
Ecos del Silencio (1248pts)
185 – Aeda Aelindra, General Nivel 4, Magia de Batalla: Bola de fuego, Maldicion Atracción flechas, Urgencia Arcana y Caminante Forestal
3x 80 – Espectro de los Árboles, Nivel 1, Caminante forestal
2x 65 – 5 Hijas del Olvido (Dríades)
84 – 6 Exploradores, Espadillas Arcanas
2x 72 – 6 Arqueros, Espadillas Arcanas
130 – 5 Centauri (Jinetes Salvajes)
2x 109 – 2 Colosos de la Corteza (Arbóreos), Campeón
60 – Syra «Vigía del Bosque» (Gran Águila)
3x 19 – 2 Hijos del Bosque
• 1x Guardian
• 1x Zorro (Sabueso)
La Hueste Pálida (1245pts)
250 – Magister Lysenko, General, Hechicero Nivel 3, Demonologia, Favor de los dioses, Voluntad férrea, Tomo de hechicería, Marca de Nurgle
140 – Caudillo Bárbaro, Estandarte Batalla, Khorne, Azote de capataz, Hambre de Batalla
167 – 15 Bárbaros, Escudo, GMC, Fortaleza Sobrenatural, Marca del Cuervo Carroñero
146 – 14 Berserkers, Flagelos, GMC
172 – 11 Guerreros del Caos, Escudo, GMC
175 – Engendro Gigante, Nurgle
205 – 3 Ogros Dragón, Arma a 2 Manos, Armadura Pesada, Campeón
La superficie de Albión ya no nos pertenece. Los forasteros pueden pelearse por las playas bajo el sol y llamar a esta tierra Rocasangre, pero la verdadera guerra, la que decidirá si la isla vive o se pudre, se libra en la oscuridad.
Gracias a nuestra victoria en la costa contra los pielesverdes, el bosque me concedió la iniciativa. La Hueste Pálida del Magister Lysenko esperaba que nos atrincheráramos, que defendiéramos las ruinas desde dentro. Se equivocaban. Si queríamos salvar el corazón subterráneo de Albión, debíamos ser nosotros quienes golpearan primero, atravesando sus filas para descender a las catacumbas antes de que su veneno arraigara.
El tablero dispuesto. Nuestro objetivo no era aniquilar, sino sobrevivir y descender.
El Avance de la Plaga
El aire se volvió pesado, con olor a cobre y carne dulce. Lysenko ordenó el avance. Su muro de hierro oxidado y carne enferma se movió con una sincronía aterradora. A nuestra izquierda, los titánicos Ogros Dragón y los Bárbaros del Caos hacían temblar la tierra; a nuestra derecha, un Engendro Gigante babeante y una horda de Berserkers sedientos de sangre se abalanzaron sobre nosotros. En el corazón de la línea, Lysenko aguardaba rodeado por su guardia personal de Guerreros del Caos.



La Hueste Pálida acorta las distancias. El impacto es inminente.
Magia, Sombras y Sacrificio
Sabía que no podíamos ganar una guerra de desgaste contra los sirvientes de Nurgle. La estrategia silvana exige fluir como el agua entre las rocas. Mientras Syra surcaba los cielos marcando la ruta, canalicé la magia profunda de Athel Loren. Las raíces respondieron. Mis Espectros Arbóreos (las heroínas dríades) se desvanecieron en la espesura para rematerializarse en un bosque adelantado, a un solo paso de las ansiadas ruinas.

Las Madres de la Memoria abriendo el camino hacia la oscuridad.
Me quedé atrás, custodiada por los inmensos Colosos de la Corteza, asegurándome de que el resto del ejército pudiera seguir la brecha.

En el flanco derecho, la danza de la supervivencia tuvo dos caras. Por un lado, la agilidad de los Asrai brilló con luz propia: una unidad de Dríades y uno de los Hijos del Bosque lograron deslizarse como sombras literales frente a las mismas narices del Engendro Gigante, colándose tras las líneas enemigas hacia la salvación.


Pero el bosque siempre exige un equilibrio. El otro Hijo del Bosque que cubría ese flanco no fue tan veloz. Con un rugido que heló la sangre, los Berserkers y la mole mutante del Engendro cayeron sobre él, ahogando su madera antigua bajo un mar de hachas y tentáculos.


El Yunque y el Martillo (El Flanco Izquierdo)
A la izquierda, la situación requería medidas drásticas. Las dríades de ese flanco se lanzaron aullando contra los Ogros Dragón. No buscaban la victoria, buscaban comprar tiempo. Fueron trituradas bajo las pezuñas de las bestias, entregando sus vidas espirituales para que los Colosos de la Corteza pudieran posicionarse.


Los Colosos de la Corteza golpearon a los Ogros Dragón con puños del tamaño de rocas, pero la resistencia antinatural de las bestias repelió el asalto.
Las Centauri desataron su furia ignorando al mismísimo Lysenko, estrellándose contra el muro de escudos de los Bárbaros. Siete sirvientes oscuros cayeron bajo los cascos y lanzas silvanas, pero la disciplina de los nórdicos era inquebrantable; no cedieron ni un milímetro.

Esa resistencia fue nuestra perdición en el centro. Inmovilizadas en el combate, las Centauri quedaron a merced del monstruoso flanqueo que se avecinaba.

En medio de ese caos, presencié un acto de valentía absoluta. Un Hijo del Bosque que había absorbido previamente en solitario la devastadora carga de los Bárbaros del Caos, se reagrupó herido, interponiéndose estoicamente frente a los Ogros Dragón para intentar proteger el flanco expuesto de mis Centauri.

