el tablero para la masacre:
Nuestra fuerza de exploración tomó posiciones defensivas. Me resguardé en un bosque de hongos petrificados en el centro junto a una unidad de arqueros. A mi derecha, los Hijos del Bosque y otra unidad de arqueros en una elevación. A mi izquierda, los exploradores, los Forestales y nuestro Druida.
Frente a nosotros, la disciplina de la muerte. En el centro, veinte arqueros esqueleto escoltaban al sacerdote de Bhagar (hierofante en ausencia de su general). A su izquierda, una imponente escolta de 5 Ushabtis armados con grandes arcos; a su derecha, 3 Ushabtis armados con Filos Rituales y un Gólem Escorpión acechando bajo la roca. Por si fuera poco, los ladrones de tumbas habían infiltrado a sus Perros del Desierto sobre camellos pulgosos a nuestras espaldas.
La Mirada de los Muertos
El silencio de la caverna se rompió con el repiqueteo seco de miles de huesos marchando al unísono. La iniciativa fue suya. Desde nuestra posición, el aire asfixiante se volvió aún más pesado al ver cómo la marea de bronce y polvo avanzaba implacable, cerrando cualquier ruta de escape en la oscuridad.
Escuchad el audio original, no tiene desperdicio: «¿Estás preparado para morir?»
El primer golpe no vino del frente, sino de las sombras a nuestras espaldas. Los ladrones de tumbas habían logrado infiltrar a sus Perros del Desierto. Sus escuálidos jamelgos treparon por la obsidiana y sus flechas encontraron a uno de mis Hijos del Bosque antes de que pudiera girarse, derramando su sangre sobre la roca incandescente.
Pero lo peor estaba por llegar. En el flanco izquierdo, las inmensas estatuas animadas de los Ushabtis alzaron arcos del tamaño de árboles jóvenes. Los Asrai somos los amos indiscutibles del disparo, pero en estas cavernas las flechas volaban guiadas por la voluntad infalible de dioses muertos. Sus proyectiles pesados atravesaron la penumbra como lanzas y destrozaron a tres de mis mejores Forestales.
El impacto moral de ver caer a nuestra élite de exploración en los primeros compases de la batalla, junto con el Hijo del Bosque, fue un presagio aterrador de la opresión que esta cueva ejercía sobre nosotros.
En el centro de la línea, la pesadilla tomó la forma de una lluvia tóxica. Los arqueros esqueleto, imbuidos con el veneno de su Hierofante, desataron una salva perfecta que oscureció el techo de la cueva. Las flechas emponzoñadas cayeron sobre nuestra posición en el bosque petrificado, segando la vida de la mitad de mis escoltas asrai. Viendo cómo la ponzoña corroía la madera y la carne a un ritmo antinatural, tuve que tragarme mi orgullo asrai y ordenar un repliegue táctico inmediato hacia la espesura para evitar la aniquilación total.
A pesar de la carnicería inicial y del ahogo mágico que sentíamos en el ambiente, el resto de la vanguardia apretó los dientes. Si querían devorar la energía de Albión, iban a tener que pagar cada palmo de roca con sangre y hueso.
La respuesta de Albión no se hizo esperar. Canalicé mi conexión con el subsuelo y se la transmití a mi Druida Forestal.
Al sentir la agonía de los Vientos de la Magia, nuestro Druida reaccionó. Canalizando la poca energía vital que quedaba en el subsuelo, alzó su báculo con un grito de guerra. La obsidiana estalló bajo los pies del Hierofante. Raíces de magma fosilizado surgieron de la roca volcánica como un puño de piedra, atrapando al sacerdote momificado en un abrazo mortal que amenazaba con triturar su antigua carne.
Un silencio sepulcral solo roto por el estruendo de la piedra se apoderó de la caverna. ¡El Hierofante había sido aniquilado!
O eso creímos. Mientras las raíces de magma lo asfixiaban, la visión de su líder mágico triturado por la propia isla fue un rayo de esperanza fugaz… hasta que el polvo se asentó. Una chispa de magia arcana, una de las muchas maldiciones grabadas en sus vendajes, comenzó a reescribir la realidad. Con un gemido inaudible, la magia cosió una de sus heridas en el último suspiro, preservando su conciencia corrupta.
Viendo al sacerdote momificado atrapado pero vivo, di un paso al frente. Si las raíces no habían acabado con él, mi fuego lo haría. Canalicé toda la ira que sentía y desaté una tormenta de impactos de fuego. Sin embargo, la asfixiante presión de la cueva y una desconocida presencia sepulcral desviaron mis energías. Una bola de fuego épica, que debería haberlo vaporizado, se consumió en una tormenta de brasas inofensivas, apenas arañando su armadura de bronce. La magia en esta caverna estaba maldita.
(Tirada para herir de mis 10 impactos de la bola de fuego)
La Llegada de la Vanguardia del Silencio
El castigo enemigo fue implacable y carente de emoción. Desde el flanco, las inmensas estatuas de los Ushabtis tensaron sus pesados arcos de hueso. Con una precisión espeluznante que desafiaba la absoluta penumbra, sus proyectiles del tamaño de lanzas empalaron a los últimos Forestales.
Nuestro valiente Druida, rodeado de los cuerpos rotos de sus hermanos de armas, sucumbió finalmente a la lluvia de muerte, dejando la caverna teñida con la savia de nuestra élite.
La desesperación amenazaba con quebrar nuestra línea, pero la roca no nos había abandonado. Un siseo agudo cortó el aire estancado desde la bóveda: ¡Jalynrix había encontrado una ruta segura! Aprovechando la distracción del enemigo, invoqué la rabia de la flora subterránea. Imponentes Colosos de la Corteza brotaron de la roca volcánica para cubrir nuestra retaguardia, mientras las furiosas Hijas del Olvido tomaban posiciones precisas para cazar a los jinetes del desierto que nos acosaban por la espalda.
Simultáneamente, guiada por Jalynrix a través de recovecos en el techo, nuestra verdadera fuerza de choque irrumpió directamente en la retaguardia de Khemri. La Guardia del Micelio emergió del polvo en un silencio sepulcral, deslizándose con sus letales báculos listos para la embestida.
Junto a estos viejos soñadores, la imponente Syra y un valiente Hijo del Bosque cerraron la trampa por la retaguardia.
Mientras, Jalynrix descendía de las estalactitas para hostigar a las estatuas guerreras.
Con el enemigo aparentemente rodeado, intenté desatar el golpe de gracia. Canalicé un torrente de fuego ardiente que debería haber calcinado a su falange principal. Pero, una vez más, la misma presencia maligna e invisible que saturaba la caverna sofocó la red mágica. La energía vital se escurrió entre mis dedos abruptamente, reduciendo un hechizo devastador a una inofensiva nube de ceniza negra que cayó inofensiva al suelo.
(Impactos de mi bola de fuego)
Ese ahogo mágico nos costó muy caro. Desprovistos de la cobertura del fuego, nuestras fuerzas flanqueadoras quedaron expuestas a la disciplina eterna de Bhagar. Los Ushabtis arqueros giraron sobre sus talones con un movimiento mecánico y aterrador. No importó la velocidad de vuelo ni nuestra agilidad; las flechas de Asaph fueron guiadas por un designio divino. La lluvia de hueso alcanzó a Syra en pleno vuelo, derribando a la majestuosa Vigía del Bosque, cuyo cuerpo se estrelló contra la piedra incandescente.
(Tirada para impactar de los Ushabtis)
Al mismo tiempo, el techo invertido dejó de ser un refugio seguro. Los arqueros esqueleto alzaron sus arcos al unísono y desataron una tormenta de ponzoña sobre la bóveda. Jalynrix, acribillada por las flechas emponzoñadas en mitad de su acrobático salto, lanzó un chillido de dolor mientras la savia y las toxinas brotaban de sus múltiples heridas graves. La trampa se había cerrado, pero nosotros éramos la presa.
Sangre y Arena
El recodo de la caverna se convirtió en un matadero iluminado por la débil luz del magma fosilizado. Las Hijas del Olvido, furiosas por la profanación de la isla, se abalanzaron sobre el último perro del desierto que había sobrevivido a los disparos de nuestros exploradores. Sin embargo, la desesperación que flotaba en el ambiente nubló sus instintos depredadores, convirtiendo sus letales garras en golpes torpes contra la arena endurecida de Khemri.
(Tirada para impactar de Driades)
En el flanco derecho, la brutalidad llegó a su punto álgido. La Guardia del Micelio embistió frontalmente a los Ushabtis. Jalynrix se unió a la melé hostigando desde el flanco, buscando los puntos débiles de la piedra con su espada de liquen. Pero las estatuas animadas resistieron la letal coreografía con una dureza irreal, deteniendo cada tajo.
(Tiradas de salvación por armadura de Ushabtis)
El contraataque de las construcciones fue devastador: Jalynrix cayó.
Privados de su guía aérea, los monjes fúngicos no retrocedieron un centímetro. A base de katas mortales que el micelio había guardado durante milenios, terminaron por demoler a las estatuas mediante puro desgaste. Sin perder un segundo en celebrar, la Guardia giró sus rostros inexpresivos, fijando su atención en la unidad del Gran Sacerdote Mortuorio.
La segunda Guardia del Micelio apareció en la retaguardia del enemigo y los Hijos del bosque se ofrecieron como escudo humano ante el inevitable aluvión de flechas mortuorias.
