El Renacer del Kyubi (2000pts)
325 – Aelindra en Kyubi (Milenario): General, Wizard Level 4, Battle Magic
168 – Glade Captain, Cavalry Spear, Shield, Aspect of the Hound, Battle Standard Bearer, Elven Steed, Crown of Antlers
130 – Maestro Saolin (Bailarin Guerrero): Spear of Loec, Asyendi’s Bane, Hail of Doom Arrow
115 – Druida Forestal (Acechador): Sword Of Sorrow
96 – 6 Exploradores, Arcane Bodkins, Musician
2x 72 – 6 Arqueros, Espadillas Arcanas
2x 70 – 5 Hijas del Olvido (Dríades), ninfa
124 – 6 Eternal Guard, Shield, Eternal Warden, Ruby Ring of Ruin, Veterans
2x 109 – 2 Colosos de la Corteza (Arbóreos), Campeón
208 – 6 Centauri (jinetes salvajes): Shield, Wild Hunter, Standard Bearer, War Banner, Musician
60 – Syra «Vigía del Bosque» (Gran Águila)
215 – Hombre Arbol
3x 19 – 2 Hijos del Bosque
• 1x Guardian
• 1x Zorro (Sabueso)
El suelo de Albión se agrietaba, incapaz de soportar el peso de una marea verde tan ruidosa como letal. Un inmenso Waaagh orco irrumpía en la llanura humeante, guiado por el olor a magia disforme que emanaba del volcán.
Al frente de esta destrucción marchaba el Kaudillo Orco Negro, Ezkotillo Krujeztalianoz. El tipo no se fiaba de sus propias piernas y prefería avanzar cómodamente subido en su Karro de jabalíes, tirado por unas bestias tan malhumoradas y cubiertas de pinchos como él. A su lado, el Gran Chamán de la horda, El Zetaliano, babeaba visiones apocalípticas mientras canalizaba Waaagh! a través de sus ojos inyectados en sangre y un ostentoso anillo de rubí que claramente le venía grande. Custodiando la retaguardia de los jefes, la mole heráldica de Bruz Baner, el Portaestandarte de batalla, ondeaba un trapo infame montado sobre su propio jabalí de guerra, asegurándose de que todos supieran a quién obedecer antes de morir.
Tras la cúpula de mando, el grueso del ejército avanzaba con una mezcla de disciplina férrea y absoluto caos:
Loz Komekabraz: Un imponente bloque de Orcos Negros que marchaban con hachas a dos manos, mirándolo todo con desprecio y con el único objetivo de demostrar que las armaduras de placas les sientan mejor que a nadie.

Loz Portamartilloz: Una desorganizada chusma de Goblins Nocturnos armados con espadas y escudos de aspecto dudoso. Entre sus filas, tres desquiciados Fanáticos daban vueltas sobre sí mismos sosteniendo bolas con cadenas colosales, esperando el momento de ser soltados como misiles vivientes.
Kuña Patanegra: La caballería de choque orca. Jinetes de jabalí armados con lanzas que bufaban impacientes, arrastrados por monturas con muy malas pulgas ansiosas por ensartar elfos.
Loz Ziegoz: Una unidad de arqueros orcos que, haciendo un honor absoluto a su nombre, apuntaban al cielo con sus bastos arcos de guerra cruzando los dedos para que alguna flecha cayera sobre el enemigo por pura gravedad.

Loz Komepiedraz: Cuatro gigantescos Trolls de Piedra de piel azulada y rocosa. Criaturas temibles con garrotes a dos manos que daban tanto miedo por su fuerza bruta como por el hecho de que no tenían ni la más remota idea de dónde estaban o a qué habían venido.
La Artillería (PINCHAELFOZ y REVIENTARIÑONEZ): Operados por goblins histéricos que rezaban a Gorko para que las vigas de madera podrida no estallaran en sus propias caras antes de disparar.
Y por supuesto, Fauces: Un Garrapato Despachurrador rosado que era básicamente una boca gigante con patas, saliva ácida y muy poco instinto de autopreservación, listo para rebotar descontroladamente por el flanco izquierdo.
La isla de Rocasangre reaccionó de inmediato a semejante despliegue de chatarra y mala educación, abriendo profundas fallas de magma justo bajo la zona de despliegue de los invasores. La batalla por su destino había comenzado.
Ocultos tras las chozas orcas que salpicaban el terreno, los exploradores Asrai se dejaron ver. Con una precisión letal, sus flechas silbaron entre la densa humareda, mermando a la unidad Kuña Patanegra que intentaba avanzar rápidamente por el flanco derecho junto a Bruz Baner.

