El viento en las cumbres de Norsca era un hijo de perra rencoroso. Se colaba por las grietas de las pesadas pieles de bestia, buscando la carne con dedos de hielo, empeñado en recordar a cada guerrero que la montaña siempre ganaba al final. El Ullfang escupió en la nieve. La saliva casi se congeló antes de tocar el suelo blanco, aterrizando con un golpe sordo junto al cadáver mutilado de un bastardo del sur.
Miró el brazo del muerto, si es que podía llamarse así. Terminaba en un tentáculo flácido, y un asqueroso tercer ojo a medio formar le parpadeaba desde el hombro. El Ullfang sintió una arcada profunda, un asco visceral que le revolvió las tripas más que el frío. Allí abajo, en el fango miserable del resto del mundo, los cobardes se arrastraban rogando favores a los dioses oscuros y llamaban a eso una bendición. Idiotas. Un tentáculo o una garra deforme no eran regalos divinos; eran un jodido fallo, la etiqueta irrefutable que te ponía el Caos cuando no tenías las pelotas ni la voluntad para resistir.
Le dolían las viejas heridas, pero para él, la única verdad honesta en este páramo desolado era precisamente esa: el dolor de un músculo llevado a la perfección física, la cicatriz gruesa que demostraba que algo intentó matarte y falló, y la resistencia inhumana para no morir congelado. Así debía ser un hombre del norte, la pureza brutal antes de que la locura lo retorciera: un gigante de cabello trenzado, con la piel ardiendo bajo los tatuajes rúnicos y las manos siempre, siempre cerradas sobre el acero helado de un hacha.
Los Poderes Ruinosos estaban ahí arriba, claro, observando. Pero arrodillarse ante ellos era de imbéciles o de esclavos. Los Ullfang los saqueaban con el frío pragmatismo de un ladrón sacándole los dientes de oro a un cadáver. Tomaban la fuerza bruta de Khorne, se tragaban la asquerosa supervivencia de Nurgle, usaban las trampas de Tzeentch y el enfermizo afán de dominio de Slaanesh, pero escupían sobre su podredumbre, repudiaban su locura y, por encima de todo, jamás les entregarían sus malditas almas.
Si había algo en lo que creer mientras el mundo se caía a pedazos, no estaba en los cielos. Estaba en las tripas. En la Bestia Primigenia. En la devoción ciega a la Manada que evitaba que se mataran entre ellos cuando el hambre apretaba, en la Caza que les daba una excusa para seguir vivos, y en la Sangre que sellaba su destino.
A su lado, un bufido húmedo disipó la bruma de escarcha. Un lobo Fenrir, un titán inmenso salido de una era olvidada, se sacudió la nieve del lomo. Nada de mastines deformados, magia inestable ni asquerosa Piedra Bruja; solo energía pura del norte, poder divino intacto y colmillos del tamaño de dagas.
El guerrero apretó la empuñadura del hacha hasta que le crujieron los nudillos entumecidos. Hombre y lobo, acero y colmillo. Juntos eran la puta resistencia frente a la decadencia del mundo; eran el invierno hecho carne. Y al primero que intentara corromperlos, le sacaría las entrañas por la garganta.

