A quien corresponda:
Les escribe Hendrik van der Maere, capitán de la Stille Wreker. En mi última travesía hacia Albión he hallado algo imposible: una de sus islas, siempre protegida por tormentas y brumas impenetrables, yace ahora rodeada por un mar en calma absoluta. Sus costas muestran montañas, dunas, ruinas vacías y una niebla que parece observar, pero también riquezas y recursos que harían salivar a cualquier príncipe mercader.
En esos días de vigilia, desde la cubierta, he visto sombras que no pertenecen solo al comercio del Viejo Mundo. Luces que se deslizan sin dejar estela, balsas que avanzan sin manos vivas, siluetas que reman con una furia primitiva, y un perfil oscuro en el horizonte que parece más tormenta que barco. Ninguna de esas presencias se anuncia, pero todas se mueven hacia la misma costa, como si algo bajo la bruma las reclamara en silencio.
Si su intención es enviar una expedición, háganlo pronto. Facciones de toda clase ya están desembarcando para construir puestos, explorar la bruma y reclamar lo que puedan antes de que la ventana se cierre. Albión rara vez abre sus puertas, y cuando lo hace, no garantiza que las vuelva a abrir.
— Capitán Hendrik van der Maere

Esta es la introducción de la campaña narrativa que vamos a jugar los colegas de la Asociación de La Escotilla Estaliana en Murcia.
Jugaremos una partida al mes, de enero a junio de 2026, un total de seis partidas.
Trasfondo de la Hueste: El Canto de la Espora
Comandante: Aeda Aelindra, la Tejedora de Raíces. Misión: El Despertar del Bosque Durmiente.
La Historia: Durante milenios, los Videntes de Athel Loren creyeron que los espíritus de Albión se habían extinguido, ahogados bajo el mar y el olvido. Se equivocaban. Aelindra, una Aeda vinculada a la red de micelios subterráneos, ha sentido un pulso débil pero constante cruzando el océano: el latido de un bosque hermano que intenta despertar.

No marchamos a Albión por codicia o gloria. Marchamos como jardineros a un santuario abandonado. La isla está repleta de «semillas» ancestrales (Hombres Árbol aletargados, espíritus atrapados en madera muerta y círculos de hongos imbuidos de antigua magia de guerra) que solo necesitan la canción adecuada para germinar.
Esta primera expedición es la Vanguardia del Silencio. Mis arqueros y forestales no están aquí para librar grandes batallas, sino para formar un perímetro invisible alrededor de los Círculos de Piedra. Mientras ellos mantienen a raya a los intrusos con flechas certeras desde la niebla, yo entonaré el Cántico del Despertar.



Si tenemos éxito, la propia tierra se alzará para luchar a nuestro lado. Si fallamos, los secretos de Albión morirán para siempre bajo las botas de los bárbaros.
Capítulo I: El Estruendo y la Semilla
El viento ha cambiado. Ya no trae el aroma a salitre y musgo de la costa, sino un hedor a sudor rancio, cuero mal curtido y desesperación.
El micelio me transmite las vibraciones del suelo mucho antes de que podamos verlos. Una horda se acerca, rompiendo ramas y profanando el silencio sagrado de este enclave. Son bestias de piel verde, guiadas no por un propósito, sino por la huida. Mis exploradores susurran un nombre: Kardoz. Un Kaudillo que cabalga con una furia frenética, como si intentara dejar atrás su propia sombra. Dicen que busca gloria en Albión, que sigue una «llamada», pero el bosque no miente: Kardoz no corre hacia la victoria, corre para escapar de su propia vergüenza. Sus carros «Rompefilas» y sus jinetes de jabalí no son más que una estampida de ruido y colmillos intentando acallar las burlas de una antigua derrota.

Creen que nos encontrarán solos. Creen que esta es una isla desierta lista para el saqueo. Se equivocan.
Antes incluso de que entonara la primera estrofa del Cántico del Despertar, Albión ha respondido. La tierra ha reconocido a sus antiguos custodios y nos ha enviado a sus protectores.

De entre la bruma han surgido las Centauri. Mitad doncellas elfas, mitad bestias nobles; criaturas que son la velocidad misma, armadas con lanzas que han crecido de la madera viva. Y a nuestros pies, en la maleza donde los orcos tropezarán, los Hijos del Bosque han salido de sus madrigueras. Pequeños en estatura pero grandes en astucia, acompañados por zorros de ojos inteligentes y dientes afilados, listos para morder los jarretes de los jabalíes invasores.