Los Ushabtis arqueros giraron sobre sus talones como autómatas perfectos. Sus colosales arcos escupieron proyectiles del tamaño de lanzas que aniquilaron al instante a los Hijos del Bosque que acompañaban la emboscada.
Expuestos tras la caída de sus aliados, los Saolines se encontraron atrapados en un fuego cruzado infernal. Los arqueros esqueleto desataron una tormenta de ponzoña sobre ellos.
El único Saolin superviviente junto a su Maestro cargaron a la retaguardia de la unidad del Gran Sacerdote Mortuorio a la vez que la otra unidad de Saolines lo hacia por su frente.
Pero los dioses del culto mortuorio evitaron que la unidad grande de Saolines llegaran al combate. Solo los dos de la retaguardia hicieron contacto.
Repelidos tras la carga, una segunda ráfaga de los implacables Ushabtis cayó sobre ellos. Los monjes fúngicos, letales en el cuerpo a cuerpo pero frágiles ante el fuego concentrado, fueron diezmados brutalmente. Sus cuerpos vegetales caían inertes.
En el centro, viendo cómo nuestra vanguardia era borrada del mapa a base de flechas, lancé una llamada de auxilio desesperada. La enorme unidad de arqueros esqueleto era una picadora de carne inasumible. Ante la inminencia del colapso, los valientes Hijos del Bosque iniciaron una maniobra evasiva suicida.
Corriendo frente a la línea enemiga, logró que los muertos rompieran su perfecta formación para acribillarle y perseguirle. Cayó bajo el peso de sus asquerosos huesos, pero su sacrificio asfixió momentáneamente los disparos y permitió a nuestros colosales Arbóreos iniciar una carga.
Con las Driades destrozando finalmente al primer Golem Escorpión tras una dura contienda, me quedé observando a lo lejos, a través de la densa oscuridad y el humo del azufre, al General de los muertos… inalcanzable para mi magia agotada. Nuestro ejército estaba en jirones, pero la batalla aún exigía un último tributo de sangre.
El Erial de Obsidiana aguardaba el veredicto definitivo.
La Revelación del Horror
Todo el ahogo, todas las malas tiradas de magia, toda la puntería antinatural del enemigo cobraron sentido de golpe. De las sombras emergió la fuente de nuestra perdición: El Arca de Almas.
La tapadera se abrió, liberando un Vórtice de Almas de pura energía negativa. El impacto fue devastador. La luz mortecina barrió el túnel, desintegrando al instante a toda la unidad de la Guardia del Micelio.
Solo el Maestro Shaolín, aferrado a su báculo de fibra de roble, logró mantenerse en pie frente a la escéptica mirada del general enemigo.
Ciega de ira, invoqué a mis últimas Hijas del Ovido justo al lado del Arca de Almas, dispuestas a silenciar para siempre esa abominación y vengar a los monjes caídos.
Pero la magia del desierto es implacable y rencorosa. Mientras mi nueva progenie se preparaba para asaltar la reliquia, la obsidiana volvió a resquebrajarse a nuestras espaldas. Un segundo Golem Escorpión emergió violentamente de la roca. Guiado por una fría y mecánica sed de venganza, embistió con toda su furia contra mis primeras Hijas del Olvido, buscando despedazar con sus pinzas a las asesinas de su hermano constructo.
El Último Aliento de la Roca
Era a todo o nada. El Maestro Shaolín, ignorando a su unidad aniquilada, cargó en solitario contra el General Funerario. Con una velocidad cegadora, ejecutó su arte marcial asestando tres Golpes Letales directos a la garganta del monarca. Era una decapitación perfecta… pero el Campeón de la Guardia Sepulcral se arrojó en el último microsegundo, recibiendo el tajo y haciéndose polvo para salvar a su señor.
(Tirada de mis tres golpes letales)
Privado de su presa, el Maestro Saolín cayó finalmente bajo una lluvia de flechas de los implacables Ushabtis.
El sacrificio táctico de los Hijos del Bosque al inicio de la contienda había permitido a nuestros Colosos de la Corteza flanquear la posición. Imitando la furia de Albión, embistieron finalmente contra los arqueros esqueleto que nos habían masacrado. La obsidiana crujió bajo sus pies mientras trituraban a los muertos en un acto de justicia poética.
Un duelo final entre la ultima Hija del olvido y el Golem Escorpión (que ya se encontraba a una sola herida de la muerte) dio comienzo.
La ninfa luchó con garras y dientes, pero la mecánica fría del desierto y un golpe fortuito terminaron por abatir a nuestra última defensora.
Mientras, las otras Hijas del olvido cargaban encolerízadas hacia el Arca bajo un cielo de almas condenadas. Mi sed de venganza fue saciada.
Observando la carnicería táctica, y con mis sentidos mágicos asfixiados por la luz mortecina del Arca, lancé una última y desesperada orden. Mis Colosos de la Corteza, tras arrasar a los arqueros esqueletos, embistieron con toda la furia restante contra la unidad del Gran Sacerdote Funerario. Lograron identificar al general y asestarle dos demoledores golpes arbóreos que habrían partido por la mitad a un dragón. Sin embargo, un golpe fue esquivado milagrosamente, y el otro fue absorbido por los talismanes del Gran Sacerdote de Bhagar, brillando con una luz dorada y blasfema. La última esperanza de Albión se deshizo ante la protección divina de sus reyes muertos.
Epílogo: El Peaje del Magma
Puntos de Victoria: 💀 Culto Mortuorio: 866 🍄 Asrai: 600 (Derrota Marginal)
El sonido de los cuernos de Khemri resonó en la obsidiana. Habíamos perdido el recodo. La asfixiante presencia del Arca y la protección de sus dioses nos habían superado. Me vi obligada a ordenar la retirada hacia la oscuridad de túneles más profundos, dejando atrás los cuerpos de Syra, los Hijos del Bosque y el polvo del micelio.
Como dicta el cruel destino de la campaña en Rocasangre, no pudimos recuperar a todos nuestros caídos. Los sacerdotes de Bhagar reclamaron su botín de guerra, llevándose un trozo de nuestras raíces como símbolo de su victoria y su oscuro propósito.
La hueste del desierto había ganado esta batalla. Pero en Albión, la roca nunca olvida… y la cacería no ha terminado.
Dejo atrás la oscuridad de las minas. El aire se vuelve irrespirable, un calor abrasador reseca mis ojos y me golpea la cara nada más subir la escalera.
Si abajo se escuchaba el latido de la montaña, aquí se escucha su grito. El sonido de mil martillos golpeando al unísono, el silbido del vapor a presión y el cantar de las runas al ser grabadas en el metal al rojo vivo.
He llegado a La Gran Forja de Karak-Eternum. Aquí es donde la roca se convierte en poder.
Lo primero que veo entre el humo son chispas eléctricas. En un lateral de la sala, apartado de los yunques tradicionales, reina el olor a aceite quemado.
Con su delantal de cuero cargado de herramientas y sosteniendo un rollo de diagramas, Grumbar Puñohierro se alza junto a su innovador girocóptero, imponiendo una nueva perspectiva. El visionario de Zhufbar ha dado la espalda al yunque tradicional para clavar sus ojos en la inmensidad de la bóveda de piedra, buscando el cielo a través de la roca.
Acaricia el fuselaje de un Girocóptero recién ensamblado, ajustando las aspas con la delicadeza de quien peina a un hijo, mientras calcula mentalmente la fórmula exacta para que el acero más pesado dance entre las nubes. Es el padre de nuestra aviación, y su mirada perdida en corrientes de aire invisibles confirma una verdad absoluta: el dominio de los Dawi se ha expandido más allá de la tierra; bajo su mando, el cielo también es nuestro territorio.
Dejo a Grumbar soñando con el cielo y avanzo hacia una figura que encarna el orden inflexible en medio del caos de la forja. Allí está Burlok Damminson, el Gran Líder del Gremio de Ingenieros.
Su presencia es imponente; una barba trenzada que casi toca el suelo, una armadura ornamentada y ese brazo mecánico de Gromril y latón, un prodigio de la ingeniería que se mueve con una precisión aterradora, muy superior a cualquier brazo natural. Impone respeto y un poco de miedo; su sola mirada crítica detiene el corazón de cualquier aprendiz. Él es la autoridad indiscutible, el hombre que ha transformado la «locura» de la innovación desmedida en una ciencia sagrada y respetable.
Pero el estricto orden desaparece unos metros más allá. Unas risas maníacas, ahogadas por el espeso humo de una pipa y el silbido inestable del vapor a presión, cortan el aire.
Allí está Malakai Makaisson, en pleno éxtasis creativo. Unas gruesas gafas de ingeniero enmarcan una mirada francamente febril. Sus brazos desnudos, tensos como cables de gromril, sostienen su pesado arcabuz, pero es su equipo lo que delata su locura genial: de su espalda surgen brazos mecánicos impulsados por vapor, empuñando hachas y martillos que parecen tener voluntad propia.
A su alrededor, las robustas vigas de madera de la forja están acribilladas por docenas de hachas profundamente clavadas. Es la zona de pruebas de su mayor monstruosidad: el Cercenagoblins.
