La Deuda de Muerdehachas vs Los Cuervos Sedientos



El hedor a mutación siempre viajaba más rápido que los ejércitos. Una peste a carne podrida y el sabor metálico de la magia antinatural. Bragi Muerdehachas llevaba tres días siguiendo ese rastro pestilente.

Los Cuervos Sedientos se habían separado de la horda principal tras salir malparados de su cruce por el Paso del Fuego Negro. 

Confiados en su brutalidad, buscaban presas fáciles donde cobrarse su botín y su cuota de esclavos. Al frente marchaban dos hermanos consumidos por su propia ponzoña: Tömoor, el primogénito, un hechicero exaltado que jugaba a hacer tratos con demonios, y Bäatar, el segundón resentido, que cabalgaba a su lado empuñando una espada que le susurraba oscuros secretos cuando probaba la sangre.

Se creían los depredadores absolutos del páramo. Seguidos por una falange de guerreros acorazados, jinetes oscuros y una aberración babeante tocada por las moscas de Nurgle. Los norscanos rieron al ver a una solitaria banda de enanos semidesnudos bloqueando su camino. Pensaron que era casualidad. Ignoraban que La Deuda de Muerdehachas los había olfateado a leguas de distancia y los había acorralado deliberadamente en aquel secarral.

Bragi escupió sobre la tierra seca. No le importaban las disputas familiares de aquellos degenerados adoradores de los Dioses Oscuros. Una garganta humana se cortaba igual de bien, tuviera tentáculos, cuernos o delirios de grandeza.

A su derecha, Katrin Thormsdottir hizo girar las muñecas, arrancando un leve silbido del filo de su hacha. Sus ojos se clavaron directamente en la figura flotante de Tömoor, cuyas manos ya chisporroteaban con el fuego mutante de Tzeentch.

—El mago de los demonios es mío —murmuró Katrin. Era una sentencia en firme, no una petición.

Bragi asintió lentamente, fijando su vista en Bäatar y su arrogante montura acorazada. Los norscanos empezaron a vociferar sus rezos incomprensibles, alzando el acero hacia el cielo. Los matadores no respondieron con gritos. Solo apretaron los dientes y echaron a correr hacia la marea del caos con la sombría eficiencia de un verdugo que tiene mucho trabajo por delante.

Desde las filas enemigas, Tömoor levantó su báculo deforme. Como primogénito y líder, sus oscuros tratos con demonios le habían otorgado talentos destructivos que no dudaba en emplear con deleite.

Katrin Thormsdottir, con los nudillos blancos sobre su hacha, evaluaba los movimientos del hechicero de Tzeentch a lo lejos.

Tömoor pronunció una sílaba que hizo sangrar los oídos de quienes estaban cerca. Un proyectil de energía disforme y antinatural salió disparado de sus dedos y cruzó el campo de batalla para impactar de lleno en el pecho de Khargrim el Enloquecido.

El estallido arrojó a Khargrim por los aires como a un muñeco de trapo. Aterrizó con un crujido sordo contra el pedregal, completamente inerte y cubierto de escombros. Cualquier hombre habría sido reducido a pulpa, pero el cráneo del buscanuertes es más duro que el granito; Khargrim escupió un hilo de sangre y quedó inconsciente.

Mientras tanto, en el otro extremo de la línea, la envidia corroía las entrañas de Bäatar. Codiciaba el mando de su hermano y la atención de los dioses. Las deidades de la ruina escucharon su resentimiento y lo recompensaron: sus músculos se hincharon hasta deformar la armadura negra, su fuerza se multiplicó y la hoja que empuñaba comenzó a susurrar promesas de carnicería con más fuerza que nunca.

El flanco izquierdo enano fue el primero en chocar. Una aberración de carne flácida, tentáculos y pústulas supurantes de Nurgle se abalanzó contra la línea de los Huérfanos de Kislev.

En lugar de retroceder ante el hedor, los enanos despedazaron al engendro en un frenesí de tajos transversales, reduciendo a la bestia a una pila de grasa temblorosa en cuestión de segundos.

Sin detenerse a limpiar el icor de sus armas, los enanos utilizaron la inercia de la matanza para arrasar hacia adelante, impactando como un ariete directamente contra la guardia personal de Tömoor.

La brutalidad de los matadores hizo trizas la moral de los guerreros de Tzeentch. La línea de escudos del Caos se quebró. Dieron la espalda y huyeron, pero las piernas cortas de los enanos se mueven muy rápido cuando hay agravios que saldar. La unidad de Katrin les dio caza por la espalda, pasando a los guerreros por el filo y pisoteando el cráneo de Tömoor contra el polvo, silenciando para siempre sus tratos demoníacos.

Por el flanco derecho, la tierra temblaba. Bäatar espoleó a su montura monstruosa, liderando la carga de los Caballeros del Caos directamente contra Bragi y sus Rastreadores de la Disformidad. El impacto fue devastador, una avalancha de hierro oscuro, cuernos y cascos aplastando la carne anaranjada.

Bragi reaccionó. Plantó los pies en la ceniza, alzó su hacha y lanzó un desafío a pleno pulmón, exigiendo la cabeza del líder. Fue el Campeón de la unidad quien cometió la estupidez de interponerse.

El cruce duró lo que tarda un parpadeo. Bragi esquivó el embate de la lanza negra y devolvió un revés perfecto, un golpe letal que separó la cabeza del Campeón limpiamente de su cuello acorazado, mandando el casco a rodar por el suelo.

Pero la euforia no tenía cabida allí. Mientras Bragi despachaba al retador, el resto de los Caballeros del Caos hundieron sus armas en los Rastreadores de la Disformidad, masacrándolos hasta el último hombre y dejando a Muerdehachas completamente solo frente a los caballos acorazados.

Bäatar sonrió bajo su yelmo y bajó su espada susurrante. El auténtico duelo acababa de empezar. Bragi se adelantó, anticipándose al héroe del caos con una velocidad impropia de su tamaño. Su hacha bajó trazando un arco perfecto hacia la clavícula desprotegida del Norscano. Era un tajo mortal. Un golpe maestro.

Sin embargo, a escasos centímetros de la carne, el aire chirrió. La perturbadora cercanía a los portales de los Desiertos del Caos dobló las leyes del mundo físico; una energía antinatural envolvió la armadura de Bäatar, repeliendo el filo rúnico y salvándole la vida de forma milagrosa.

El choque de fuerzas desequilibró a Bragi, obligándole a ceder terreno, tropezando con los cadáveres de sus propios hermanos mientras Bäatar descargaba su furia aumentada sobre él.

Fue un momento de agonía cruda, pero el Matademonios solo necesitaba recuperar el aliento. En el siguiente compás del combate, Bragi encontró la apertura. Ignorando el dolor, giró sobre sí mismo y partió al héroe del caos en dos, ahogando los susurros de su espada oscura para siempre.

Al ver caer a su paladín, los Caballeros del Caos que quedaban vacilaron. Fue el último error de sus vidas. Bragi, impulsado por una ira fría, remató el trabajo. Dos movimientos circulares. Dos cortes precisos a la altura de las gargantas. Dos golpes letales más que vaciaron las monturas.

El silencio cayó pesado sobre el yermo. No quedaba ni un solo adorador de los Dioses Oscuros en pie. Solo ceniza, sangre negra y el crepitar lejano de los vientos de la magia.

Bragi se apoyó en el mango de su hacha y respiró hondo, mirando el horizonte retorcido que marcaba el inicio de los auténticos Desiertos del Caos. La puerta de entrada estaba despejada.

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