💀 El Juicio de Bronce

Los Defensores del Alcázar (1500p)

242 – Tomb King, Shield, General, Crook & Flail of Radiance, Talisman Of Protection

120 – Mortuary Priest, Wizard Level 2, Elementalism, Scroll of the Outcast Dead

130 – Necrotect, Scroll of Awakening, Flail of Skulls

72 – 12 Skeleton Archers, Light Armour

72 – 12 Skeleton Archers, Light Armour

111 – 16 Skeleton Warriors, Light Armour, Thrusting Spear, Master of Arms, Standard Bearer, Musician

227 – 19 Tomb Guard, Halberd, Tomb Captain, Standard Bearer, Musician

227 – 19 Tomb Guard, Halberd, Tomb Captain, Standard Bearer, Musician

135 – Casket of Souls

125 – Screaming Skull Catapult, Skulls of the Foe


La Legión de Bronce (2800p)

343 – Chaos Lord, Shield, Mark of Khorne, Extra Arm, General, Chaos Steed, Ogre Blade, Favour of the Gods

195 – Aspiring Champion, Mark of Chaos Undivided, Battle Standard Bearer, Doom Totem, Ruby Ring of Ruin

138 – Aspiring Champion, Flail, Mark of Khorne, Poisonous Slime, Aura of Pain, 2x Favour of the Gods

180 – Exalted Sorcerer, Mark of Tzeentch, Wizard Level 2, Battle Magic, Infernal Puppet

108 – 18 Chaos Marauders

170 – 9 Chaos Warriors, Additional Hand Weapon, Mark of Khorne, Champion, Brazen Collar

190 – 10 Forsaken, Forsaken by Khorne

228 – 12 Forsaken, Forsaken by Khorne

198 – 6 Chaos Ogres, Mark of Chaos Undivided (Torre de Asedio)

349 – 7 Chosen Chaos Knights, Lance, Full Plate Armour, Drilled, Mark of Khorne, Champion, Brazen Collar, Standard Bearer

170 – Gigantic Spawn of Chaos Nurgle

300 – Hrimkal, Bonegrinder Giant


Crónica del Asedio a la Fortaleza de los Muertos

El valle, habitualmente verde y silencioso, se tornó gris bajo la sombra de la guerra. Frente a los muros de piedra de la fortaleza, defendida por la impasibilidad eterna de los Reyes Funerarios (1500 puntos), se desplegó la Legión de Bronce (2800 puntos). La hierba se heló bajo las pisadas de algo antiguo y terrible.

Los defensores ocuparon las almenas con la disciplina eterna de la muerte. Confiaban en la solidez de los muros que ahora habitaban y en la protección mística del Arca de Almas. Al otro lado, la hueste del Caos formó una línea de batalla aterradora: En el flanco izquierdo, una titánica Torre de Asedio empujada por Ogros marcaba el punto principal de ruptura. El resto de la línea de batalla, compuesta por caballería pesada y monstruos de pesadilla, se extendía hacia el centro y la derecha, listos para el asalto general.

Con un rugido de cuernos de guerra, la línea del Caos cobró vida. La tierra misma pareció protestar bajo el peso de la ofensiva.

En el flanco izquierdo, la inmensa Torre de Asedio comenzó su inexorable viaje hacia las almenas. Los Ogros, bestias de puro músculo, empujaban la estructura de madera y hierro con una fuerza grotesca, sabiendo que en su interior portaban la llave de la masacre: los Guerreros de Khorne.

En el centro, una unidad de Malditos se separó de la línea principal, corriendo con movimientos espasmódicos y antinaturales directamente hacia la gran puerta de la fortaleza, ansiosos por arañar la madera. Justo detrás, la gran horda de Bárbaros avanzó, pero sus pasos vacilaron. Sus miradas no estaban en el enemigo, sino a su derecha: allí se alzaba Hrimkal. La sola presencia del Gigante Primordial de Hielo, una leyenda hecha carne y escarcha, dejó a los norteños sobrecogidos, marchando bajo la sombra de un dios olvidado.

Por el flanco derecho, la velocidad tomó el mando. Los Caballeros del Caos espolearon a sus corceles demoníacos, haciendo temblar el suelo al galope. Su misión era clara y suicida: formar una escolta de acero alrededor de su Señor del Caos, asegurando que el General llegara a la muralla vivo. Tras la estela de polvo de la caballería, el Engendro Gigante se arrastraba a una velocidad aterradora.

Y en medio del estruendo, el silencio más inquietante: Hrimkal permanecía inmóvil. El gigante observaba la fortaleza con ojos fríos, ignorando las flechas y los gritos, sumido en un letargo amenazante. Aún no había nada que mereciera su ira. Mientras, invisibles para los defensores, la segunda unidad de Malditos tomaba posiciones sigilosas bajo el punto ciego del muro derecho.

La respuesta de Khemri rompió el aire. El Arca de Almas, situada en la torre más alta, despertó. Un chillido espectral y agónico barrió el campo de batalla, acompañado por el silbido de la munición del Lanzacráneos. Toda la potencia de fuego de los muertos se concentró en la amenaza más rápida: los Caballeros del Caos.

Lejos de romper la formación, la caballería de élite cabalgó directa hacia la tormenta mágica. Las armaduras rúnicas estallaron y los cuerpos se desintegraron bajo las energías del inframundo, pero su sacrificio cumplió el objetivo. Absorbieron cada golpe, cada maldición, comprando con su existencia el paso seguro para su Señor.

