
La Memoria del Micelio (1500pts)
215 – Aeda Aelindra, General N4 Magia Batalla, Sword of Sorrow
2x 85 – Mestro Saolin (Bailarín), Lanza Loec
131 – Druida Forestal (acechador), Arco de Loren, Flechas Veloces
2x 70 – 5 Hijas del Olvido (Dríades), ninfa
90 – 6 Exploradores, Espadillas Arcanas, musico
2x 72 – 6 Arqueros, Espadillas Arcanas
2x 102 – 6 Saolines (bailarines), armas adicionales
2 Colosos de la Corteza (Arbóreos), campeón
60 – Syra «Vigía del Bosque» (Gran Águila)
60 – Jalynrix (Gran Águila)
114 – 6 Forestales, campeón, espadillas arcanas
3x 19 – 2 Hijos del Bosque
• 1x Guardian
• 1x Zorro (Sabueso)
Culto Mortuorio de Khemri (1500pts)
220 – Gran Sacerdote, General Hierofante, Bastón del despertar, Talisman de protección
85 – Sacerdote Mortuorio, Amuleto de la serpiente
80 – Sacerdote Mortuorio, Portaestandarte Real, Monster Hunter Tapestry
60 – 5 Arqueros a caballo, armadura ligera, arco de guerra
100 – 20 Esqueletos Hostigadores, arcos de guerra
251 – 26 Guerreros Esqueleto, armadura ligera, Falange Nehekariana, lanza, escudo, Maestro de Armas (Máscara de Muerte), Musico, Icono de los Ojos Sagrados
245 – 5 Ushabtis, Gran Arco,
154 – 3 Ushabtis, Espada Ritual, campeón
135 – Arca de Almas
2×75 – Golem Escorpión
El pesado aire en los túneles de magma quemaba los pulmones. Desde que nuestra vanguardia pisó aquel recodo de obsidiana negra, sentí una presión invisible aplastando mis sentidos. Los Vientos de la Magia estaban estancados, mudos, ahogados por una presencia sepulcral que aún no lograba ver, pero que helaba la sangre incluso en medio de aquel infierno volcánico.
No tuvimos tiempo de retroceder. En la penumbra, las antorchas revelaron el bronce oxidado y el hueso pulido. Los eruditos de Bhagar nos habían encontrado.
El Despliegue: La Trampa en la Penumbra
El túnel de obsidiana nos encerraba a ambos bandos como una inmensa tumba compartida. En este estrecho recodo subterráneo, no había margen para el error ni espacio para la huida. Antes de que la primera flecha cruzara la penumbra y los dioses dictaran sentencia, así quedó dispuesto el tablero para la masacre:
Nuestra fuerza de exploración tomó posiciones defensivas. Me resguardé en un bosque de hongos petrificados en el centro junto a una unidad de arqueros. A mi derecha, los Hijos del Bosque y otra unidad de arqueros en una elevación. A mi izquierda, los exploradores, los Forestales y nuestro Druida.
Frente a nosotros, la disciplina de la muerte. En el centro, veinte arqueros esqueleto escoltaban al sacerdote de Bhagar (hierofante en ausencia de su general). A su izquierda, una imponente escolta de 5 Ushabtis armados con grandes arcos; a su derecha, 3 Ushabtis armados con Filos Rituales y un Gólem Escorpión acechando bajo la roca. Por si fuera poco, los ladrones de tumbas habían infiltrado a sus Perros del Desierto sobre camellos pulgosos a nuestras espaldas.
La Mirada de los Muertos

El silencio de la caverna se rompió con el repiqueteo seco de miles de huesos marchando al unísono. La iniciativa fue suya. Desde nuestra posición, el aire asfixiante se volvió aún más pesado al ver cómo la marea de bronce y polvo avanzaba implacable, cerrando cualquier ruta de escape en la oscuridad.
Escuchad el audio original, no tiene desperdicio: «¿Estás preparado para morir?»
El primer golpe no vino del frente, sino de las sombras a nuestras espaldas. Los ladrones de tumbas habían logrado infiltrar a sus Perros del Desierto. Sus escuálidos jamelgos treparon por la obsidiana y sus flechas encontraron a uno de mis Hijos del Bosque antes de que pudiera girarse, derramando su sangre sobre la roca incandescente.

Pero lo peor estaba por llegar. En el flanco izquierdo, las inmensas estatuas animadas de los Ushabtis alzaron arcos del tamaño de árboles jóvenes. Los Asrai somos los amos indiscutibles del disparo, pero en estas cavernas las flechas volaban guiadas por la voluntad infalible de dioses muertos. Sus proyectiles pesados atravesaron la penumbra como lanzas y destrozaron a tres de mis mejores Forestales.

