Go-Ern odiaba el calor.
El Gran Salón de los Hijos de Vargar apestaba a hidromiel rancia, a sudor agrio y a grasa de cerdo quemada. Pero, sobre todo, apestaba a desperdicio. Desde su rincón en las sombras, lejos del fuego central, Go-Ern observaba a su padre biológico reinar sobre el caos. Vargar era un trueno encarnado de músculo, un gigante que ahogaba su furia en barriles saqueados del sur y en los gritos de las esclavas imperiales. Para Vargar, el liderazgo era un alarido de carga y un hacha alzada.
Para Go-Ern, eso era ruido. Y el ruido era debilidad.

Veía a los guerreros de la tribu, letales y endurecidos por el Agogé, desperdiciando sus vidas en incursiones desordenadas, chocando como bestias ciegas contra los muros de escudos del Imperio por un puñado de monedas de cobre. Go-Ern afilaba su hacha de mano con movimientos rítmicos, metódicos. Mientras Vargar saqueaba, Go-Ern memorizaba las rutas de las patrullas sureñas. Vargar era el invierno desatado; Go-Ern pretendía ser el glaciar que lo aplastara todo. Lento. Inevitable. Silencioso.
La Prueba de Skoll se cernía sobre los aspirantes. El aire en el salón era espeso. Vargar se puso en pie, tambaleándose ligeramente, y estrelló su cuerno vacío contra el cráneo de un troll que adornaba su trono.
—¡Cachorros! —bramó Vargar, y la saliva voló de sus labios—. ¡Traedme carne! ¡Traedme pieles que me calienten en la noche, o no os molestéis en volver!.
Los otros jóvenes aspirantes aullaron, ebrios de promesas, y salieron en tropel hacia los bosques del valle, buscando la gloria fácil de un lobo Fenrir joven o la estupidez de un Troll de Hielo.
Go-Ern no aulló. Salió al exterior, y el viento helado le golpeó el rostro como una bofetada de realidad. El frío era puro, era silencio… era disciplina. No miró hacia los valles. Giró sobre sus talones de cuero y miró hacia el norte, hacia los Picos Prohibidos, donde la tormenta era una entidad viva y rabiosa.

Cada paso en la nieve profunda era un clavo al rojo vivo en sus pulmones.
Llevaba tres semanas escalando. El aire era tan fino en las cumbres que apenas alimentaba la sangre. Sus labios estaban agrietados, sangrando con cada respiración, y el hambre era una bestia acorralada que le roía las paredes del estómago. La escarcha le había soldado las pestañas, pero Go-Ern no se detuvo. El dolor físico era simplemente información; le decía que seguía vivo, y que estaba más alto que cualquier otro aspirante en la historia de la tribu.
Los Vientos del Caos comenzaron a aullar con el coro de mil voces dementes susurrando promesas de poder. El cielo se cerró, convirtiéndose en un hematoma de nubes púrpuras.
Un olor impregnó sus fosas nasales. Un hedor asfixiante a ozono, a cobre quemado y a piedra triturada. Y entonces lo vio.
En el corazón de la tormenta, en un pináculo de roca de obsidiana, estaba su presa.
Era un ser antiguo. Una criatura de la era anterior a los hombres. Una raza inmortal que, ante los ojos humanos, se alzaba como un dios de la destrucción. Un Shaggoth.
Sus cuartos traseros pertenecían a un reptil del tamaño de un Drakkar; su torso era una pesadilla de músculos, placas de granito y cicatrices. Se alzaba sobre sus patas traseras, bebiendo los relámpagos y rugiendo en éxtasis mientras el Caos lo alimentaba.
Go-Ern sintió el pánico. Un pánico frío y primitivo que le paralizó las rodillas y amenazó con vaciarle los esfínteres. Era la reacción natural de una presa ante un depredador. Tragó saliva, saboreando la bilis y la sangre de sus propios labios, y forzó a sus piernas a moverse.
Esto le daría la Manada. Esto silenciaría el ruido de Vargar para siempre.
Cargó.