Cuando los monstruos del trueno cargaron, el Hijo del Bosque intentó una maniobra de distracción final: retrocedió bruscamente (huyó), intentando que la inercia de las bestias las hiciera perseguirle lejos de la batalla o tropezar en su avance.
Pero los Ogros Dragón son depredadores tan antiguos como las montañas y su sed de sangre no es ciega. Ignoraron el señuelo con un desprecio aterrador. Corrigieron su trayectoria en el último segundo y descargaron toda su inercia contra el verdadero objetivo.
El impacto fue devastador.


La emboscada perfecta de las bestias del Caos. Las Centauri fueron aniquiladas en segundos
La Promesa de la Aeda
La batalla se desmoronaba en la superficie. En la derecha, para evitar que las unidades de arqueros fueran masacradas de inmediato y pudieran seguir disparando, mis exploradores tomaron la decisión más dura: envainaron sus arcos, desenvainaron sus dagas y se adelantaron de frente contra los Berserkers, el Portaestandarte y la Guardia de Lysenko. Se arrojaron a las fauces de la muerte solo para regalarnos tiempo.



El hambre de Nurgle no entiende de pausas, solo de excesos. Tras pisotear los cuerpos destrozados de mis valientes exploradores, la aberración no detuvo su inercia. El Engendro Gigante, una masa tumefacta de tentáculos, cuernos y carne pálida, barrió a la primera unidad de arqueros, engulliéndolos antes de que pudieran siquiera retroceder.
El sonido de la madera astillada y los huesos rotos resonaba en todo el flanco derecho. Ahora, irguiéndose sobre los restos de su festín macabro, la bestia gira su mole hacia la última unidad de arqueros Asrai que queda en pie.
Es el final del camino para ellos, y lo saben. Con la muerte cerniéndose sobre sus cabezas en forma de espinas y fauces babeantes, los elfos tensan la cuerda de sus arcos por última vez. No hay esperanza de supervivencia, solo el férreo deber de vender caras sus vidas para rascarle a la plaga los segundos vitales que necesitamos para huir hacia la oscuridad.

La segunda unidad de Colosos intentó vengar la masacre, pero también fracasó en su intento de abatir a los Ogros Dragón hasta caer triturados y convertirse en astillas.

El descenso hacia las catacumbas era inevitable. A mi alrededor, el frente se desmoronaba en un caos de sangre y madera astillada, pero mi espíritu se negaba a abandonar a quienes habían sangrado por Albión.
A través de la bruma y el hedor a podredumbre, lo encontré. El valiente Hijo del Bosque que había soportado la embestida del Caos, retrocedía ahora con pesar. Los atronadores rugidos de los Ogros Dragón aún resonaban a sus espaldas, quebrando por fin su voluntad férrea. En la luz ambarina de su mirada solo quedaba la ceniza de la desesperación. Estaba dispuesto a dejarse morir.
Ignorando el temblor de la tierra y el avance de la plaga, caminé entre la espesura moribunda hasta plantarme ante él. Posé mis palmas desnudas sobre su pecho, sintiendo el latido agónico de su corazón. Cerré los ojos y dejé que el canto más profundo de Athel Loren fluyera de mi alma hacia sus raíces rotas; una pulsación de pura magia esmeralda que selló sus heridas con luz viva.
—No cederás ante la sombra —susurré, proyectando mi voz no en el aire, sino en lo más profundo de su consciencia—. Arraiga tu dolor en la piedra. Resiste esta noche, viejo amigo, y te juro por la sangre de los Ancestros que yo misma me encargaré de que vuelvas a sentir el calor del amanecer.
Bajo mis manos, sentí cómo la piel se tensaba de nuevo. El Hijo del Bosque enderezó su figura, aferrándose a mi promesa como a un salvavidas en medio de la tormenta. No moriría hoy.

Utilicé la Senda de las Hijas del Olvido, saltando a través del plano espiritual hacia el bosque que dominaba la entrada a las ruinas. Pero, a pesar de tener la vía libre hacia las catacumbas, detuve mi marcha. No bajaría hasta cumplir mi juramento.

Los Bárbaros del Caos se preparaban para dar el golpe de gracia al exhausto Hijo del Bosque. Canalicé toda mi furia, mi dolor por las dríades y exploradores caídos, y la enfoqué en mis manos. Una esfera de fuego incandescente cruzó el campo de batalla. Lysenko, confiado en su magia corrupta, intentó dispersarla y fracasó. La llamarada consumió a los bárbaros hasta convertirlos en ceniza. El pequeñín estaba a salvo.
A nuestra espalda, los últimos defensores pagaban el tributo final. Los Ogros Dragón, implacables, redirigieron su ira y despedazaron a mis últimos Colosos de la Corteza, reduciéndolos a astillas muertas.


El Umbral
El coste había sido terrible, pero el objetivo estaba cumplido.
Siete de nuestras unidades lograron deslizarse por las grietas, atravesar las ruinas y descender a las profundidades de la isla, dejando a gran parte de la Hueste Pálida frustrada en la superficie. El recuento final fue una Victoria para los Asrai: 1567 frente a 666 puntos.


Antes de dar el último paso hacia la oscuridad absoluta de las catacumbas, me giré. A través de la niebla y la sangre derramada, mi mirada se cruzó con la del Magister Lysenko. Se quedaba arriba, dueño de un campo lleno de cadáveres pudriéndose bajo el sol.

Él cree que la masacre ha terminado. No sabe que cada gota de icor de Nurgle derramada hoy, cada cuerpo muerto en el suelo, es exactamente lo que la red de micelio subterránea estaba esperando para alimentarse.
Nos vemos en la oscuridad, Magister.