El impacto moral de ver caer a nuestra élite de exploración en los primeros compases de la batalla, junto con el Hijo del Bosque, fue un presagio aterrador de la opresión que esta cueva ejercía sobre nosotros.

En el centro de la línea, la pesadilla tomó la forma de una lluvia tóxica. Los arqueros esqueleto, imbuidos con el veneno de su Hierofante, desataron una salva perfecta que oscureció el techo de la cueva. Las flechas emponzoñadas cayeron sobre nuestra posición en el bosque petrificado, segando la vida de la mitad de mis escoltas asrai. Viendo cómo la ponzoña corroía la madera y la carne a un ritmo antinatural, tuve que tragarme mi orgullo asrai y ordenar un repliegue táctico inmediato hacia la espesura para evitar la aniquilación total.

A pesar de la carnicería inicial y del ahogo mágico que sentíamos en el ambiente, el resto de la vanguardia apretó los dientes. Si querían devorar la energía de Albión, iban a tener que pagar cada palmo de roca con sangre y hueso.

La respuesta de Albión no se hizo esperar. Canalicé mi conexión con el subsuelo y se la transmití a mi Druida Forestal.


Al sentir la agonía de los Vientos de la Magia, nuestro Druida reaccionó. Canalizando la poca energía vital que quedaba en el subsuelo, alzó su báculo con un grito de guerra. La obsidiana estalló bajo los pies del Hierofante. Raíces de magma fosilizado surgieron de la roca volcánica como un puño de piedra, atrapando al sacerdote momificado en un abrazo mortal que amenazaba con triturar su antigua carne.

Un silencio sepulcral solo roto por el estruendo de la piedra se apoderó de la caverna. ¡El Hierofante había sido aniquilado!

O eso creímos. Mientras las raíces de magma lo asfixiaban, la visión de su líder mágico triturado por la propia isla fue un rayo de esperanza fugaz… hasta que el polvo se asentó. Una chispa de magia arcana, una de las muchas maldiciones grabadas en sus vendajes, comenzó a reescribir la realidad. Con un gemido inaudible, la magia cosió una de sus heridas en el último suspiro, preservando su conciencia corrupta.

Viendo al sacerdote momificado atrapado pero vivo, di un paso al frente. Si las raíces no habían acabado con él, mi fuego lo haría. Canalicé toda la ira que sentía y desaté una tormenta de impactos de fuego. Sin embargo, la asfixiante presión de la cueva y una desconocida presencia sepulcral desviaron mis energías. Una bola de fuego épica, que debería haberlo vaporizado, se consumió en una tormenta de brasas inofensivas, apenas arañando su armadura de bronce. La magia en esta caverna estaba maldita.

(Tirada para herir de mis 10 impactos de la bola de fuego)

La Llegada de la Vanguardia del Silencio
El castigo enemigo fue implacable y carente de emoción. Desde el flanco, las inmensas estatuas de los Ushabtis tensaron sus pesados arcos de hueso. Con una precisión espeluznante que desafiaba la absoluta penumbra, sus proyectiles del tamaño de lanzas empalaron a los últimos Forestales.

Nuestro valiente Druida, rodeado de los cuerpos rotos de sus hermanos de armas, sucumbió finalmente a la lluvia de muerte, dejando la caverna teñida con la savia de nuestra élite.

La desesperación amenazaba con quebrar nuestra línea, pero la roca no nos había abandonado. Un siseo agudo cortó el aire estancado desde la bóveda: ¡Jalynrix había encontrado una ruta segura! Aprovechando la distracción del enemigo, invoqué la rabia de la flora subterránea. Imponentes Colosos de la Corteza brotaron de la roca volcánica para cubrir nuestra retaguardia, mientras las furiosas Hijas del Olvido tomaban posiciones precisas para cazar a los jinetes del desierto que nos acosaban por la espalda.


Simultáneamente, guiada por Jalynrix a través de recovecos en el techo, nuestra verdadera fuerza de choque irrumpió directamente en la retaguardia de Khemri. La Guardia del Micelio emergió del polvo en un silencio sepulcral, deslizándose con sus letales báculos listos para la embestida.

Junto a estos viejos soñadores, la imponente Syra y un valiente Hijo del Bosque cerraron la trampa por la retaguardia.


Mientras, Jalynrix descendía de las estalactitas para hostigar a las estatuas guerreras.



