La Deuda de Muerdehachas vs Despojos de Aethel Anor

El Reino del Caos es un matadero con voluntad propia. La tierra palpita bajo las botas como un corazón enfermo, y las leyes de la física se retuercen hasta romperse. En este vertedero de la realidad, Los Despojos de Aethel-Anor esperaban.

El rencor de los enanos se encendió rápido, pero el ímpetu es un arma de doble filo. Los Buscamuertes, cegados por el juramento, se adelantaron al resto de la línea, lanzándose a la carrera contra la unidad de Diablillas. Bragi, con las piernas pesadas por la escarcha y la sangre de batallas anteriores, quedó rezagado.

Fue una ejecución rápida. Antes de que los Buscamuertes pudieran levantar sus hachas, las garras de las Diablillas se movieron con una gracia antinatural y letal. La carne enana fue hecha tiras en un suspiro, dejando a Bragi solo frente a la marea de Slaanesh.

Habiendo probado la sangre, las demonias cargaron contra el general. Bragi alzó la voz por encima del siseo demoníaco y retó a Anahida, el Heraldo de Slaanesh, una criatura nacida de la vanidad. El choque fue un destello borroso. Las pinzas de la criatura encontraron la carne del enano, abriendo una herida profunda que lo llevó al límite, pero el hacha rúnica de Bragi fue más certera. Con un tajo salvaje, partió al Heraldo por la mitad.

Sangrando y furioso, Bragi volvió a escupir un desafío, pero la nueva líder de las Diablillas se acobardó tras sus hermanas, confiando en que la superioridad numérica ahogara al enano. Se equivocaba. Convertido en un torbellino rúnico, Bragi despedazó a cuatro demonias sin recibir un solo rasguño a cambio.

La unidad demoníaca estaba a punto de desvanecerse en la disformidad, pero el Reino del Caos cuida de los suyos. Una fluctuación grotesca en el aire —un doble uno en el tejido del destino— hizo que los pedazos de carne demoníaca se cosieran solos. Las Diablillas caídas se levantaron de nuevo, riendo.

Lejos de desesperarse, Bragi apretó los dientes y lanzó un nuevo desafío. Rechazado, volvió a masacrar a otras cuatro diablillas. Pero esta vez, el tejido no aguantó y las hijas de Slaanesh estallaron en una nube de polvo rosado, borradas para siempre del plano.

Mientras Bragi libraba su carnicería aislada, el resto de la hueste enana avanzó. Los Huérfanos intentaron atrapar a las Buscadoras en corcel y los Agraviados cargaron a los Incineradores, pero la cobardía es ley entre los demonios; ambas unidades huyeron estratégicamente para reagruparse en terreno elevado.

En esa distancia, Nyarlath, el hermano de Anahida condenado por las mentiras de Tzeentch, alzó su báculo aberrante. Un fuego disforme cruzó el campo y calcinó a la mitad de los Agraviados en un instante.

El cielo se oscureció. Las Furias del Caos, criaturas de pura rapiña oportunista, volaron trazando círculos para caer por la espalda de los mermados Agraviados.

El impacto por la retaguardia fue devastador. Atrapados entre las garras aladas, los Agraviados fueron masacrados hasta el último hombre, dejando sus juramentos hundidos en el polvo caótico.

Las Buscadoras de Slaanesh aprovecharon el caos para cargar contra los Rastreadores de la Disformidad. Lo que debió ser una masacre demoníaca se convirtió en un muro de testarudez dawi. Los Rastreadores aguantaron embate tras embate, sangrando pero negándose a caer, comprando con sus vidas el tiempo exacto para que los Huérfanos llegaran al rescate y destrozaran a la caballería de Slaanesh.

Ajeno a todo, Bragi fijó sus ojos en Nyarlath. Quería cerrar el círculo y acabar con el segundo líder de Los Despojos de Aethel-Anor. Cargó, pero el demonio de Tzeentch huyó como un cobarde para ganar distancia y desatar una tormenta mágica.

El fuego disforme golpeó a Bragi, pero los tatuajes talismánicos de su piel brillaron con una luz dorada, absorbiendo el impacto. Con un último empujón, el enano acorraló al Heraldo de Tzeentch y lo destrozó en combate cerrado.

Viendo al general tambalearse, las Furias que acababan de aniquilar a los Agraviados se lanzaron en picado contra él, buscando un botín fácil.

Bragi, al límite del colapso, tosiendo sangre y sosteniéndose por puro odio, levantó el hacha. Partió a dos de las criaturas en el aire, pero una logró colarse en su guardia, a punto de asestarle el tajo final. La impresionante resistencia del enano fue lo único que mantuvo su cabeza unida al cuello.

Cuando el polvo mágico se asentó, el Reino del Caos quedó en un silencio antinatural. Solo tres Incineradores se encogían en la distancia. Bragi Muerdehachas, bañado en su propia sangre y en el icor de los demonios, subió pesadamente los escalones del trono de hueso que dominaba el paisaje. Se dejó caer sobre él. Aún respiraba. La muerte, una vez más, tendría que esperar.

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