La Deuda de Muerdehachas vs Los Morlakoz de Durkit

PRÓLOGO

El humo se disipó sobre la colina. Los Rastreadores de la disformidad, los Huérfanos de Kislev y los Agraviados de Karaz-a-Karak bajaron la mirada hacia el cráter vacío, listos para entonar el cántico fúnebre por un Matademonios que, al fin, parecía haber encontrado su glorioso y ardiente final.

El solemne y emotivo momento fue arruinado por un sonoro escupitajo de barro a treinta pasos de allí.

Bragi Muerdehachas se alzó a duras penas del fondo de una pestilente zanja. El fuego brujo no lo había desintegrado; solo lo había sacado volando por los aires. Su orgullosa cresta naranja era ahora un rastrojo de cerdas chamuscadas, no le quedaban cejas y estaba cubierto de hollín de pies a cabeza, pero seguía apretando su hacha a dos manos. La hueste enana dejó escapar un suspiro de decepción colectiva; su general seguía vivo y la deuda seguía sin cobrarse.

Reagrupados y con un cabreo monumental, reemprendieron la marcha hacia el norte, adentrándose en los vientos cortantes del Territorio Troll. El clima de la estepa desolada golpeaba sin piedad, un castigo humillante para un enano en taparrabos y sin pelo que le abrigara las ideas.

Fue entonces cuando el hedor a jabalí rancio y estiércol les calentó la sangre.

LA BATALLA

Una marea de músculo verde y hierro despuntó en el horizonte: Loz Morlakoz. Al frente de la banda marchaba Durkit, un Orco Negro que medía el valor de cualquier criatura basándose estrictamente en su tamaño.

El caudillo oteó el horizonte y se topó con la línea de matadores. Desde su altura, ver a un enano ennegrecido, calvo y tiritando de frío al frente de una banda de barbudos despeinados solo significaba una cosa: «kanijoz».

Durkit soltó una carcajada gutural que hizo temblar la tundra. Sin molestarse siquiera en desenvainar, le dio un empujón a Chepi, el enorme troll jorobado que babeaba a su lado, señalando a Bragi como si fuera un simple aperitivo para que su mascota se lo tragara de un bocado.

Bragi se crujió el cuello y escupió un diente flojo en la nieve. Le habían reventado con magia ratera, le habían quemado la barba y se estaba congelando los pies. Que un pielverde sobredimensionado lo considerara la merienda de su perro era exactamente el tipo de insulto que necesitaba para entrar en calor.

El cielo del Territorio Troll parecía compartir el cabreo de los enanos. Un aguacero torrencial se desplomó sobre la estepa, convirtiendo la tierra helada en un lodazal espeso que volvía cada paso una tortura y anulaba cualquier intento de cargar con agilidad.

Sin esperar a que los pielesverdes se organizaran, la hueste enana chapoteó a través del barro. Ignorando el peso del agua, tomaron la iniciativa y se atrincheraron alrededor del viejo monolito de piedra en el centro del campo. Iba a ser su tumba, o la de los orcos.

En el flanco izquierdo, la gloriosa brutalidad de los Morlakoz se desmoronó en una comedia de errores. Los Agraviados avanzaron para asegurar el terreno, topándose de frente con la infantería de élite orca, la estruendosa vagoneta snotling y El Chepi.

La carga orca fue un desastre. La vagoneta snotling se estrelló contra el muro de músculos enanos y se hizo astillas en cuestión de segundos. Al ver a la chusma snotling siendo triturada, El Chepi demostró que su cobardía era aún mayor que su joroba. Dio media vuelta y echó a correr patéticamente.

Los Agraviados de Karaz-a-Karak no tuvieron piedad. Persiguieron al troll por el lodazal y lo hicieron picadillo antes de girarse hacia los Orcos Negros. La élite de Durkit fue masacrada sin miramientos; solo dos desdichados pielesverdes lograron sobrevivir, huyendo del campo de batalla con el orgullo hecho pedazos.

Pero la verdadera épica, la sangre que los dioses de la guerra exigían, se derramó en el flanco derecho.

Los Rastreadores de la Disformidad, con Bragi a la cabeza, se prepararon para el impacto. La caballería de jabalíes y el mismísimo Durkit cayeron sobre ellos como un alud de colmillos y hierro oxidado.