Con el enemigo aparentemente rodeado, intenté desatar el golpe de gracia. Canalicé un torrente de fuego ardiente que debería haber calcinado a su falange principal. Pero, una vez más, la misma presencia maligna e invisible que saturaba la caverna sofocó la red mágica. La energía vital se escurrió entre mis dedos abruptamente, reduciendo un hechizo devastador a una inofensiva nube de ceniza negra que cayó inofensiva al suelo.

(Impactos de mi bola de fuego)

Ese ahogo mágico nos costó muy caro. Desprovistos de la cobertura del fuego, nuestras fuerzas flanqueadoras quedaron expuestas a la disciplina eterna de Bhagar. Los Ushabtis arqueros giraron sobre sus talones con un movimiento mecánico y aterrador. No importó la velocidad de vuelo ni nuestra agilidad; las flechas de Asaph fueron guiadas por un designio divino. La lluvia de hueso alcanzó a Syra en pleno vuelo, derribando a la majestuosa Vigía del Bosque, cuyo cuerpo se estrelló contra la piedra incandescente.

(Tirada para impactar de los Ushabtis)

Al mismo tiempo, el techo invertido dejó de ser un refugio seguro. Los arqueros esqueleto alzaron sus arcos al unísono y desataron una tormenta de ponzoña sobre la bóveda. Jalynrix, acribillada por las flechas emponzoñadas en mitad de su acrobático salto, lanzó un chillido de dolor mientras la savia y las toxinas brotaban de sus múltiples heridas graves. La trampa se había cerrado, pero nosotros éramos la presa.

Sangre y Arena
El recodo de la caverna se convirtió en un matadero iluminado por la débil luz del magma fosilizado. Las Hijas del Olvido, furiosas por la profanación de la isla, se abalanzaron sobre el último perro del desierto que había sobrevivido a los disparos de nuestros exploradores. Sin embargo, la desesperación que flotaba en el ambiente nubló sus instintos depredadores, convirtiendo sus letales garras en golpes torpes contra la arena endurecida de Khemri.

(Tirada para impactar de Driades)
En el flanco derecho, la brutalidad llegó a su punto álgido. La Guardia del Micelio embistió frontalmente a los Ushabtis. Jalynrix se unió a la melé hostigando desde el flanco, buscando los puntos débiles de la piedra con su espada de liquen. Pero las estatuas animadas resistieron la letal coreografía con una dureza irreal, deteniendo cada tajo.

(Tiradas de salvación por armadura de Ushabtis)
El contraataque de las construcciones fue devastador: Jalynrix cayó.

Privados de su guía aérea, los monjes fúngicos no retrocedieron un centímetro. A base de katas mortales que el micelio había guardado durante milenios, terminaron por demoler a las estatuas mediante puro desgaste. Sin perder un segundo en celebrar, la Guardia giró sus rostros inexpresivos, fijando su atención en la unidad del Gran Sacerdote Mortuorio.

La segunda Guardia del Micelio apareció en la retaguardia del enemigo y los Hijos del bosque se ofrecieron como escudo humano ante el inevitable aluvión de flechas mortuorias.

Los Ushabtis arqueros giraron sobre sus talones como autómatas perfectos. Sus colosales arcos escupieron proyectiles del tamaño de lanzas que aniquilaron al instante a los Hijos del Bosque que acompañaban la emboscada.


Expuestos tras la caída de sus aliados, los Saolines se encontraron atrapados en un fuego cruzado infernal. Los arqueros esqueleto desataron una tormenta de ponzoña sobre ellos.

El único Saolin superviviente junto a su Maestro cargaron a la retaguardia de la unidad del Gran Sacerdote Mortuorio a la vez que la otra unidad de Saolines lo hacia por su frente.

Pero los dioses del culto mortuorio evitaron que la unidad grande de Saolines llegaran al combate. Solo los dos de la retaguardia hicieron contacto.

Repelidos tras la carga, una segunda ráfaga de los implacables Ushabtis cayó sobre ellos. Los monjes fúngicos, letales en el cuerpo a cuerpo pero frágiles ante el fuego concentrado, fueron diezmados brutalmente. Sus cuerpos vegetales caían inertes.

En el centro, viendo cómo nuestra vanguardia era borrada del mapa a base de flechas, lancé una llamada de auxilio desesperada. La enorme unidad de arqueros esqueleto era una picadora de carne inasumible. Ante la inminencia del colapso, los valientes Hijos del Bosque iniciaron una maniobra evasiva suicida.


Corriendo frente a la línea enemiga, logró que los muertos rompieran su perfecta formación para acribillarle y perseguirle. Cayó bajo el peso de sus asquerosos huesos, pero su sacrificio asfixió momentáneamente los disparos y permitió a nuestros colosales Arbóreos iniciar una carga.