En el centro del tablero, el peligro era tan inminente como absurdo. Loz Komepiedraz marchaban con paso firme, completamente decididos a darse un banquete de alta cocina con la carne de los elfos. En un alarde de finura táctica Asrai, una unidad de dríades se posicionó estratégicamente en su flanco para intentar entorpecer su avance.

Sin embargo, el hambre de las bestias pudo más que cualquier distracción: ignorando la amenaza de las ramas de al lado, los trolls metieron la quinta marcha y se plantaron en las narices de las líneas Asrai en el segundo turno, listos para empezar a repartir mamporros.

Y justo cuando parecía que la tragedia estaba masticada, Albión obró su magia. Las emanaciones mágicas del volcán debieron de freírles la única neurona que compartían entre los cuatro. Sumidos en la más absoluta y maravillosa estupidez, los trolls se quedaron mirando al infinito, probablemente intentando recordar si se habían dejado el horno del campamento encendido o intentando atrapar las cenizas con la lengua. Tres turnos enteros se pasaron en ese estado vegetativo, congelando por completo su peligrosísimo avance y convirtiendo una carga letal en una adorable escena de contemplación mística. ¡Gracias, Gorko (o Morko), por vuestra infinita distracción!


Mientras tanto, la fase de magia prometía ser un auténtico espectáculo pirotécnico. Con las venas del cuello a punto de estallar y los ojos inyectados en sangre, El Zetaliano invocó la que debía ser su mayor obra: el devastador Pie de Gorko. El cielo se oscureció y una gigantesca extremidad verde de energía espectral comenzó a materializarse entre las nubes, lista para aplastar la resistencia Asrai.
Sin embargo, a Gorko (o tal vez a Morko) no le debió de gustar el tono de voz del chamán, y la caprichosa energía del dios orco decidió dar un giro de guión de los buenos, volviéndose directamente contra sus propias filas.

Un pisotón de proporciones bíblicas sacudió el suelo de Albión, levantando una nube de polvo y dejando un tremendo cráter impreso en mitad del ejército pielverde. Al disiparse el humo, se vio que la gigantesca planta del pie divino habia enganchado de lleno a Loz Komekabraz, aplastando a un pobre muchacho que pasaba por allí y dejándolo como una alfombra.
Pero lo mejor de la contienda estaba por llegar: el talón de Gorko le dio un impacto directo al mismísimo general orco. El golpe fue tan tremendo que le causó 4 heridas de una sola tacada. Cualquiera habría acabado hecho fosfatina, pero Ezkotillo Krujeztalianoz está hecho de otra pasta. Activando su talismán de protección, el tío se marcó una racha de salvaciones milagrosas, se sacudió el polvo de los hombros, se recolocó el casco y siguió bramando órdenes en su carro como si Gorko solo le hubiera dado una palmadita cariñosa en la espalda. ¡Aquí no ha pasado nada, muchachos, a seguir marchando!
Para que os hagáis una idea de la bonita ensalada de mamporros que estaba a punto de aliñarse, aquí podéis contemplar la llanura de Rocasangre a vista de pájaro, justo al término del primer turno.

EL SACRIFICIO DEL FLANCO IZQUIERDO
En el flanco izquierdo, la amenaza cobraba la forma de una pesadilla de carne viva y hambre insaciable: Fauces, el descomunal Garrapato Despachurrador, avanzaba como una mole rosa y deforme, arrastrando su descomunal peso y triturando el suelo con la fuerza devastadora de un terremoto.
Sabiendo que la colina enemiga estaba fuertemente pertrechada por la artillería orca, Aelindra envió a una unidad de dríades en una misión suicida, actuando como cebo para interponerse en el camino de la bestia y entretener a su insaciable apetito.

