
PROLOGO
El hedor a cieno y bilis de pescado llegó mucho antes que los propios monstruos.
El fango se pegaba a las botas con la insistencia de un acreedor desesperado. Era una ciénaga miserable, un lodazal olvidado por los dioses en la falda de un desfiladero grisáceo. Un lugar perfecto para morir de disentería, de frío o aplastado.
Para Kardoz, solo era un martes de mierda.

Aún no era un gran Kaudillo. No había estandartes rimbombantes a su nombre ni decenas de miles de gargantas rugiendo a su paso. De momento, Kardoz era poco más que un niñero glorificado, el pastor de la escoria más grande, estúpida y hambrienta del Waaagh!. Gruñó, ajustando el agarre de su rebanadora mientras veía a los Vomitasapos arrancarle la cabeza a un jabalí muerto para pelearse por las entrañas.

A su izquierda, los tres Tragasapos eructaban nubes de ácido gástrico que marchitaban la poca hierba que quedaba en el suelo. Eran seis Trolls de Río en total. Bestias formidables, regenerativas y absolutamente imbéciles.


Cuidar a los trolls, le habían dicho. Asegúrate de que llegan al frente. Kardoz escupió un gargajo negruzco. Detrás de él, los veinte orcos grandotes que conformaban la Guardia de Kardoz chocaban sus armas contra los escudos de madera astillada, aburridos e impacientes por golpear algo que no fueran ellos mismos.

En los flancos, los cuatro Jabalís pastores luchaban por mantener a sus monturas en formación; los cerdos gruñían, nerviosos por el olor del ácido de los trolls.

—Haz ke dejen de masticar piedra, Zugrot —espetó Kardoz, frotándose la mandíbula.
El chamán, Zugrot, dio un salto espasmódico. Iba a pie, envuelto en trapos sucios y fetiches de hueso que tintineaban con cada tic nervioso. Los trolls confiaban en él. O, al menos, la magia verde y crepitante de Gorko que flotaba a su alrededor lograba que las estúpidas bestias no se comieran a los orcos por accidente.

Zugrot olfateó el aire. Sus ojos, inyectados en sangre, se abrieron de par en par.
—Huele a metal, jefe —masculló el chamán, rascándose una costra—. Metal y… furia.
La bruma se partió con el sonido rítmico y espantoso de eslabones de hierro raspando contra la piedra.

Eran los Rastreadores de la Disformidad. Seis siluetas bajas, anchas y desnudas emergieron de los juncos, con las hachas preparadas y las crestas naranjas brillando como antorchas en la penumbra. No gritaron. No fanfarronearon. Simplemente tomaron posiciones en los flancos de la ciénaga, bloqueando cualquier ruta de huida.
Luego apareció la horda principal.

Bragi Muerdehachas se detuvo en lo alto de unas rocas. Sus ojos recorrieron la formación de pielesverdes. Examinó a los enormes trolls de río que babeaban bilis, a la infantería orca que empezaba a vociferar desafiante y al chamán que temblaba cargando sus vientos de magia.
Bragi dejó escapar un suspiro de absoluto hartazgo.
Orcos y putos trolls. Pensó el enano, cerrando los ojos por un instante. Ni un solo maldito demonio de los Dioses Oscuros. Carne verde. Carne estúpida. Solo otro retraso en el camino hacia la tumba.
A la izquierda del general, el traqueteo de metales se intensificó.

Khargrim el Enloquecido comenzó a balancear sus Cadenas de la Venganza. El pesado acero zumbaba en el aire, cortando el viento. El Buscamuertes babeaba, susurrando promesas inconexas de carnicería mientras la sangre de sus propias heridas auto infligidas goteaba sobre el barro.
En la retaguardia, los pesados pasos de los Agraviados de Karaz-a-Karak y los Huérfanos de Kislev sonaron al unísono.


Veinte matadores aferrando armas a dos manos. Veinte fantasmas buscando limpiar su vergüenza en cualquier carne que se interpusiera en su camino.

Cerca de Bragi, los seis Custodios del Heraldo alzaron sus hachas ceremoniales, formando una falange alrededor de su líder.
Y en algún lugar de las sombras, escondida entre la niebla y la roca, Katrin Thormsdottir ya había fijado su mirada en el cuello del chamán Zugrot.

