Nivel 1: Las Profundidades

Cierro los ojos sobre los sacos de malta de la taberna y, de repente, el frío desaparece.

El aire aquí abajo es distinto. Es denso, pesado, caliente como el aliento de un dragón dormido. Me pican los ojos por el polvo de piedra y el humo de las antorchas, pero no me importa. Huele a hogar. Huele a la verdadera fuerza de nuestro pueblo.

No sé cómo he llegado, pero mis botas pisan la roca madre de Karak-Eternum. Y no estoy solo. El suelo vibra bajo mis pies, un latido constante y profundo que sube por mis piernas y se me mete en el pecho. Bum. Bum. Bum.

Es la montaña. Y está despierta.

(Nota: Dale al play. Deja que la «Canción de las Profundidades» guíe tus pasos mientras mis ojos se acostumbran a la penumbra).

Miro hacia el frente y se me corta la respiración. Ante mí se extiende la Gran Excavación. No es un simple túnel; es una catedral inversa excavada a golpe de voluntad. Veo cuadrillas de barbaslargas cuyos nombres solo conocía por las viejas canciones. Están aquí, vivos, sudando, arrancándole el tesoro a la tierra no con codicia, sino con un respeto sagrado.

Y allí, en el ojo del huracán, está él. Mis rodillas casi ceden. Es Brok Puñopetreo.

Él representa la astucia subterránea. Durante la Guerra de la Venganza, mientras otros morían bajo las flechas élficas en la superficie, Brok llevó la guerra al subsuelo, colapsando ciudades enteras desde abajo. Aquí, en Karak-Eternum, él es quien decide dónde se excava.

Las leyendas dicen que Brok nació durante un derrumbe y que masticó grava antes que pan. Es el minero más grande que ha dado nuestra raza, famoso por su «Sentido de la Piedra«. Le veo apoyar la palma de la mano callosa contra la pared de granito y cerrar los ojos. Donde otros solo ven muro, Brok ve caminos. 

Dicen que puede oler el oro a través de cien metros de roca sólida. Cuando levanta su pico, no es un golpe de azar; golpea con la certeza de un profeta. La roca se parte con un crujido seco, obediente, revelando una veta tan pura que iluminaría la sala sin necesidad de antorchas.

Un escalofrío me recorre la espalda cuando miro hacia los túneles laterales, esas gargantas negras que descienden hacia lo desconocido. Pero el miedo se disipa al ver el brillo del acero pulido.

Es Godri Hierro Atronador. Está inmóvil como una estatua, con su hacha de guerra aferrada con tal fuerza que los nudillos se le blanquean, pero sus ojos barren las sombras sin descanso. Godri no es un minero; es un veterano de las Guerras de los Túneles. Las historias cuentan que ha aplastado más cráneos con el filo de su hacha que pintas se han bebido en Karak-Grom.

La oscuridad exige alcance, por eso sus Atronadores forman a su alrededor un muro de plomo y fuego. Pero él permanece en el centro, el ancla inamovible, listo para cercenar lo que sea que sobreviva a la descarga inicial. No están aquí por el oro. Son la línea que separa la civilización de la barbarie. Mientras Godri mantenga su postura desafiante, ninguna bestia osará interrumpir el trabajo sagrado. Es la disciplina hecha carne.

De repente, un estruendo metálico sobre mi cabeza hace temblar mis empastes. El silbido agudo de una válvula de presión rompe el cántico rítmico de los picos. Levanto la vista hacia los niveles superiores y… ¡por las barbas de Grungni!

Es Sven Hasselfriesian, el infame «Hijo del Vapor». Expulsado del Gremio de Ingenieros por sus experimentos temerarios, aquí, en mi sueño, ha encontrado su lugar. Montado sobre su «Constructo Esmeralda» —una bestia de pistones hidráulicos y aceite hirviendo— Sven ríe mientras desafía a la naturaleza. Veo cómo las garras mecánicas de su invención arrancan bloques de escombros que aplastarían a diez guerreros. Muchos le llamaron loco y peligroso, pero al verle domar el vapor para doblegar la montaña, solo puedo llamarle genio.

Y no está solo. Mis ojos no dan crédito. Una pequeña figura pilota con destreza una maravilla de bronce y pistones entre las rocas. Es Fizwick «Tuercasujeta», el leal Gnomo asistente de Sven.

Cualquier otro Enano lo miraría con recelo, pero Sven sabe que el talento no entiende de razas. Fizwick no es un simple mecánico; es un constructor de fuerza industrial. Lo veo sobre su propio vehículo sujetando una viga de madera maciza con la misma facilidad con la que yo sostendría una cuchara. Su misión es vital: apuntalar los túneles. Mientras los Dawi excavan, Fizwick asegura el techo sobre sus cabezas a una velocidad vertiginosa. Es la prueba viviente de que la ingeniería de Sven es tan avanzada que trasciende la tradición; aquí abajo, la seguridad y la eficacia son la única ley.

Sigo subiendo la mirada y me encuentro con el mar. O al menos, con su señor.

El Almirante Byrrnoth Grundadrakk de Barak Varr se alza en la pasarela superior. Con su parche en el ojo, su casaca de capitán y su hacha de abordaje, parece un pez fuera del agua en esta cueva seca. Pero su presencia lo explica todo. Barak Varr es la puerta de nuestro pueblo al mundo exterior, y sus acorazados necesitan acero. Byrrnoth no confía en intermediarios. Toma un trozo de mineral recién extraído y lo examina con su único ojo bueno, con la severidad de quien busca un defecto. No está mirando una piedra; está viendo la quilla de su próximo buque de guerra. El mar y la montaña, unidos por el comercio y la guerra.

El ciclo está completo. La intuición ancestral de Brok, protegida por la pólvora de Godri, extraída por la tecnología furiosa de Sven y Fizwick, y destinada a la flota de Byrrnoth.

Me limpio el sudor de la frente, manchado de hollín. Esto no es solo una mina. Es el corazón palpitante de nuestra raza. Y juro por mis ancestros que jamás dejará de latir.

Khazuk! Khazuk! Ha!

Galería de prospección

Para los que queráis contar cada remache de la máquina de Fizwick o leer las runas en el pico de Brok, aquí tenéis la galería completa:

Próxima Parada: El Fuego y el Acero

El mineral ha sido extraído. Ahora debe ser purificado. Erni «Barba-Incipiente» sigue su ascenso hacia el calor abrasador de las fundiciones.

En la próxima entrada, entraremos en Nivel 2: La Herrería, donde el metal se convierte en leyenda.

Afilad vuestras hachas y preparad los martillos. Nos vemos entre el humo y las ascuas.

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