La Jauría de Fenrir: Los Jinetes de la Tribu Ullfang

¡MIRADLOS Y TEMBLAD! PUES EL INVIERNO TIENE COLMILLOS!

No escuchas a la Jauría de Fenrir llegar. Sientes cómo el suelo se queja bajo el peso de titanes que el mundo creía extintos.

Son la caballería de los Ullfang. El orgullo de nuestro acero.

Otros clanes montan caballos asustadizos o bestias retorcidas por brujería vil. Nosotros no. Nosotros montamos a los Reyes de la Montaña. Los Fenrir. Titanes de una era olvidada que ha sobrevivido en los picos más crueles, alimentándose de Trolls y de débiles.

Para montar uno, un guerrero Ullfang debe tener la fuerza para romper huesos con las manos desnudas y la voluntad para mirar a la muerte a los ojos y no parpadear.

Aquí no hay riendas mágicas. No hay control mental. Hay un pacto de sangre entre dos depredadores. Cuando ella señala, la bestia no obedece por miedo; ataca porque ambos comparten una única sed: la de la caza.

Son la fuerza bruta hecha disciplina. Son la avalancha que camina.

Son los Jinetes de Fenrir. Y han olido vuestro miedo.

TÚ VES SALVAJES. YO VEO EL RESULTADO DE LA FORJA

Los hombres del sur nos miran y piensan que el Caos nos regala esta fuerza. Piensan que nacemos así, bestiales y crueles.

Necios. Nosotros nos hacemos así.

EL AGOGÉ ULLFANG. Estos guerreros que veis sobre lobos de Fenrir no es producto del azar. Son supervivientes del Agogé, nuestro camino de dolor y disciplina.

Desde el primer aliento, un niño Ullfang es cribado. No hay cunas calientes, hay nieve. No hay abrazos, hay pruebas. Mientras otros rezan por “bendiciones” y tentáculos, nosotros rezamos al acero y al músculo.

LA PUREZA DEL MÚSCULO Fijaos en su piel. No hay escamas. No hay ojos extraños. Solo cicatrices ganadas. Llevan el torso desnudo no por arrogancia, sino para demostrar que no necesitan esconder ninguna mutación vergonzosa. Su fuerza es suya. Su bestia es suya. Y sus hachas pesa más que vuestra conciencia.

El mundo crea hombres débiles. El Agogé crea monstruos necesarios.

El invierno no perdona. Nosotros tampoco.


EL DEDO QUE MARCA TU TUMBA

ELLA SEÑALA. LA MANADA DEVORA

No cometáis el error de mirar al lobo, sureños. Mirad a la jinete.

En el caos de la carga, mientras los demás rugen y golpean, ella mantiene la mente fría. No lleva riendas, porque no necesita guiar a la bestia bajo sus piernas; el lobo ya sabe matar. Ella tiene otro propósito.

Su brazo extendido no está dando una simple orden militar. Está firmando una sentencia.

En la Tribu Ullfang, cuando ella te señala, el resto de la manada deja de buscar. Ya tienen presa. Da igual que corras, que te escondas tras un muro de escudos o que reces a tus dioses dorados. Has sido marcado.

Ese dedo es el único aviso que tendrás antes de que el horizonte se llene de colmillos.

Ella no lucha por gloria. Ella elige quién muere primero.


LA TUMBA DEL NIÑO, LA CUNA DEL GUERRERO

Miras a este jinete y te preguntas de dónde sale tanta violencia. Te lo diré, sureño. Sale del vacío que dejamos donde solía haber un alma.

Para que este titán pudiera montar hoy sobre un Fenrir, primero tuvimos que asesinar al niño que llevaba dentro.

En la Tribu Ullfang no hay padres, solo dueños de sangre. Apenas aprenden a caminar, los arrancamos de las tiendas y los lanzamos a la nieve. Su única herencia no es amor, es un cuchillo de hueso afilado.

Imagina a un niño de tres inviernos durmiendo al raso mientras la ventisca le congela las pestañas. Si llora, el viento se lleva su voz. Si tiene hambre, aprende rápido que nadie vendrá a salvarlo. Aprende que para comer, debe robar la carne de la boca de otro “cachorro” que duerme a su lado.

Allí, tiritando y con las manos manchadas de sangre ajena, un veterano les graba a fuego la única verdad de este mundo maldito: “La piedad es un lujo. El que comparte, muere. El que duda, muere”.

Lo que ves en esta foto no es un hombre. Es lo que sobrevivió cuando la infancia se pudrió. No lucha por honor. Lucha porque sabe que en este mundo solo existen dos tipos de carne: la que devora y la que es devorada.

Reza a tus dioses sureños. Él ya se comió a los suyos.


LA BESTIA NO SE DOMA. SE CONQUISTA

¿Ves riendas en sus manos, sureño? No. Las riendas son para los caballos y para los hombres débiles que necesitan controlar lo que temen.

Un Jinete de Fenrir no monta a su bestia; cabalga con ella.

Para llegar a este estatus, este guerrero no robó un cachorro de la guarida para criarlo con sobras. Eso es indigno. Él se adentró en los picos helados buscando a un macho adulto, una bestia en la plenitud de su fuerza primigenia.

Allí, entre la nieve y la roca, no hubo magia ni susurros. Hubo violencia. Hombre y lobo se enfrentaron a golpes de puño y mordisco, una danza de muerte donde el acero estaba prohibido. Solo cuando el espíritu del lobo reconoció a un depredador superior, cesó la lucha.