Kardoz sonrió, mostrando unos colmillos amarillentos. No eran elfos delicados, ni humanos frágiles asustados en sus armaduras de latón. Eran tapones. Tapones desnudos y suicidas. Una excelente oportunidad para alimentar a los Vomitasapos y ganar algo de gloria antes de volver al campamento principal.
—¡Waaagh! —rugió el futuro Kaudillo, levantando su gran rebanadora. Los grandotes de su guardia bramaron en respuesta, y los trolls rugieron, vomitando fango y ácido en el barro.
Bragi apretó los puños alrededor de la empuñadura de su hacha. No había honor aquí. No habría canciones. Solo el asqueroso trabajo de carnicería necesario para continuar la marcha.
—Matadlos a todos —ordenó Bragi, con voz plana y carente de toda emoción—. Y que no tarden en morir. Hoy hace demasiado calor para perder el tiempo.
LA BATALLA
Un calor abrasador, antinatural y sofocante caía a plomo sobre el páramo, convirtiendo la ciénaga en una olla a presión de fango hirviente y olores pútridos. Para un enano del norte, aquel clima era una tortura física. El sudor empapaba las barbas, el aire quemaba en los pulmones y el peso del acero parecía haberse multiplicado por tres.
Bragi Muerdehachas escupió en el barro seco.
Un día perfecto para morir. Lástima que estos pielesverdes tengan pinta de cobardes.
La horda orca se desplegaba en diagonal, borrosa por la reverberación del calor. Bragi no esperó. No dio discursos ni órdenes complejas. Simplemente levantó su hacha encadenada y comenzó a caminar hacia adelante. El resto de la hueste suicida lo siguió en un silencio fúnebre.

En el flanco izquierdo, la magia estalló con un chasquido que hizo sangrar las encías de todos los presentes. Zugrot, el chamán envuelto en harapos, había canalizado los vientos con una fuerza irresistible. El poder verde le frió las yemas de los dedos, pero el hechizo surtió efecto. Los Vomitasapos, que segundos antes babeaban mirando a las nubes, sufrieron un espasmo de energía mágica. La estupidez se borró de sus ojos por un instante.

En el flanco opuesto, los Tragasapos también sintieron el latigazo mágico y se abalanzaron hacia las líneas enanas, aunque su carga careció del impulso necesario, frenando en seco a escasos metros de la guardia pretoriana de Bragi.

En el centro del campo de batalla, el aire se volvió irrespirable. La Guardia de Kardoz avanzaba como un rodillo de músculos verdes y rebanadoras oxidadas, escoltando al propio Kardoz y al debilitado Zugrot. Pero Katrin Thormsdottir no jugaba a la guerra de formaciones. El Fantasma Sangriento se deslizó entre las líneas enemigas ignorando por completo a la ruidosa infantería. Sus ojos estaban fijos en el cuello del chamán.

A la derecha, el calor abrasador se cobró su primer impuesto. Los Custodios del Heraldo, exhaustos por el clima infernal, comenzaron a sufrir bajo sus gruesas barbas.

Impulsados por la magia verde, los Vomitasapos cargaron con una velocidad antinatural directamente contra Bragi y sus Rastreadores de la Disformidad. El choque fue un desastre de carne y ácido. Los Rastreadores, ágiles en la emboscada, fueron aplastados bajo el peso de las bestias escamosas. Sus crestas naranjas desaparecieron bajo un mar de bilis corrosiva y garrotes de piedra.
Bragi no parpadeó. Esquivó un chorro de vómito que derritió la roca a su espalda, dio un paso corto y fluido, y descargó su hacha. Con un golpe letal decapitó al primer troll limpiamente (asi se hace Mirete).

Mientras tanto, Katrin encontró su momento. Zugrot apenas tuvo tiempo de girarse. Katrin saltó desde una roca, su hacha trazando un arco perfecto. El impacto destrozó las protecciones de hueso del orco y lo mandó al suelo en un charco de su propia sangre. Fuera de combate.

