Haldor «El Aspirante» vs El Príncipe de Nehekara

El sol de Nehekara caía sobre las dunas como un mazo de fragua.

Haldor ajustó las riendas con sus guanteletes de bronce, sintiendo cómo el metal al rojo vivo le cocía la piel a través del cuero.

Su montura resopló una nube de vapor sulfuroso que no hizo absolutamente nada por aliviar el calor. Toda su hueste vestía los colores sagrados de Khorne, lo que en aquel maldito desierto equivalía a marchar dentro de un horno hecho a medida.

Cráneos milenarios. Huesos secos llenos de polvo . Haldor escupió una flema espesa en la arena. Como si al Dios de la Sangre le importara un carajo la hidratación de sus ofrendas.

Pero los caprichos de los poderes ruinosos no se discutían. Para ascender, para dejar de ser un simple Aspirante y ganarse el derecho a liderar hordas de verdad, a Haldor se le había encomendado una tarea. Recolectar cabezas de príncipes y reyes funerarios.

Las tormentas habían barrido las dunas revelando templos y monolitos enjoyados, un imán perfecto para atraer a muchos saqueadores. Haldor, sin embargo, no venía a robar.

En la vanguardia, sus Jinetes batían el terreno flanqueados por manadas de Mastines.

En el centro, sus Guerreros se arrastraban sin quejarse, pero él sabía que el calor les estaba friendo el cerebro dentro de sus yelmos.

En el flanco derecho, los dos Ogros Dragón jadeaban con una furia miserable. Nacidos de la tormenta y el hielo, cada paso que daban en este secarral era una agonía interminable.

A su lado, la masa de músculos, escamas y garras de Scylla Anfingrimm babeaba ácido sobre la arena.

Un cuerno sonó en la distancia. Los Jinetes se habían detenido frente a las ruinas de un inmenso monolito plagado de jeroglíficos.

Haldor espoleó a su montura y trotó hasta la reliquia. Era una pieza majestuosa, incalculablemente antigua. Levantó su hacha y señaló la piedra.

Los Ogros Dragón cargaron, descargando sus armas contra la sagrada roca. El estruendo de la piedra haciéndose añicos fue ensordecedor. Un acto de vandalismo carente de toda gracia.

Haldor sonrió bajo su casco al sentir que el suelo comenzaba a vibrar. La arena frente a ellos se removió, deslizándose como agua mientras figuras vendadas emergían de sus tumbas. Por fin los anfitriones se dignaban a darles la bienvenida.

—Cortadles la cabeza a estos sacos de polvo —gruñó, alzando el arma—. Al príncipe dejádmelo a mi.



HUESTE DE HALDOR (600p)

101 – Haldor: Aspirante a Campeón, Mangual, Escudo, Marca de Khorne, General, Corcel del Caos

70 – 5 Bárbaro del Caos a caballo, Mangual, Marchadores

75 – 5 Guerreros del Caos, Marca de Khorne

35 – 5 Mastines del Caos, Vanguardia (5 pts/unidad)

35 – 5 Mastines del Caos, Vanguardia (5 pts/unidad)

139 – 2 Ogros Dragón, Armadura Pesada, Arma a Dos Manos, Shartak

145 – Scylla Anfingrimm (Engendro Gigante del Caos)

HUESTE DEL PRINCIPE (600p)

Tomb Prince [116 pts]: (Great weapon, Light armour, Shield, General, On foot, Armour of Meteoric Iron)

Mortuary Priest [85 pts]: (Hand weapon, Hechicero [Level 2 Wizard], The Hierophant, On foot, Necromancy)

20 Skeleton Warriors [110 pts]: (Hand weapons, Light armour, Shields, Master of Arms (champion), Standard bearer)

1 Skeleton Chariots [41 pts]: (Hand weapons, Cavalry spears, Warbows, 4+)

16 Tom Guard [178 pts]: (Hand weapons, Light armour, Shields, Tomb Captain (champion), Standard bearer, Musician)

Tomb Scorpion [70 pts]: (Decapitating claws, Envenomed sting, Heavy armour (Bone carapace))


Los muertos se movieron primero.

El sol de Nehekara aplastaba el desierto, cociendo la sangre bajo las armaduras de la hueste de Khorne. A las falanges de Khemri el clima les resultaba indiferente. El Sacerdote Funerario alzó su báculo y el aire tembló. Una horda de espíritus malévolos brotó de las dunas, lanzando zarpazos espectrales que se deslizaron bajo las escamas de Scylla Anfingrimm para desgarrarle la carne. En el flanco derecho, una flecha solitaria de un carro esquelético atravesó el cráneo de un mastín, frenando en seco a la jauría reduciendo la masa necesaria para profanar el monolito que tenían delante.

Haldor ignoró las bajas y espoleó a su montura. Un gigantesco Escorpión de la Tumba irrumpió del subsuelo, destrozando la moral de los Rastreadores de Ceniza, que rompieron la formación tragando polvo.