La pesada máquina de artillería ruge bajo sus botas. Sus correas y engranajes giran a una velocidad que desafía cualquier margen de seguridad enano. Es una tormenta latente de cuchillas y vapor a punto de estallar. A diferencia de sus recelosos colegas, que construyen para que sus obras duren eternamente, Malakai construye para destruir gloriosamente, buscando en cada mecanismo al límite y en cada hoja afilada su propia y ensangrentada redención.
Me alejo del caos de Malakai, pero el estruendo de la Forja no descansa. Antes de cruzar la frontera invisible entre la maquinaria y la magia, me abro paso entre un destacamento de ingenieros zapadores trabajando a pleno rendimiento junto a los hornos de fundición.
A medida que me adentro en la sala, el agresivo olor a combustible da paso al aroma del incienso y la piedra quemada. Entro en el dominio de los Señores de las Runas. Aquí el aire vibra con magia ancestral. Y es aquí donde veo algo que me hace parpadear dos veces.
Allí está Thorek Cejohierro, el legendario Señor de las Runas de Karak Azul. Todos conocemos su famoso discurso: la tecnología debilita el espíritu, las Viejas Maneras son el único camino, volved a la tradición. Sin embargo, me froto los ojos ante lo que tengo delante. Thorek está frente a su yunque, encajado dentro de un colosal exoesqueleto de placas de gromril. Una gigantesca estructura de pistones, gruesos cables y engranajes levantan dos enormes martillos por él, potenciando su fuerza hasta niveles casi divinos.
Resulta imposible reprimir una sonrisa ante semejante ironía. El mayor detractor del progreso del Viejo Mundo está utilizando la obra de ingeniería más avanzada de toda la montaña para ser el mejor tradicionalista. Seguramente, si te atreves a preguntarle, te soltará un gruñido asegurando que se trata de un simple «soporte lumbar rúnico ancestral», pero resulta evidente lo que mis ojos ven. Genio y figura.
La verdadera locura se desata cuando los martillos mecánicos caen. Thorek está forjando a un ritmo inhumano, y con cada impacto, la propia esencia de la magia muta ante mis ojos.
¡CLANG! El primer golpe hace temblar el suelo y libera una tormenta de relámpagos de un azul eléctrico cegador que trepan por los brazos de metal. ¡CLANG! Al siguiente impacto, la resonancia cambia por completo. La energía estalla en tonos esmeralda y amarillos, y la magia se vuelve tan densa que las gruesas runas en Khazalid se materializan físicamente en el aire, flotando alrededor del yunque como llamas de luz sólida.
El exoesqueleto le permite encadenar el poder de los Ancestros a una velocidad tan extrema que el espectro mágico se fractura, cambiando de color, intensidad y forma con cada latido de la forja. Es un espectáculo hipnótico. Thorek ha logrado someter la tecnología para que se arrodille ante la magia pura, creando una tormenta perfecta de acero y relámpagos.
El ambiente cambia al fondo de la sala. El ruido se apaga y se convierte en un ritmo solemne, lento y pesado.
Allí, trabajando con herramientas que parecen tan viejas como las montañas, está Kragg el Gruñón. Es el Señor de las Runas más anciano vivo. Su piel parece cuero curtido y su barba toca el suelo. Kragg convence al metal a base de golpes. Es la historia viva de nuestra raza, trabajando con la paciencia de un glaciar. Verle es ver el origen de todo lo que somos.
Pero si Kragg representa a la montaña inamovible, lo que cruza ahora el pasillo principal es la tormenta que avanza. El crujido de unas pesadas ruedas de madera y hierro ahoga por un momento el canto de los martillos, acompañado por un fulgor de runas azules que ilumina el suelo de piedra.
Allí, alzándose estoico bajo su estandarte, viaja el legendario Kurgaz, el forjador y padre de los Yunques de la Perdición. Sin embargo, su reliquia no está anclada a las profundidades de la roca madre. En un acto de audacia táctica sin precedentes, Kurgaz ha montado la magia más pesada y sagrada de nuestra raza sobre un recio chasis móvil. Mientras empuña su martillo con una fiereza que desafía a sus años, la intención queda clara: si la furia de los Ancestros hace falta en el frente de batalla, este viejo maestro no va a esperar sentado. Él llevará la forja a la guerra.
Dejo atrás el estruendo de las ruedas de Kurgaz y noto cómo el calor se vuelve de pronto mucho más denso, casi asfixiante. Frente a un robusto yunque, un herrero de brazos formidables y crin de fuego trabaja en un estado de frenesí absoluto.
Blande dos pesados martillos a la vez, descargando una tormenta de golpes rítmicos sobre el yunque con una brutalidad hipnótica. Bajo el castigo de su acero, la cabeza de un hacha brilla con un intenso fulgor cian, absorbiendo cada impacto y cada chispa como si estuviera viva y sedienta de poder. Es el arte de la forja en su estado más primario y salvaje: fuerza bruta, sudor y una voluntad indomable doblegando al metal rebelde.
Pero a escasos pasos de esa demostración de fuerza, el ambiente cambia por completo. Una luz dorada y cegadora recorta una figura entre el humo de la caverna, eclipsando el fulgor de cualquier otra obra.
Mis pies se detienen solos. El aliento se me congela en el pecho.
Allí está Skalf Martillonegro.
El Herrero Divino se gira lentamente hacia mí, rodeado de cristales de roca que parecen florecer bajo la magia de su obra. En sus manos sostiene el destino mismo del Viejo Mundo. El martillo brilla con la intensidad de una estrella atrapada, pulsando con un poder insondable que hace vibrar mis propios huesos. Las runas que recorren su cabezal dorado prometen la muerte de mil demonios y la futura unión de imperios enteros.
Es Ghal Maraz. El Partidero de Cráneos.
Skalf lo alza solemnemente, comprobando su equilibrio perfecto antes de entregárselo a la historia. En este momento, en este sueño bajo la montaña, soy testigo del nacimiento de la leyenda más grande jamás contada.
El calor de la forja me ha secado la boca, pero mi espíritu arde más que nunca. He visto el ingenio volar, la tradición adaptarse y a los dioses caminar entre nosotros.
Necesito un trago para procesar todo esto. Y por suerte, el aroma que baja por las siguientes escaleras es inconfundible.
Próxima Parada: El Descanso del Guerrero.
Khazuk! Khazuk! Ha!
Inspección del Gremio
Para los que queráis comprobar la presión de las válvulas de los zapadores o buscar vuestra hacha favorita en la pared de Malakai, aquí tenéis la galería completa:
185 – Aeda Aelindra, General Nivel 4, Magia de Batalla: Bola de fuego, Maldicion Atracción flechas, Urgencia Arcana y Caminante Forestal
3x 80 – Espectro de los Árboles, Nivel 1, Caminante forestal
2x 65 – 5 Hijas del Olvido (Dríades)
84 – 6 Exploradores, Espadillas Arcanas
2x 72 – 6 Arqueros, Espadillas Arcanas
130 – 5 Centauri (Jinetes Salvajes)
2x 109 – 2 Colosos de la Corteza (Arbóreos), Campeón
60 – Syra «Vigía del Bosque» (Gran Águila)
3x 19 – 2 Hijos del Bosque
• 1x Guardian
• 1x Zorro (Sabueso)
La Hueste Pálida (1245pts)
250 – Magister Lysenko, General, Hechicero Nivel 3, Demonologia, Favor de los dioses, Voluntad férrea, Tomo de hechicería, Marca de Nurgle
140 – Caudillo Bárbaro, Estandarte Batalla, Khorne, Azote de capataz, Hambre de Batalla
167 – 15 Bárbaros, Escudo, GMC, Fortaleza Sobrenatural, Marca del Cuervo Carroñero
146 – 14 Berserkers, Flagelos, GMC
172 – 11 Guerreros del Caos, Escudo, GMC
175 – Engendro Gigante, Nurgle
205 – 3 Ogros Dragón, Arma a 2 Manos, Armadura Pesada, Campeón
La superficie de Albión ya no nos pertenece. Los forasteros pueden pelearse por las playas bajo el sol y llamar a esta tierra Rocasangre, pero la verdadera guerra, la que decidirá si la isla vive o se pudre, se libra en la oscuridad.
Gracias a nuestra victoria en la costa contra los pielesverdes, el bosque me concedió la iniciativa. La Hueste Pálida del Magister Lysenko esperaba que nos atrincheráramos, que defendiéramos las ruinas desde dentro. Se equivocaban. Si queríamos salvar el corazón subterráneo de Albión, debíamos ser nosotros quienes golpearan primero, atravesando sus filas para descender a las catacumbas antes de que su veneno arraigara.
El tablero dispuesto. Nuestro objetivo era evitar el combate, sobrevivir y descender.
El Avance de la Plaga
El aire se volvió pesado, con olor a cobre y carne dulce. Lysenko ordenó el avance. Su muro de hierro oxidado y carne enferma se movió con una sincronía aterradora. A nuestra izquierda, los titánicos Ogros Dragón y los Bárbaros del Caos hacían temblar la tierra; a nuestra derecha, un Engendro Gigante babeante y una horda de Berserkers sedientos de sangre se abalanzaron sobre nosotros. En el corazón de la línea, Lysenko aguardaba rodeado por su guardia personal de Guerreros del Caos.
La Hueste Pálida acorta las distancias. El impacto es inminente.
