
Salir del mismísimo Reino del Caos respirando es el mayor fracaso al que puede aspirar un Matador.
Mientras arrastraba las botas por el barro de los reinos humanos, Bragi Muerdehachas sentía que el mundo le debía una muerte que se negaba a pagarle. Caminaba con los hombros caídos, el hacha arrastrando por el fango y la mirada vacía. A su espalda, los escasos supervivientes de la hueste le seguían en silencio, contagiados por la misma apatía deprimente. Buscaban un final épico y solo habían encontrado lluvia, frío y un aburrimiento insoportable.
Fue entonces cuando la tierra escupió a la Horda de los Hermanos Malditos.
Los caudillos desterrados, Squirrel y Lord Hamstor, llevaban meses mendigando sangre para recuperar el favor del Consejo de los Trece. Habían planeado la emboscada perfecta. Contaban con superioridad numérica, el terreno a su favor y los peligrosos juguetes experimentales del Clan Skryre. Debía haber sido una trampa mortal.
Sin embargo, la depresión de los enanos los hizo moverse con la prisa de quien solo quiere acabar con todo de una maldita vez.
Antes de que los hombres rata pudieran cerrar las fauces de su trampa, la línea anaranjada ya estaba marchando directamente hacia ellos, arrebatándoles la iniciativa.

El objetivo era una colina coronada por una vieja columna de piedra. No tenía ningún valor estratégico real, pero en la guerra, los idiotas mueren por colinas estúpidas todos los días. Y esa iba a ser su colina.
La desesperación de los Skaven por recuperar el centro los llevó a cometer errores desde el principio. El Ingeniero Brujo, ansioso por demostrar el poder del Clan Skryre, se atiborró de piedra bruja refinada para canalizar los vientos de la magia. Fue demasiada codicia. En lugar de un relámpago devastador, la magia se colapsó en sus venas, provocándole una hemorragia por el hocico y dejándolo retorciéndose de dolor sin haber conjurado absolutamente nada.

A pesar del fracaso mágico, la marea peluda avanzó. Uno de los caudillos menores lideró una horda de Guerreros del Clan, flanqueados por el chirrido espantoso de una Rueda de la Condenación, estrellándose directamente contra los Agraviados.
Bragi estaba en el frente. Lanzó su desafío por inercia, sin pasión alguna. El caudillo rata aceptó, temblando. El choque fue patético. Bragi, luchando con una desgana palpable, apenas le hizo un tajo superficial al Skaven. Por su parte, el caudillo no logró ni rozar al enano. Fue un intercambio lúgubre. Muerdehachas estaba tan desconectado de la pelea que bajó la guardia, permitiendo que una vulgar rata del clan le clavara un puñal roñoso en el costado. Ni siquiera gruñó; solo miró la herida como si le hubiera picado un insecto molesto. No le veía sentido a seguir luchando así.

Por suerte, Katrin Thormsdottir no compartía su apatía. Junto a los Rastreadores de la Disformidad, la enana se lanzó como un misil contra el flanco expuesto de la Rueda de la Condenación. El hacha astilló la madera, reventó los engranajes y dejó la máquina de Skryre reducida a chatarra humeante en un abrir y cerrar de ojos.

Aprovechando la inercia de la matanza, Katrin y los Rastreadores arrasaron hacia adelante, empotrándose en la horda de ratas que combatía contra Bragi. El impacto desmoronó por completo los nervios de los roedores, que dieron media vuelta y huyeron despavoridos, llevándose a su caudillo con ellos. Aquella desbandada permitió a los Huérfanos coronar la colina y asegurar la columna de piedra para el resto de la matanza.


Pero el Ingeniero Brujo aún tenía cuentas pendientes. Babeando espuma verde y enfurecido por su error anterior, descargó el poder de sus anillos mágicos. Bolas de fuego esmeralda llovieron sobre los Agraviados. Las llamas calcinaron a la unidad entera, reduciéndolos a carbón humeante y dejando a Bragi completamente solo en la loma, desprotegido.
En el flanco izquierdo, la Amerratadora del Clan Skryre escupía plomo a una velocidad enfermiza. Las balas mermaban a los enanos, sí, pero a un ritmo ridículamente lento. Frustrados, los tiradores cambiaron de objetivo al ver a Bragi solo. Vaciaron los cargadores sobre el Matademonios. La tormenta de proyectiles levantó nubes de polvo a su alrededor. Bragi ni siquiera intentó esquivarlos. Se quedó quieto, esperando que una bala misericordiosa le volara la cabeza.
Cuando el cañón dejó de girar por falta de munición, la niebla se disipó. Muerdehachas seguía en pie. Ni un solo perdigón había tocado su carne. Hasta la muerte parecía despreciarle.

Mientras tanto, la sed de sangre de Katrin la llevó a estrellarse contra la segunda gran horda Skaven, liderada por el mismísimo General de los Hermanos Malditos. El gigantesco hombre rata demostró su letalidad decapitando a la mitad de los Rastreadores él solo. Sin embargo, los matadores tienen la mala costumbre de ser más peligrosos cuando están dando su último suspiro. Antes de desplomarse, los Rastreadores moribundos lanzaron sus últimos tajos, mutilando y arrastrando al General Skaven con ellos al infierno en un último y glorioso golpe de gracia.

El final se precipitó. Los Huérfanos flanquearon a la horda que acababa de perder a su general y la borraron del mapa. Katrin maldijo al cielo cuando la Amerratadora intentó barrer al último Rastreador vivo, pero el arma se encasquilló con un quejido metálico, negándole a los enanos su ansiado final. La batalla estaba ganada. Los escasos roedores que intentaron una última carga desesperada no consiguieron matar a los Huérfanos.
La victoria por puntos era clara. El campo de batalla les pertenecía.
Pero en el centro de la masacre, el Ingeniero Brujo Skryre, acorralado y desquiciado, exprimió el último fragmento de piedra bruja de su bolsa. Sus ojos brillaron con un resplandor tóxico y, canalizando todo el calor residual de su anillo, lanzó una llamarada monstruosa, ardiente y antinatural directamente contra la figura solitaria de Bragi.

Hubo un destello cegador que obligó a Katrin a apartar la mirada. El rugido del fuego brujo devoró el oxígeno del pedregal.
Cuando las llamas esmeralda se extinguieron y el humo con olor a azufre fue arrastrado por el viento, en el lugar donde había estado Bragi Muerdehachas solo quedaba un círculo de tierra cristalizada y ceniza negra. Ni armas, ni oro, ni huesos calcinados. Nada.
Los Huérfanos miraron el cráter en silencio. La lógica dictaba que el fuego lo había consumido por completo, reduciéndolo a la nada. Había encontrado por fin su muerte.
Y sin embargo… no había cuerpo. Y los enanos saben mejor que nadie que, en este viejo y retorcido mundo, si no hay un cadáver al que enterrar, nunca se puede dar una deuda por saldada del todo.
