El Honor y la Maldición


Asaltadores de Mordrek (2500p)

398 Conde Mordrek: Espada del cambio, escudo rúnico, maldicion viviente

300 Hechícelo N3 Nurgle, Tome of Spellcraft, Armour of Meteoric Iron, Enchanting Aura, Enhanced Reflexes, Daemonology

150 Jefe Bárbaro: Khorne, estandarte guerra, Taskmaster’s Scourge

167 15 Barbaros: GMC, escudo, culto cuervo, Unnatural Fortitude

146 14 Berserkers: GMC, Flagelos

2×114 10 Berserkers: Emparejadas, ambush, Estandarte y campeón

2×50 5 Bárbaros: hostigadores, Unnatural Fortitude

260 10 Huscarls: Flagelos, escudo, khorne, GMC, corazón oscuro

183 11 Guerreros del caos: escudo, GMC, Enhanced Reflexes

200 Gigante

170 Engendro Gigante de Nurgle

198 3 Ogros dragón: 2 manos y pesada


Errantry Crusades [2500 pts]

728 Rey Louen Leoncoeur en hipogrifo

81 Damsel N1 a caballo: Earthing Rod, ilusionismo

66 Paladin: Porta de batalla a pie, The Crusader’s Vow

252 19 Knights of the Realm on Foot: escudo, GMC, The Crusader’s Vow 

165 6 Caballeros del Reino: GMC, The Crusader’s Vow 

132 6 Caballeros Errantes: GMC, The Crusader’s Vow 

2×80 10 Arqueros: Exploradores

280 4 Caballeros Pegaso: GMC, The Crusader’s Vow 

217 6 Caballeros de la Búsqueda: GMC, Crusader’s Tapestry

287 7 Caballeros del Grial: GMC


Las tierras del norte, siempre bajo la sombra de nubes antinaturales, fueron el escenario donde el destino de dos grandes señores se cruzó. No fue un encuentro fortuito, sino una intercepción calculada. El Rey Louen Leoncoeur, la Espada de la Dama, había marchado para detener la marea de corrupción liderada por el Conde Mordrek el Maldito.

Antes de que los ejércitos chocaran, un silencio tenso cayó sobre el campo de batalla. Un campeón de los Lobos de Mar, con la armadura cubierta de salitre y runas impías, se adelantó para exigir sangre. Un valiente paladín bretoniano aceptó el reto, buscando la gloria.

Fue rápido y brutal. El acero del norte es cruel, y tras dos estocadas precisas, el yelmo del bretoniano rodó por el barro. La cabeza de un noble separada de sus hombros fue la señal que el Caos esperaba. Envalentonados por la primera sangre, la hueste de Mordrek rugió.

Los Huscarls, jinetes bárbaros sin honor, vieron una presa fácil: los campesinos. Los arqueros bretonianos, con sus ropas humildes y arcos largos, no tuvieron oportunidad. Fueron aplastados bajo los cascos de los caballos del norte en una masacre unilateral.

Pero la muerte de los campesinos no fue en vano. Louen, con el rostro impasible de quien sabe que la victoria exige sacrificios, había cebado la trampa. La sed de sangre había hecho que los Huscarls se adelantaran demasiado, rompiendo su formación y exponiendo sus flancos.

Desde las filas bretonianas, los cuernos de guerra sonaron. No era un sonido de miedo, sino de juicio.

La tierra tembló. Las lanzas bajaron al unísono, formando muros de puntas de acero bendecido. Las famosas cuñas bretonianas comenzaron a rodar, ganando velocidad con cada zancada de sus destreros.

El cielo se oscureció momentáneamente, no por nubes, sino por las alas de los Caballeros en Pegaso que descendían como ángeles vengadores junto a la flor y nata de la caballería.

El impacto fue devastador. Los Caballeros del Grial, santos vivientes imbuidos con el poder de la Dama, chocaron contra los Huscarls que momentos antes celebraban su victoria sobre los campesinos. La impía caballería del norte se desintegró ante la luz divina.

Sin embargo, el Caos no se rompe fácilmente. La línea de batalla se convirtió en un lodazal de sangre y vísceras. Bárbaros y Berserkers, con una resistencia sobrenatural alimentada por sus Dioses Oscuros y la presencia de su estandarte maldito, se negaban a morir. La carga bretoniana perdió su ímpetu y la batalla descendió a una brutal guerra de desgaste.

Fue entonces cuando los horrores verdaderos se revelaron. Un Engendro Gigante de Nurgle, una masa de carne y pústulas, se estrelló contra el flanco bretoniano, mientras que, surgiendo de las sombras de la retaguardia como pesadillas, aparecieron los Berserkers emboscadores.

La situación era desesperada. Los nobles Caballeros del Reino, desmontados y luchando a pie, se encontraron rodeados. Por el frente, la marea de acero del Caos; por la espalda, la furia de los asesinos.

Hechiceros del caos lanzaban llamas y maldiciones, y los guerreros acorazados presionaban sin descanso. Parecía que la luz de Bretonia se extinguiría ese día en el norte.

Pero en el centro de la tormenta, dos titanes se encontraron. Louen Leoncoeur, Rey de Bretonia, buscó a Mordrek el Maldito. Durante tres eternos turnos, el tiempo pareció detenerse alrededor de ellos. La Espada de Couronne chocó contra la espada rúnica del Conde eterno. Fue un baile de acero, fe y condenación.

Mordrek, que ha muerto y resucitado mil veces, luchó con la furia de quien no teme al fin. Pero ese día, la Dama estaba con su Rey. Con un rugido que sobrepasó el estruendo de la batalla, Louen asestó el golpe final, abatiendo al señor del Caos y enviando su alma de vuelta a los desiertos de la disformidad.

La caída de su general sacudió a las huestes oscuras, pero el daño estaba hecho. El ejército bretoniano estaba diezmado, sangrando por mil heridas. No hubo persecución gloriosa, solo la sombría satisfacción del deber cumplido. Habían mantenido el terreno sagrado. Habían matado al monstruo.

Al caer la tarde, con los estandartes hechos jirones pero aún ondeando sobre el objetivo, Bretonia reclamó la victoria. Una victoria pírrica, comprada con la sangre de campesinos y nobles por igual, pero una victoria al fin y al cabo.