Magia, Sombras y Sacrificio
Sabía que no podíamos ganar una guerra de desgaste contra los sirvientes de Nurgle. La estrategia silvana exige fluir como el agua entre las rocas. Mientras Syra surcaba los cielos marcando la ruta, canalicé la magia profunda de Athel Loren. Las raíces respondieron. Mis EspectrosArbóreos (las heroínas dríades) se desvanecieron en la espesura para rematerializarse en un bosque adelantado, a un solo paso de las ansiadas ruinas.
Las Madres de la Memoria abriendo el camino hacia la oscuridad.
Me quedé atrás, custodiada por los inmensos Colosos de la Corteza, asegurándome de que el resto del ejército pudiera seguir la brecha.
En el flanco derecho, la danza de la supervivencia tuvo dos caras. Por un lado, la agilidad de los Asrai brilló con luz propia: una unidad de Dríades y uno de los Hijos del Bosque lograron deslizarse como sombras literales frente a las mismas narices del Engendro Gigante, colándose tras las líneas enemigas hacia la salvación.
Pero el bosque siempre exige un equilibrio. El otro Hijo del Bosque que cubría ese flanco no fue tan veloz. Con un rugido que heló la sangre, los Berserkers y la mole mutante del Engendro cayeron sobre él, ahogando su madera antigua bajo un mar de hachas y tentáculos.
El Yunque y el Martillo (El Flanco Izquierdo)
A la izquierda, la situación requería medidas drásticas. Las dríades de ese flanco se lanzaron aullando contra los Ogros Dragón. Buscaban comprar tiempo. Fueron trituradas bajo las pezuñas de las bestias, entregando sus vidas espirituales para que los Colosos de la Corteza pudieran posicionarse.
Los Colosos de la Corteza golpearon a los Ogros Dragón con puños del tamaño de rocas, pero la resistencia antinatural de las bestias repelió el asalto.
Las Centauri desataron su furia ignorando al mismísimo Lysenko, estrellándose contra el muro de escudos de los Bárbaros. Siete sirvientes oscuros cayeron bajo los cascos y lanzas silvanas, pero la disciplina de los nórdicos era inquebrantable; no cedieron ni un milímetro.
Esa resistencia fue nuestra perdición en el centro. Inmovilizadas en el combate, las Centauri quedaron a merced del monstruoso flanqueo que se avecinaba.
En medio de ese caos, presencié un acto de valentía absoluta. Un Hijo del Bosque que había absorbido previamente en solitario la devastadora carga de los Bárbaros del Caos, se reagrupó herido, interponiéndose estoicamente frente a los Ogros Dragón para intentar proteger el flanco expuesto de mis Centauri.
Cuando los monstruos del trueno cargaron, el Hijo del Bosque intentó una maniobra de distracción final: retrocedió bruscamente (huyó), intentando que la inercia de las bestias las hiciera perseguirle lejos de la batalla o tropezar en su avance.
Pero los Ogros Dragón son depredadores tan antiguos como las montañas y su sed de sangre no es ciega. Ignoraron el señuelo con un desprecio aterrador. Corrigieron su trayectoria en el último segundo y descargaron toda su inercia contra el verdadero objetivo.
El impacto fue devastador.
La emboscada perfecta de las bestias del Caos. Las Centauri fueron aniquiladas en segundos
La Promesa de la Aeda
La batalla se desmoronaba en la superficie. En la derecha, para evitar que las unidades de arqueros fueran masacradas de inmediato y pudieran seguir disparando, mis exploradores tomaron la decisión más dura: envainaron sus arcos, desenvainaron sus dagas y se adelantaron de frente contra los Berserkers, el Portaestandarte y la Guardia de Lysenko. Se arrojaron a las fauces de la muerte solo para regalarnos tiempo.
El hambre de Nurgle no entiende de pausas, solo de excesos. Tras pisotear los cuerpos destrozados de mis valientes exploradores, la aberración no detuvo su inercia. El Engendro Gigante, una masa tumefacta de tentáculos, cuernos y carne pálida, barrió a la primera unidad de arqueros, engulliéndolos antes de que pudieran siquiera retroceder.
El sonido de la madera astillada y los huesos rotos resonaba en todo el flanco derecho. Ahora, irguiéndose sobre los restos de su festín macabro, la bestia gira su mole hacia la última unidad de arqueros Asrai que queda en pie.
Es el final del camino para ellos, y lo saben. Con la muerte cerniéndose sobre sus cabezas en forma de espinas y fauces babeantes, los elfos tensan la cuerda de sus arcos por última vez. No hay esperanza de supervivencia, solo el férreo deber de vender caras sus vidas para rascarle a la plaga los segundos vitales que necesitamos para huir hacia la oscuridad.
La segunda unidad de Colosos intentó vengar la masacre, pero también fracasó en su intento de abatir a los Ogros Dragón hasta caer triturados y convertirse en astillas.
El descenso hacia las catacumbas era inevitable. A mi alrededor, el frente se desmoronaba en un caos de sangre y madera astillada, pero mi espíritu se negaba a abandonar a quienes habían sangrado por Albión.
A través de la bruma y el hedor a podredumbre, lo encontré. El valiente Hijo del Bosque que había soportado la embestida del Caos, retrocedía ahora con pesar. Los atronadores rugidos de los Ogros Dragón aún resonaban a sus espaldas, quebrando por fin su voluntad férrea. En la luz ambarina de su mirada solo quedaba la ceniza de la desesperación. Estaba dispuesto a dejarse morir.
Ignorando el temblor de la tierra y el avance de la plaga, caminé entre la espesura moribunda hasta plantarme ante él. Posé mis palmas desnudas sobre su pecho, sintiendo el latido agónico de su corazón. Cerré los ojos y dejé que el canto más profundo de Athel Loren fluyera de mi alma hacia sus raíces rotas; una pulsación de pura magia esmeralda que selló sus heridas con luz viva.
—No cederás ante la sombra —susurré, proyectando mi voz no en lo más profundo de su consciencia—. Arraiga tu dolor en la piedra. Resiste esta noche, viejo amigo, y te juro por la sangre de los Ancestros que yo misma me encargaré de que vuelvas a sentir el calor del amanecer.
Bajo mis manos, sentí cómo la piel se tensaba de nuevo. El Hijo del Bosque enderezó su figura, aferrándose a mi promesa como a un salvavidas en medio de la tormenta. No moriría hoy.
Utilicé la Senda de las Hijas del Olvido, saltando a través del plano espiritual hacia el bosque que dominaba la entrada a las ruinas. Pero, a pesar de tener la vía libre hacia las catacumbas, detuve mi marcha. No bajaría hasta cumplir mi juramento.
Los Bárbaros del Caos se preparaban para dar el golpe de gracia al exhausto Hijo del Bosque. Canalicé toda mi furia, mi dolor por las dríades y exploradores caídos, y la enfoqué en mis manos. Una esfera de fuego incandescente cruzó el campo de batalla. Lysenko, confiado en su magia corrupta, intentó dispersarla y fracasó. La llamarada consumió a los bárbaros hasta convertirlos en ceniza. El pequeñín estaba a salvo.
A nuestra espalda, los últimos defensores pagaban el tributo final. Los Ogros Dragón, implacables, redirigieron su ira y despedazaron a mis últimos Colosos de la Corteza, reduciéndolos a astillas muertas.
El Umbral
El coste había sido terrible, pero el objetivo estaba cumplido.
Siete de nuestras unidades lograron deslizarse por las grietas, atravesar las ruinas y descender a las profundidades de la isla, dejando a gran parte de la Hueste Pálida frustrada en la superficie. El recuento final fue una Victoria para los Asrai: 1567 frente a 666 puntos.
Antes de dar el último paso hacia la oscuridad absoluta de las catacumbas, me giré. A través de la niebla y la sangre derramada, mi mirada se cruzó con la del Magister Lysenko. Se quedaba arriba, dueño de un campo lleno de cadáveres pudriéndose bajo el sol.
Él cree que la masacre ha terminado. No sabe que cada gota de icor de Nurgle derramada hoy, cada cuerpo muerto en el suelo, es exactamente lo que la red de micelio subterránea estaba esperando para alimentarse.
142 – Carro Orco Negro, Estandarte, Arma adicional
La tempestad no perdona a nadie. Al desembarcar en Albión, la realidad nos golpeó con la fuerza de un huracán. Era una lluvia antinatural, una magia antigua rechazando a los invasores. La única calma se encontraba bajo la sombra de los antiguos Monolitos, el «Santuario».
Pero no fuimos los únicos en buscar refugio. Una horda desesperada, liderada por el infame Kardoz el Veloz, emergió de la bruma. Buscaban salvarse de la tormenta, pero encontraron algo peor: a la Vanguardia del Silencio.
Desde la espesura, observamos su llegada. El estruendo de sus carros y el hedor de sus jabalíes delataban su posición mucho antes de verlos. Kardoz, obsesionado con la velocidad, dividió sus fuerzas por los flancos, evitando el bosque central como si supiera que los árboles tenían dientes.
Aelindra, serena, tejía los vientos de magia mientras sus exploradores tomaban posiciones.
⚔️ FASE I: LA IRA DE LOS NATIVOS
La isla tiene sus propios guardianes. Bárbaros nativos surgieron de la niebla para proteger los monolitos sagrados. Para nosotros, fue una danza; para los orcos, un calvario.