El calor abrasador agrietaba los labios de Haldor, pero la mirada del Dios de la Sangre (+1A) inyectó en él una furia homicida. Cargó junto a Scylla. Su mangual trazó un arco implacable y reventó el caparazón del escorpión en un solo impacto demoledor.

Embriagado por la matanza, Haldor cometió el error de creerse invencible. La euforia lo arrastró demasiado lejos entre las ruinas, directo a la línea de visión del Sacerdote Funerario.

El hechicero marchito repitió el cántico. Los espíritus inquietos se arremolinaron alrededor del Aspirante. Sus gruesas placas de armadura de acero resultaron completamente inútiles frente a la magia; las garras espectrales se deslizaron limpiamente bajo el metal, desgarrando la carne de Haldor desde el interior y destrozando sus órganos. Se desplomó de la silla sin emitir un solo grito, muerto antes de tocar la arena, convertido en un cadáver mutilado por dentro bajo una coraza externa intacta. Fin de la ambición.

A Scylla le importó muy poco la muerte de su amo. El Príncipe Funerario cargó contra el engendro escoltado por la Guardia del Sepulcro. Fue como intentar talar una montaña con cuchillos de mantequilla. Scylla respondió triturando huesos y desmembrando a la guardia de élite, mientras los Rastreadores de Ceniza recuperaban la cordura y se estrellaban contra el enemigo dando apoyo.

La falange se desmoronó. Scylla agarró al Príncipe Funerario y lo partió en dos, reclamando su cráneo como quien arranca una manzana madura de un árbol.

En el centro, los mastines supervivientes arrancaron los tesoros de su pedestal.

Su recompensa fue la Maldición de los Años. La magia antigua marchitó sus cuerpos en segundos, dejándolos vulnerables hasta que las garras espectrales de los espíritus inquietos terminaron el trabajo, desgarrando la carne marchita de los perros para acabar con su agonía.

El desastre logístico se consumó en el flanco derecho. Los dos Ogros Dragón pasaron turnos castigando un obelisco sagrado a mazazos.

Deshidratados y asfixiados, acabaron arrollados por una inmensa falange de Guerreros Esqueleto. La destreza marcial importó poco frente al peso de docenas de cuerpos descarnados aferrándose a sus escamas. Exhaustos, los colosos inmortales rompieron filas y fueron cazados en la huida.

Aprovechando el caos, el carro solitario acosó a los Rastreadores de Ceniza por la retaguardia hasta expulsarlos definitivamente del campo de batalla. Envalentonado, el auriga lanzó su vehículo contra la infantería pesada de Khorne. Los Guerreros del Caos, impasibles, levantaron sus hachas y convirtieron el carro y a sus tripulantes en astillas.

Fue entonces cuando aparecieron las máscaras de oro macizo.

Llevar semejante peso bajo el sol de Nehekara es una tortura que solo un hombre encadenado a un juramento ancestral estaría dispuesto a soportar. Zárek y sus mercenarios del desierto cargaban con un estúpido deber militar, firmado hace siglos en el pesado pergamino que aún arrastraban consigo: velar el letargo del Príncipe Funerario. Pero decenas de generaciones tragando arena pudren cualquier sentido del honor, transformando la lealtad en un rencor hirviente.

Al ver al Príncipe convertido en polvo bajo las garras de la bestia de Khorne, Zárek vio su oportunidad de romper el contrato. Irrumpieron en el campo de batalla, empuñando sus cimitarras contra las falanges esqueléticas que acababan de aplastar a los Ogros Dragón, con la catártica intención de quemar el maldito pergamino y ser libres por fin.

Sin embargo, tras los primeros cruces de acero contra hueso muerto, Zárek comprendió una lección vital. Luchar contra un muro incansable a cuarenta grados era un pésimo negocio. Los mercenarios dieron un paso atrás, rompieron filas y huyeron despavoridos. Hay que ser realista: la libertad no vale una muerte miserable en la arena.

El campo de batalla quedó en silencio, roto solo por los gruñidos de Scylla. El escurridizo Sacerdote Funerario jugó al ratón y al gato entre los pilares de piedra, evadiendo a la mole de músculos con cobarde agilidad hasta desaparecer en las dunas.

Los pesados Guerreros del Khorne se sacudieron el polvo. Ninguno le dedicó una segunda mirada al cuerpo de Haldor. Uno de los guerreros se agachó para recoger las gruesas cadenas de bronce y atárselas de nuevo al collar de Scylla.; otro aseguró el cráneo de la realeza nehekariana.

Dieron media vuelta, emprendiendo la larga marcha de regreso al norte. Erlock el Tuerto había conseguido su trofeo, su mascota había estirado las piernas y el molesto Aspirante Haldor se había quedado exactamente donde merecía: pudriéndose en la miseria del desierto. Un plan perfecto.

Resultado: 650p (Khorne) – 515 (Khemri)

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