Fue un error de cálculo absoluto y grotesco.
Go-Ern reunió toda su velocidad, saltó desde una arista de hielo y descargó su hacha contra la escama expuesta en el muslo del monstruo.
¡CLANG!
La vibración del impacto le destrozó los tendones de la muñeca. El hacha rebotó como si hubiera golpeado un yunque divino. El Shaggoth bajó la mirada, sus ojos rebosantes de electricidad líquida enfocaron al humano con la molestia de quien aparta a un insecto de su comida.
Un simple revés casual de sus garras conectó con Go-Ern.
El mundo se volvió una mancha borrosa de aceleración y agonía. Go-Ern voló por los aires y se estrelló de espaldas contra un muro de hielo negro. Escuchó, antes de sentirlo, el crack sordo y húmedo de sus propias costillas estallando hacia adentro.
Cayó a la nieve como un muñeco de trapo. El aire abandonó sus pulmones. Intentó respirar y un dolor cegador le atravesó el flanco izquierdo. Estaba ahogándose en su propia sangre. Un pulmón perforado. Su brazo derecho colgaba inútil, fuera de su cavidad. Su hacha había desaparecido en la ventisca.
La bestia se acercó lentamente. La nieve se derretía bajo su peso, convirtiéndose en lodo hirviente. El Shaggoth abrió sus fauces, y el aire crujió con la presión del rayo que se estaba gestando en su garganta.
Go-Ern miró a la muerte a los ojos. Había sido un arrogante. Su astucia, su cálculo, su desprecio por la brutalidad de su padre… todo terminaba aquí. Sería vaporizado en la cima del mundo, una mancha de carbón en la roca que nadie encontraría jamás.
No.
La palabra no se formó en su mente racional. Brotó desde la médula.
No… ¡NO!

Si el hombre no era suficiente, si la disciplina y el acero se rompían, entonces usaría la Maldición. Siempre había reprimido la bestia que hervía en su genética, temiendo convertirse en el animal balbuceante que era su padre cuando perdía el control. Pero ahora, la bestia era la única salida.
Llamó a la Sangre de Vargar. Y la sangre, hambrienta, respondió.
El coste fue atroz. La transformación fue una mutilación fisiológica de la que él era víctima y verdugo. Su mandíbula se desencajó con un chasquido nauseabundo, su cráneo se alargó rasgando la piel de su propio rostro. Las costillas rotas se recolocaron a la fuerza, perforando músculo para soldarse con cartílago nuevo en fracciones de segundo. El dolor físico fue eclipsado por el terror psicológico: la Furia Bestial era un parásito que intentaba borrar al «Go-Ern» calculador para dejar solo al «Varg«, un monstruo de hambre y rabia sin mente. Go-Ern tuvo que clavar su voluntad en el dolor para no perderse en la oscuridad.
Un aullido desgarró la tormenta, un sonido tan inhumano y preñado de odio que el Shaggoth detuvo su ataque.
El Varg-Alfa se levantó. Una mole de pelaje negro, músculos hipertrofiados y baba ácida, alzándose hasta igualar el torso del monstruo.
El Devorador de Tormentas rugió, reconociendo a otro depredador. La batalla se reanudó.
El Shaggoth lanzó un zarpazo; Go-Ern no intentó bloquearlo. Se lanzó hacia adelante, dejando que las garras le arrancaran la piel del hombro derecho hasta el hueso, usándolo como precio de entrada para su propio ataque. Se aferró al pecho escamoso de la bestia de las tormentas. El monstruo bramó, soltando una descarga eléctrica que frió el pelaje de Go-Ern y quemó la carne bajo él, pero el Varg no sentía dolor, solo el imperativo biológico de matar.
Go-Ern hundió sus propias garras de hierro en las grietas entre las placas de granito del Shaggoth. Escaló por el cuerpo de la bestia como si fuera una montaña de carne, mientras el monstruo lo golpeaba contra las rocas una y otra vez. Cuatro costillas más crujieron. Su ojo izquierdo se llenó de su propia sangre.
Alcanzó la garganta de la criatura. Las escamas allí eran más delgadas, pulsando con la sangre y los relámpagos. Go-Ern abrió sus bestiales fauces, desquiciando su mandíbula, y mordió.
Sus dientes atravesaron la carne, cerrándose sobre la tráquea y la vena principal. La sangre del Shaggoth le llenó la boca. Le quemó la garganta y las entrañas, pero Go-Ern tragó la agonía, ancló sus garras en los hombros de la inmensa bestia y, con toda la fuerza sobrenatural de su línea de sangre corrompida, tiró.
Un trueno sordo y un crujido de cartílago silenciaron la ventisca.
Go-Ern arrancó un bloque de carne, escamas y la mitad del cuello del Shaggoth. La bestia emitió un gorgoteo ahogado, una lluvia de sangre eléctrica y chispas tiñó la nieve de carmesí, y se desplomó como una torre derrumbada.