Mientras mis Centauri (Jinetes Salvajes) despachaban a los nativos cerca del Monolito con la fluidez del agua…
…en el extremo del campo de batalla, la tosquedad orca pagó su precio. Un Carro de Orcos Negros y los Jinetes de Lobo Goblins quedaron atascados en una lucha brutal y absurda contra los bárbaros, incapaces de avanzar. La selva misma los retenía.
🔥 FASE II: EL FUEGO PURIFICADOR
Kardoz intentó forzar el avance por el flanco derecho con sus Jinetes Salvajes y su Chamán, lanzándolos contra mis Forestales. Cayeron en la trampa.
Desde las líneas orcas, su carga parecía imparable. La furia de los Jinetes Salvajes y los cánticos de su Chamán retumbaban en el flanco, ignorando que estaban corriendo hacia su propia pira funeraria.
Pero el bosque no perdona la osadía. Antes de llegar al cuerpo a cuerpo, las primeras descargas hicieron tambalear su confianza.
Aelindra no necesitó flechas. Entonó el Cántico de la Llama y, con una Bola de Fuego y un Pilar de Fuego devastadores, incineró la vanguardia orca. La magia de Albión fluía a través de ella, y el Chamán orco, superado, ardió antes de poder convocar el poder del Waaagh.
🏹 FASE III: EL SACRIFICIO DEL BOSQUE
Con el flanco derecho ardiendo, la batalla se dividió en dos frentes desesperados.
En el flanco izquierdo, un Carro de Goblins intentó una maniobra sucia para cargar contra el flanco expuesto de mis Centauri, que aseguraban el Monolito. Pero el bosque reaccionó. Los Hijos del Bosque surgieron de las raíces para interceptar la carga. Pequeños pero feroces, se sacrificaron contra las cuchillas del carro para que el objetivo permaneciera seguro.
Mientras tanto, en el flanco derecho, Kardoz avanzaba sobre las cenizas de sus propios aliados con su unidad de élite de Jinetes de Jabalí Grandotez. Rugió una orden de carga intentando aplastar a mis líneas de tiro, pero la lluvia de flechas fue tan densa que los jabalies tuvieron que retroceder en buen orden.
Tras recomponerse, el orgullo del Kaudillo pesó más que la prudencia. Lejos de amedrentarse, espoleó a su bestia para una segunda embestida, obligando a su élite a correr hacia la boca del lobo una vez más.
Esta vez no hubo piedad. La ofensiva se estrelló contra un muro de magia y acero. Desde dos ángulos distintos, la lluvia de flechas y los vórtices de fuego diezmaron a la élite orca antes de que pudieran siquiera levantar sus rebanadoras. Fue una carnicería a cámara lenta.
🩸 EL CLÍMAX: EL SECRETO DE KARDOZ
El humo se disipó y reveló una imagen desoladora para la Horda. Kardoz estaba solo, rodeado de cadáveres de jabalíes, atrapado en un círculo mortal de Forestales, Exploradores y Acechadores que le apuntaban desde la espesura.
Y al fondo, Aelindra. La Aeda lo observaba con frialdad, canalizando el último aliento de la tormenta entre sus manos.
El Pilar de Fuego estalló bajo los pies del Kaudillo. El fuego le causó una herida humillante que fundió parte de su armadura.
En ese instante… Aelindra lo vio. Vio cómo las piernas de Kardoz, destrozadas y cojas, sanaban antinaturalmente gracias a unos pantalones de piel de Troll ocultos bajo el metal fundido. El secreto de su «velocidad», la vergüenza que ocultaba a su propia horda, quedó expuesta ante los ojos de la Elfa.
Kardoz cruzó la mirada con ella. Supo que ella lo sabía. Un segundo después, un Acechador de Caminos le clavó una flecha precisa, causándole una segunda herida. Kardoz rugió, más de pánico a que su secreto se extendiera que de dolor por la propia herida.
💀 EL DUELO FINAL: VENGANZA SOBRE VICTORIA
Ignorando el Monolito y la batalla perdida, Kardoz cargó ciego de ira. Salvó una lluvia de flechas imposible gracias a la magia regenerativa de su armadura oculta y la pura desesperación.
Aelindra, exhausta tras haber canalizado tanta magia de fuego, intentó desvanecerse en la niebla, pero sus fuerzas fallaron en el último segundo. El Kaudillo, tras arrasar sobre unos forestales que se interponían en su camino, alcanzó a la Aeda (sí, fallé el chequeo de la regla Evadir con Aelindra sacando un 6).
Kardoz abatió a la Aeda con brutalidad y, acto seguido, cazó al Acechante que también conocía su secreto. Con los testigos muertos, el Kaudillo rugió su «victoria» al cielo tormentoso, aunque la isla ya no era suya.
🏆 RESULTADO: VICTORIA TÁCTICA ASRAI
Kardoz salvó su reputación, pero perdió la guerra. Mientras él se saciaba de venganza en el flanco derecho, mis Centauri ondeaban el estandarte sobre el Monolito Arcano en el centro. La tormenta amainó obedeciendo a los Asrai.
PUNTOS DE VICTORIA: 🌲 Asrai: 1001 (Control del Monolito + Victoria) 👹 Orcos: 583
EPÍLOGO: Los orcos creen que Aelindra ha muerto. No vieron al pequeño espíritu, un zorro de nueve colas, emerger de la maleza para arrastrar su cuerpo herido hacia las raíces profundas del santuario. Kardoz tiene su secreto… por ahora. Pero el bosque nunca olvida.
Habéis venido a Albión a robar piedras y oro. Nosotros hemos venido a regar el jardín.
Mis exploradores han pisado esta costa y han encontrado un sueño profundo. Los espíritus de esta isla son hermanos de Athel Loren, olvidados y cubiertos de polvo y tiempo. Pero la canción ha comenzado.
No temáis a mis flechas, temed a lo que vuestra presencia está despertando. Porque con cada día que pasa, el suelo bajo vuestras botas se vuelve más inquieto. Pronto lucharéis contra el musgo, contra la raíz y contra la espora.
Lo que dormía en Albión está a punto de abrir los ojos. Y tiene hambre.
— Aelindra, Voz del Micelio
Esta es la introducción de la campaña narrativa que vamos a jugar los colegas de la Asociación de La Escotilla Estaliana en Murcia.
Jugaremos una partida al mes, de enero a junio de 2026, un total de seis partidas.
Comandante: Aeda Aelindra, la Tejedora de Raíces. Misión: El Despertar del Bosque Durmiente.
La Historia: Durante milenios, los Videntes de Athel Loren creyeron que los espíritus de Albión se habían extinguido, ahogados bajo el mar y el olvido. Se equivocaban. Aelindra, una Aeda vinculada a la red de micelios subterráneos, ha sentido un pulso débil pero constante cruzando el océano: el latido de un bosque hermano que intenta despertar.
No marchamos a Albión por codicia o gloria. Marchamos como jardineros a un santuario abandonado. La isla está repleta de «semillas» ancestrales (Hombres Árbol aletargados, espíritus atrapados en madera muerta y círculos de hongos imbuidos de antigua magia de guerra) que solo necesitan la canción adecuada para germinar.
Esta primera expedición es la Vanguardia del Silencio. Mis arqueros y forestales están aquí para para formar un perímetro invisible alrededor de los Círculos de Piedra. Mientras ellos mantienen a raya a los intrusos con flechas certeras desde la niebla, yo entonaré el Cántico del Despertar.
Si tenemos éxito, la propia tierra se alzará para luchar a nuestro lado. Si fallamos, los secretos de Albión morirán para siempre bajo las botas de los bárbaros.
Capítulo I: El Estruendo y la Semilla
El viento ha cambiado. Ya no trae el aroma a salitre y musgo de la costa, sino un hedor a sudor rancio, cuero mal curtido y desesperación.
El micelio me transmite las vibraciones del suelo mucho antes de que podamos verlos. Una horda se acerca, rompiendo ramas y profanando el silencio sagrado de este enclave. Son bestias de piel verde, guiadas por un propósito de huida. Mis exploradores susurran un nombre: Kardoz. Un Kaudillo que cabalga con una furia frenética, como si intentara dejar atrás su propia sombra. Dicen que busca gloria en Albión, que sigue una «llamada», pero el bosque no miente: Kardoz no corre hacia la victoria, corre para escapar de su propia vergüenza. Sus carros «Rompefilas» y sus jinetes de jabalí no son más que una estampida de ruido y colmillos intentando acallar las burlas de una antigua derrota.
Creen que nos encontrarán solos. Creen que esta es una isla desierta lista para el saqueo. Se equivocan.
Antes incluso de que entonara la primera estrofa del Cántico del Despertar, Albión ha respondido. La tierra ha reconocido a sus antiguos custodios y nos ha enviado a sus protectores.
De entre la bruma han surgido las Centauri. Mitad doncellas elfas, mitad bestias nobles; criaturas que son la velocidad misma, armadas con lanzas que han crecido de la madera viva. Y a nuestros pies, en la maleza donde los orcos tropezarán, los Hijos del Bosque han salido de sus madrigueras. Pequeños en estatura pero grandes en astucia, acompañados por zorros de ojos inteligentes y dientes afilados, listos para morder los jarretes de los jabalíes invasores.
No estamos solos. La vanguardia de Aelindra se ha fusionado con el espíritu de la isla.
Kardoz el «Veloz» viene buscando una guerra para tapar su cojera. Nosotros le daremos algo mucho peor: le daremos el silencio eterno del bosque.