La caída del chamán desató la furia de Kardoz. El futuro Kaudillo rugió, espoleando a sus grandotes. La represalia fue una picadora de carne. Kardoz pasó literalmente por encima de Katrin, pisoteándola y dejándola inconsciente y rota en el barro, antes de chocar brutalmente contra los Agraviados. Las hachas enanas cortaron profundamente, pero la fuerza de los orcos era abrumadora.

En el otro extremo, los Tragasapos finalmente alcanzaron a los Custodios del Heraldo. Abrieron sus fauces y desataron un torrente de jugos gástricos. Fue una muerte indigna. Nada de chocar de aceros; solo carne enana disolviéndose siseando sobre la tierra.

El campeón de la unidad aguantó un par de segundos más, bramando de dolor hasta que el ácido le deshizo la garganta.

Khargrim el Enloquecido vio caer el estandarte. Su mente fracturada hizo clic. Sangre por sangre. Hizo girar sus Cadenas de la Venganza y cargó aullando contra los monstruos de río. Fue un torbellino letal durante tres latidos de corazón, antes de que un vómito cruzado lo golpeara de lleno en el pecho, derribándolo en la ciénaga.

Fueron los Huérfanos de Kislev quienes cobraron la factura. Empujados por su vergüenza crónica, cargaron contra los Tragasapos. Sus hachas a dos manos destrozaron las rodillas y espaldas de las bestias. Los trolls entraron en pánico, pero los enanos los alcanzaron en una persecución implacable, talándolos como árboles podridos. La venganza duró poco. Los Jabalís Pastores embistieron el flanco expuesto de los Huérfanos masacrándolos, aunque los matadores lograron llevarse por delante a casi todos los jinetes.

En el flanco izquierdo, Bragi Muerdehachas retiró su arma del cráneo del tercer y último Vomitasapo. Había matado a los tres. Solo. Un golpe letal por cada asalto de combate (así se hace Mirete).

Respiró hondo, con el pecho cubierto de icor de troll, y se dio la vuelta para buscar su próximo objetivo. Silencio. El viento soplaba caliente sobre un cementerio de carne. No quedaba ni un solo enano en pie.

A cincuenta pasos, jadeando, sangrando y rodeado por los pocos supervivientes de su guardia, estaba Kardoz. Bragi no gritó. Caminó directamente hacia el Kaudillo, levantó el hacha empapada en sangre de troll y lo miró fijamente. Un desafío final.

Kardoz apartó a sus grandotes y cargó. El duelo fue breve y feo. El orco descargó un golpe devastador, pero el enano pivotó, usando el peso de su propia arma para ganar inercia, y golpeó bajo. El acero rúnico atravesó la gruesa armadura de Kardoz y cercenó limpiamente la pierna derecha del orco (fue otro golpe letal, a ver si aprendes Mirete). Kardoz se desplomó con un aullido de agonía.

Bragi lo miró desde arriba. Escupió. Y, dándolos por muertos, se dio la vuelta para caminar pesadamente entre los cadáveres, buscando a los suyos en un campo de batalla donde nadie había ganado nada.

EPILOGO
Kardoz, con la vista nublada por la pérdida masiva de sangre, se arrastró por el lodo. Su guardia no se atrevía a tocarlo. El Kaudillo llegó hasta los restos de los Vomitasapos masacrados por Bragi y, con las manos temblorosas y los dientes, comenzó a arrancar jirones de su gruesa y correosa piel.

Se vendó el muñón y la pierna destrozada con la piel escamosa. La carne de troll, aún palpitante de magia regenerativa, se adhirió a su herida, fusionándose horriblemente con su anatomía. Así nacieron sus infames pantalones, salvándole la vida pero dejándole una cojera monstruosa. A partir de hoy, monto en jabalí, juró, apretando los dientes ensangrentados.
A unos metros de allí, Zugrot despertó. El hachazo de Katrin y el rebote de la Fuerza Irresistible habían terminado de freír su cerebro. Se arrancó los ropajes con asco, embadurnándose el pecho con sangre. A partir de ese día, Zugrot el Salvaje solo escucharía los susurros de Gorko en el viento, y, al igual que su Kaudillo, exigiría un jabalí salvaje para liderar la próxima masacre.