Con las Driades destrozando finalmente al primer Golem Escorpión tras una dura contienda, me quedé observando a lo lejos, a través de la densa oscuridad y el humo del azufre, al General de los muertos… inalcanzable para mi magia agotada. Nuestro ejército estaba en jirones, pero la batalla aún exigía un último tributo de sangre.


El Erial de Obsidiana aguardaba el veredicto definitivo.

La Revelación del Horror
Todo el ahogo, todas las malas tiradas de magia, toda la puntería antinatural del enemigo cobraron sentido de golpe. De las sombras emergió la fuente de nuestra perdición: El Arca de Almas.

La tapadera se abrió, liberando un Vórtice de Almas de pura energía negativa. El impacto fue devastador. La luz mortecina barrió el túnel, desintegrando al instante a toda la unidad de la Guardia del Micelio.


Solo el Maestro Shaolín, aferrado a su báculo de fibra de roble, logró mantenerse en pie frente a la escéptica mirada del general enemigo.

Ciega de ira, invoqué a mis últimas Hijas del Ovido justo al lado del Arca de Almas, dispuestas a silenciar para siempre esa abominación y vengar a los monjes caídos.

Pero la magia del desierto es implacable y rencorosa. Mientras mi nueva progenie se preparaba para asaltar la reliquia, la obsidiana volvió a resquebrajarse a nuestras espaldas. Un segundo Golem Escorpión emergió violentamente de la roca. Guiado por una fría y mecánica sed de venganza, embistió con toda su furia contra mis primeras Hijas del Olvido, buscando despedazar con sus pinzas a las asesinas de su hermano constructo.

El Último Aliento de la Roca
Era a todo o nada. El Maestro Shaolín, ignorando a su unidad aniquilada, cargó en solitario contra el General Funerario. Con una velocidad cegadora, ejecutó su arte marcial asestando tres Golpes Letales directos a la garganta del monarca. Era una decapitación perfecta… pero el Campeón de la Guardia Sepulcral se arrojó en el último microsegundo, recibiendo el tajo y haciéndose polvo para salvar a su señor.



(Tirada de mis tres golpes letales)
Privado de su presa, el Maestro Saolín cayó finalmente bajo una lluvia de flechas de los implacables Ushabtis.


El sacrificio táctico de los Hijos del Bosque al inicio de la contienda había permitido a nuestros Colosos de la Corteza flanquear la posición. Imitando la furia de Albión, embistieron finalmente contra los arqueros esqueleto que nos habían masacrado. La obsidiana crujió bajo sus pies mientras trituraban a los muertos en un acto de justicia poética.

Un duelo final entre la ultima Hija del olvido y el Golem Escorpión (que ya se encontraba a una sola herida de la muerte) dio comienzo.

La ninfa luchó con garras y dientes, pero la mecánica fría del desierto y un golpe fortuito terminaron por abatir a nuestra última defensora.

Mientras, las otras Hijas del olvido cargaban encolerízadas hacia el Arca bajo un cielo de almas condenadas. Mi sed de venganza fue saciada.

Observando la carnicería táctica, y con mis sentidos mágicos asfixiados por la luz mortecina del Arca, lancé una última y desesperada orden. Mis Colosos de la Corteza, tras arrasar a los arqueros esqueletos, embistieron con toda la furia restante contra la unidad del Gran Sacerdote Funerario. Lograron identificar al general y asestarle dos demoledores golpes arbóreos que habrían partido por la mitad a un dragón. Sin embargo, un golpe fue esquivado milagrosamente, y el otro fue absorbido por los talismanes del Gran Sacerdote de Bhagar, brillando con una luz dorada y blasfema. La última esperanza de Albión se deshizo ante la protección divina de sus reyes muertos.


Epílogo: El Peaje del Magma
Puntos de Victoria: 💀 Culto Mortuorio: 866 🍄 Asrai: 600 (Derrota Marginal)
El sonido de los cuernos de Khemri resonó en la obsidiana. Habíamos perdido el recodo. La asfixiante presencia del Arca y la protección de sus dioses nos habían superado. Me vi obligada a ordenar la retirada hacia la oscuridad de túneles más profundos, dejando atrás los cuerpos de Syra, los Hijos del Bosque y el polvo del micelio.
Como dicta el cruel destino de la campaña en Rocasangre, no pudimos recuperar a todos nuestros caídos. Los sacerdotes de Bhagar reclamaron su botín de guerra, llevándose un trozo de nuestras raíces como símbolo de su victoria y su oscuro propósito.
La hueste del desierto había ganado esta batalla. Pero en Albión, la roca nunca olvida… y la cacería no ha terminado.
