Capítulo 3: Go-Ern. La Sombra de La Tormenta

Go-Ern odiaba el calor.

El Gran Salón de los Hijos de Vargar apestaba a hidromiel rancia, y a grasa de cerdo quemada. Pero, por encima de todo, apestaba a desperdicio. Desde las sombras, lejos de las brasas, Go-Ern observaba a su progenitor reinar sobre aquel vertedero. Vargar era un trueno encarnado que ahogaba su furia en barriles saqueados del sur y en los gritos de esclavas imperiales. Para él, gobernar era levantar un hacha y rugir.

Para Go-Ern, eso era ruido. Y el ruido era debilidad.

Veía a los guerreros de la tribu, endurecidos por el Agogé, desperdiciando sus vidas en incursiones desordenadas, chocando como bestias ciegas contra los muros de escudos del Imperio por un puñado de monedas de cobre. Go-Ern afilaba su hacha con movimientos rítmicos, metódicos. Mientras Vargar saqueaba, Go-Ern memorizaba las rutas de las patrullas sureñas. Vargar era el invierno desatado; Go-Ern pretendía ser el glaciar que lo aplastara todo. Lento. Inevitable. Silencioso.

La Prueba de Skoll se cernía sobre los aspirantes. Vargar, tambaleándose sobre el peso de su propia leyenda, estrelló el cuerno contra un cráneo de troll.

—¡Cachorros! —bramó, escupiendo saliva—. ¡Traedme carne! ¡Traedme pieles que me abriguen en la noche, o no regreséis!

Los idiotas aullaron, sedientos de una gloria fácil, corriendo a la espesura a cazar bestias menores. Go-Ern no aulló. Salió a la intemperie, y el viento le cortó el rostro con la dureza del cristal. El frío era puro, era silencio… era disciplina. Giró sobre sus talones y miró al norte, hacia los Picos Prohibidos, donde la tormenta era una bestia rabiosa.

Cada paso en la nieve era un clavo al rojo vivo en sus pulmones

Fueron tres semanas escalando el abismo. Sus labios, agrietados, sangraban con cada respiración, y el hambre era una bestia acorralada que le roía las paredes del estómago. La escarcha le había soldado las pestañas, pero Go-Ern no se detuvo. El dolor físico era información; le decía que seguía vivo, y que estaba más alto que cualquier otro aspirante en la historia de la tribu.

Los Vientos del Caos comenzaron a aullar con el coro de mil voces dementes susurrando promesas de poder. El cielo se cerró, convirtiéndose en un hematoma de nubes púrpura.

Un olor impregnó sus fosas nasales. Un hedor asfixiante a ozono y a piedra triturada.

Y entonces lo vio.

En el corazón de la tormenta, sobre un pináculo de roca, aguardaba su presa.

Un Shaggoth. Una deidad de la destrucción anterior a los hombres. Una pesadilla inmensa de músculo y granito que se bebía los relámpagos con deleite.

El pánico se apoderó de Go-Ern, paralizando sus rodillas, y amenazando con vaciarle los esfínteres. Era la reacción natural de una presa frente a su depredador. Tragó saliva, saboreando la bilis y la sangre de sus propios labios, y forzó a sus piernas a moverse. Esa cabeza le entregaría la Manada. Eso silenciaría a Vargar para siempre.

Cargó.

Reunió toda su velocidad, saltó desde una arista de hielo y descargó su hacha contra la escama expuesta en el muslo del monstruo.

La vibración del impacto le destrozó los tendones de la muñeca. El hacha rebotó, como si hubiera golpeado un yunque divino. El Shaggoth bajó la mirada con ojos rebosantes de electricidad, observándolo con el desdén que se le reserva a un insecto.

Un simple revés casual de sus garras conectó con Go-Ern.

El mundo se volvió una mancha borrosa de aceleración y agonía. Voló por los aires y se estrelló de espaldas contra un muro de hielo negro. Escuchó, antes de sentirlo, sus propias costillas reventar hacia adentro.

Cayó a la nieve como un muñeco de trapo. El aire, abandonó sus pulmones. Intentó respirar pero un dolor cegador le atravesó el flanco izquierdo. Se ahogaba en su propia sangre. Un pulmón perforado. El brazo derecho, colgando inútil.

La bestia se acercó lentamente. La nieve se derretía bajo su peso, convirtiéndose en lodo hirviente. Abrió sus fauces, y el aire crujió con la presión del rayo que se estaba gestando en su garganta.

Go-Ern miró a la muerte a los ojos. Había sido un arrogante. Su astucia, su cálculo, su desprecio por la brutalidad de su padre… todo terminaba aquí. Sería vaporizado en la cima del mundo, una mancha de carbón en la roca que nadie encontraría jamás.

No.

La negación no fue un pensamiento racional; brotó como un imperativo desde la médula.

No… ¡NO!

Si la disciplina y el acero se quebraban, soltaría las cadenas. Invocó la Maldición. Siempre había reprimido la bestia que hervía en su genética, temiendo convertirse en el animal balbuceante que era su padre cuando perdía el control. Pero ahora, la bestia era la única salida.

Llamó a la Sangre de Vargar. Y la sangre, hambrienta, respondió.

La transformación fue una mutilación fisiológica de la que él era víctima y verdugo. Su mandíbula se desencajó rasgando la carne de su rostro. Las costillas rotas se recolocaron a la fuerza, perforando músculo para soldarse con cartílago nuevo en fracciones de segundo. El dolor físico fue eclipsado por el terror psicológico: la “Maldición” era un parásito que intentaba borrar al «Go-Ern» calculador para dejar solo al «Varg«: un monstruo de hambre y rabia sin mente. Go-Ern tuvo que clavar su voluntad en el dolor para no perderse en la oscuridad.