Proteged a la Aeda. Que los zorros cacen. Que las Centauri carguen.
La batalla por el Santuario concluyó con la huida desordenada de la horda y el Monolito bajo nuestro control. Kardoz, superado por la disciplina de la Vanguardia del Silencio, solo logró arrancar un fragmento de venganza en medio de su aplastante derrota: abatir mi cuerpo físico antes de que sus líneas colapsaran. Su rugido final fue de rabia impotente, el grito de una bestia que logra herir a su cazador pero pierde la presa y el territorio.
Mientras mis exploradores aseguraban el perímetro y los orcos supervivientes se dispersaban, la propia isla conspiraba para salvarme.
El pequeño espíritu guardián, el Zorro de Nueve Colas, emergió de entre la maleza para arrastrar mi cuerpo herido lejos de la vista de los caídos, llevándome al corazón pulsante del Santuario. Allí, la piedra y la carne se hicieron una.
Mi sangre, derramada sobre el musgo sagrado, alimentó la tierra. Durante mi letargo, sentí cómo las raíces bebían de esa ofrenda vital y devolvían el favor con una magia antigua y terrible. Al despertar, el bosque había cambiado. Los troncos más viejos del círculo interior se han abierto, liberando a las Hijas del Olvido: Dríades compuestas de furia espiritual y luz cerúlea. Espectros azulados que han aguardado eones para materializarse de nuevo, y que ahora orbitan a mi alrededor como una guardia de honor fantasmal.
Apenas comenzaba a comulgar con la sabiduría antigua de mi nueva guardia, un alarido rasgó la bóveda celeste, quebrando la quietud del santuario.
Un vendaval de colores imposibles descendió de las nubes con la fuerza de una tormenta contenida. Era Syra, la Vigía del Bosque. Durante eras, este espíritu ancestral ha custodiado el letargo de Albión desde las alturas, ocultando sus secretos tras la bruma, invisible para los ojos mortales. Hoy, por primera vez, ha plegado sus irisadas alas ante mí. Pero su descenso no traía bendiciones, sino una urgencia aterradora.
Sus ojos, que han visto nacer y morir imperios, proyectaron en mi mente la amenaza que repta por la costa: la Hueste Pálida del Magister Lysenko. Una marea de enfermedad y bárbaros marcados por la plaga que no buscan gloria, sino convertir la isla en un altar de podredumbre para «El que Devora la Luz».
Ogros Dragón y Engendros de carne corrupta buscando las entradas a los túneles para envenenar las arterias de la tierra. Comprendí que las flechas no bastarían contra tal corrupción.
Bebiendo de los secretos arcanos que las Hijas del Olvido acababan de verter en mi mente, encontré la llave para desatar la verdadera furia del bosque. Mis labios pronunciaron uno de los cánticos prohibidos de Albión: La Ira del Bosque Dormido.
El aire se tensó hasta romperse. Un remolino de hadas y espíritus menores, brillantes como estrellas coléricas, acudió a mi voz. Con una voracidad ciega, el enjambre se precipitó hacia el interior de los troncos huecos que yacían en el claro, inundando la madera muerta con una energía pulsante y sobrenatural.
La tierra tembló. Con un crujido tectónico, como si el esqueleto de la isla se estuviera reordenando, las inmensas carcasas se pusieron en pie. Los Colosos de la Corteza se alzaron ante mí, revelándose como armaduras titánicas de roble ancestral, animadas desde dentro por el resplandor de mil almas feéricas. Sus núcleos brillan con vida prestada y sus puños de rama aguardan la orden para triturar la carne enferma de la hueste de Nurgle.
La guerra ha dejado de ser una tormenta bajo el cielo para convertirse en una lucha por el subsuelo. Si Lysenko entra, Albión morirá.
Las Dríades brillan en la penumbra, señalando el camino hacia las profundidades. Ellas conocen los senderos de la oscuridad subterránea, pues son la memoria viva de Albión. Descenderemos con ellas.
Habíamos logrado cruzar el umbral y descender a las catacumbas de Albión, pero nuestra victoria táctica tenía un sabor a ceniza y savia derramada. Las Hijas del Olvido se retiraban hacia las sombras, exhaustas, mientras que a nuestras espaldas la entrada a las cavernas quedaba marcada por el peaje del descenso: los restos humeantes de los bárbaros que mi fuego acababa de desintegrar, la sangre corrupta de la guardia de Lysenko y la madera rota de los nuestros que se sacrificaron para abrirnos paso.
Nurgle es el enemigo de la vida. Su podredumbre es eterna, un ciclo roto que se niega a convertir la muerte en tierra fértil. Nos habíamos adentrado en las entrañas de las catacumbas, dejando atrás el clamor de la superficie, hasta alcanzar el corazón de una vasta caverna subterránea. Arriba, Lysenko reinaba sobre un campo de cadáveres, y yo podía sentir cómo la sangre corrupta y las cenizas de mi fuego comenzaban a filtrarse por las grietas de la bóveda, goteando como un veneno lento hacia el subsuelo.
Me arrodillé en el centro de aquella gruta envuelta en penumbra y posé mis palmas sobre la roca húmeda. Necesitaba purgar la infección desde la raíz, antes de que el goteo tóxico envenenara los acuíferos de la isla. Necesitaba que Albión digiriera el mal y el sacrificio que llovían desde la batalla exterior. Cerré los ojos y extendí mi consciencia más allá de la piedra, bajando hacia el estrato más profundo, allí donde la luz del sol jamás ha tocado la tierra.
Y entonces, lo sentí.
Una red eléctrica, blanca y voraz. El micelio. El sistema nervioso del subsuelo. Estaba despierto, vibrando con una excitación hambrienta, alimentándose de la muerte del umbral; devorando con igual avidez las cenizas del Caos y el tributo vital de mis espíritus caídos.
Pero al conectar mi mente con la espora, descubrí que aquella red no solo absorbía nutrientes. Absorbía recuerdos.
La visión me golpeó con la fuerza de una marea. Vi el pasado de esta caverna. Vi antorchas de fuego verde y estandartes de seda rasgada. Vi a hombres venidos del lejano Oriente, hace eras. Eran monjes guerreros, una expedición perdida del Dragón Celestial que descendió a la oscuridad para sellar una grieta del Caos y nunca regresó.
Murieron aquí. No huyeron. No rompieron filas. Cayeron en un círculo perfecto de meditación y acero, defendiendo el paso hasta el último aliento.
El tiempo disolvió sus huesos, pero el micelio… el micelio preservó su disciplina. La espora devoró su carne y codificó su Chi, guardando la memoria muscular de sus katas imposibles en cada fibra del hongo. Comprendí entonces que la isla no necesitaba mi magia para sanar. Necesitaba permiso para cazar.
—Despertad —susurré a la oscuridad—. Tomad la forma de vuestra antigua gloria.
El suelo comenzó a crujir con el sonido húmedo y rápido del crecimiento acelerado. Del fango y las cenizas de la batalla, brotaron. Primero, los sombreros anchos y cónicos, moteados con los colores de la advertencia venenosa, imitando a la perfección los yelmos de paja de aquellos guerreros olvidados.
Después, los tallos se engrosaron, trenzándose en tendones de fibra vegetal tan duros como el roble anciano.
Se alzaron en silencio. Sin gritos de guerra. Sin respirar.
Apoyados en báculos nudosos y armas de asta orgánicas, se movían con una fluidez líquida, adoptando posturas de combate de una escuela marcial que se extinguió hace milenios.
El General Yiban, arriba bajo el sol, ha bautizado mi isla como «Rocasangre«, creyéndose el primer dueño de su destino. Qué ironía. Mientras él planta banderas en la superficie, yo he despertado a sus verdaderos ancestros en la profundidad.
La podredumbre de Nurgle había sido consumida. En su lugar, la Guardia del Micelio, con sus rostros fijos en la siguiente oscuridad, aguardaba mi orden. La danza había comenzado.
El silencio que siguió a su despertar era absoluto. La magia que había canalizado me había dejado exhausta, pero la caverna ya no se sentía como una tumba helada; ahora palpitaba con una vida fiera y antigua.
Fue entonces cuando lo escuché. Un siseo rápido, como el filo de una hoja cortando el aire estancado. Arriba, entre el laberinto de estalactitas y raíces colosales que formaban la bóveda de la cueva, las sombras se movieron.
Algo descendía saltando de roca en roca con una agilidad imposible, desafiando la gravedad de las catacumbas. Aterrizó a escasos metros de mí, sobre un saliente de piedra coronado por musgo pálido y setas fosforescentes. La roca ni siquiera tembló bajo su peso.
No se trataba de un espíritu invocado por mi magia. Era algo que ya estaba allí, observando la masacre desde las alturas.
La criatura se irguió, alzando una espada de filo elegante y letal. Llevaba un manto que, a primera vista, parecía el plumaje de un ave exótica, pero al fijar mis ojos asrai comprendí la verdad: eran escamas de liquen tóxico, hojas subterráneas y hongos venenosos entrelazados. Rojos sangre, verdes ácidos y amarillos ponzoñosos se mezclaban en un camuflaje natural perfecto para el abismo. Syra dominaba los cielos abiertos de Albión, pero esta guerrera era la soberana de los cielos invertidos de la caverna.