Fauces, que no destaca precisamente por sus modales en la mesa, se abalancó sobre las dríades y se las merendó salvajemente en un festín de astillas y clorofila.

Sin embargo, el sacrificio no fue en vano. Mientras el bicho estaba ocupado intentando limpiarse los paluegos de madera de la dentadura, Shira y una Hija del Bosque aprovecharon para infiltrarse entre las líneas enemigas. Como un auténtico torbellino asaltaron la colina por sorpresa y masacraron a los goblins de las dotaciones, silenciando para siempre las máquinas de guerra orcas.


LA CAIDA DEL MILENARIO
El Hombre Árbol se plantó en mitad de Rocasangre como si fuera el portero de una discoteca exclusiva, dispuesto a tragarse él solito toda la mala leche del Waaagh!

El Zetaliano, que no tenía ganas de ponerse a talar a mano, decidió que era mejor idea trolear al titán de madera: le lanzó el hechizo Picores Molestos un turno tras otro, dejando al pobre coloso rascándose la corteza y perdiendo los papeles (y la resistencia). Aunque le llovieron pedradas del lanzarocas, virotes de todos los tamaños y chispazos mágicos, el Hombre Arbol seguía aguantando el tipo gracias a su regeneración milagrosa, regenerando ramas como quien cura un resfriado.
Pero claro, la caída del coloso no iba a ser algo digno ni heroico; esto es Warhammer, y aquí manda la locura goblin. Desde la unidad de Loz Portamartilloz, El Zetaliano soltó las correas y liberó a los tres fanáticos. Las taradas criaturas, agarradas a unas bolas con cadenas más grandes que ellos mismos, empezaron a girar como peonzas directamente hacia el Milenario. El resultado fue una batidora de madera: una lluvia absurda de 17 impactos que convirtieron al gran protector de la isla en un montón de serrín y astillas para barbacoa. Eso sí, el karma goblin es implacable, y poco después, en un bellísimo acto de justicia poética, los tres fanáticos terminaron estampándose violentamente entre ellos, dejando el campo de batalla un poco más limpio y bastante más silencioso.

Mientras el caos se apoderaba de las líneas, el Druida forestal Asrai demostró por qué la muerte llega sin avisar desde la espesura. Fijó su mirada en El Zetaliano y, con una precisión quirúrgica, desató un letal ataque a distancia que infligió dos heridas graves al chamán justo cuando este soltaba a sus fanáticos.
Sin embargo, el astuto goblin reaccionó movido por el pánico: activó el poder de su anillo mágico para desatar una última bola de fuego. El devastador fogonazo impactó de lleno en las Centauri, aniquilando a casi toda la unidad y dejando a solo dos supervivientes en pie.

Acto seguido, y haciendo gala del más puro honor goblin, el chamán se dio la vuelta y corrió a esconderse como una comadreja detrás del bosque silvano, arropadito y a salvo entre los suyos.

LA JUSTICIA DEL MAESTRO SAOLIN
Con El Milenario reducido a astillas, Fauces se vino arriba y se abalanzó sin piedad sobre los arbóreos, usándolos como si fueran palillos de dientes y triturándolos uno a uno con sus inmensos colmillos.

Al ver que los Colosos de la Corteza estaban siendo convertidos en serrín a la velocidad del rayo, el Maestro Saolín se llenó de furia y cargó a toda velocidad hacia la retaguardia de la bestia, en un intento desesperado (y bastante optimista) de salvar lo que quedaba de la unidad.
Llegó tarde para salvar al último arbóreo que cayó por los impactos por carga, pero haciendo gala de sus katas de combate, el Maestro Saolín se deslizó por el suelo, se coló justo debajo de la descomunal criatura y, apuntando con precisión milimétrica, le clavó su lanza con toda la saña del mundo directamente por el trasero.
Fauces soltó un alarido agónico que se oyó en toda la isla, pero el karma de los dados es muy caprichoso: en su último espasmo de muerte, el gigantón rosa se desplomó hacia atrás. El impacto de semejante mole fue tan brutal que aplastó por completo al pobre Maestro Saolín como si fuera un mosquito contra el parabrisas, dejando aquel rincón de la llanura en un divertidísimo empate técnico de bajas.

