La Deuda de Muerdehachas vs La Compañia del Lobo Ceniciento

PRÓLOGO

El hedor a bilis de troll había quedado atrás, reemplazado por el viento cortante de los bosques de Middenland. Un frío que se metía hasta los huesos, hacía crujir las viejas articulaciones y convertía el aliento en vaho gris.

Bragi Muerdehachas se quitó un costrón de sangre seca del antebrazo con el pulgar. Su hacha rúnica aún pesaba con el cansancio de la última carnicería, y el eco de su duelo con el kaudillo Kardoz le dejaba un pinchazo sordo en el hombro con cada paso. A su alrededor, los supervivientes y las nuevas incorporaciones de la hueste avanzaban en silencio por el camino de tierra helada. Los Huérfanos de Kislev apretaban sus empuñaduras, los Agraviados masticaban tabaco negro y los Rastreadores de la Disformidad ya se habían dispersado entre los pinos altos, invisibles como fantasmas con cresta. 

Nadie hablaba de gloria. La gloria era un cuento para imberbes que aún esperaban morir en una cama limpia.

A cien pasos de distancia, el camino estaba cortado.

Una muralla de acero pulido, capas de lana gruesa y pieles de lobo bloqueaba el paso. Al frente de la línea imperial se erguía Eberhardt Krieger, sacerdote de Ulric. Era un hombre ancho como un tonel de roble, envuelto en un manto ceniciento y con un martillo a dos manos apoyado en el suelo. A su lado, Konrad Voss, el Condenador, mecía con lentitud la cadena de su flagelo; sus ojos eran dos púas oxidadas clavadas en el rostro de Bragi.

—Estáis en tierras de Middenland, enanos —rugió Krieger, y su voz sonó como grava golpeando contra un escudo—. Vuestra marcha termina aquí. Regresad por donde habéis venido o enfrentad la ira del lobo.

Bragi escupió en la escarcha. Los humanos siempre tenían una palabra rimbombante para justificar el miedo: herejía, frontera, ley, orden. Para un matador que ya estaba muerto en los libros del Karaz Ankor, un monje con piel de lobo y un cazador de brujas amargado eran solo otro estorbo entre su hacha y una muerte decente.

A la izquierda del camino, los cascos pesados de cuatro Caballeros del Lobo Blanco piafaban con impaciencia bajo sus bardas. En el centro, once Grandes Espaderos del Imperio mantenían sus hojas en vertical, inmóviles como una empalizada de hierro, mientras las milicias de compañías libres se desplegaban por los flancos con cuchillos y armas arrojadizas en mano.

Un grupo de arqueros tomó posiciones en el bosque, mientras 4 Guardias de caminos ladeaban el rio hostigando a la horda de matadores.

Bragi giró el cuello hasta que le crujió una vértebra. A su derecha, Katrin Thormsdottir sacó su hacha con un suave silbido metálico. A su izquierda, Khargrim el Enloquecido dejó caer sus cadenas al suelo con un traqueteo pesado, sonriendo con las encías sangrantes.

—Dicen que no podemos pasar —gruñó Bragi sin mirar atrás.

Los Agraviados de Karaz-a-Karak respondieron con un rumor ronco desde el fondo de sus gargantas. No hubo cuernos de batalla, ni gritos por Grimnir. Solo el sonido de las botas enanas empezando a trotar sobre la tierra helada, acelerando el paso hacia el acero imperial.

LA BATALLA

Con un rugido sordo que nació de los pechos descubiertos, la línea enana avanzó en tromba hacia adelante, acelerando el trote sobre el suelo congelado.

El clima tenía su propio juicio preparado. Un trueno solitario, seco como el chasquido de un látigo gigante, rasgó las nubes de Middenland. Un relámpago cayó a plomo con un resplandor cegador sobre el centro de la formación enana. El olor a ozono y carne quemada inundó el aire al instante: dos de los Agraviados de Karaz-a-Karak cayeron fulminados, con las barbas echando humo y el bronce de sus hachas fundido contra las palmas de las manos.

En el flanco izquierdo, los Caballeros del Lobo Blanco ya tomaban posiciones estratégicas, flanqueando la marcha de la infantería enana con la paciencia de un depredador que rodea a su presa.

Más adelante, el fuego de pólvora y las armas arrojadizas comenzaron a silbar entre los árboles. La Guardia de Caminos del Imperio y las milicias de Compañías Libres abrieron fuego a discreción. El plomo caliente y los cuchillos de desuello encontraron carne descubierta sin piedad, arrancando jirones de músculo y diezmando las filas de los Huérfanos y de los Rastreadores de la Disformidad antes de llegar al choque.