La criatura me miró con ojos que brillaban con luz fría. Cuando habló, su voz sonó al eco lejano de una piedra resquebrajándose.
—Has regado mi jardín con sangre negra, tejedora de la superficie —dijo, observando el icor de Nurgle—. Y has devuelto a la vida a los viejos soñadores.
—¿Quién eres? —pregunté, sintiendo su poder salvaje.
—Soy el color que advierte del veneno en la oscuridad. Soy Jalynrix —respondió, extendiendo su manto cromático—. Los humanos de arriba le ponen nombres nuevos a nuestras piedras, y la plaga intenta pudrir nuestras raíces. No conoces estos túneles, Aeda. Pero yo sí. Deja que tus viejos soñadores marchen por el suelo. Tú y yo cazaremos desde el techo.
Con un salto prodigioso, Jalynrix desapareció de nuevo entre las sombras de la bóveda. La Vanguardia del Silencio tenía una nueva guía, y pronto la necesitaríamos más que nunca.
Tras varios días de marcha agotadora perdimos la noción del tiempo. Descendimos aún más, dejando atrás el manto de micelio para adentrarnos en las venas volcánicas de la isla. El aire en los túneles se convirtió en un castigo de azufre y calor residual, restos de antiguas corrientes de magma que ahora nos servían de guía hacia lo desconocido.
Pero la soledad de las profundidades terminó de forma súbita.
En un recodo de obsidiana, los gritos de alerta rompieron el silencio. Jalynrix descendió del techo siseando una advertencia. Dos avanzadillas, demacradas por los días de oscuridad, se habían encontrado de frente en la penumbra. No había espacio para la diplomacia bajo toneladas de roca.
Ante nosotros se alzaba la sequedad eterna y perfecta de la muerte. El hedor a azufre se mezcló de repente con el olor a polvo antiguo, mirra y arena de un desierto que jamás había tocado esta isla. Caminantes de hueso pulido y bronce oxidado marchaban en formación por los túneles volcánicos. Pero mis sentidos asrai captaron algo más profundo en ellos; no eran simples marionetas levantadas por el capricho de un nigromante. Había una voluntad férrea, un propósito casi erudito y desesperado guiando sus pasos.
Al frente de su vanguardia, figuras envueltas en sudarios grises alzaban báculos polvorientos. Eran sumos sacerdotes de Bhagar, la lejana ciudad de los mercaderes y saqueadores de caravanas. Desprendían la frialdad de quienes estudian la muerte como una enfermedad a la que deben encontrar cura. Sus almas resonaban con una obsesión blasfema: buscaban la herencia de los Ancestrales. Habían cruzado el océano y descendido a esta oscuridad no por conquista, ni por gloria, sino persiguiendo la misma energía primordial que el micelio y yo habíamos jurado proteger.
Ansiaban la verdadera inmortalidad de la carne. Venían a devorar el latido vital de la isla para tejer de nuevo la vida sobre sus huesos resecos.
Mientras nuestras vanguardias cruzaban las primeras miradas cargadas de hostilidad en el estrecho pasaje, los mensajeros corrían desesperados hacia atrás en la oscuridad. Nuestros refuerzos debían llegar pronto al recodo, o este laberinto incandescente se convertiría en nuestra tumba antes de poder reclamar sus secretos.
La derrota en el Erial de Obsidiana pesaba en nuestros pulmones más que el azufre. Nos adentramos a ciegas en las vísceras de Albión, huyendo de las legiones de Khemri. La aniquilación total parecía inminente, y el miedo amenazaba con quebrar la cordura de mis tropas, hasta que una sombra familiar se desprendió de la bóveda petrificada.
Era Jalynrix. Su cuerpo estaba marcado por las quemaduras de las flechas emponzoñadas de Asaph, pero la resistente savia de Rocasangre había logrado purgar la toxina de sus venas. Con un siseo ronco, nos guió a través de la penumbra hasta desembocar en una inmensa catedral oculta en el abismo.
Ante nosotros se alzaba un Templo olvidado, envuelto en una energía que distorsionaba el tiempo y la razón. Sabiendo que de no hacer nada seríamos masacrados en los túneles, me postré ante el altar. En un acto de desesperación absoluta, hundí mis manos en la piedra y sacrifiqué gran parte de mi propia fuerza vital, regando las raíces fosilizadas con mi sangre para cumplir con la única ofrenda que los antiguos dioses están dispuestos a aceptar.
La respuesta de Albión fue un terremoto que amenazó con desplomar la bóveda.
El templo entero tembló cuando la pared de la caverna se desgarró. De la roca emergió el ser más anciano del subsuelo profundo. Un coloso de corteza petrificada, cuyos ojos brillaban con la furia reprimida de milenios. Su primer aliento fue un rugido ensordecedor que saturó la cueva con una densa y asfixiante nube de esporas luminiscentes.
Entonces, presenciamos el verdadero y aterrador poder del bosque subterráneo.
Las esporas del coloso barrieron los túneles, buscando los restos de nuestros caídos. Ante nuestros ojos, el micelio formó una red incandescente, tejiendo nuevos tendones de hongo y liquen sobre la madera rota. En un silencio sepulcral, la Guardia del Micelio se alzó de nuevo del suelo con sus inexpresivos rostros ahora iluminados por la magia del Anciano. A su lado, rasgando un capullo de esporas curativas, Syra desplegó unas alas renovadas y feroces, lista para vengar su propia muerte.
El latido atronador del Gran Hombre Árbol resonó por toda la red de cavernas, sirviendo de faro en la oscuridad. Atraídas por la llamada de este Espíritu Milenario, un retumbar de pezuñas rasgó el velo de la caverna. Las Centauri irrumpieron en la catedral subterránea desde las sombras, flanqueando de inmediato al coloso.
Anclada en la piedra, con mi propia esencia vital fluyendo hacia la tierra, observé el acto final de comunión. El Milenario, con un movimiento solemne que detuvo mi corazón, extendió una de sus gigantescas extremidades hacia el altar petrificado. De la misma roca estalló un Estandarte de Batalla que parecía haber aguardado este momento desde el principio de los tiempos. Un asta de madera ancestral y nudosa, que latía con un fuego esmeralda y puro poder Asrai.
Con un gesto que paralizó mi respiración, el coloso entregó el sagrado artefacto a uno de los recién alzados Saolines de la Guardia. El monje recibió el peso de la responsabilidad con una reverencia profunda y absoluta, arrodillándose ante su hacedor mientras el estandarte brillaba con la promesa de una venganza que la isla misma ejecutaría.
La hueste estaba completa de nuevo. Pero el eco de los cascos no fue el único sonido que desafió el silencio del abismo.
Desde los túneles opuestos al altar, un ritmo marcial, pesado y constante, hizo temblar el polvo de la caverna. Algo forjado en fuego y terquedad nos acechaba en la oscuridad: el acero enano.
Avanzando entre las ruinas con antorchas que desafiaban la penumbra, el destacamento del Clan Mina Perdida entraba en el templo. Sus barbas trenzadas y sus armaduras impolutas brillaban bajo la luz de las esporas. Dos Girocópteros sobrevolaban el techo de la caverna. Un Lanzaagravios tomaba posiciones. Venían de las costas de Albión, con la sangre de los orgullosos elfos de Cracia aún fresca en sus hachas. Guiados por el Herrero Rúnico Grimnar Rúnathor, habían asegurado su base en la superficie y ahora descendían a las entrañas de Rocasangre buscando saquear las reliquias de los antiguos dioses.
Los hijos de Ekrund venían decididos a imponer su voluntad sobre la piedra y a demostrar que lo conquistado por el acero enano no se recupera jamás. Pero ignoraban que, en esta caverna, la piedra respira y sangra.
Grimnar detuvo su marcha y aferró su martillo rúnico al alzar la vista. Frente a sus legiones, la inmensa silueta del Milenario se erguía iluminada por el musgo, custodiando el altar.
El aire se volvió asfixiante. La disciplina de la roca estaba a punto de chocar frontalmente contra la furia del bosque profundo. Los dioses exigen un tributo de sangre, y el abismo está a punto de presenciar qué se quiebra primero: si la madera ancestral… o el acero enano.
El aire fresco y húmedo de la superficie de Albión había cambiado. Al emerger de las entrañas de la tierra, la hueste Asrai se topó con un infierno de cielos ennegrecidos y lluvia de ceniza. La isla sangraba. Enormes fisuras escupían ríos de lava, y el hedor a azufre se mezclaba con el olor a pino quemado.
En la boca de la caverna, Jalynrix se detuvo. Con un gesto solemne, asintió hacia su Tejedora y se fundió de nuevo con las sombras subterráneas; alguien debía vigilar los lugares sagrados recién recuperados y mantener a raya a lo que habitara en la oscuridad.
Pero Aelindra apenas pudo devolverle la mirada. En cuanto sus botas pisaron la ceniza de la superficie, la Tejedora de Raíces se desplomó de rodillas, tosiendo sangre negra.
Durante las últimas batallas en la catedral subterránea, su control sobre los Vientos de la Magia había sido errático, peligroso, culminando en desastrosas disfunciones que diezmaron a sus propios arqueros. Había culpado a la estática del abismo y a la debilidad por haber entregado su esencia vital para despertar al Milenario. Pero la verdad, oculta hasta ese instante, era mucho más trágica.
De entre los pliegues de su capa cayó un pequeño bulto inerte: el espíritu del zorro de nueve colas.
