Capítulo 2: «Agogé» de los Ullfang


Tú los miras desde la comodidad del sur y ves bestias envueltas en pieles. Crees que nacen escupiendo sangre y aullando a la tormenta. Idiota. Ningún hombre nace fuerte. La fuerza se forja, se golpea y se enfría en sangre, y el martillo nunca descansa en Norsca.

Desde el primer aliento helado, el mundo intenta asesinar a un Ullfang. Cuando un niño llora por primera vez bajo el estandarte de Go-Ern, no es acunado en seda. Es llevado ante Enoch, el viejo chamán de la manada. 

Enoch no bendice. Evalúa.

Unta al crío en sangre de lobo. Si el recién nacido se estremece con la debilidad de la presa, o si su carne muestra el más mínimo rastro del toque enfermizo del Caos —un ojo que no debería estar ahí, un muñón inútil—, el veredicto es rápido. Indigno. Son llevados a la roca desnuda de los picos. Son la primera ofrenda a las crías de los Fenrir. Solo los fuertes merecen el calor del fuego. Los débiles… los débiles solo sirven para alimentar a los fuertes.

Si el niño sobrevive al escrutinio, apenas logra mantenerse en pie antes de que le entreguen un cuchillo de hueso afilado. Lo arrancan de los brazos de su madre y lo arrojan a las jaurías. Duermen bajo el manto helado de las primeras nevadas, con el estómago encogido por el hambre, aprendiendo a robar y a pelear por cada maldito trozo de grasa congelada.

El viejo instructor de la jauría, un tipo sin media cara y con menos paciencia, les enseña la única lección que importa: «La piedad es una trampa. Un lobo que comparte su carne muere de hambre. Un Ullfang que duda, muere». No les enseñan a luchar como soldados. Les enseñan a dominar como depredadores.

Y entonces, si no han muerto de frío o por un corte infectado, llegan sus dieciséis inviernos. La Prueba de Skoll.

Las pesadas puertas del Gran Salón se abren. Por primera vez en sus míseras vidas, dejan atrás el hielo. Se les sienta frente al fuego rugiente, se les ceba con carne asada y se les llena el cuerno con auténtica hidromiel. Por una sola noche, saborean la gloria de la tribu. Conocen el calor, la saciedad y la hermandad. Pero al romper el alba, la ilusión estalla en pedazos y son arrojados a la ventisca.

Les arrancan las pieles, arrebatándoles cualquier atisbo de calor o esperanza. Desnudos en la intemperie, con un miserable trozo de hierro en las manos y el pecho embadurnado con las cenizas de algún ancestro que murió antes que ellos, se paran temblando frente a la mole inmensa de Go-Ern.

No hay discursos sobre el honor. No hay promesas de gloria.

“Habéis comido de mi mesa. Habéis bebido mi hidromiel. Ahora pagad vuestra deuda. Id a la montaña. Un ciclo lunar. Regresad como guerreros… o alimentad a los gusanos.”

Los arrojan a las cumbres prohibidas, donde el aire te quema la garganta y los Trolls del Caos te huelen a kilómetros. La montaña es un matadero. Pero sobrevivir no es suficiente. Cómo regresan dicta si serán hombres… o algo más.

Están los que regresan con un trozo de bestia muerta. Un aguijón de Manticora. La cabeza hinchada y apestosa de un Troll de Hielo. Son recibidos con rugidos ahogados en hidromiel. Se les entrega su primer hacha de acero Norscano y se convierten en Guerreros Ullfang: la espina dorsal de nuestra tribu.

Y luego están los locos. Los que prefieren someter a matar.

Se adentran en el territorio de los gigantescos lobos Fenrir. Desafían a un adulto joven, una mole de puro músculo y furia intacta. Es una pelea a base de puñetazos, cuchilladas y mordiscos, hasta que uno de los dos se quiebra.

Si el niño sobrevive, no regresa caminando. Regresa montado en la bestia. Ambos cubiertos de una costra de sangre seca y unidos por el sagrado pacto de la violencia. Así nacen los Jinetes de Fenrir. El orgullo de la caballería Ullfang.

Así se forja a un Ullfang. El norte pudre la carne y quiebra el espíritu de los hombres comunes, pero ellos dejaron de ser hombres hace mucho. La montaña intenta masticarlos, y ellos le rompen los dientes. Descienden de las cumbres convertidos en la peor pesadilla de este mundo helado, porque en esta tierra la piedad es un cadáver, y solo los monstruos sobreviven.


Deja una respuesta