Ignorando las bajas, Bragi Muerdehachas fijó su mirada en el corazón de la hueste imperial: el sacerdote de Ulric y su guardia pretoriana de Grandes Espaderos. Con un rugido gutural, el Matademonios y los Rastreadores supervivientes se lanzaron al asalto por el flanco derecho. El barro helado resbalaba, las piernas pesaban por el avance y la carga se quedó corta a escasos pasos del muro de acero.

El error fue una sentencia de muerte. Al verse expuestos, Konrad Voss y las unidades imperiales no tuvieron misericordia y se abalanzaron en una carga conjunta sobre Bragi y los pocos Rastreadores que aún quedaban en pie.

De entre la sangre y las capas grises surgió Konrad Voss, el Condenador. Bragi alzó su hacha empapada para el desafío, buscando la garganta del antiguo cazador de brujas. El humano se llevó un vial al labio: la Poción de Fervor corrió por sus venas, dilatando sus pupilas y dotándolo de unos reflejos sobrenaturales. Voss bailó entre los tajos del enano, esquivando cada golpe rúnico por milímetros, y respondió con una secuencia precisa, técnica y brutal de su flagelo. El golpe partió la defensa de Bragi y lo derribó de bruces en la nieve teñida de rojo, dejándolo en un ridículo delante de sus tropas.

Sin su líder, el resto de los Rastreadores de la Disformidad fue absorbido por la marea de espadas imperiales, cayendo masacrados hasta el último hombre en una melé desesperada y sangrienta.

Al ver caer a su general, Katrin Thormsdottir bramó de pura rabia y cargó en solitario contra Konrad para vengar la sangre vertida. El Condenador era un veredicto implacable; pese al empuje de su carga, la enana fracasó ante la maestría del cazador de brujas. Con un revés medido y frío, desvió el hacha de Katrin y la mandó rota y derrotada al suelo junto al cuerpo de Muerdehachas.

En el flanco izquierdo, la carnicería crecía por momentos. Khargrim el Enloquecido, babeando espumarajos y haciendo silbar sus cadenas, se adelantó para cubrir el costado de los diezmados Huérfanos de Kislev.

Los Caballeros del Lobo Blanco espolearon a sus monturas y embistieron con todo el peso de sus bardas de hierro directamente contra él.

Cualquier otro hubiese sido aplastado al instante, pero Khargrim aguantó estoicamente el impacto de los cascos y las martilladas. Riendo como un demente, enredó sus eslabones en las patas de los caballos y empezó a despedazar al escuadrón, masacrando a casi toda la caballería pesada entre gritos de hierro y sangre.

Con un último tirón brutal de sus cadenas de la venganza, Khargrim alcanzó y reventó al último jinete del Lobo Blanco que quedaba en pie, dejando el flanco sembrado de caballos muertos y armaduras destrozadas.

Solo el cobarde y certero plomo de un disparo enemigo desde la distancia logró apagar finalmente la risa del enano, desplomándolo en el lodo del camino antes de que pudiera buscar otra pelea.

Al mismo tiempo, los Huérfanos de Kislev absorbieron el asalto frontal de la Guardia de Caminos.

Con la testarudez propia del Karaz Ankor, los apenas tres Huérfanos que quedaban con vida se revolvieron como bestias acorraladas y lograron masacrar y derribar a los Vigilantes de Caminos, arrancándolos de sus sillas.

Cegados por la sed de sangre, esos tres matadores se lanzaron en persecución y arrasamiento directamente contra los Arqueros del Imperio. Exhaustos, heridos y sin resuello, cayeron de forma humillante y ridícula en un combate cuerpo a cuerpo patético ante los cuchillos de la soldadesca más humilde del Imperio.

En el centro del campo, la última resistencia se desmoronó por completo. Los Agraviados de Karaz-a-Karak, reducidos y rodeados, habían defendido el objetivo central con uñas y dientes. El temblor de la tierra anunció el desenlace: Eberhardt Krieger, el general imperial, marchó al frente de sus once Grandes Espaderos.

El choque degeneró de inmediato en una ejecución sistemática. El martillo a dos manos de Krieger y las espadas pesadas del Imperio partieron armas, carne y hueso, masacrando hasta el último de los Agraviados sobre la escarcha.

El viento de Middenland volvió a soplar en silencio sobre un campo sembrado de cadáveres anaranjados. La Deuda de Muerdehachas no había dejado ni un solo superviviente en pie. Una derrota absoluta, aplastante y humillante bajo el frío juicio del Imperio del Hombre.

EPILOGO

Cuando el sol del ocaso apenas lograba teñir de morado las nubes grises, Eberhardt Krieger limpió la sangre reseca de su martillo con un trapo de lana y miró el campo de batalla. Los cuerpos de los enanos cubrían la tierra helada como manchas de óxido sobre la nieve limpia de Middenland.

—Enterradlos profundo —ordenó el sacerdote de Ulric a los milicianos supervivientes, su voz ronca por el humo de la pólvora—. Hacedlo por pura prudencia, para que las bestias del bosque no se ceben con carne terca. Han luchado como demonios, pero su juramento acaba en la ley de esta tierra.

