Había un silencio en torno a la Roca de los Cachorros. Uno ahogado de los neonatos ateridos, cuyas madres no tenían el lujo de derramar una sola lágrima. Otro húmedo del crujir de los huesos diminutos cuando las crías de los lobos Fenrir devoraban vivos a los indignos en la nieve. Y otro asfixiante y culpable de los que sobrevivíamos, sabiendo que nuestro primer aliento había costado sangre y que el trauma sería la única herencia que nos moldearía el alma.
Los ilusos del sur miran a nuestros jinetes y ven héroes envueltos en salvajismo, pero nadie nace así; nosotros nos hacemos a base de miseria y neurosis. Fui arrastrado ante Enoch, el chamán, apenas abrí los ojos. El aire gélido me cortó los pulmones como cristal roto cuando me frotó la espesa y pestilente sangre de lobo por la cara. Si hubiera lloriqueado por el dolor del frío, o si mi carne hubiera mostrado la más mínima putrefacción mutante, me habrían abandonado en la montaña para ser masticado.

Apenas me sostenía sobre dos malditas piernas cuando me arrancaron de mi familia, me pusieron un mísero cuchillo de hueso en las manos congeladas y me tiraron con la «jauría de cachorros». No tuvimos infancia, solo un hambre persistente y un frío que se clavaba en las articulaciones como agujas oxidadas mientras dormíamos al raso bajo las primeras nevadas. Allí aprendimos que la supervivencia consistía en robarle la comida al niño de al lado.

—¡La piedad es un lujo! —nos escupía el instructor, un veterano con la cara convertida en un mapa de cicatrices repulsivas. Un lobo que comparte su carne muere de hambre, y un Ullfang que duda, acaba muerto. Y así, a base de costillas magulladas, nos forjamos como criaturas profundamente disfuncionales y desconfiadas, productos irrevocables de la crueldad que sufrimos.
Entonces llegaron mis dieciséis inviernos, y con ellos, la Prueba de Skoll. Nos desnudaron en la intemperie, arrebatándonos cualquier atisbo de calor o esperanza. Con un puto pedazo de hierro barato apretado en las manos entumecidas, y las ásperas cenizas de un ancestro muerto ensuciándonos el pecho, nos paramos temblando frente a la mole inmensa de Go-Ern.

—Habéis comido de mi mesa y bebido mi hidromiel —gruñó, con una voz desprovista de compasión que sonaba a piedra triturada. Nos sentenció a vagar por las cumbres prohibidas durante un ciclo lunar completo, ordenándonos sobrevivir a los Trolls del Caos y a la inanición para regresar como guerreros, o de lo contrario, alimentar a los gusanos.
La montaña era hermosa, pero también un matadero asfixiante. Podía haber elegido el camino del cazador: rastrear el hedor a podredumbre de un Troll, cercenarle la cabeza y arrastrarla hasta el campamento para reclamar una jodida hacha de acero Norscano. Habría sido nombrado Guerrero Ullfang.

Pero yo, roto por dentro y hambriento de dominio absoluto, caminé hacia los territorios de los Fenrir. No hubo elegancia heroica en la pelea; me lié a puñetazos, cuchilladas y mordiscos en la nieve manchada contra un lobo adulto inmenso. Fue una carnicería desesperada, con el sabor oxidado de la sangre en la boca y el pánico ciego palpitando en mis sienes, hasta que el espíritu del animal se quebró bajo mi propia brutalidad.

Regresé al fuego de la tribu montado sobre la bestia, ambos cubiertos por una gruesa e infecta costra de nuestra propia sangre reseca. Y al mirar las brasas, supe que no éramos leyendas nobles; éramos, simplemente, monstruos obstinados forjados en el trauma, demasiado cínicos como para arrodillarnos y dejar que el maldito invierno nos devorara. Somos la Jauría de Fenrir.
