
Si has llegado hasta aquí, solo puede significar una cosa. Eres uno de esos raros y admirables bastardos que marcó la casilla del «Sí» en los pergaminos de reclutamiento.
Mientras el resto de generales del Viejo Mundo lloriqueaban en sus tiendas, quejándose de que las murallas son muy altas, los fosos muy hondos y de que asaltar un castillo mancha mucho la armadura, tú diste un paso al frente. Te ofrecimos una picadora de carne y tú pediste un ariete. Mis más sinceros respetos. Hacen falta muchas agallas, o una preocupante falta de riego cerebral, para meterse voluntariamente en un asedio. Ambas cosas me valen.
Y ahora, mírame a los ojos. Sé perfectamente lo que estás pensando tras leer este mamotreto de reglas. Has visto esta interminable letanía de normas de asaltar murallas, patio de armas, puerta del castillo… y te está entrando el pánico creyendo que vas a necesitar un título en Ingeniería Imperial por la Universidad de Nuln para tirar una puta puerta.
Respira. Es muchísimo más fácil y fluido de lo que parece.
Toda esta verborrea legal escrita se resume en un principio táctico muy básico: empuja cosas grandes y pesadas contra paredes de piedra hasta que algo se rompa y, cuando se rompa, entra a matar a lo que haya dentro. Si sabes hacer eso, sabes jugar un asedio.
Enhorabuena por tener la valentía de llegar hasta aquí. Engrasa las catapultas, afila los garfios y procura no quedarte mirando hacia arriba cuando caiga el aceite hirviendo.
Nos vemos en las almenas.