Un aullido desgarró el cielo. El Varg-Alfa se levantó de la nieve, una mole de pelaje oscuro y músculos hipertrofiados que igualaba al monstruo en brutalidad. El devorador de tormentas rugió, reconociendo a otro depredador. La batalla se reanudó.

El choque hizo temblar la montaña. El Shaggoth lanzó un zarpazo y Go-Ern no intentó evitarlo. Dejó que le arrancara la piel del hombro hasta el hueso, usándolo como precio de sangre para aferrarse al pecho de la bestia. El monstruo soltó una descarga que quemó el aire y frió el pelaje del Varg, pero Go-Ern ya no sentía dolor, solo el imperativo brutal de matar. Trepó por la montaña de escamas hundiendo sus garras de hierro, mientras el coloso lo aplastaba contra la roca. Tragó su propia sangre.

Alcanzó la garganta de la criatura, desquició las fauces y mordió.

Sus dientes atravesaron la carne, cerrándose sobre la tráquea y la vena principal. La sangre del Shaggoth le llenó la boca. Le quemó la garganta y las entrañas, pero Go-Ern tragó la agonía, ancló sus garras en los hombros de la inmensa bestia y, con toda la fuerza antinatural de su estirpe maldita, tiró.

El cartílago cedió con un chasquido nauseabundo. Arrancó carne, escamas y la mitad del cuello. El coloso emitió un gorgoteo ahogado y se derrumbó como una torre de asedio, tiñendo el glaciar con sangre eléctrica.

Impulsado por un hambre atávica se arrojó sobre la garganta abierta del coloso. Devoró trozos de carne cruda y electrizada, absorbiendo la esencia pura y caótica de la bestia para evitar que su propio cuerpo, destrozado por el esfuerzo y el castigo, colapsara.

Horas más tarde, cuando la furia retrocedió, volver a la forma humana fue descender a un segundo infierno. Vomitó bilis negra, cayendo de rodillas en la nieve, procesando el trauma físico y el hecho irreversible de que la bestia se quedaría en él para siempre, más fuerte que su razón. Usando tendones del propio monstruo a modo de cuerda, ató aquella cabeza inmensa y empezó a bajar. Fueron tres días de pesadilla arrastrando carne muerta por acantilados de hielo, manteniéndose vivo  a base de nieve sucia y pura testarudez.

Cuando finalmente arrastró su trofeo hasta el linde del campamento de la tribu, no quedaba nada del guerrero altivo que había partido. Estaba cubierto de una costra de sangre seca, negra y marrón. Caminaba encorvado, arrastrando una pierna, con los labios rotos y la mirada hueca de un superviviente de una masacre.

El campamento enmudeció. Los aspirantes que habían traído sus miserables pieles de troll retrocedieron instintivamente.

Go-Ern dejó caer los tendones. La cabeza del dios-monstruo rodó por el barro hasta detenerse exactamente a los pies de Vargar. El Jarl se puso en pie y soltó su cuerno, derramando el alcohol. Miró la cabeza, y luego al guiñapo que era su hijo. Detrás de la mugre y los huesos rotos, Vargar vio el fuego amarillo y letal del Don que aún parpadeaba en las pupilas de Go-Ern.

No dijo nada. Se acercó y, por primera vez, no vio a un cachorro astuto. Vio a un lobo que había cazado a un dragón. Sintió un latigazo en la memoria, un terror antiguo que lo encogió por dentro. Vio al fantasma de su propio padre, Tanath, renacido en la carne y en la voluntad de aquel muchacho herido. Esa calma imposible después de la carnicería… era la disciplina que él había perdido.

El viejo lobo soltó una carcajada ronca. Una risa llena de orgullo y un inmenso alivio. Hundió su hacha en el cráneo petrificado del monstruo y le arrancó un colmillo del tamaño de un fémur. Caminó hacia Go-Ern, que tuvo que hincar una rodilla para no desplomarse. Vargar se quitó su propia capa de piel de oso y la dejó caer sobre los hombros destrozados de su hijo. Con un trozo de cuero ensangrentado, ató el colmillo al cuello de Go-Ern..

Vargar agarró la muñeca sana de Go-Ern y alzó su brazo al cielo, forzando a la tribu a mirar.

—¡Escuchadme, Ullfang! —rugió Vargar, y por primera vez en años, su voz no sonaba a vino, sino a montaña—. ¡Yo soy la Tormenta! ¡Yo soy el trueno ciego y el ruido inútil! —Giró el rostro hacia su hijo, y hubo un extraño alivio en sus ojos—. ¡Pero él… él es el Acero! ¡Es la Furia Forjada! ¡Es el Alfa que yo fracasé en ser!

Vargar le soltó el brazo.

—¡La Manada es tuya! ¡Padre de la Manada!

No esperó a que nadie hablara. Vargar El Incursor se dio media vuelta y caminó hacia la ventisca, exiliándose hacia el final solitario que siempre le había estado esperando. Go-Ern no lo vio desaparecer. Arrastró los pies hacia el trono helado y se dejó caer. Sintió el peso aplastante del colmillo en el pecho y la bestia palpitando, ya despierta para siempre, bajo su piel.

La era del ruido había acabado. El reinado de los Ullfang, silencioso, crudo y letal, había comenzado.

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