En su estado de Varg, Go-Ern no se detuvo. Impulsado por un hambre atávica se arrojó sobre la garganta abierta del coloso. Devoró trozos de carne cruda y electrizada, absorbiendo la esencia pura y caótica de la bestia para evitar que su propio cuerpo, destrozado por el esfuerzo y el castigo, colapsara.
Horas más tarde, cuando la Furia Bestial comenzó a retroceder, el castigo biológico llegó.
Go-Ern colapsó de rodillas en la nieve. La vuelta a su forma humana fue un segundo infierno. Sentía cada hueso astillado, la quemadura química en sus entrañas y el frío paralizante de la montaña reclamando su temperatura corporal. Vomitó bilis y sangre negra. Permaneció allí, tiritando al borde de la hipotermia, procesando el trauma físico y el hecho irreversible de que la bestia habitaba en él, y era más fuerte que su razón.
Con manos temblorosas y usando tendones del propio monstruo como cuerdas, ató el cuello de la cabeza decapitada y comenzó el descenso.
Fue una pesadilla de tres días. Tres días de arrastrar carne muerta por acantilados y hielo resbaladizo, sosteniéndose apenas con la nieve derretida y la obstinación de no morir en la oscuridad.
Cuando finalmente arrastró su trofeo hasta el linde del campamento de la tribu, no quedaba nada del guerrero altivo que había partido. Estaba cubierto de una costra de sangre seca, negra y marrón. Caminaba encorvado, arrastrando una pierna, con los labios rotos y la mirada hueca de un superviviente de una masacre.

El campamento enmudeció. Los aspirantes que habían traído sus miserables pieles de troll retrocedieron instintivamente.
Go-Ern dejó caer los tendones de sus manos despellejadas. La colosal cabeza del Devorador de Tormentas rodó por el barro helado hasta detenerse exactamente a los pies del trono de Vargar. El Jarl se puso en pie. El cuerno de hidromiel se escurrió de sus dedos, derramándose el alcohol.
Vargar miró la cabeza del dios-monstruo. Luego, miró al guiñapo sangriento que era su hijo. Detrás de los huesos mal soldados y la suciedad, Vargar vio el fuego amarillo y letal del Don que aún parpadeaba en las pupilas de Go-Ern. Una furia forjada.
No dijo nada. Se acercó y, por primera vez, no vio a un cachorro astuto. Vio a un lobo que había matado a un dragón. Sintió un latigazo en la memoria, un terror antiguo que lo encogió por dentro. Vio al fantasma de su propio padre, Tanath, renacido en la carne y en la voluntad de aquel muchacho herido. Esa calma imposible después de la carnicería… era la disciplina que él había perdido.
El viejo lobo rió. Una risa llena de orgullo y un inmenso alivio. Agarró su hacha, dio un paso adelante y, con un grito, la hundió profundamente en el cráneo petrificado del Shaggoth. Haciendo palanca, el hueso cedió. Vargar arrancó un colmillo del tamaño del fémur de un hombre adulto.
Caminó hacia Go-Ern, que tuvo que hincar una rodilla para no desplomarse. Vargar se quitó su propia capa de piel de oso y la dejó caer sobre los hombros destrozados de su hijo. Con un trozo de cuero ensangrentado, ató el colmillo al cuello de Go-Ern.
Vargar agarró la muñeca sana de Go-Ern y alzó su brazo al cielo gris, forzando a la tribu a mirar.
—¡Escuchadme, Ullfang! —rugió Vargar, y por primera vez en años, su voz no sonaba a vino, sino a montaña—. ¡Yo soy la Tormenta! ¡Yo soy el trueno ciego y el ruido inútil! —Giró el rostro hacia su hijo, y hubo un extraño alivio en sus ojos—. ¡Pero él… él es el Acero! ¡Es la Furia Forjada! ¡Es el Alfa que yo fracasé en ser!
Vargar soltó su brazo.
—¡La Manada es tuya! ¡Padre de la Manada!
El Jarl no esperó a la celebración. Se dio media vuelta y abandonó el círculo. Vargar, El Incursor, se alejó hacia la nieve, exiliándose a sí mismo para ser la bestia solitaria que siempre debió ser.
Go-Ern no lo vio partir. Su visión se oscurecía. Arrastrando los pies, subió los peldaños de piedra hasta el trono, un asiento frío que apestaba a fracaso pasado. Se dejó caer sobre la madera tallada, sintiendo el peso aplastante del colmillo en su pecho y la sed de sangre que, en lo profundo de sus venas, ya no dormía.
La era del ruido había terminado. El reinado de los Ullfang, silencioso, crudo y letal, había comenzado.