A su lado, Konrad Voss guardó el vial vacío de su poción en la bandolera de cuero. El Condenador miró el lugar exacto donde había caído el enano del hacha encadenada. Su rostro duro y anguloso carecía de toda expresión de triunfo; solo mostraba la fría satisfacción del trabajo terminado.

—Buscaban el fin, Krieger —murmuró Voss, ajustándose el sombrero de ala ancha mientras el viento le azotaba la capa—. Y hoy, el Imperio se lo ha servido en plato frío.

Lo que ni el sacerdote ni el cazador de brujas sabían era que toda aquella charla pomposa sobre la ley del Imperio, la nieve teñida de sangre y la supuesta humillación de los matadores jamás había ocurrido fuera de un cráneo recalentado.


EL DESPERTAR: UNA RESACA DE HIERRO Y MALTA

Bragi Muerdehachas abrió un ojo. Luego el otro.

La luz del día le clavó dos agujas de hielo directamente en el cerebro. Un punzada sorda, espesa y martilleante le hacía vibrar las sienes, el clásico precio de haberse bebido media reserva de cerveza negra imperial sin respirar. Se incorporó pesadamente sobre la nieve pisoteada, escupiendo un gargajo espeso, y notó un peso frío y húmedo descansando sobre su regazo.

Bajó la vista. No era su hacha. Era la cabeza cercenada de Eberhardt Krieger, el sacerdote de Ulric, que lo miraba desde el suelo con los ojos vidriosos y una mueca de espanto congelada en la cara.

—Por las barbas de mis ancestros… —gruñó Bragi, palpándose el cuello intacto—. Puta cerveza humana. Da unas pesadillas que parecen de verdad.

A su alrededor no había ningún cementerio de matadores. Al contrario. El campo de batalla frente a los muros de la fortaleza de Middenheim era un remanso de paz regado de cadáveres vestidos con capas de lobo gris. En el centro del claro, los dos objetivos estratégicos —barriles de cerveza incautados por el Imperio— estaban firmemente en manos de La Deuda de Muerdehachas.

A unos metros de allí, Khargrim el Enloquecido y los supervivientes de los Huérfanos de Kislev ya habían reventado las tapas del segundo cargamento. Khargrim reía a carcajadas con la espuma manchándole el pecho desnudo, brindando con jarras improvisadas mientras los restos de la caballería enemiga se enfriaban a sus pies.

El recuerdo real de la batalla empezó a abrirse paso a golpes a través de la neblina de malta de Bragi, rebobinando los acontecimientos desde aquella gloriosa carnicería final hasta el principio.

La masacre imperial no había sido mas que un sueño de pasadilla. Lo que ocurrió minutos antes fue un duelo rápido, brutal y definitivo. Cuando Krieger intentó alzar su martillo a dos manos, Bragi ni siquiera le dio tiempo a recitar sus versos a Ulric: un solo tajo fluido de su hacha rúnica, un golpe letal ejecutado con precisión quirúrgica, había separado la cabeza del sacerdote de sus hombros de un corte limpio.

En el flanco izquierdo, la historia del «invencible» Konrad Voss había sido un chiste aún más corto. El Condenador había intentado interponerse en el camino de Khargrim el Enloquecido, confiando en su flagelo y su mirada de acero. Khargrim simplemente lo barrió del mapa. Sin dejarle respirar, el matador cayó sobre el cazador de brujas como un perro rabioso, despedazándolo sin piedad antes de aplastar, uno a uno, a los Caballeros del Lobo Blanco junto al empuje imparable de los Huérfanos.

Y es que, al recordar el choque general, todo cobraba sentido. El Imperio había tenido la iniciativa, sí. Habían marchado primero desde su fortaleza con los estandartes en alto, desplegándose con soberbia por toda la frontera.

Pero el cielo de Middenland no estaba con ellos: una ráfaga furiosa sopló con violencia durante toda la mañana, reduciendo el alcance de los arcos y los rifles imperiales a un soplido inútil. Entre el viento cortante y una puntería penosa, la pólvora imperial fue un desastre absoluto. Apenas dos matadores cayeron en todo el avance antes de que las líneas chocaran de frente.

En el centro, Katrin Thormsdottir y los Agraviados habían pasado por encima de los Grandes Espaderos como una segadora por un campo de trigo, destrozando su famosa disciplina marcial hasta no dejar un solo hombre en pie.

Bragi soltó una carcajada ronca que le hizo temblar el pecho, agarró una jarra rebosante que le tendía uno de los Agraviados y le dio un trago largo que le empapó la barba roja.

—¡Que entierren a los lobos! —gritó el Matademonios al viento helado—. ¡Esta cerveza es nuestra!

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