Regresaron al campamento cubiertos en sangre seca (la del otro). Ese es el único pacto que respetamos en la Tribu Ullfang.

Ahora, cuando cargan, no hay dos corazones latiendo. Hay una sola voluntad de destrucción. Son la Jauría. Son la Élite.

Y tú… tú solo eres carne fresca.


EL ORO QUE MUERDE. LA CALMA QUE MATA

¿Ves cómo descansa su espada sobre el hombro? Eso no es fatiga, extranjero. Es desprecio.

Solo un veterano que ha sobrevivido a cien batallas se permite el lujo de bajar la guardia antes del impacto. No necesita levantar el escudo; su defensa es la velocidad de su hacha y la garganta abierta de su enemigo.

Su montura no es un lobo gris común de las estepas. Es un “Devorador de Sol”, una bestia de pelaje dorado que nace en los cráteres de azufre del norte. La naturaleza no le dio ese color para camuflarse, sino para advertir.

Igual que la avispa lleva el amarillo para decir “aléjate”, este lobo lleva el oro para decir “ya es demasiado tarde”.

En la Tribu Ullfang, cuando ves brillar este pelaje en el horizonte, sabes que no viene una batalla. Viene una ejecución.


LA MUERTE BLANCA

ELLA ES EL VIENTO QUE CORTA. LA VENTISCA CON COLMILLOS

Hay una leyenda entre las patrullas del sur que vigilan la frontera. Hablan de una “Muerte Blanca”. Dicen que, a veces, la nieve se levanta sin que sople el viento, y que esa ráfaga tiene ojos.

No es una historia. Es ella.

Mientras sus hermanos de manada son el trueno que rompe los escudos y aplasta las líneas, ella es el silencio sepulcral antes de la tormenta. 

Su montura no corre sobre la nieve; se desliza como una sombra pálida, demasiado rápida para que el ojo humano la enfoque.

No lleva escudo porque no planea recibir ningún golpe. Sus dos aceros no están hechos para chocar contra otros metales en duelos honorables.

No intentes levantar tu guardia. No intentes correr. Cuando sientes ese frío antinatural en la nuca, no es el clima. Es que la Hija de la Ventisca ya ha pasado a tu lado, y tú solo eres un cadáver que aún no sabe que ha muerto.


CANAS DE HIELO, CAPA DE SANGRE

EN NORSCA, LLEGAR A VIEJO ES EL MAYOR INSULTO A LOS DIOSES

Escucha bien, sureño. Los cachorros de la tribu aúllan antes de cargar. Golpean sus escudos. Necesitan ruido para espantar su propio miedo. Pero él… él cabalga en un silencio absoluto.

Esa barba blanca no es signo de debilidad. Es la escarcha acumulada sobre una montaña que nadie ha podido derribar. Es la prueba viviente de que la Muerte ha intentado llevárselo mil veces, y mil veces ha tenido que volver a casa con la guadaña rota.

Mira su capa. Dicen los ancianos que era de piel de oso polar cuando salió de su aldea hace cincuenta inviernos. Hoy es de un rojo profundo y permanente. No es tinte. Es la historia de sus conquistas, capa sobre capa de sangre seca que jamás se lavará.

Su hacha no está hecha para duelos elegantes. Es un bloque de hierro oxidado con el peso de una lápida. Cuando cae, no corta; revienta armaduras, parte escudos y hunde cráneos hasta el pecho. No lucha. Sentencia.

Si ves al Lobo Gris cargando sin hacer ruido, no levantes tu espada. Tírala y reza. Porque él no viene a combatir. Viene a terminar el trabajo.


PRIMERO EL MIEDO, LUEGO LA OSCURIDAD

Tápate los oídos, extranjero. Ese sonido que rasga el aire no es el viento en los fiordos.

Mirad cómo bestia y hombre le gritan al mismo cielo. En la Tribu Ullfang, el aullido no es una orden de ataque; es una comunión. Cuando la garganta del lobo se abre, el guerrero no lo calla… se une al coro. Anuncian juntos que vuestro tiempo se ha acabado.

El aullido tiene un propósito: paralizar vuestros corazones con el hielo del miedo puro.

Y entonces… baja el martillo.

El contraste es absoluto. El aullido es agudo y penetrante; el golpe de su arma es sordo y final. Esa roca atada a su espalda no canta como el acero al chocar. Es un bloque de silencio brutal que apaga las luces.

El aullido os dice que la muerte viene. La piedra se asegura de que no la sintáis llegar.


EL AGOGÉ NO CREA SOLDADOS. CREA MONSTRUOS

Os hablé del Agogé Ullfang, nuestra forja de dolor. Os dije que nosotros no pedimos «bendiciones» ni tentáculos al Caos.

Aquí tenéis la prueba visual. 🔄

Miradlo girar. Buscad en su espalda. Buscad en sus brazos. No veréis escamas. No veréis deformidades ocultas bajo capas. Lo que veis es el resultado de sobrevivir al invierno desnudo desde niño.

Lleva el torso descubierto como una declaración de principios: «Mi piel es mi armadura y mi fuerza es mía, no un regalo.»

Ese hacha no la levanta la magia. La levanta una vida entera de disciplina y sufrimiento.

El mundo crea hombres débiles que se esconden tras el acero. El Agogé crea esto.

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