Su fiel guardián, la criatura que le había salvado la vida cuando el caudillo Kardoz derribó su cuerpo en la primera batalla, agonizaba. Durante el amargo choque en el Erial de Obsidiana, la maldición del Arca de las Almas del Culto Mortuorio de Bhagar había rozado al espíritu familiar. El pequeño zorro había absorbido la ponzoña nigromántica para proteger a su ama, consumiéndose en silencio, pudriéndose por dentro para que Aelindra pudiera seguir tejiendo la vida. El vínculo empático entre ambos era lo que había destrozado la magia de la elfa en el subsuelo. Y ahora, bajo el cielo volcánico, la llama del zorrito se apagaba.
Aelindra lloró, sin fuerzas para invocar un solo hechizo de sanación. Sus manos temblaban sobre el pelaje marchito.
Entonces, la tierra tembló. El Milenario se arrodilló a su lado. La inmensa mole de raíces no pronunció palabra. Simplemente, extendió una de sus gigantescas extremidades esmeraldas y cubrió al pequeño espíritu.
El bosque siempre cobra, pero también devuelve.
Con un crujido ensordecedor, el fulgor verde que manaba del corazón del Hombre Árbol fluyó como un torrente hacia el cuerpo del animal. El Milenario estaba vaciando su propio pozo de poder arcano, renunciando a la antigua magia de Albión para convertirse en un guardián de pura fuerza bruta, madera y furia física. Las runas de su corteza se apagaron ligeramente, pero a cambio, una explosión de luz cegadora barrió la ceniza del campo de batalla.
Del resplandor emergió una deidad desatada. El Gran Kyubi.
Un inmenso zorro de nueve colas, radiante de magia pura y fuego espiritual, se irguió sobre la lava. Su tamaño rivalizaba con el de las bestias más temibles del Viejo Mundo. Aelindra, con los ojos brillando de nuevo con una fuerza abrumadora, montó sobre el lomo del Kyubi. Al instante, el poder de un archimago de nivel supremo fluyó por sus venas, resonando con la bestia.
Con este nuevo y absoluto dominio sobre su entorno, la Tejedora remodeló la vanguardia Asrai. De una raíz calcinada moldeada con el fuego del Kyubi, Aelindra forjó una Flauta Mágica, entregándosela a su Maestro Saolín. Al tocarla, sus notas no emitían sonido, sino que hacían que raíces asesinas brotaran desde lo más profundo del magma para atrapar y triturar a regimientos enteros (lluvia de muerte).
El eco de la flauta invocó a los espíritus más antiguos de la isla. Un majestuoso Noble Centauro, coronado con una cornamenta digna del mismísimo Kurnous, emergió del humo para ponerse al frente de la manada de Centauri, inspirándolas con una precisión letal.
De entre los bosques asfixiados por la ceniza apareció un Druida Forestal; capaz de azuzar a los enjambres, las bestias y las lianas venenosas para que estrangulen a los líderes enemigos desde las sombras. Y en el cielo rojo, Syra, embriagada por la libertad de la superficie, desplegó sus alas, lista para cazar de nuevo.
A través de los ríos de lava y la niebla volcánica, un rugido gutural y primario desafió al fuego de la isla.
Un inmenso Waaagh! orco irrumpía en la llanura humeante, atraído por las pulsaciones mágicas del volcán. Al frente, el Orco Negro Ezkotillo Krujeztalianoz, una montaña de músculo oscuro y armadura oxidada, bramaba órdenes a sus Komekabraz y a Loz Portamartilloz. A su lado, el chamán El Zetaliano babeaba visiones de destrucción, custodiado por Trolls de Piedra que caminaban torpemente sobre el fango candente.
Pero lo que heló la sangre de los exploradores Asrai fue la monstruosidad rosácea que arrastraban desde las cavernas más profundas: la bestia ciega y babosa conocida simplemente como Fauces.
El cielo escupió fuego. El Milenario apretó sus puños de madera rebosantes de fuerza colosal. Aelindra, a lomos del resplandeciente Kyubi, alzó su báculo. La ceniza caía sobre la hueste asrai mientras el estruendo del Waaagh! hacía temblar la lava.
Ezkotillo Krujeztalianoz bramaba buscando una guerra digna de su nombre. Aelindra, envuelta en el fuego espiritual de un dios renacido, sonrió entre la ceniza; estaba a punto de concederle su último deseo.
El Enano que enseñó a los Elfos a temer el suelo que pisan… 🏔️⛏️
En la superficie, los Elfos eran rápidos. En la superficie, los Enanos morían. Pero Brok Puñopétreo tenía otro plan: «Si no podemos ganarles arriba, arrastrémoslos al infierno de abajo».
Desde las profundidades de Karak-Eternum os presento al mismísimo Ungdrin Ankor Rik (El Rey del Camino Subterráneo).
Brok empezó como un humilde mensajero recorriendo los túneles oscuros, memorizando cada grieta del Viejo Mundo. Cuando estalló la Guerra de la Venganza, él cambió las reglas del juego. Mientras otros formaban muros de escudos, Brok inventó la guerra en tres dimensiones, surgiendo bajo los pies de los generales elfos con su pico rúnico Garaz Makaz.
En el vídeo podéis verle liderando a su guardia de mineros. Su apodo «Puñopétreo» no es un adorno: se dice que su fuerza es tal que puede partir granito desnudo con los nudillos.
Es el héroe de la clase trabajadora Dawi. El que demostró que un pico de minero puede ser más letal que el hacha de un Rey.
Sven Hasselfriesian y Fizwick «Tuercasujeta»
Expulsado del Gremio, amado por la pólvora… 💥⚙️
Hay una delgada línea entre la genialidad y la locura. Y Sven Hasselfriesian la cruzó hace tiempo a bordo de un barco de vapor alimentado con alcohol 🥃💨
Visitamos el rincón más inestable de Karak-Eternum para presentaros al «Hijo del Vapor», el ingeniero paria.
La mayoría de los Enanos respetan la tradición. Sven prefiere hacerla estallar. Fue expulsado del Gremio de Ingenieros tras… bueno, digamos que hubo una explosión «accidental» que le costó el brazo al legendario Burlok Damminson 🦾💥
Desde entonces, Sven recorre el mundo (y las junglas de Lustria) en su famoso Voltsvagn, inventando armas que ningún Dawi sensato tocaría.
Pero lo más insólito no son sus máquinas, sino su asistente. Fijaos bien en el vídeo: esa pequeña criatura manejando semejante bestia de bronce es Fizwick «Tuercasujeta». No es un Halfling, ni un niño… ¡es un Gnomo! 🍄🔧
Sven dice que «sus manos pequeñas llegan donde mis dedos de salchicha no caben», pero todos sabemos que es porque ningún aprendiz enano aceptaría trabajar en sus inventos suicidas.
Es el héroe de los innovadores, los locos y los que creen que si no hay riesgo de explosión, no es ingeniería de verdad.
Godri «Hierro Atronador» y sus atronadores
Cuando el muro de piedra cae, el muro de hierro aguanta… 🛡️⚡
En el Paso de la Calavera, la oscuridad tiene dientes y garras. Millones de Goblins Nocturnos intentan cruzar cada día, pero siempre chocan contra la misma roca.
Os presento al inamovible Godri Hierro Atronador, Thane del Clan Byrnik y Guardián de Karak Grom.
Godri busca la perfección de la defensa. Es la encarnación de la doctrina moderna de los Dawi: «Un muro de escudos es fuerte, pero un muro de escudos respaldado por artillería es eterno» 💥🔫
Heredero del legado del Rey Lunn, Godri ha jurado proteger la «Cadena de Hierro», el Muro del Rey. Mientras otros héroes cazan monstruos, él mantiene la línea. Su filosofía es simple: ningún Pielverde pasa. Ni por arriba, ni por abajo.
En el vídeo podéis verle en su posición estratégica dentro de Karak-Eternum, coordinando la línea de fuego de sus atronadores. Fijaos en su equipo: la mezcla perfecta de armadura pesada tradicional y el olor a pólvora negra.
Es el héroe de la resistencia. El que nos recuerda que, mientras quede un Enano en pie, la fortaleza no ha caído.
Byrrnoth Grundadrakk
El mar intentó ahogarlo… Un dragón intentó devorarlo… Ambos fracasaron 🌊🐉⚒️
Hay Reyes que heredan leyendas, y luego está Byrrnoth Grundadrakk, el único Enano que ha mirado al océano a los ojos y lo ha obligado a parpadear.
Su historia no está escrita en libros, sino en cicatrices. La más famosa se la ganó el día que el inmenso dragón marino Mauldekorr se lo tragó entero. Para cualquier otro, habría sido el final. Para el Rey de Barak Varr, fue solo un problema táctico. Armado con su hacha Rhymakangaz, Byrrnoth destrozó a la bestia desde sus propias entrañas, abriéndose paso a hachazos hacia la superficie. Salió cubierto de sangre negra, cojeando para siempre, pero vivo. El dragón no tuvo tanta suerte.
Si miráis bien el video, veréis que el Rey no está solo. Los grandes héroes del subsuelo se han reunido para este momento.
Con la llegada del Almirante de la Flota, cerramos el portón de Las Profundidades del Nivel Inferior. La maquinaria ruge, el Gromril fluye y la guardia está formada.