La carga de Loz Morlakoz hizo temblar el fango. Fiel a su estricta regla de medirse siempre con lo más grande y duro que tuviera enfrente, el inmenso Orco Negro había fijado sus ojos en el líder de la hueste enana y cargó directo hacia él, bramando un desafío a pleno pulmón.

El objetivo de su furia era, siendo generosos, un poema desastroso. Abrasado de pies a cabeza, con la barba reducida a un estropajo humeante y su otrora gloriosa cresta convertida en tres mechones achicharrados que le daban el aire de un pollo desplumado bajo la lluvia, Bragi Muerdehachas dio un paso al frente y aceptó el duelo con un rugido salvaje. Durkit soltó una carcajada gutural que resonó por toda la tundra, encantado ante la insolencia de aquel «kanijo» chamuscado que se atrevía a plantarle cara.

A pesar de su aspecto lamentable, Bragi seguía siendo una picadora de carne. Se movió con una velocidad antinatural, una exhalación naranja y negra que se deslizó bajo la pesada guardia del caudillo orco, y trazó un arco impecable con su hacha buscando el cuello del pielverde. Debería haber sido su golpe letal maestro, la decapitación perfecta. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido. Sin el peso y la aerodinámica de su majestuosa cresta para hacer de timón en el salto, y con el fango resbaladizo traicionando sus botas bajo el aguacero torrencial, Bragi perdió un centímetro crucial de precisión. El hacha se hundió profundamente en la gruesa coraza y el enorme pecho del Orco Negro, pero no logró separarle la cabeza de los hombros.

Cualquier otra criatura habría caído muerta en el acto. Durkit no. Demostrando la resistencia bruta, absurda y sobrehumana que lo había convertido en el líder incontestable de los Morlakoz, el pielverde apenas rugió, absorbió el dolor del hacha clavada en su carne y, aprovechando que el enano estaba desequilibrado, descargó un contragolpe devastador con toda la furia de su inmenso tamaño.

El arma del Orco Negro partió las defensas del Matademonios y lo derribó con un crujido sordo. Bragi Muerdehachas cayó de espaldas al lodazal helado, con el torso destrozado y el agua de lluvia limpiándole el hollín del rostro. Tosiendo sangre y barro, ensanchó una última sonrisa agrietada y sincera. Había caído ante un rival formidable y no había mancha en su honor. Pero, sobre todo, al morir allí mismo, se ahorraba tener que aguantar el cachondeo del resto de la hueste por haberse quedado calvo.

Por fin. La Deuda estaba saldada.

Al ver caer a su general, Katrin Thormsdottir sintió una envidia feroz. Aquel orco era un portador de la muerte excepcional. Cegada por su propio juramento, cargó contra Durkit buscando compartir el mismo final glorioso. Y el Kaudillo, implacable, se lo concedió, abatiéndola a pocos metros del cuerpo de Bragi.

A su alrededor, el resto del campo era un matadero. Los Rastreadores aguantaron heroicamente la embestida de los jabalíes y masacraron a los jinetes hasta el último orco. En el centro, los Huérfanos de Kislev absorbieron la violenta carga del carro de Durkit y, con precisión quirúrgica, lo destrozaron hasta dejar solo leña y chatarra.

Ciego de ira al ver su carro destruido y su banda aniquilada, Durkit cargó en solitario contra los Huérfanos. Los Matagigantes enanos, extasiados al ver la carnicería que el orco había desatado, le salieron al paso exigiendo desafíos individuales. Durkit era una fuerza de la naturaleza: decapitó a uno, partió en dos a otro… El orco luchaba como un demonio verde, concediendo muertes gloriosas a diestra y siniestra.

Pero incluso el más grande de los Morlakoz tiene un límite. Exhausto, sangrando por decenas de cortes y rodeado por una marea de hachas naranjas, Durkit fue finalmente despedazado. Había luchado como un gigante y había muerto como uno.

La tormenta siguió azotando el monolito. En todo el páramo no quedaba un solo pielverde con vida. Los matadores enanos, cubiertos de barro y sangre, clavaron sus armas en la tierra. Excavaron una fosa en el fango helado del Territorio Troll y, en un solemne silencio solo roto por la lluvia, enterraron a Bragi Muerdehachas.

Ya no había maldición ni deshonor. La Deuda de Muerdehachas había sido saldada para siempre.

Resultado: 921p (Matadores) – 261p (Orcos).

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