EL BIYUDAMA DE AELINDRA
Ezkotillo Krujeztalianoz avanzaba imparable en su carro de jabalíes. Tras arrasar a un hijo del bosque y aniquilar por completo a la unidad de la Guardia Eterna, el infame caudillo se coló peligrosamente en la retaguardia Asrai.

Fue entonces cuando Aelindra, alzándose sobre el lomo del majestuoso Kyubi, invocó el poder arcano de Albión. Canalizando la energía de la isla, desató un devastador ataque a distancia (un auténtico Biyudama de poder místico) que impactó de lleno contra el carro del general orco, volándolo en pedazos y acabando con su tiranía.

Diezmados por las flechas Asrai, los jinetes Kuña Patanegra con Bruz Baner a la cabeza, consiguieron infiltrarse con éxito por el flanco derecho. Con el ímpetu salvaje que los caracteriza, se llevaron por delante a un pobre Hijo del Bosque.


Con el subidón de adrenalina, pusieron el ojo en su siguiente objetivo: los espíritus arbóreos.

Sin embargo, a la hora de hincar las espuelas, el aura de poder de Aelindra paralizó por completo sus verdes corazones. Las monturas clavaron las pezuñas, los orcos se miraron entre ellos con cara de póker y, paralizados por el miedo, fueron incapaces de declarar la carga.

El bajón anímico fue monumental, y los colosos de la corteza no desaprovecharon el momento de ridículo enemigo: con la contundencia de un bosque enfadado, fueron ellos los que cargaron y aniquilaron a la Kuña y al bueno de Bruz, mandando el estandarte de batalla directo al fango.

En el otro lado del frente, las Centauri supervivientes decidieron que era el momento de marcarse una jugada heroica. Con las lanzas en ristre, cargaron con todo a la retaguardia del bloque de Loz Komekabraz.

El impacto fue brutal y los obligó a retroceder, pero la fortuna en Albión es muy caprichosa.


Loz Komekabraz rebotaron hacia atrás de tal manera que terminaron en una posición perfecta para revolverse. El contraataque de la élite pielverde fue devastador, cobrándose la vida de todas las Centauri en una demostración de fuerza bruta.
Creyéndose completamente invencibles tras pasar a cuchillo a las Centauri, Loz Komekabraz se vinieron arriba y declararon la carga contra Aelindra, la general Asrai. El choque subsiguiente fue un auténtico torbellino sangriento de hachas melladas y garras de fuego espiritual.
Cuando el humo de la lava comenzó a disiparse, el escenario era desolador: rodeada por los cadáveres de la élite pielverde, solo dos orcos negros permanecían en pie sosteniendo su trapo roñoso ante la mirada flamígera del zorro de nueve colas. El tiempo se agotó y las hachas quedaron suspendidas en el aire.

El polvo de la batalla se asentó sobre Rocasangre dictando un empate de 1232pts frente a 1262pts, con ligera ventaja para los Asrai. La isla seguía en manos elfas, pero el precio había sido una locura: un Hombre Árbol convertido en astillas para barbacoa, una colina de artillería desmantelada por Syra, y un general pielverde evaporado por un Biyudama. Ezkotillo aprendió por las malas que en Albión, si molestas al zorro equivocado, te quedas sin carro, sin ejército y con solo dos muchachos vivos para contarlo.

Para terminar, os regalo la mejor instantánea que nos dejó la noche. Si ponéis el oído en la mesa justo en ese momento, se escucha perfectamente la mítica música de duelo de El bueno, el feo y el malo. El Hombre Árbol, el Kyubi y Ezkotillo.