Mientras la magia consumía a los caballeros, los Malditos del flanco derecho aprovecharon el caos. Emergieron de las sombras y clavaron sus garras en la piedra, escalando el muro con una agilidad inhumana y asegurando la primera cabeza de puente en las almenas.

Desde el adarve del flanco izquierdo, los arqueros esqueletos desataron una tormenta de flechas sobre la amenaza que se cernía. Los proyectiles de bronce llovieron sobre la Torre de Asedio, buscando grietas en la madera o carne expuesta en los Ogros que la empujaban.

Fue un esfuerzo estéril. Las flechas se quebraron inofensivamente contra el roble reforzado con hierro y la piel dura como el cuero de las bestias de carga. La inmensa estructura continuó su avance implacable, devorando la distancia que la separaba del muro sin reducir la marcha ni un instante, indiferente al granizo de muerte.

Con la escolta caída, el Señor del Caos alcanzó la base de la muralla intacto. La ira de Khorne guio su brazo. Blandiendo la Espada Ogro con una potencia cataclísmica, golpeó los cimientos de la fortaleza. La mampostería cedió ante el acero maldito y una sección completa del muro colapsó entre nubes de polvo. Por esa herida abierta, el Engendro Gigante se deslizó al interior del patio, listo para el festín.

Fue entonces cuando el Arca de Almas cometió su error. Sus aullidos mágicos, que habían aniquilado a los caballeros, perturbaron la paz de Hrimkal. El Gigante Primordial salió de su letargo con un rugido que heló la sangre de los vivos y los muertos. Odiaba esa hechicería ruidosa. Caminó hacia la torre alta ignorando todo lo demás y, con un movimiento sísmico, descargó su inmenso garrote sobre la estructura. La torre estalló en mil pedazos, sepultando el Arca y silenciando la magia defensiva de un solo y brutal golpe.

Mientras la derecha de la fortaleza ardía, en el flanco izquierdo se preparaba el duelo decisivo. Sobre las almenas, el Rey Funerario observaba la aproximación de la Torre de Asedio con frialdad milenaria. A su lado, su guardia personal: la Guardia del Sepulcro. Guerreros de élite momificados, armados con armas de bronce y escudos ceremoniales, esperaban inmóviles, sabiendo que el impacto era inminente.

La gran máquina de guerra chocó contra la piedra. Los garfios de hierro se clavaron en el adarve y la rampa cayó con un estruendo que hizo vibrar los huesos de los defensores.


Del interior de la torre no salieron simples bárbaros, sino la verdadera élite de la Legión de Bronce: los Guerreros de Khorne. Una marea de armaduras rojas, inscritas con runas de odio, y hachas pesadas se abalanzó sobre la Guardia del Sepulcro con la fuerza de un alud.

El choque fue titánico, una colisión absoluta entre dos fuerzas imparables: la disciplina gélida y silenciosa de la muerte contra la furia incandescente de la sangre. Los escudos ceremoniales de Khemri, forjados para durar eternamente, estallaron bajo el peso de las armas del Caos. Donde los esqueletos mantenían la línea con precisión autómata, los guerreros del norte respondían con una brutalidad salvaje, buscando no solo vencer, sino desmembrar.

En la vanguardia de la carnicería, el Paladín de Khorne se convirtió en un vórtice de destrucción. Su espada no encontraba parada posible; atravesaba bronce, hueso y armadura por igual. Con cada golpe, la inquebrantable formación defensiva se desmoronaba, abriendo una senda de polvo y restos triturados que conducía, inexorablemente, hasta la figura del Rey.


En el centro de la muralla, la locura chocó contra la disciplina. La unidad de Malditos, impulsada por una frenética sed de sangre, se lanzó contra la sección de la puerta. Utilizando sus garras, tentáculos y extremidades mutadas, treparon por la piedra vertical como un enjambre de insectos pesadillescos, ansiosos por superar las almenas.

Sin embargo, la cima estaba sellada por un muro de escudos de bronce. La Guardia del Sepulcro recibió la carga sin ceder un milímetro, respondiendo a los golpes erráticos del Caos con estocadas precisas y letales. Entre las filas de los no muertos, destacó la figura del Necrotecto. Su látigo restalló en el aire con una precisión quirúrgica, cercenando extremidades mutadas y castigando a cualquier Maldito que osara asomar la cabeza. Bajo la lluvia de golpes de látigo y acero, la horda mutante fue rechazada, cayendo de nuevo al foso como muñecos rotos.

Tras la élite acorazada de Guerreros del Khorne, los Ogros treparon desde la torre para unirse al festín, ocupando el patio interior. Atrapado entre los guerreros en las almenas y los monstruos que entraban por la brecha del muro derecho, el Rey Funerario vio caer su dominio. La fortaleza pertenecía ahora a los Poderes Ruinosos.

EPÍLOGO: RUINAS Y SILENCIO

El Rey Funerario, rodeado por una marea de acero y odio, libró su última batalla en el corazón de su propia fortaleza. Atrapado entre la brutalidad de los Ogros en el patio y la élite de Khorne que descendía de los muros, su voluntad milenaria fue finalmente quebrada. Su cuerpo, otrora imperecedero, quedó reducido a polvo bajo las botas de la Legión. Cuando el estruendo de la batalla cesó, solo quedó el silencio. La bandera de los Dioses Oscuros ondeó sobre las ruinas humeantes, proclamando al viento que incluso la muerte puede morir bajo el hierro del Caos.