No estamos solos. La vanguardia de Aelindra se ha fusionado con el espíritu de la isla.
Kardoz el «Veloz» viene buscando una guerra para tapar su cojera. Nosotros le daremos algo mucho peor: le daremos el silencio eterno del bosque.
Proteged a la Aeda. Que los zorros cacen. Que las Centauri carguen.
La siembra exige sangre de orco.

Capítulo II: Ecos en la Raíz
La batalla por el Santuario concluyó con la huida desordenada de la horda y el Monolito firmemente bajo nuestro control. Kardoz, superado por la disciplina de la Vanguardia del Silencio, solo logró arrancar un fragmento de venganza en medio de su aplastante derrota: abatir mi cuerpo físico antes de que sus líneas colapsaran. Su rugido final fue de rabia impotente, el grito de una bestia que logra herir a su cazador pero pierde la presa y el territorio.
Mientras mis exploradores aseguraban el perímetro y los orcos supervivientes se dispersaban, la propia isla conspiraba para salvarme.
El pequeño espíritu guardián, el Zorro de Nueve Colas, emergió de entre la maleza para arrastrar mi cuerpo herido lejos de la vista de los caídos, llevándome al corazón pulsante del Santuario. Allí, la piedra y la carne se hicieron una.

Mi sangre, derramada sobre el musgo sagrado, alimentó la tierra. Durante mi letargo, sentí cómo las raíces bebían de esa ofrenda vital y devolvían el favor con una magia antigua y terrible. Al despertar, el bosque había cambiado. Los troncos más viejos del círculo interior se han abierto, liberando a las Hijas del Olvido: Dríades compuestas de furia espiritual y luz cerúlea. Espectros azulados que han aguardado eones para materializarse de nuevo, y que ahora orbitan a mi alrededor como una guardia de honor fantasmal.


Apenas comenzaba a comulgar con la sabiduría antigua de mi nueva guardia, un alarido rasgó la bóveda celeste, quebrando la quietud del santuario.
Un vendaval de colores imposibles descendió de las nubes con la fuerza de una tormenta contenida. Era Syra, la Vigía del Bosque. Durante eras, este espíritu ancestral ha custodiado el letargo de Albión desde las alturas, ocultando sus secretos tras la bruma, invisible para los ojos mortales. Hoy, por primera vez, ha plegado sus irisadas alas ante mí. Pero su descenso no traía bendiciones, sino una urgencia aterradora.

Sus ojos, que han visto nacer y morir imperios, proyectaron en mi mente la amenaza que repta por la costa: la Hueste Pálida del Magister Lysenko. Una marea de enfermedad y bárbaros marcados por la plaga que no buscan gloria, sino convertir la isla en un altar de podredumbre para «El que Devora la Luz».

Ogros Dragón y Engendros de carne corrupta buscando las entradas a los túneles para envenenar las arterias de la tierra. Comprendí que las flechas no bastarían contra tal corrupción.
Bebiendo de los secretos arcanos que las Hijas del Olvido acababan de verter en mi mente, encontré la llave para desatar la verdadera furia del bosque. Mis labios pronunciaron uno de los cánticos prohibidos de Albión: La Ira del Bosque Dormido.
El aire se tensó hasta romperse. Un remolino de hadas y espíritus menores, brillantes como estrellas coléricas, acudió a mi voz. Con una voracidad ciega, el enjambre se precipitó hacia el interior de los troncos huecos que yacían en el claro, inundando la madera muerta con una energía pulsante y sobrenatural.

La tierra tembló. Con un crujido tectónico, como si el esqueleto de la isla se estuviera reordenando, las inmensas carcasas se pusieron en pie. Los Colosos de la Corteza se alzaron ante mí, revelándose como armaduras titánicas de roble ancestral, animadas desde dentro por el resplandor de mil almas feéricas. Sus núcleos brillan con vida prestada y sus puños de rama aguardan la orden para triturar la carne enferma de la hueste de Nurgle.

La guerra ha dejado de ser una tormenta bajo el cielo para convertirse en una lucha por el subsuelo. Si Lysenko entra, Albión morirá.
Las Dríades brillan en la penumbra, señalando el camino hacia las profundidades. Ellas conocen los senderos de la oscuridad subterránea, pues son la memoria viva de Albión. Descenderemos con ellas.
